20. Las condiciones
Las condiciones
El martes por la noche, después de hablar con Gabriel, Mateo abrió la conversación con Elena.
Volvió a leer los mensajes de los pagos.
Faltaba lo que ella había dicho en el café: que él no sabía qué quería Julián.
Escribió una pregunta, la borró porque sonaba a exigencia y acabó mandándola casi igual: «Cuando dijiste que no sabía lo que quería mi padre, ¿a qué te referías? ». Añadió que podían hablar otro día.
El miércoles, a la una, recibió su llamada. Estaba trabajando en el estudio, con una de las bolsas de su padre abierta junto a la mesa.
—¿Puedes hablar?
Mateo apartó del teclado una camisa de Julián que se había deslizado fuera de la bolsa.
—Sí.
—Por lo que me preguntaste. Lo de que él quería arreglarlo. No sé cómo decírtelo por mensaje.
Esperó. Al otro lado se oyó una puerta y el roce del teléfono contra una tela.
—Alicia me pasó su mensaje en invierno. Yo le contesté. Tu padre tenía una forma de ponerse en contacto conmigo si quería.
Mateo se enderezó.
—¿Le contestaste a él?
—Por medio de Alicia, al principio. Después directamente. Le escribí una carta. Él prefería escribir; decía que por teléfono acabábamos discutiendo.
Sobre la mesa, los papeles de los pagos conservaban el orden que les había dado días atrás. Mateo los miró sin comprender por qué seguían allí, tan claros y manejables, mientras el motivo de su viaje empezaba a deshacerse.
—¿Cuándo?
—A finales de enero le mandé la última. Antes hubo otra, en diciembre.
—Él seguía pidiendo que escanearan sobres. Gabriel le ayudó.
—No sé qué estaba haciendo tu padre con los sobres. Yo puedo decirte lo que hice yo.
Mateo se llevó una mano a la boca. Recordó todas las veces que había dicho «estaba buscándote», la seguridad con que había convertido unos documentos en una voluntad interrumpida por la muerte. Elena había intentado corregirlo en la primera llamada. Él había tomado su resistencia por rencor.
—¿Por qué no me lo contaste el sábado?
—Porque entramos a discutir de dinero. Porque cada vez que te decía algo, me pedías que lo demostrara. Y porque me enfadé contigo antes de saber si te lo merecías.
—¿Qué os dijisteis?
—Te voy a mandar una copia de lo mío. Lo suyo tendrás que buscarlo en casa, si lo conservó. No voy a recordar palabra por palabra lo que me escribió para que acabemos discutiendo si usó una u otra.
—¿Puedes decirme al menos…?
—Quería que nos viéramos. Eso es verdad. Pero antes tenía que reconocer unas cuantas cosas. Que él había salvado el negocio, que si se hundió después fue porque yo no le hice caso, que Isabel se había puesto de mi parte sin saber todo lo ocurrido.
Mateo cerró los ojos.
—Mi madre sabía lo del préstamo.
—Sí.
—¿Qué le faltaba saber?
—Según tu padre, cómo era yo.
Elena lo dijo sin subir la voz. Aquella mansedumbre momentánea le pareció más vieja que ella.
—Le contesté que podíamos tomar un café. Que no iba a volver a contar treinta años para llegar a la conclusión que él quisiera. Le pregunté cómo estaba. Me respondió a la mitad.
—¿Y tú?
—A la otra mitad tampoco.
Mateo oyó agua corriendo. Elena le explicó que tenía una cazuela al fuego y que necesitaba colgar pronto. Mateo consultó el reloj, sorprendido de que fuera la hora de comer.
—Podíais haberos visto —dijo él.
—Sí.
Esperó una explicación que redujera la responsabilidad de alguno. Elena no se la dio.
—Te mando la carta después de comer. Y no hace falta que me llames hoy.
Mateo fue a casa de su padre esa misma tarde.
Había prometido a Nuria revisar una medida y lo hizo antes, aunque pasó veinte minutos allí sin recordar luego una sola frase de la conversación.
Se obligó a repetirle por escrito el acuerdo al salir.
No quería convertir otra ausencia en un problema de trabajo.
En el aparador encontró el sobre que ya había visto, detrás de una carpeta de garantías.
Había mirado la dirección semanas atrás sin reconocer la letra.
Ahora la identificó por los resguardos que Elena le había enviado.
Dentro había una hoja doblada y dos copias de cartas de Julián. Su padre las había guardado juntas.
Mateo se sentó en la mesa de la cocina. Leyó primero una copia de su padre.
Hablaba del tiempo transcurrido, de la edad de ambos, de cosas que «no merecía la pena seguir arrastrando».
Un párrafo después volvía a la deuda. Había una frase subrayada a bolígrafo: «No se puede empezar fingiendo que todos hicimos lo mismo».
Mateo dejó el dedo sobre la frase subrayada. La había oído muchas veces en aquella cocina.
La respuesta de Elena era breve y tenía una corrección a mano.
Aceptaba verlo en Oviedo. Proponía dos fechas, una cafetería cerca de la estación.
Luego escribía: «No voy a ir a que me expliques otra vez quién fui.
