17. Un sitio para los dos
Un sitio para los dos
Mateo desplegó el plano sobre la mesa antes de que llegara Gabriel.
Había preparado dos versiones para no parecer empeñado en una sola.
En ambas, la mesa de su pareja ocupaba el cobertizo; en una había sitio para un sofá que podían llevar más adelante.
Se entretuvo moviendo una silla dibujada, incapaz de dejar de mejorar la propuesta mientras esperaba.
Gabriel entró hablando por teléfono. Tenía la voz tensa y dejó caer la mochila con demasiado peso. Mateo oyó el nombre de Nuria y levantó la cabeza.
—No. Yo dije que lo podíamos prestar —decía Gabriel—. No dije que lo fuéramos a necesitar para el montaje grande.
Hubo una respuesta larga. Gabriel se quitó la chaqueta sin soltar el móvil y una manga quedó vuelta del revés.
—Álex, ya te he oído.
Se fue al dormitorio. Mateo dobló el plano por la mitad, esperó cinco minutos y lo abrió otra vez. Desde el pasillo llegó una frase más alta, luego el golpe de un cajón. Cuando Gabriel regresó, dejó el teléfono boca abajo y pidió agua.
—¿Qué ha pasado con Nuria?
—Lo de los altavoces. Los que iba a dejarle para las primeras actividades. Resulta que Dani cuenta con ellos para Bilbao.
Mateo llenó un vaso.
—¿No habías reservado el material?
—Creía que sí.
—Creías.
Gabriel lo miró por encima del borde.
—He venido de una conversación bastante parecida. Si puedes esperar diez minutos para dirigir la segunda, te lo agradezco.
Mateo dejó el vaso delante de él. Quería señalar que Nuria era su clienta, que una promesa hecha en aquel local también lo afectaba. Gabriel lo sabía y aun así había llegado dispuesto a discutir como si la pregunta fuera una intromisión.
—Mañana se lo digo —añadió Gabriel—. Buscaré otra cosa. ¿Esto qué es?
Había apoyado la mano en una esquina del plano. Mateo lo alisó.
—La casa.
Gabriel acercó una silla. Examinó primero el cuarto que conocía y después siguió una línea hasta el patio.
—Has puesto una mesa aquí.
—Para ti. Con enchufes donde hacen falta. Se puede dejar todo montado.
—Hay humedad.
—Se puede arreglar. No sería un estudio entero todavía, pero tendrías mucho más sitio.
Gabriel se inclinó un poco más. A Mateo le gustó verlo interesado; empezó a explicarle la puerta, una forma de pasar al jardín sin cruzar toda la casa, la posibilidad de seguir alquilando el piso hasta que terminaran los trabajos pequeños.
—¿Seguir alquilando? —lo interrumpió Gabriel.
Mateo se detuvo con el dedo encima del dibujo.
—Hasta julio, por ejemplo.
Gabriel se enderezó.
—¿Quieres que nos mudemos?
—Quiero que lo pensemos. Allí hay espacio. Ahora estamos pagando este piso y manteniendo una casa vacía.
—Tú tienes una casa vacía.
La corrección le dolió. Retiró la mano.
—Lo sé. No te estoy pasando ningún recibo.
—Pues no me metas en una suma para explicarme dónde tengo que vivir.
Mateo dobló hacia dentro un borde del papel que se levantaba. Había anticipado preguntas sobre la distancia al almacén, el frío en invierno, los muebles de Julián. No había previsto que Gabriel se enfadara antes de llegar a las respuestas.
—He dicho que lo pensemos.
—Yo no quiero irme de aquí ahora.
—Ni siquiera lo has mirado.
—Estoy mirando el plano. ¿Cuándo lo has hecho?
—Estos días.
Gabriel recorrió con la vista las dos versiones. En una esquina había una fecha escrita al lado del presupuesto. Levantó la segunda hoja y encontró el nombre del carpintero.
—¿Has pedido precio?
—Sí.
—¿Y esto de la señal?
Mateo podía haber dicho que no era asunto suyo, que el dinero había salido de su cuenta. La respuesta le llegó entera y tuvo la suficiente vergüenza para no utilizarla todavía.
—He reservado el hueco. Si no, se iba a septiembre.
Gabriel soltó la hoja.
—Pero ¿qué estás…? ¿Cuándo pensabas preguntarme?
—Te estoy preguntando.
El teléfono vibró entre los dos. Gabriel lo giró, leyó el nombre de Álex y rechazó la llamada. Después apartó también el vaso, despejando la mesa de cosas que podían caerse si movía demasiado las manos.
—Has pagado una obra y has dibujado dónde voy a trabajar. Eso lo has hecho ya.
—El cobertizo hay que arreglarlo de todas formas.
—¿Para qué? ¿Para guardar la cortadora de césped? ¿También necesita una mesa de dos metros?
Mateo miró hacia el balcón. Le molestó la exactitud de la burla más que su tono.
—No hace falta que lo ridiculices.
—Entonces no me digas que esas tomas de corriente son para tu padre.
Gabriel se interrumpió. La frase había salido más lejos de lo que pretendía. Mateo se quedó mirándolo y él bajó la voz.
—Joder. No quería decirlo así.
