La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 16. Los pagos pequeños
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16. Los pagos pequeños

Los pagos pequeños

El lunes, Nuria lo esperaba en el local con una cinta métrica que se negaba a recoger. Había desmontado parte de una estantería y dejado los libros en cajas de fruta; la novela que Mateo había encargado semanas antes sobresalía de una de ellas con su nombre escrito en un papel.

—Te la llevo guardando desde antes de empezar con esto —dijo ella.

—La compro hoy.

—Eso es lo de menos. Mira aquí.

La cinta golpeó el suelo. Nuria no la recogió. Le enseñó el presupuesto que acababa de recibir y una diferencia en la partida de carpintería que Mateo había calculado sin confirmar. No era una fortuna; para ella significaba renunciar a varias mesas o retrasar la apertura del espacio de talleres.

—Me dijiste que entraba.

—Con una solución más sencilla, sí.

—Me enseñaste esta.

La hoja tenía sus propias anotaciones. Mateo reconoció una flecha dibujada en una tarde en la que pensaba en la llamada de Alicia más que en los números que tenía delante. La vergüenza le produjo una irritación que tuvo que contener antes de contestar.

—Debería haberlo contrastado. Voy a hablar con el carpintero.

—Ya he hablado yo. No puede bajar tanto.

Nuria se cruzó de brazos. Hasta entonces había mostrado una paciencia que él había confundido con ausencia de urgencia.

Su clienta tenía una reserva de dinero limitada y una programación de talleres que necesitaba anunciar.

No podía acompañar indefinidamente el duelo de su arquitecto con las puertas cerradas.

—Puedo rehacer esta parte sin cobrarte las horas —dijo Mateo—. Manteniendo el paso libre y quitando el módulo superior. Pero necesito comprobarlo antes de decirte que funciona.

—¿Cuándo?

—El jueves.

Nuria lo miró.

—El jueves de esta semana.

—Sí.

—Si no llegas, me lo dices el miércoles. No el viernes con una explicación.

Mateo anotó la fecha en el teléfono delante de ella. Se agachó a recoger la cinta y tuvo que desenrollarla un poco más para desbloquearla. Nuria lo observó con una expresión menos hostil.

—Mi hermana me dice que debería contratar a alguien de Santander.

—Lo entiendo.

—No quiero que lo entiendas. Quiero terminar la obra contigo y no arrepentirme.

Salió del local con la novela bajo el brazo y el encargo convertido en una obligación precisa.

Durante dos horas trabajó en casa sin abrir el correo personal.

Encontró una solución menos vistosa y más fácil de mantener, preparó un dibujo para el carpintero y se lo envió con preguntas concretas.

Al acabar se sintió cansado de una manera que casi había olvidado: por haber hecho algo entero.

El mensaje de Elena llegó a las tres y veinte.

Eran fotografías de cuatro resguardos y una nota: «Esto es lo que he encontrado.

No es todo. El del año noventa y seis está casi borrado».

Mateo amplió la primera imagen. Reconoció el nombre de su madre junto al de la entidad bancaria.

Las cantidades variaban; no había una regularidad que pudiera convertirlas en una devolución ordenada.

Cogió un cuaderno y empezó a sumar. Después se detuvo. Los papeles demostraban que había habido pagos, no cuánto se había devuelto en total, ni cuánto había costado lo ocurrido. Volvió a hacer la suma. Faltaban fechas; dejó varios renglones en blanco entre dos cantidades.

Llamó a Pilar a media tarde. Ella tardó en reconocerlo y luego lo reprendió por anunciar su nombre completo.

—Como si tuviera veinte Mateos Ferrer en la agenda.

Le preguntó por su trabajo y por una molestia de espalda que él no recordaba haberle contado. Era la de otro Mateo, admitió ella después, el hijo de una vecina. Se rieron, y la conversación adquirió durante unos minutos la familiaridad de las visitas al taller de su madre.

Cuando mencionó a Elena, Pilar no se sorprendió.

—Tu madre la veía alguna vez. Pocas.

—¿Aquí?

—En el taller. O tomaban café. No me pedían permiso.

—Mi padre decía…

—Tu padre decía bastantes cosas cuando estaba enfadado. Isabel también.

Mateo apoyó la espalda en el marco de la ventana. Había imaginado a Pilar como una testigo a la que bastaría preguntar para que se ordenaran los hechos. La mujer tenía memoria para unas tardes y ninguna para otras; confundía un año y después recordaba con absoluta precisión el color de una tela.

—Ella le devolvía dinero —dijo él—. A mi madre.

—Alguna vez la vi traer un sobre. No lo abrí.

—¿Isabel hablaba de eso?

Pilar guardó silencio tanto rato que Mateo pensó que se había cortado la llamada.

—Tu madre estaba muy enfadada, sobre todo al principio. Con Elena y con Julián. Trabajábamos muchas horas y cada gasto se miraba dos veces. Eso sí lo recuerdo. Y recuerdo que un día me dijo que si esperaba a que ellos dos resolvieran su orgullo, no iba a ver una peseta.

