21. Lo que aún no
Lo que aún no
Gabriel lo esperaba en el paseo, junto a una bicicleta que no era suya.
Mateo lo reconoció desde lejos por la forma de sujetar el manillar, con el peso apoyado en una pierna y la cabeza inclinada hacia el teléfono.
Durante unos segundos pudo mirarlo sin ser visto.
Llevaba una camisa gris que él le había regalado y que casi nunca usaba para trabajar.
La había elegido para aquella tarde. Mateo tuvo que recordarse que eso no significaba todo lo que quería que significara.
—¿Desde cuándo vienes en bicicleta?
Gabriel levantó la cabeza.
—Desde que Vera ha decidido que su bicicleta necesita salir más que ella. Me la ha prestado con condiciones humillantes.
—¿Cuáles?
—No morir y no dejar que me la roben. En ese orden, creo.
Mateo sonrió. Se acercaron sin saber cómo saludarse. Al final Gabriel le tocó el brazo y él inclinó la cara; el beso cayó cerca de la comisura, breve, más íntimo por la vacilación que por el contacto. Después ambos miraron hacia el paseo.
Caminaron con la bicicleta entre ellos. Mateo pensó que era una elección demasiado conveniente y luego se avergonzó de atribuirle una estrategia a un objeto que Gabriel tenía que llevar a alguna parte.
Le preguntó por el trabajo. Esta vez sabía el nombre del montaje y recordó que habían tenido problemas con la carga.
Gabriel se lo contó con más detalle del esperado.
Un técnico de la empresa de Bilbao había cambiado una distribución sin avisar a Álex; él había decidido corregirla delante de todos y después se había arrepentido del tono.
Mientras hablaba movía la mano libre, dibujando en el aire una estructura que Mateo podía imaginar a medias.
—¿Se lo dijiste después?
—Que había sido un borde, sí. Que el cambio estaba mal, también.
—Una disculpa con anexos.
—No iba a fingir que la estructura había mejorado porque me sintiera culpable.
Se rieron. Mateo echó de menos aquella facilidad con una intensidad casi dolorosa. Había pasado meses contando con ella incluso cuando no le prestaba atención.
Al llegar a un banco, Gabriel apoyó la bicicleta y se sentaron. El mar estaba bajo, con franjas oscuras entre la arena mojada. Una pareja discutía a unos metros sobre si su perro podía comer lo que acababa de encontrar. Mateo siguió la escena hasta que oyó su nombre.
—He escuchado el mensaje —dijo Gabriel.
Él asintió.
—No sabía que iba a decir eso de mí.
—Yo tampoco.
Gabriel se pasó una mano por la barba. Parecía buscar una frase que no sonara más importante de lo que había ocurrido.
—Me invitaba a comer cuando tú tenías trabajo. A veces me decía que no te lo dijera porque luego ibas a pensar que no sabía arreglárselas solo.
Mateo sintió una punzada de celos y se quedó mirando el manillar, avergonzado.
—¿Qué hacíais?
—Comer. Discutir sobre la tele. Una vez me pidió que le ayudara a elegir una chaqueta y estuvimos cuarenta minutos para acabar comprando la misma que llevaba puesta, pero sin el bolsillo roto.
Mateo se rio. Gabriel también, aunque enseguida apartó la vista.
—Me habría gustado contártelo entonces. Pero él me pidió que no le hiciera quedar como un viejo que necesitaba compañía para comprar ropa.
—Podías haberme dicho que habíais ido.
—Sí. Y tú le habrías llamado esa noche para preguntarle por la chaqueta.
Mateo abrió la boca, recordó algunas llamadas y la cerró.
—Probablemente.
—No era contra ti.
—Ya.
La palabra le salió con más dificultad de la que quería admitir. Gabriel no intentó explicarlo de otra manera. Se quedaron un rato mirando el agua.
Gabriel volvió a mirar la bicicleta. Había dejado una mano sobre el manillar aunque ya no necesitara sujetarlo.
—He cancelado lo del cobertizo y el baño —dijo Mateo—. Ayer.
Gabriel permaneció quieto.