—Pero lo has dicho.
—Sí. Lo siento. Lo siento por eso. Lo demás te lo estoy preguntando en serio.
Mateo recogió el presupuesto y lo puso encima del plano. Una cifra visible parecía más honesta que dejarla debajo.
—Son dos mil cuatrocientos de adelanto. Míos. No he tocado la cuenta común.
Gabriel apartó el vaso para que no se volcara al retirar el plano. El agua seguía sin beber.
—No puedo creer que me estés explicando eso como una tranquilidad.
—No sabía cuándo hablarlo. Cada vez que saco la casa estás cansado o tienes que irte.
—Ayer estuvimos aquí toda la noche.
Mateo recordó las cerezas. No pudo apropiarse también de aquella noche.
—Quería que estuviera claro antes de enseñártelo.
—Pues te lo digo claro yo: no quiero vivir allí este verano.
El silencio dejó oír un partido en la televisión del piso de al lado. Mateo pensó que, si fueran capaces de sentarse a cenar, de dejar el plano un momento, podría explicarse sin aquella presión en la garganta. Pero la cena no estaba preparada y Gabriel seguía de pie.
—Mi padre tampoco va a estar —dijo.
Su pareja lo miró, desconcertado.
—No he dicho que…
—Ya lo sé. Todo el mundo lo sabe. Yo entro y lo sé también. No hace falta que me lo expliquéis.
Fue al fregadero. Había dos huesos de cereza en un plato de la noche anterior; los tiró a la basura y abrió el grifo. Gabriel no lo siguió. Esa distancia de tres metros le pareció una demostración de lo que le esperaba.
—No quiero estar allí solo.
La frase salió contra el ruido del agua. La repitió al cerrar.
Gabriel se apoyó en el borde de la mesa.
—Entonces no vayas esta noche.
—¿Y mañana? ¿Y cuando tenga que decidir qué hacer con sus cosas? ¿La dejo cerrada hasta que se caiga?
—Puedes ir de día. Puedes contratar lo que haga falta. No tienes que llevarte nuestra cama para entrar por la puerta.
Mateo se volvió.
—Es fácil decirlo cuando puedes coger la furgoneta y salir.
Gabriel retiró las manos de la mesa.
—¿Vamos a discutir ahora de Bilbao?
—No.
—Porque te lo he contado todo. Las fechas. El dinero. Hasta la parte que me da miedo. No voy a volver a defender ese trabajo.
—He dicho que no.
Gabriel respiró por la boca unos segundos. Mateo conocía aquella manera de frenarse y la odió por lo mucho que se parecía a tener razón.
—Yo quiero esta casa —dijo su pareja—. Esta. La que buscamos. No me gustaba el baño, sigo sin poder dejar nada encima de mi mesa y el vecino pone el fútbol como si le pagaran por retransmitirlo. La quiero igual.
Mateo miró las sillas, el balcón, la lámpara que habían tardado dos tardes en colgar. Hasta entonces había tratado aquel piso como la parte resuelta de su vida. Le costaba entender que Gabriel pudiera estar defendiéndolo de él.
—Solo he preguntado a la propietaria por las fechas —admitió.
Gabriel tardó en reaccionar.
—¿Has hablado con ella?
—No he firmado nada. He preguntado qué pasaría si nos íbamos en julio.
—Nos íbamos.
Mateo apretó los labios. La repetición le sonó acusatoria, aunque era la palabra que había utilizado.
—Pensé que al verlo…
Se detuvo. Gabriel dejó salir una risa corta y se llevó el vaso a la boca por primera vez.
—Ya.
El tono no contenía ninguna de las discusiones que Mateo había preparado. Su pareja dobló el plano sin cuidado, cogió el teléfono y se lo guardó.
—Voy a salir.
—No te vayas ahora.
—Necesito salir. No sé ni qué estoy diciendo.
Mateo lo siguió hasta la entrada. Se interpuso sin querer entre él y la chaqueta, lo advirtió al ver que Gabriel se detenía y se apartó. No trató de tocarlo. Su pareja tardó dos intentos en volver la manga del derecho.
—Me gusta pagar a medias aquí —dijo Gabriel, con la chaqueta todavía en la mano—. Me gusta no tener que agradecerte la casa.
Cuando se cerró la puerta, Mateo volvió a la mesa. Se sentó frente al dibujo. Había previsto hasta el lugar donde Gabriel podría dejar el calzado mojado, una bandeja junto al acceso del patio. Lo había hecho pensando en él, con cariño, y seguía sin encontrar una manera de que eso lo disculpara.
La propietaria tenía el móvil apagado. Le escribió que la conversación del día anterior había sido precipitada, que no había un acuerdo para dejar el piso y que no organizara nada contando con ellos. Leyó el mensaje varias veces antes de enviarlo. Después abrió el correo del carpintero.
No escribió. Cerró el ordenador. La obra podía esperar hasta que supiera si Gabriel quería volver a hablar con él.
Gabriel regresó pasada la medianoche. Dijo que iba a dormir en el cuarto pequeño. Mateo recogió una bolsa de ropa de Julián que había dejado sobre aquella cama; Gabriel esperó en el pasillo, sin ofrecerse a ayudarlo.