19. Diecisiete segundos
Diecisiete segundos
Bruno pidió una mesa dentro, aunque hacía sol. Mateo agradeció no tener que sentarse en la terraza, expuesto a cualquiera que quisiera preguntarle por su padre y, después, por Gabriel. Su amigo llevaba una mancha de pintura en el pantalón y se quejó del hambre antes de abrir la carta.
—Llevo desde las siete con un café. Si te parece, lloramos después del primer plato.
Mateo soltó una risa que lo sorprendió.
—No iba a llorar.
—Mejor. Porque no sé qué decir cuando lloras. Siempre parece que estoy disculpándome por algo.
Pidieron comida y hablaron durante un rato del trabajo de Bruno.
Había aceptado ayudar a un conocido a pintar un local y empezaba a sospechar que la palabra «ayudar» se estaba utilizando para evitar hablar de dinero.
Mateo le hizo una pregunta concreta sobre el acuerdo. Bruno lo señaló con el tenedor.
—Hoy no te he traído para que me salves de mis decisiones idiotas.
—No estaba…
—Un poco sí.
Mateo dejó el vaso en la mesa y se rindió. Cuando les sirvieron, le contó lo de la obra. Empezó por la humedad y tardó varios minutos en llegar al anticipo. Bruno interrumpió para pedirle que aclarara una cosa.
—¿Él quería irse a vivir allí?
—No se lo había preguntado así.
—¿Cómo se lo habías preguntado?
Mateo removió las patatas con el tenedor.
—No se lo había preguntado.
Bruno se quedó mirándolo. Después cortó un trozo de pescado y lo apartó porque tenía una espina.
—Yo una vez reservé unas vacaciones pensando que a Sara le haría ilusión —dijo—. Me pasé diez días diciéndole lo mucho que había pagado. Al final fui con mi hermano. Todavía me lo recuerda.
—Esto no son unas vacaciones.
—Ya. Eso es lo que me preocupa.
No era fácil comer después de escuchar aquello. Mateo pinchó un trozo de patata y lo dejó en el plato. Bruno no tenía una expresión severa; parecía preocupado, y esa preocupación hacía más difícil enfadarse con él.
—Tengo miedo de que se acabe —admitió.
—¿Qué te ha dicho?
Se lo contó con cuidado, intentando no convertir cada frase de Gabriel en una garantía. Su amigo escuchó, bebió agua, apartó una espina que había encontrado en el pescado.
—Pues tendrás que darle esos días.
—Eso estoy haciendo.
—Lleva fuera de casa dos horas.
Mateo se echó hacia atrás. El camarero se acercó a preguntar si todo estaba bien y ambos contestaron que sí con una rapidez que les hizo mirarse. Bruno sonrió primero.
—La comida, por lo menos.
No resolvieron nada durante el almuerzo.
Al salir, su amigo le propuso caminar hasta el paseo.
Mateo habría preferido volver al piso por si Gabriel había olvidado alguna cosa, pero reconoció lo que estaba a punto de hacer y aceptó.
Anduvieron casi una hora. Bruno hablaba de su madre, que quería cambiar de sofá sin deshacerse del antiguo, y Mateo lo escuchó a ratos, agradecido de que no todas las frases requirieran una respuesta importante.
Frente al mar, el teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó tan deprisa que estuvo a punto de dejarlo caer. Era publicidad de la compañía telefónica. Bruno fingió no verlo y siguió andando.
Al despedirse, le ofreció acompañarlo el domingo a llevar las cajas de hilos a Pilar. Mateo dijo que podía hacerlo solo.
—No te he preguntado si puedes —respondió Bruno—. Te he preguntado si quieres compañía.
Aceptó. Después volvió a casa y pasó el resto de la tarde haciendo cosas pequeñas que dejaba a medias: dobló una sábana, contestó un correo, tiró un limón reseco.
A las nueve se preparó un bocadillo y lo comió de pie.
La ausencia de Gabriel no convertía el piso en un lugar nuevo; volvía raras las acciones que antes no tenían importancia.
Nadie protestaba porque cortara el pan sobre la encimera.
Nadie le preguntaba qué quería ver después de cenar.
Durmió mal, pero durmió. Al despertar sintió una vergüenza extraña, que reconoció de otras mañanas: el cuerpo había encontrado la manera de descansar mientras él seguía convencido de que no debía hacerlo.
Permaneció unos minutos mirando el lado vacío de la cama.
Luego se levantó antes de empezar a contar cuánto faltaba para el martes.
Bruno llegó a media mañana. Recogieron las cajas en casa de Julián, donde Mateo tuvo que explicarle cuáles podían mover y cuáles no.
La distinción le resultó arbitraria incluso a él.
Una caja de herramientas podía salir; una bolsa con recibos tenía que quedarse porque su padre la había dejado abierta de una forma determinada.
—Esta pesa un disparate —dijo Bruno, levantando una caja de hilos.
