18. Las decisiones de cada uno
Las decisiones de cada uno
Ramón llamó a las nueve y veinte del viernes. Mateo estaba midiendo una silla en la librería; Nuria había comprado seis y quería devolverlas después de sentarse en una durante menos de un minuto. Contestó con la cinta abierta entre las manos.
—Me ha llamado Gabriel —dijo el hombre—. Dice que paráis el trabajo.
Mateo dejó de oír a Nuria.
—¿Cuándo?
—Hace un rato. Te mando lo que está encargado y vemos qué se puede devolver. Pero dímelo tú por escrito, que el presupuesto está a tu nombre.
—No he cancelado nada.
El silencio del otro lado lo obligó a añadir que llamaría más tarde. Colgó. Nuria se había sentado en otra silla para comprobar si era igual de incómoda.
—Estas vuelven todas —anunció.
Mateo tardó en responder. Su clienta lo observó, se levantó con un esfuerzo innecesario y empezó a doblar un cartón.
Él se agachó a ayudarla antes de que le pidiera que se marchara.
Embalaron dos sillas en silencio. Al llegar a la tercera, Nuria le quitó la cinta adhesiva, que estaba pegando torcida.
—¿Quieres salir un momento?
—No. Quiero terminar esto.
Ella le dio el extremo de la cinta. Trabajaron hasta que quedaron seis bultos junto a la puerta. Había vuelto a hacer algo útil y eso no redujo las ganas de llamar a Gabriel para gritarle.
Su pareja apareció a las once. Mateo lo vio a través del escaparate y pensó que había ido a buscarlo, pero Gabriel llevaba dos fotografías impresas y pidió hablar con Nuria. Ella se limpió las manos en el pantalón y lo llevó a la mesa del fondo.
—Los altavoces que te prometí no puedo dejártelos —dijo él.
Nuria lo miró sin coger las fotografías.
—He descartado el presupuesto de la otra empresa.
—Lo sé. Estoy intentando conseguir otros.
Le explicó que llevaba dos días buscando un par usado.
Había descartado uno porque distorsionaba al subir el volumen; el de las fotografías lo vendía un técnico con el que había trabajado, pero todavía no había podido probarlo él.
Podía traerlo al local a mediados de junio.
El vendedor se lo reservaba hasta esa tarde; después lo volvería a anunciar.
Nuria preguntó cuánto. Cuatrocientos sesenta euros, respondió Gabriel, y se apresuró a aclarar que los pagaría él, que la librería los tendría prestados durante la primera temporada de actividades, tal como había ofrecido con los otros.
Después ya decidirían si le convenía comprarlos o buscar otra solución.
—¿Y tus socios están de acuerdo esta vez? —preguntó ella.
Gabriel apretó los papeles.
—Estos los compraría yo.
—No te he preguntado quién paga. Te he preguntado si luego van a aparecer en una furgoneta camino de otra ciudad.
Mateo bajó la cabeza para ocultar una sonrisa que lo habría dejado en muy mal lugar. Gabriel lo vio. Le dirigió una mirada hostil y volvió a Nuria.
—No van a ir a ninguna parte durante el préstamo. Te daré las fechas por escrito. Y si al probarlos no sirven, me los quedo y buscamos otra cosa. No tienes que aceptarlos por hacerme un favor.
Nuria cogió las fotografías.
—Vale. Los probamos. Pero la instalación la necesito cerrada antes de anunciar los talleres. No quiero pasarme agosto detrás de vosotros dos.
Gabriel acordó un día y dejó su número directo.
Antes de irse, Nuria le pidió el modelo por escrito para consultar cuánto costaría alquilar otro equipo si aquel fallaba.
Gabriel se lo anotó debajo de las fotografías.
Mateo lo acompañó fuera. Estaban los dos al sol, junto a seis sillas que un repartidor empezaba a cargar, y ninguno tenía un lugar apropiado para la conversación que necesitaban.
—¿Por qué has llamado al carpintero?
Gabriel metió las manos en los bolsillos.
—Para que no siguiera cortando cosas.
—¿Y le has dicho que lo habíamos decidido?
—Le he dicho que lo parara.
—En mi nombre.
Su pareja miró al repartidor. El hombre pidió espacio para pasar y tuvieron que apartarse, cada uno hacia un lado. Cuando volvió a cerrarse la puerta de la furgoneta, Gabriel tenía la cara encendida.
—Ayer me dijiste que no estaba todo encargado. Hoy podía estarlo. Quería evitar que…
—He hablado yo con él. Es mi obra.
—Ah, ahora es tu obra.
Mateo sintió la violencia de aquella precisión. Se acercó un paso y bajó la voz.
—No tienes derecho a dar instrucciones por mí.
Gabriel abrió la boca. La cerró antes de responder, respiró y volvió a intentarlo.
—No. No lo tenía.
La admisión no le quitó a Mateo las ganas de seguir. Llevaba desde la noche anterior encerrado en su propia culpa y acababa de encontrar una puerta.
—Has hecho exactamente lo que me estás echando en cara.
—He llamado a un carpintero. Tú estabas organizando dónde íbamos a vivir.