—La cubierta hay que hacerla antes de que vuelva a llover mucho. Eso sigue. Lo otro no.
—¿Te devuelven el dinero?
Mateo le explicó las partidas. De los dos mil cuatrocientos euros recuperaría mil ciento veinte. Había piezas cortadas, un pedido que no admitía devolución y horas empleadas. El carpintero había descontado lo que todavía podía aprovechar para otro trabajo.
Gabriel hizo una mueca.
—Mil doscientos ochenta.
—Sí.
—Por lo menos podías quedarte las piezas.
—Me las guarda hasta la semana que viene. No sé dónde voy a ponerlas.
—En mi mesa no.
Mateo lo miró. Gabriel tenía una sonrisa mínima, insuficiente para quitarle seriedad a la advertencia. Se rio por primera vez sin ganas de tranquilizarlo.
—No. Ahí no.
El viento levantó un papel junto al banco. Gabriel lo sujetó con un pie hasta que pasó una mujer que lo recogió; era su lista de la compra. Le dio las gracias y siguió hacia la plaza. Mateo esperó a que se alejara.
—Te enseñé el plano creyendo que ya había hecho la parte difícil —dijo—. Te había puesto sitio. Hasta tus enchufes.
—Los vi.
—Pensaba que eso era contar contigo.
Gabriel soltó el manillar.
—Me enfadé más por la mesa que por el dinero. Luego me enteré de lo del alquiler y ya…
Dejó la frase a medias. Mateo apoyó las manos en el borde del banco. Quería disculparse con suficiente claridad para que no quedara ninguna duda, pero esa necesidad se parecía demasiado a terminar un trabajo y esperar que lo aceptaran.
—Lo siento. No tenía derecho a empezar a organizarlo por ti.
Gabriel asintió una vez. Tardó un rato en hablar.
—Mi madre cambió la casa entera cuando mi padre se fue unos meses a trabajar fuera. Él volvió y dijo que por qué había gastado tanto. Ella estuvo una semana sin hablarle. Yo creí que había sido injusto, porque lo había dejado todo mucho mejor.
Mateo no conocía aquella historia. Esperó, sin intentar situarla dentro de las demás que sabía de su familia.
—No sé por qué me acordé —añadió Gabriel—. Ni si tiene algo que ver. Me ha venido ahora.
—¿A ti te gustaba cómo había quedado?
—Me había puesto una cama que no había pedido y tirado una estantería. Así que no. Pero su lado me parecía muy fácil de entender.
Mateo miró hacia el agua. Gabriel sacó una piedrecita de la suela y la dejó junto al banco, donde nadie pudiera pisarla.
—Te habría dicho que fueras tú —continuó—. Que vivieras allí un tiempo, si de verdad lo necesitabas. A lo mejor habríamos discutido un mes. No sé. Pero habría sido una conversación.
—Pensé que si yo iba solo, se acababa.
—Pues casi se acaba llevándome contigo.
Mateo recibió la frase sin poder mirarlo. Un niño pasó corriendo delante de ellos y volvió atrás para recoger una gorra. Lo vio inclinarse, sacudirla, continuar como si nada importante hubiera ocurrido. Necesitó seguirlo con los ojos hasta que desapareció.
—No quiero vivir allí ahora —dijo por fin—. No sé si querré después.
Gabriel se volvió hacia él.
—¿Eso lo dices porque quieres que vuelva?
—También quiero que vuelvas. Pero el viernes fui solo. Encendí la luz y quería que estuviera mi padre. No un estudio. No la mesa. Él.
Se le quebró la voz en la última palabra. Gabriel apoyó los codos en las rodillas y permaneció a su lado. No hubo un abrazo que evitara que Mateo tuviera que terminar.
—Llevo semanas haciendo cosas para no quedarme quieto allí. Y te estaba llevando para que no me pasara nunca.
—A mí me pasa —respondió Gabriel—. Me quedo quieto en su cocina y me pasa también.
Mateo lo miró. Había reconocido aquel duelo antes, lo había visto llorar. Aun así seguía imaginando que, una vez dentro de la casa, Gabriel sería el hombre capaz de encender una radio y ponerlos a todos en movimiento.