—Hay más cosas debajo.
Encontraron unas tijeras grandes y una regla metálica. Mateo reconoció las tijeras de Isabel por el trozo de cinta que llevaba uno de los mangos. Se las guardó sin pensarlo. Bruno no hizo ningún comentario y siguió cargando el coche.
Pilar los recibió en la puerta, impaciente porque estaba esperando otra visita. Les dio las gracias, comprobó el contenido y separó una bolsa de cremalleras que todavía conservaba las etiquetas de precio.
—Esto sí que no caduca —dijo—. Qué suerte tienen algunas cosas.
Mateo estuvo a punto de preguntarle más por Elena. La vio agacharse con dificultad, preocupada por dónde pondría las cajas hasta el miércoles, y se ofreció a llevarlas al cuarto del fondo. Pilar aceptó encantada. Cuando terminaron, les dio una bolsa de rosquillas y cerró con prisa.
Por la tarde, Mateo volvió solo a la casa.
Quería recoger los documentos de la cuenta de su padre y revisar el correo que Mercedes había dejado dentro.
Se quedó en la cocina más tiempo del previsto.
A través de la ventana abierta llegaba el ruido de una radio, una retransmisión deportiva que Julián habría escuchado fingiendo que no le interesaba demasiado.
Sacó el teléfono. El mensaje de voz seguía donde lo había dejado: diecisiete segundos, las cuatro y doce de aquella tarde. Había evitado tocarlo durante semanas. A veces pensaba que, mientras no lo escuchara, quedaba algo de su padre que todavía no había sucedido.
Puso el móvil sobre la mesa y fue a buscar un vaso de agua. Volvió, se sentó y lo desbloqueó. Le temblaba el dedo al acercarlo a la pantalla. Pulsó antes de encontrar otra tarea.
La voz llenó la cocina con una naturalidad insoportable.
—Que al final he puesto café. Trae pan si pasas por la plaza. Y dile a Gabriel que venga aunque salga tarde, que para una vez que no tiene que cocinar él… Bueno. Luego os veo.
Al principio Mateo no lloró. Se quedó mirando el teléfono, sorprendido por el ruido de fondo, por la respiración de Julián entre dos palabras, por el pequeño golpe con que parecía haber apoyado algo en la encimera.
Su padre había grabado aquello en la misma habitación donde estaba él.
Había preparado café para una merienda que no llegó a ocurrir.
Lo escuchó otra vez. En la segunda, buscó una dificultad para respirar, una despedida escondida, cualquier cosa que hubiera debido advertir si hubiera abierto el mensaje a tiempo.
Solo encontró impaciencia doméstica y el final cortado de una frase.
Julián no estaba hablando con el hombre que lo sobreviviría.
Hablaba con su hijo, que llegaría tarde y probablemente olvidaría el pan.
Mateo apoyó los codos en la mesa. El llanto le llegó de golpe, torpe, con una falta de aire que lo obligó a separar la silla. Intentó decir «papá» y la palabra apenas salió. Se cubrió la cara, avergonzado a pesar de estar solo.
Había pasado semanas ordenando la muerte para no tener que encontrarse con aquella voz sin ninguna tarea al lado.
No podía resolverla. Tampoco devolver el mensaje, llegar antes al bar o preguntar qué había querido decir tres años atrás.
Su padre había muerto siendo el hombre que guardaba cartas difíciles y ponía café para dos personas que quería ver.
Mateo necesitaba al mismo tiempo abrazarlo y discutir con él.
El teléfono no podía darle ninguna de las dos cosas.
Cuando dejó de llorar con aquella violencia, tenía frío. Cerró la ventana y se puso la chaqueta sin levantarse de la silla. Pensó en llamar a Gabriel. La necesidad fue inmediata y legítima; también supo que una parte de él quería utilizarla para borrar el sábado.
Buscó otro número.
Begoña respondió con ruido de platos al fondo.
—Perdona que te llame en domingo —dijo Mateo.
—Dime.
—He escuchado un mensaje de mi padre. Uno que no había… Estoy en su casa y me ha dado fuerte.
Begoña no le pidió que explicara qué significaba «fuerte».
—¿Estás solo?
—Sí.
—Yo ahora estoy con mi hermana. Puedo hablar un rato, pero no puedo ir.
—No te llamaba para eso.
Le salió demasiado deprisa. Después corrigió:
—No sé para qué te llamaba. Para no estar aquí sin decir nada.
—Pues habla.
Le contó lo del café. Begoña se rio con tristeza cuando oyó lo del pan.
—Compraba una barra aunque tuviera dos en el congelador. Decía que las congeladas no eran para una visita.
Mateo reconoció la costumbre. Había discutido con él por tirar pan que se había quedado duro.
—A mí me decía que no iba a descongelar media barra para él solo.
—También. Según lo que le conviniera.