—Claro. Lo tuyo es siempre una versión más pequeña.
Gabriel sacó las manos de los bolsillos.
—No he dicho eso.
—Lo acabas de decir.
Pasó una mujer con un carrito y los miró antes de seguir. Mateo reconoció a una clienta de la librería. Se calló por ella, lo cual lo enfadó todavía más.
Gabriel se apartó del escaparate.
—He pensado que si lo paraba te ibas a quedar sin esa prisa. Que hablaríamos sin un hombre esperando cobrar. Y también quería fastidiarte el plan, sí. Quería que por una vez tuvieras que preguntar qué había pasado.
Mateo lo miró. Gabriel no parecía orgulloso de haberlo dicho.
—Pues ya lo has conseguido.
—Ya.
Se quedaron callados. Desde dentro, Nuria llamó a Mateo para preguntarle por un embalaje. Él levantó la mano, indicando que iba, y su pareja aprovechó aquel movimiento para retroceder hacia la furgoneta.
—No has contestado lo que te pregunté ayer —dijo Gabriel.
—¿Qué?
—Si vas a vivir allí aunque yo no vaya.
Mateo no recordaba la pregunta con aquellas palabras. Recordaba el plano, el vaso, su propia insistencia. Miró al otro lado de la calle; el cartel de una agencia anunciaba tres casas en venta y un piso que ya estaba alquilado.
—No lo sé.
Gabriel esperó unos segundos más. Al final sacó la llave de la furgoneta.
—Yo tampoco sé cuánto puedo quedarme esperando a que lo sepas.
* * *
Aquella tarde Mateo fue a la casa. Había escrito a la propietaria del piso y recibido una respuesta que lo dejó incómodo: no había comprometido nada con su sobrina, pero necesitaba que, si algún día decidían marcharse, se lo comunicaran de una manera menos confusa.
Mateo contestó que lo sentía. No copió a Gabriel en el mensaje; se lo reenvió entero después.
En el cobertizo, el carpintero había marcado una altura con lápiz. Mateo pasó un dedo por la raya. Se sentó en una silla plegable y llamó al hombre.
Pidió que no hiciera más encargos hasta el jueves siguiente.
Aceptó pagar lo realizado y revisar entonces la cancelación.
El carpintero le explicó que algunas piezas estaban cortadas a medida y no se podrían devolver.
Mateo dijo que lo entendía sin preguntar todavía cuánto perdería.
No estaba preparado para oír una cifra que le diera otra razón para seguir adelante.
Gabriel escribió a las ocho: «Voy al piso. ¿Estás allí?». Mateo respondió que no y añadió dónde estaba. Permaneció sentado, pensando que podía pasar la noche en la habitación de abajo. Había sábanas limpias en el armario. Tenía pan congelado y comida suficiente. No existía un impedimento práctico.
Al encender la luz del pasillo oyó el chasquido del interruptor, el mismo que recordaba de niño. Se apoyó en la pared. Quería a su padre allí; quería que Gabriel estuviera con él para no tener que admitir hasta qué punto lo quería. Apagó y se fue al piso.
Gabriel estaba lavando una taza. Había hecho pasta y dejado una ración en la olla.
Mateo la calentó sin preguntarle si había cenado; luego se sentó y comió mientras su pareja guardaba cosas en el cuarto pequeño.
No discutieron. La posibilidad de pasar meses cenando así le pareció peor que las voces de la mañana.
* * *
El sábado, Gabriel sacó una bolsa de deporte. Se le atascó un cajón y tiró demasiado fuerte; Mateo lo oyó desde la cocina y entró al dormitorio con el paño todavía en la mano.
—Me voy a casa de Vera unos días —dijo su pareja.
Mateo miró la bolsa. Había imaginado que, después de frenar la obra, tendrían al menos un fin de semana para hablar.
—Le he dicho que pare.
—Lo sé. Me mandaste el correo.
—Y a la propietaria también.
Gabriel dejó una camiseta sin doblar sobre la cama.
—No puedo quedarme porque hayas cancelado dos cosas que no tendrían que haber empezado así.
—La obra no está cancelada. Está parada hasta el jueves.
Su pareja lo miró. Mateo se oyó y cerró los ojos un instante.
—No lo sé todavía —añadió—. No sé qué voy a hacer.
Gabriel se sentó en la cama. Tenía los calcetines desparejados; uno gris, el otro negro con una letra en el tobillo. Mateo fijó la vista en esa diferencia para no pedirle que se quedara antes de escucharlo.
—Yo entraba en esa casa porque estaba tu padre —dijo Gabriel—. Porque me llamaba para discutir de una radio o porque había comprado demasiado pescado. Me gustaba ir. No quiero mudarme allí para que a ti no te duela entrar.
—No era solo eso.
—¿Qué parte te gustaría si él siguiera vivo?
Mateo abrió la boca, dispuesto a hablar del patio, del espacio. No habría propuesto aquella mudanza si Julián siguiera allí. Gabriel lo sabía sin que él tuviera que responder.