Mateo bajó la cabeza. Podía verla junto a la máquina de coser, agotada y práctica, exigiendo lo que era suyo sin organizar una reconciliación.

—¿Mi padre lo sabía?

—No lo sé. Tu madre no me contaba todos sus matrimonios con él.

—Solo tuvo uno.

—Eso crees tú. Yo la vi casada con Julián de muchas maneras.

Antes de colgar, Pilar le pidió que le llevara unas cajas de hilos que habían quedado en la casa.

No las necesitaba ella; una asociación recogía material para talleres y todavía podían servir.

Mateo dijo que las buscaría, y sintió el alivio de recibir una petición que podía cumplir sin descifrar a nadie.

Esa noche Gabriel volvió con una bolsa de comida preparada y una quemadura pequeña en el antebrazo, hecha al rozar una lámpara que otro había dado por fría. Mateo dejó los papeles para mirársela. Gabriel se apartó con una sonrisa cansada.

—Ya está atendida. No abras una unidad de vigilancia en la cocina.

—Tiene mala pinta.

—Tiene la pinta que tiene una quemadura de hace seis horas. ¿Hay platos limpios?

Comieron en la mesa despejada a medias. Mateo le contó la conversación con Pilar y los resguardos. Gabriel hizo preguntas concretas, quiso saber si Elena había dicho algo más del encuentro, escuchó la parte en que su tía le había preguntado si iba a cobrar. No se rio.

—Tuvo que ser duro oírlo.

—Creo que fui bastante insoportable.

—Puede ser. No estaba allí.

La respuesta le gustó más que una absolución automática. Mateo apartó el plato y apoyó los dedos en la muñeca de Gabriel. La piel estaba caliente del trayecto y del trabajo. Llevaban días tocándose deprisa, como si cada gesto tuviera que justificar el tiempo que ocupaba.

—Gracias por escucharme.

Gabriel giró la mano y le sujetó los dedos.

—Hoy puedo.

Después recogieron juntos. Gabriel lavó una sartén que no habían utilizado esa noche y contó un error de Dani que había dejado un auditorio a oscuras durante once segundos, «once, que los contó el responsable con una precisión conmovedora».

Mateo se rio. Imitaba mal las voces y no parecía importarle; una ceja le subía más que la otra cuando llegaba al remate.

En la cama, Gabriel se quedó despierto. Mateo notaba por la posición de su espalda que no estaba buscando postura. Le puso una mano sobre el hombro y esperó.

—El día que murió tu padre —dijo Gabriel al fin—, por la mañana había estado mirando el calendario de abril.

Mateo no se movió.

—Pensé que igual cancelábamos Asturias. Que entre sus revisiones, el montaje que me habían cambiado y lo de tu trabajo no iba a haber manera. Me enfadé. Mucho. Estaba harto de contar los días para ver cuándo nos tocaba uno.

—Todos estábamos cansados.

—Déjame acabar.

Gabriel se volvió hacia el techo. Había apartado la sábana hasta la cintura, aunque la habitación estaba fresca.

—Después, durante unos días, no supe qué hacer con los huecos. Miraba una mañana libre y pensaba: ya no hay que llevarlo. Y durante un segundo… era un alivio. Luego me acordaba de por qué.

Mateo sintió un rechazo inmediato, pequeño y cruel, que le avergonzó reconocer. También él había dormido una noche entera después de semanas pendiente del teléfono. También había salido del supermercado sin comprar lo que le gustaba a Julián y había tardado en comprender aquella ligereza.

—A mí me pasó con las llamadas —admitió—. Una mañana no miré el móvil hasta las nueve. Luego me dio asco haber dormido bien.

Gabriel lo buscó bajo la sábana. No hubo nada que arreglaran con palabras. Mateo se acercó y dejó que apoyara la cabeza en su hombro. Estuvieron así hasta que el peso de Gabriel cambió, rendido por fin al sueño.

El martes, Gabriel volvió con el calendario de Bilbao y una botella de vino que dejó en la nevera.

Habían aceptado el trabajo. Empezarían en junio, con un primer montaje corto y dos bloques más largos después.

Mateo miró las fechas antes de abrazarlo.

Le habría gustado que aquel orden no se notara; Gabriel lo notó y no dijo nada.

—¿La botella es para celebrarlo o para negociar? —preguntó Mateo.

—Depende de cuánto tardes en abrirla.

Buscaron el sacacorchos entre utensilios que ninguno recordaba haber comprado.

Gabriel acabó encontrándolo en el cajón de los cubiertos.

Sirvieron poco porque todavía tenían que cenar y porque Mateo se había acostumbrado a dormir mal con una copa entera.

El primer brindis fue torpe: golpeó demasiado fuerte y salpicó la manga de su pareja.