Hablaron diez minutos. Antes de colgar, Begoña le preguntó si tenía a alguien con quien estar esa tarde. Mateo dijo que podía llamar a Bruno. No explicó lo de Gabriel.
Guardó una copia del audio en el ordenador al volver al piso.
Lo hizo despacio, comprobando que se oía, y después cerró la carpeta.
No lo convirtió en una escucha obligatoria.
Preparó una sopa sencilla, cenó y le escribió a Bruno para darle las gracias por la mañana.
Su amigo contestó con una foto de la bolsa de rosquillas vacía y una acusación contra Pilar por haber puesto tan pocas.
El lunes empezó con un problema en la librería.
El albañil había encontrado una diferencia entre una medida dibujada y la que podía ejecutar, y Nuria quería que Mateo fuera antes de continuar.
Él había dormido poco y se quedó mirando el mensaje con una mezcla de agotamiento y resentimiento.
Durante un instante le pareció injusto que alguien necesitara una respuesta profesional después de la tarde que había tenido.
Se duchó y fue. En el local, Nuria no sabía nada del audio ni de Gabriel. Lo recibió con una cinta métrica y le mostró el punto. Mateo tardó unos minutos en situarse, pero la dificultad era concreta: había que revisar el remate sin reducir un paso que no podían estrechar.
El albañil propuso una solución. Mateo la descartó demasiado deprisa y el hombre dejó la herramienta sobre una caja.
—Entonces dime una que se pueda hacer. Porque en el papel cabe todo.
Nuria se quedó callada. Mateo volvió a mirar la pared. La esquina de su dibujo era imposible de ejecutar sin picar lo que acababan de terminar.
—Enséñame lo que decías —pidió.
El hombre repitió la propuesta. No servía tal como la había planteado, pero una parte sí.
Estuvieron veinte minutos midiendo y dibujando sobre un cartón.
Mateo encontró una combinación que mantenía lo necesario y renunciaba a un detalle que le gustaba.
Se la explicó a Nuria, incluido el efecto sobre el acabado.
—¿Eso cuesta más? —preguntó ella.
Comprobaron la diferencia antes de responder. Era pequeña. Nuria aceptó, y el trabajo pudo seguir.
Al salir, Mateo llevaba polvo en la rodilla y el cartón doblado bajo el brazo. Le hizo una fotografía para guardar las medidas antes de tirarlo.
Se sentó en un banco y llamó a la consulta cuyo número llevaba días guardando.
Pidió una cita para hablar con una psicóloga.
Había pensado en ello otras veces y lo había dejado para cuando pudiera explicar con claridad qué le pasaba.
Al llamar descubrió que bastaba con decir que su padre había muerto y que no estaba llevando bien algunas cosas.
Le ofrecieron una hora para ese viernes, justo cuando tenía una visita de obra.
Pidió un momento y abrió el calendario. Podía adelantar la visita, pero tendría que estar en el local antes que el albañil.
Aceptó la cita y llamó a Nuria para pedirle las llaves; ella le recordó que esa semana ya le había cambiado dos veces la hora.
El martes, Gabriel llamó a las siete y diez. Mateo había estado esperando desde las seis y media, pero no lo dijo.
—Hola.
La voz le produjo un alivio tan grande que tuvo que sentarse.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Cansado. Hoy hemos terminado tarde. ¿Tú?
Mateo miró la cocina recogida, la taza que llevaba una hora enfriándose.
—He tenido días malos. Y he hecho algunas cosas.
Le contó lo de Pilar, después el audio. Gabriel permaneció callado al otro lado.
—Te nombra —añadió Mateo—. Dice que vayas aunque salgas tarde.
Oyó cómo su pareja soltaba el aire.
—¿Me lo mandarías?
—Sí. Claro.
Lo envió durante la llamada. Gabriel no lo reprodujo entonces.
—Lo escucharé luego —dijo.
Mateo quiso preguntarle dónde estaba, si Vera lo cuidaba, si lo echaba de menos al acostarse. Se permitió una sola pregunta.
—¿Podemos vernos esta semana?
Gabriel tardó unos segundos.
—El viernes puedo salir a las seis. Si te viene bien, damos una vuelta.
—Me viene bien.
—No voy a volver a dormir todavía.
La aclaración le dolió. Agradeció haberla oído antes de llenar aquellos tres días con otra expectativa.
—Vale.
Hablaron un poco más del trabajo de Gabriel. Mateo tuvo que esforzarse para escuchar los detalles y no solo el tono. Al despedirse, su pareja dijo su nombre.
—Me alegro de que llamaras a Begoña.
Él no recordaba habérselo contado de una forma que mereciera destacarse. Se había limitado a decir qué había hecho después del mensaje.
—Yo también.
Colgaron sin una promesa nueva. Mateo se quedó con el teléfono en la mano, decepcionado y aliviado. La cita era el viernes. Quedaban tres días. El jueves también tenía que trabajar.