La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 20. Las condiciones #2
83%

20. Las condiciones #2

El jueves fue a hablar con el carpintero.

Eligió ir en persona para ver las piezas, aunque una parte de él deseaba encontrar algo que justificara seguir adelante.

El hombre le enseñó los tableros y un mueble encargado para el baño.

La puerta del cobertizo podía repararse por separado más adelante; no necesitaba mantener todo el encargo para impedir que entrara agua.

—¿Se ha caído lo de la mudanza? —preguntó.

Mateo pasó la mano por un borde sin terminar.

—No habíamos acordado mudarnos.

El hombre lo miró y luego bajó al presupuesto. No pidió explicaciones. Señaló lo que podía recuperar, el material que ya estaba cortado, unas horas que Mateo había solicitado sin considerar que para otro hombre también eran trabajo.

Del anticipo de dos mil cuatrocientos euros devolvería mil ciento veinte. Mateo comprobó las cuentas dos veces. El carpintero se quedó esperando, con el bolígrafo quieto, hasta que él se dio cuenta de que estaba examinando la suma para no decidir.

—Cancélalo —dijo.

El hombre tachó las partidas pendientes.

Acordaron cuándo recogería lo que había pagado y Mateo pidió la liquidación por correo.

Al salir recibió un mensaje de Gabriel preguntando por una factura del piso.

Contestó esa pregunta. Después abrió de nuevo la liquidación: mil doscientos ochenta euros que no recuperaría.

Se quedó sentado en el coche antes de arrancar. Todavía quería aquella mesa larga, el patio abierto y la casa llena. Cancelar el encargo no le había quitado las ganas. Tendría que pasar el día con ellas sin llamar a nadie para que las hiciera posibles.

* * *

El jueves por la tarde, Elena le mandó una fotografía de la bicicleta dentro de un marco que estaba reparando.

Había conseguido una copia en una tienda; la esquina del marco seguía desmontada, con una pinza sujetando la madera.

Mateo amplió la imagen y descubrió detrás una mesa llena de herramientas, una taza con el borde manchado, una radio que no se parecía a la de Julián.

Su tía estaba haciendo algo con aquel recuerdo en una casa que él no conocía.

Le preguntó por el marco. Elena respondió que era viejo, que le gustaba y que no necesitaba otro motivo para arreglarlo. Mateo envió una fotografía de la cómoda de sus padres. Su tía le contó que la había hecho el abuelo, aunque Julián nunca hubiera estado contento con los cajones.

«Van mal», escribió él.

«Qué fastidio que tuviera razón», contestó Elena.

Mateo se rio solo. Después buscó una libreta y dibujó el mueble de memoria. Se equivocó en la proporción del cajón de arriba. Lo dejó así y siguió, hasta que se hizo de noche y tuvo que encender la lámpara.

La noche antes de la cita, Mateo estuvo a punto de cancelarla.

Se había encontrado algo mejor durante el día y le resultaba incómodo ir a contar una vida en la que él mismo aparecía bastante mal.

Imaginó que tendría que explicar desde el principio su matrimonio, el regreso a Valnera, la relación con Gabriel, la muerte de su madre.

Le pareció demasiado trabajo para una hora.

Abrió el mensaje de confirmación y miró el plazo para cancelar. Luego dejó el teléfono en la mesa. El plazo terminaba esa noche. Cerró el mensaje y puso agua para la pasta.

Bruno llamó mientras preparaba la cena. Sara estaba fuera y le propuso acercarse con algo de comer. Mateo respondió que ya había empezado. Su amigo dijo que entonces llevaría bebida y apareció veinte minutos después con una bolsa que contenía bastante más de lo anunciado.

—He comprado por si tu cena consistía en una tostada triste.

—Estoy haciendo pasta.

—La pasta también puede estar triste. La he visto.

Se sentaron en la cocina. Bruno contó un problema con la casa alquilada, una persiana que el propietario consideraba un elemento decorativo desde que dejó de subir. Mateo se ofreció a echarle un vistazo y su amigo aceptó, aclarando que pagaría a alguien si había que cambiarla.

Después de cenar hablaron de Gabriel. Mateo dijo que lo vería el viernes y que no sabía qué esperaba de la conversación.

—Sí lo sabes —respondió Bruno—. Quieres que vuelva.

—Vale. No sé qué puedo pedir.

Su amigo se recostó en la silla.

—Yo ahí no voy a ser muy útil.

Mateo lo miró, sorprendido por la renuncia.

—¿Por qué?

—Porque te quiero y me sale decirte que todo va a ir bien. Y no lo sé.

Bruno cogió un trozo de pan que había quedado en la cesta.

—Cuando lo de Laura, me pasé de listo contigo —dijo—. Hablaba como si supiera lo que tenías que hacer. Me enfadé por ella y luego no sabía cómo acercarme sin parecer que estaba cambiando de equipo.

—Yo también quise que eligierais.

—Sí. Fue bastante incómodo.

La respuesta los hizo reír. Bruno no se apresuró a suavizarla.

—Sara sigue viendo a Laura cuando va a Madrid. Y yo hablo con ella. Lo sabes, ¿no?

—Sí.

—A veces me parece que dices que sí porque no quieres preguntar.

Mateo se quedó callado. Su amigo esperó sin exigir una confesión.

—Al principio me daba miedo que hablarais de mí —admitió—. Ahora me da más vergüenza haber pensado que no teníais otra cosa.

—Hablamos de ti alguna vez. No eres tan irrelevante tampoco.

Mateo se rio. Bruno dejó el pan y se inclinó un poco hacia él.

—De todas formas, cuando la persiana esté arreglada te invito a cenar. A ver si hablamos de otra cosa, porque vaya racha llevamos.

Mateo sonrió. Bruno recogió las migas con la palma y las echó en su plato.

Le contó que tenía la cita al día siguiente. Bruno no lo felicitó ni preguntó si era por consejo de Gabriel. Dijo que esperaba que le sirviera y pasó a preguntar qué haría después. Mateo miró el calendario: tenía trabajo, una compra pendiente, nada que impidiera salir a comer.

—Podemos vernos —ofreció su amigo—. Pero a partir de las dos. Antes estoy liado.

Cuando Bruno se marchó, Mateo lavó los platos y preparó la ropa de la mañana. No canceló la cita.

La primera sesión con la psicóloga fue menos solemne de lo que había temido.

Se llamaba Inés y tenía una ventana que daba a un patio donde alguien regaba plantas con demasiado entusiasmo.

Mateo explicó la muerte de Julián en orden, desde el ingreso de marzo, con fechas que había repasado muchas veces. Al llegar a Gabriel, perdió el hilo.

—Me da miedo que se canse —dijo.

—¿Qué haces cuando te da ese miedo?

La pregunta le pareció sencilla hasta que intentó contestarla.

Habló del plano, de la llamada a la propietaria, del dinero que había transferido.

Inés le pidió que volviera al momento anterior a aceptar el presupuesto.

Mateo explicó que el carpintero tenía otro trabajo en septiembre.

Ella esperó, y él tuvo que dejar de hablar de las fechas de otro hombre.

Acabó contando el instante en que creyó oír a Julián llamándolo desde abajo.

No había previsto llegar hasta ahí y le molestó no poder seguir hablando con normalidad.

Salió agotado, todavía enfadado con aquella pregunta, y con otra cita que había aceptado casi a regañadientes.

En la calle compró agua y se sentó un rato en un banco.

Tuvo el impulso de llamar a Gabriel para contarle que había ido, para que el esfuerzo figurara en alguna parte.

Dejó pasar dos autobuses antes de levantarse del banco. No llamó.