—Coordinación —dijo Gabriel, mirando la mancha—. Eso es lo que voy a vender allí.

Mateo se la secó con un paño. Gabriel le quitó el vaso para poder besarlo sin volver a mojarse.

Más tarde repasaron los viajes. Había una ausencia que coincidía con el cumpleaños de Mateo. Gabriel había intentado moverla y no había podido; se lo dijo antes de que él llegara al día señalado. Mateo hizo una mueca, luego preguntó si celebrarían los cuarenta antes o después.

—Las dos veces —respondió Gabriel—. Para que te vayas haciendo a la cifra.

—Qué considerada es la gente mayor.

Acabaron hablando de los otros cumpleaños, de la noche en que se quedaron sin reserva porque cada uno creía que llamaría el otro.

Mateo fue a buscar pan y se quedó un instante en la cocina, escuchando a Gabriel hablar con Dani por teléfono.

Estaba contento. Volvió con ganas de contarle una idea que llevaba varios días ordenando, pero su pareja aún reía y prefirió esperar al día siguiente.

El miércoles pasó por la casa para recoger los hilos de Pilar.

En el cuarto del fondo encontró también patrones, anotaciones sobre una clienta que se empeñaba en pedir bolsillos y luego los rechazaba.

Se sentó en el suelo y llamó a Pilar. Le leyó una nota y ella reconoció a la mujer antes de que llegara al final.

—No me mandes esos patrones —dijo—. Bastante tuve una vez.

Hablaron un rato. Mateo preparó las cajas y dejó aparte las tijeras de su madre, con la cinta gastada en un mango.

Iba a marcharse cuando llamó Ramón, el carpintero al que había pedido presupuesto.

Estaba cerca y podía mirar el cobertizo.

Mateo consultó la hora: le quedaban cuarenta minutos antes de la visita a la librería.

El hombre comprobó la puerta, las tablas del fondo, una mancha antigua junto al zócalo.

Mateo le enseñó el dibujo que había hecho para colocar allí una mesa larga.

Podía servir para su trabajo o para los aparatos de Gabriel; había previsto espacio para las dos cosas, lo cual le parecía una prueba de que estaba teniendo en cuenta a su pareja.

—Y el baño, ¿lo dejamos? —preguntó el carpintero.

—Quería cambiar solo el mueble. Lo demás puede esperar.

Vieron las medidas. Al subir, Mateo se detuvo en la habitación donde había dormido de joven. La cama seguía montada. Desde allí podía oír a Julián llamándolo a comer con una nitidez que lo obligó a permanecer quieto hasta que el carpintero preguntó si también querían tocar aquel armario.

—No. Eso no.

El hombre habló de fechas. Podía encajar el trabajo pequeño antes de verano si Mateo confirmaba esa semana.

La cubierta iría aparte, con otra empresa; aquello no sustituía la reparación que necesitaba la casa.

Mateo lo sabía. Se lo repitió para demostrar que no estaba mezclándolo todo y, al hacerlo, llegó tarde a la librería.

Nuria había empezado sin él. El carpintero de la estantería se marchó diez minutos después y Mateo tuvo que resolver la mitad de sus preguntas por teléfono.

A las seis envió la revisión que había prometido para el jueves.

Haber adelantado la entrega le produjo una satisfacción desproporcionada; la utilizó para contestar el otro correo que esperaba en la pantalla.

Aceptó el trabajo del cobertizo y el mueble del baño. Transfirió dos mil cuatrocientos euros de su cuenta personal. Luego llamó a la propietaria del piso para preguntar qué tendrían que hacer si lo dejaran a finales de julio.

—¿Os habéis comprado algo? —preguntó ella.

Mateo miró el dibujo abierto junto al ordenador.

—Tenemos la casa de mi padre.

—Ah. Claro.

No corrigió el plural. Escuchó las fechas que la mujer le pidió comprobar en el contrato y prometió escribirle cuando hubiera hablado con Gabriel. Ella dijo que prefería saberlo cuanto antes: tenía una sobrina buscando piso. Al colgar, Mateo anotó julio en el margen del dibujo.

También envió a Elena una fotografía del dibujo. «Si te apetece venir, arriba hay un cuarto para ti», escribió. Añadió que estaban mirando cómo aprovechar la casa. Su tía leyó el mensaje y no respondió. Mateo dejó el teléfono con la pantalla hacia abajo para no comprobarlo otra vez.

Gabriel llegó con hambre y una bolsa de cerezas.

Se había acordado de que le gustaban, dijo, y después protestó porque costaban como si las hubieran recogido una a una con permiso de cada árbol.

Mateo se rio. Cenaron frente al balcón y él estuvo a punto de sacar el plano dos veces.

La primera Gabriel tenía la boca llena. La segunda estaban besándose, con el sabor de las cerezas todavía entre los dos.

El plano se quedó bajo el frutero. La transferencia, en cambio, ya aparecía descontada de su saldo.