—Lo echo de menos —continuó su pareja—. También yo. Hay días que paso por su calle y me da por aparcar. El otro día llegué a sacar el teléfono para mandarle una foto. Pero no…
Se calló. Cogió el calcetín gris por la puntera y tiró hasta colocarlo mejor. Mateo esperó algo que pudiera contestar.
—No quiero pensar en él cada vez que me levante a mear —acabó Gabriel.
La frase le arrancó una risa involuntaria que se convirtió en llanto antes de que pudiera disimularla. Se cubrió la cara con el paño. Gabriel le acercó la caja de pañuelos de la mesilla.
—Eso huele a lavavajillas.
Mateo cogió uno. Se sentó en la silla y tardó un rato en poder hablar.
—Pensaba que si veía a mi tía, si arreglaba la casa… Había algo que hacer. Todavía había algo que hacer por él.
Gabriel no respondió enseguida. Al otro lado de la ventana alguien arrancó una moto y tuvo que intentarlo tres veces.
—Tendrás que decidir qué haces —dijo al fin—. Yo no puedo hacerlo por ti. Ayer lo intenté y mira cómo salió.
—¿Vera qué dice?
—Que no deje la toalla encima de su cama. No le he pedido un informe.
Mateo apretó el pañuelo. Quería saber cuánto sabía ella, qué versión habría recibido, si lo vería como a un hombre peligroso para alguien a quien quería. Gabriel metió otra camiseta en la bolsa y volvió a sacarla porque estaba del revés.
—Le he contado lo de la casa. Que estamos mal. No he ido a fingir que necesitaba alojamiento por una fuga de agua.
—No te he pedido que mientas.
—Todavía no. Ya estabas poniendo la cara.
Mateo sintió el impulso de protestar. Lo dejó pasar esta vez, no con serenidad: estaba demasiado cansado para defender la expresión de su cara además de todo lo demás.
Gabriel se inclinó a buscar el otro par de calcetines.
—También le dije que había llamado al carpintero. Me dijo que era un imbécil. Por si necesitas saber si ha sido ecuánime.
—No necesito eso.
Su pareja lo miró.
—Un poco sí —admitió Mateo.
Gabriel resopló. A Mateo se le escapó una sonrisa; después vio la bolsa abierta y volvió a apretar el pañuelo.
—¿Quieres dejarme? —preguntó Mateo.
La bolsa quedó abierta entre los dos. Gabriel apoyó una mano sobre ella.
—Hoy quiero irme a dormir a otro sitio. No sé qué voy a querer dentro de dos semanas.
Mateo bajó la cabeza. La respuesta le dejó sin la frase a la que había pensado aferrarse durante los días siguientes.
—Yo te quiero —dijo él.
—Lo sé.
Su pareja se levantó. Mateo permaneció en la silla, sintiendo que cualquier movimiento podía convertirse en una forma de retenerlo. Gabriel se acercó por su cuenta y apoyó una mano en su hombro. Él la sujetó sin tirar.
—También te quiero —dijo Gabriel—. Por eso me da tanta rabia.
El contacto duró poco. Gabriel tenía que terminar la bolsa y Mateo no podía seguir allí viéndolo escoger ropa. Fue a la cocina y lavó los platos de la noche anterior. Oyó el cajón que se atascaba, después el baño. Cuando volvió, su pareja estaba comprobando el cargador.
Hablaron del martes. Gabriel saldría sobre las siete y podían llamarse entonces; no sabía si estaría preparado para verse antes.
Vera tenía la habitación libre unas tres semanas.
Seguiría pagando su parte del piso y conservaría la llave.
Se avisarían antes de pasar a recoger cosas, al menos durante los primeros días.
Mateo preguntó si necesitaba dinero para la habitación de después. La cara de Gabriel cambió.
—Todavía no tengo una habitación de después.
—Por si…
—No organices también esto.
Se calló. Gabriel cerró la bolsa y se la echó al hombro. En la entrada descubrió que había olvidado las llaves de la furgoneta. Mateo las encontró junto a la fruta y se las dio. Le rozó los dedos al hacerlo. Ninguno retiró la mano enseguida.
—Avísame al llegar.
—Sí.
La puerta se cerró. Mateo permaneció cerca mientras el ascensor bajaba y volvió a la cocina al dejar de oírlo. Sobre la mesa seguía el plano. Lo guardó en la carpeta, sin romperlo, debajo de los papeles de la cubierta. Después llamó a Bruno.
Su amigo contestó en la calle y le pidió que esperara. Mateo estuvo a punto de colgar antes de que pudiera oírlo llorar. Al otro lado se cerró una puerta.
—Ahora. ¿Qué pasa?
—Gabriel se ha ido unos días.
Bruno preguntó dónde estaba y si había comido. Acordaron verse en un bar dentro de una hora. Mateo se duchó, cambió el paño de la cocina y salió con tiempo para ir andando. A mitad del camino llegó el mensaje de Gabriel: «Ya estoy. Vera me está haciendo mover una cómoda. El martes hablamos».
Se apoyó un momento en una pared para responder. Respondió «Gracias por avisar» y entró en el bar. Había llegado antes que los demás.