—Ya —dijo.
No añadió que debería haberlo sabido. Gabriel se frotaba las manos, buscando calor. Mateo estuvo a punto de ofrecerle su chaqueta; llevaba una más fina que la de él y el gesto habría sido absurdo. Le cogió una mano. Su pareja se la dejó unos segundos antes de apartarse para sonarse.
—Yo llamé para joderte el plan —dijo Gabriel, guardando el pañuelo—. Le he pedido disculpas al carpintero. A ti también te las debo.
Mateo esperó. Su pareja lo miró sin la firmeza de las discusiones del piso.
—Lo siento. Lo volvería a parar si creyera que vas a gastarte la vida entera por cabezonería, y eso es lo que me da miedo de decirte que lo siento. Que todavía estoy enfadado.
—Puedes decírmelo a mí. No a alguien que está trabajando para mí.
—Sí.
Gabriel se pasó una mano por la frente. Mateo reconoció su incomodidad y no le hizo más fácil salir de ella.
—Me he metido en un lío por prometer lo de Nuria —añadió Gabriel—. Álex dice que acepté coordinar Bilbao para dejar de cargar cajas y estoy intentando coordinarlo todo cargándolas igualmente. Hasta las de otros.
—¿Tiene razón?
—Bastante. No se lo repitas con ese tono satisfecho.
Mateo se rio. Gabriel también, brevemente. Quedó entre ellos algo del hombre que se había ido del piso y algo del que había pasado tres años llegando a él con ganas de contar una estupidez.
Le habló de Inés. Había ido esa mañana y salía con otra cita. Gabriel preguntó si le había servido; Mateo respondió que todavía no lo sabía. Tenía la tentación de contar las preguntas que había contestado mejor. La dejó pasar y admitió que había salido de mal humor.
—Eso sí me lo creo —dijo Gabriel.
Se levantaron cuando empezó a enfriarse el banco.
Mateo caminó un rato sin saber si podía proponer una cena.
Al final lo hizo. Gabriel aceptó, pero señaló hacia el otro extremo del paseo: quería ir a un sitio donde pudiera dejar la bicicleta a la vista.
Discutieron sobre dos restaurantes y acabaron en un tercero que ninguno había propuesto al principio.
Cenaron en un sitio pequeño donde no conocían a nadie. Compartieron dos platos y discreparon sobre el segundo. Gabriel lo encontró demasiado salado; Mateo dijo que siempre protestaba después de pedir lo mismo.
—Porque espero que un día me sorprendan.
—Te sorprenden. Para mal.
Gabriel le dio un golpe suave con la rodilla bajo la mesa. Mateo dejó la suya allí. El contacto duró varios minutos, sin que ninguno lo utilizara para iniciar otra conversación.
Al salir, el aire estaba fresco. Caminaron hasta donde Gabriel había dejado la bicicleta. Mateo quería pedirle que fuera al piso, aunque solo fuera a tomar un café. El deseo era tan evidente que su pareja habló antes.
—Esta noche voy a volver con Vera.
Él asintió. Sintió la decepción en el cuerpo, debajo de las costillas, y no intentó convertirla en una frase razonable.
—Me habría gustado que vinieras.
—A mí una parte también.
Gabriel se acercó y lo besó. Esta vez no fue un saludo torpe. Mateo le sujetó la cintura y recibió el calor de su boca con una urgencia que llevaba días intentando mantener fuera de todas las conversaciones. Gabriel respondió, se quedó cerca al separarse y apoyó un momento la frente en la suya.
—No me lo pongas más difícil —murmuró.
—No estoy haciendo nada.
—Ya. Ese es el problema.
Mateo se rio contra su mejilla. Lo soltó antes de volver a pedirle algo. Gabriel cogió la bicicleta y se despidió con un gesto que todavía pertenecía a ellos.
Al volver al piso aquel viernes, Mateo encontró un mensaje de Gabriel preguntando si había llegado. Contestó que sí y estuvo a punto de añadir una fotografía de la cama vacía. La idea le produjo tanta vergüenza que dejó el teléfono en la entrada.