Si quieres saber quién soy ahora, podemos hablar».
Al final preguntaba si seguía fumando, olvidando que había dejado de hacerlo mucho antes del ictus.
La última copia de Julián descartaba una de las fechas por una cita médica y no proponía otra.
Volvía a mencionar a Isabel: «Tu cuñada no habría entendido que algunas cosas siguieran sin aclararse».
Mateo se quedó mirando esa línea. Su madre había aceptado pagos, había tomado cafés con Elena, había mantenido relaciones que su marido no dirigía.
Julián hablaba por ella cuando ya no podía contradecirlo.
No había una despedida definitiva. Ninguno había escrito «no vuelvas a buscarme». La correspondencia terminaba en un párrafo sobre la dificultad de viajar y una alusión al tiempo. Podrían haberse llamado una semana después. Podrían haber seguido así dos años.
Mateo intentó recordar a su padre durante enero.
Habían comido juntos varias veces. Se había quejado del precio de unas ventanas, preguntado por Laura con discreción torpe, discutido con Gabriel sobre un aparato que se resistía a sustituir.
Ninguno de esos recuerdos cambiaba porque ahora conociera las cartas.
Le resultaba insoportable que no cambiara todo.
Necesitaba un Julián distinto para poder enfadarse con él sin echarlo de menos al mismo tiempo.
El teléfono vibró. Era la copia que Elena había prometido, idéntica a la hoja sobre la mesa. Mateo le escribió: «La tengo aquí. Él la guardó». Su tía respondió casi enseguida: «No sabía si lo habría hecho».
No añadió nada más. Tampoco él.
Al levantarse, abrió la ventana de la cocina.
La casa olía a tuberías y a ropa cerrada.
Una tarde luminosa caía sobre el pequeño patio, donde su padre había dejado una maceta sin plato.
Mateo salió a recogerla y encontró una grieta en el borde.
Se quedó con la maceta en las manos, incapaz de decidir si merecía la pena conservarla. Acabó dejándola donde estaba.
Antes de irse de la casa, Mateo llamó a Elena. La primera llamada quedó sin respuesta. Estuvo a punto de insistir y se detuvo al recordar que ella había dicho que no hacía falta hablar ese día. Dejó el teléfono sobre la mesa y siguió leyendo las copias de Julián.
No encontró una frase que lo explicara todo. Había cortesía, torpeza, una insistencia casi infantil en recibir razón antes de ofrecer afecto. También una pregunta por una operación de la que Mateo no sabía nada y un comentario sobre una vecina común.
Antes de guardar las cartas, volvió a leer la fecha del café que nunca habían tomado. Elena había propuesto un martes. Su padre no podía ese día. Había otra fecha debajo, escrita con la misma tinta, y ningún motivo en la respuesta para no haberla elegido.
El teléfono vibró sobre la mesa. Era una notificación del carpintero: necesitaba confirmar al día siguiente qué trabajo conservaban.
Mateo abrió su dibujo del cobertizo. Había pasado horas intentando que todas las personas a las que quería cupieran en aquella casa.
Elena ni siquiera había aceptado la invitación que él le había mandado con el plano.
Elena devolvió la llamada cuando él estaba cerrando la carpeta. Mateo alcanzó a oír una discusión con alguien sobre una bolsa olvidada antes de que su tía se apartara.
—Estoy saliendo de la tienda.
—He leído las cartas.
—Bueno.
Mateo esperó. Había imaginado que decirlo bastaría para abrir otra conversación. Elena tenía frío y le pidió que hablara mientras caminaba.
—No voy a pedirte que vengas a quedarte aquí —dijo—. Lo del mensaje, el cuarto… No tenía que habértelo dado hecho.
Al otro lado hubo una pausa.
—Yo tampoco voy a ayudarte a convertir la casa en una razón para que volvamos todos. Te lo digo porque casi te contesto que podía ir unos días. Después pensé en el viaje, en pedirle a mi amiga que me cambiara el turno. No me apetecía nada y ya estaba buscando cómo hacerlo.
Mateo dejó el lápiz. Le costaba aceptar que también hubiera podido conseguir aquel sí.
—No hace falta.
—Ya lo sé. Pero luego habría ido de mal humor y te habría hecho sentir que me debías algo. Somos una familia encantadora para invitarnos a comer.
Mateo se rio. Su tía también, con cansancio.
—Quiero verte —añadió ella—. Una mañana. Tomar algo. Si entro en la casa, entro; si no me encuentro bien, nos vamos a otro sitio. Eso puedo hacer.
—Sí.
—Y cuando encuentre un sábado. Este mes no.
Mateo miró el plano. La fecha del café seguía delante, tachada en la copia de Julián.
—Cuando puedas —dijo.
Después preguntó por la bolsa que había oído mencionar.
Elena había dejado en la tienda una compra congelada.
Maldijo, le dijo que tenía que volver y colgó.
Mateo permaneció un rato con el teléfono en la mano.
Su tía quería verlo y había terminado la conversación para salvar una bolsa de guisantes.
Le resultó una forma extraña de sentirse menos solo.