Se preparó una infusión que no le apetecía y abrió la novela que Nuria le había vendido semanas antes. Leyó cuatro páginas sin retener casi nada. En la quinta encontró una frase que le hizo volver atrás. Siguió hasta terminar el capítulo.
A la mañana siguiente fue al mercado solo.
Había aprendido a comprar para dos con Gabriel y estaba descubriendo que comprar para uno no consistía simplemente en dividir todas las cantidades.
Algunas cosas se quedaban sin sentido; otras le gustaban a él y llevaba meses sin elegirlas porque su pareja prefería otra cosa.
Compró pescado y al llegar a casa recordó que Gabriel detestaba el olor que dejaba en la cocina. Tuvo el impulso absurdo de guardarlo sin cocinar por si aparecía. Se rio de sí mismo y abrió la ventana.
Por la tarde Gabriel llamó. Estaba en el almacén, esperando que llegara Álex con una llave. Le contó que había pasado la mañana buscando un documento y que al final lo tenía en el correo, donde habría debido empezar a mirar.
—He perdido cuarenta minutos por no aceptar que sé mandar correos —dijo.
Mateo se rio. Le contó lo del pescado y Gabriel fingió indignarse.
—Veo que mi ausencia tiene ventajas gastronómicas.
—Muchas. Estoy haciendo una lista.
—Guárdala. Igual me hace falta una razón para volver.
La broma los dejó callados un segundo. Gabriel carraspeó.
—Eso ha sonado raro.
—Un poco.
—No quería…
—Lo sé.
Mateo pudo decirlo sin tener que convencerlo después de que no pasaba nada. Gabriel empezó a contarle que Álex seguía sin llegar con la llave y la conversación continuó por ahí.
Acordaron verse al día siguiente. Gabriel propuso ir al mercado porque necesitaba comprar para la semana. Mateo dijo que ya había ido, pero que podía acompañarlo. Su pareja respondió que solo si le apetecía de verdad.
—Me apetece verte discutiendo con un tomate —dijo él.
—No discuto con los tomates. Discuto con lo que cobran por ellos.
Colgaron riéndose. Mateo volvió a su libro y leyó hasta que se hizo de noche.
El domingo se vieron otra vez. Fueron al mercado, compraron cosas distintas y después cada uno volvió a su casa.
El martes Gabriel pasó por el piso a recoger ropa.
Avisó con una hora de antelación. Mateo estaba trabajando y consiguió no cerrar el ordenador en cuanto oyó la llave; terminó el párrafo del correo y salió a saludarlo.
Mientras Gabriel guardaba camisetas, él preparó café.
No abrió la carpeta de Julián ni aprovechó para mostrarle todo lo que había ordenado.
Hablaron de una factura pendiente y de una bombilla que ninguno de los dos había comprado.
A Mateo le resultó doloroso comprobar que podían gestionar una casa sin compartirla por las noches.
—Vera necesita la habitación antes de lo previsto —dijo Gabriel al marcharse—. Su prima llega el jueves de la semana que viene.
Mateo notó cómo la esperanza le subía demasiado deprisa.
—Puedes volver aquí.
Gabriel dejó la bolsa en el suelo.
—He encontrado una habitación por un mes. Cerca del almacén. No es gran cosa, pero puedo pagarla con el primer adelanto del trabajo.
Mateo miró la cafetera. Durante un momento solo oyó la parte de la frase que decía que Gabriel prefería pagar otra cama a dormir con él.
—Vale.
—No quería que te enteraras después.
Él volvió a mirarlo.
—Gracias por decírmelo.
Gabriel cogió la bolsa. Mateo se apartó para dejarlo salir y se quedó con una mano en la encimera.
—Hoy no me sale decirte que me parece bien.
—No te lo he pedido.
—Ya lo sé.
Gabriel regresó desde el pasillo. Lo besó en la mejilla y esperó a que él levantara la cara. Se besaron otra vez, brevemente. Mateo no le pidió que dejara la bolsa.
Cuando Gabriel se fue, volvió al estudio. Tardó veinte minutos en retomar el correo. Lo terminó antes de llamar a Bruno para preguntarle si le apetecía salir a caminar.