La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 15. Lo que se debía #2
63%

15. Lo que se debía #2

—Si tienes que irte, dímelo.

—He quedado con una amiga para comer a las dos. Tengo tiempo. Habíamos dicho una hora porque no sabía cómo ibas a hablarme.

—¿Y cómo te estoy hablando?

—A ratos, mal.

Mateo soltó una risa breve que se le quedó a medias.

—Tú tampoco estás siendo muy amable.

—Tengo práctica en no serlo cuando se nombra a mi hermano.

La frase llegó sin orgullo. Por primera vez él pudo imaginar a Elena después de aquel café: caminando hacia su casa, enojada consigo misma por haber repetido una conversación antigua con una persona distinta.

Su padre tampoco había sabido desprenderse de ciertas frases.

Los dos se habían conservado mutuamente en la edad en que se hicieron daño.

—No quiero tu dinero —dijo Mateo.

—Ya.

—Y no he venido a obligarte a quererlo.

Elena levantó los ojos.

—Eso todavía no lo tienes tan claro.

No pudo negarlo enseguida. Se había imaginado volviendo con una noticia que pudiera poner junto a las cenizas de una vida terminada, algo que convirtiera la búsqueda de su padre en un éxito tardío. Había contado con la gratitud de Elena sin preguntarse por qué tendría que dársela.

Guardó la carpeta. Dentro, una esquina de la fotografía sobresalía entre los papeles. La sacó y la dejó sobre la mesa.

—Esta sí quería enseñártela.

Elena acercó las gafas al rostro. En la imagen sujetaba el manillar de una bicicleta mientras Mateo, con las rodillas llenas de tierra, protestaba por algo que ninguno de los dos recordaba. Al fondo estaba la puerta de la casa familiar, recién pintada entonces.

—La bicicleta era roja —dijo ella.

—Aquí parece naranja.

—Porque tu madre la dejó al sol antes de guardarla en el álbum. Esta copia la tenía en la cocina.

—¿Te acuerdas de eso?

—Me acuerdo de que me molestaba salir tan fea. Tenía otra donde parecía una persona normal y eligió esta.

Mateo se inclinó para mirar de nuevo. Elena tenía la boca abierta, el pelo en la cara, una pierna adelantada para no caerse. Él llevaba un casco demasiado grande.

—Yo la habría elegido también.

Su tía lo miró por encima de las gafas, valorando si era una cortesía. Luego volvió a la foto.

—Te empeñabas en salir sin ruedines. A los veinte metros querías que te cogieran. Tu padre decía que había que dejarte caer una vez. Isabel salió de casa y le dijo que te dejara caer él si tantas ganas tenía.

El recuerdo le hizo reír. Esta vez no le pareció una traición. Elena siguió sujetando la fotografía mientras le preguntaba por su trabajo, por Madrid, por el momento en que había vuelto. Mateo contestó con más detalle del que pretendía. Al mencionar a Gabriel, esperó una reacción que no llegó.

—¿Cuánto lleváis juntos?

—Tres años.

—¿Es de Valnera?

—Sí. Nos conocíamos de antes.

—¿Y tu padre?

La pregunta estaba incompleta y aun así Mateo supo contestarla.

—Le costó. Luego… tenían sus cosas. A veces se veían sin mí.

Elena dejó la foto sobre la mesa con cuidado.

—Eso no lo habría adivinado.

—Yo tampoco, hace unos años.

Elena le preguntó por el trabajo de Gabriel. Durante unos minutos hablaron de él, de su horario absurdo, del ruido que hacía al buscar cualquier cosa procurando no despertar a nadie. Mateo se oyó describiéndolo con ternura y sintió una añoranza física, inesperada, de su cara dormida.

Cuando salieron, había dejado de llover. Elena se ajustó el bolso y le señaló por dónde podía volver al hotel. Él le ofreció acercarla en coche; ella prefirió caminar.

—Buscaré algún justificante —dijo antes de despedirse—. No sé qué habré conservado. Hace mucho tiempo.

—No tienes que hacerlo hoy.

—Hoy no pensaba hacerlo.

Mateo aceptó el límite con una inclinación de cabeza. Elena extendió la mano para devolverle la fotografía, pero él le dijo que podía quedársela unos días. Ella negó.

—Hazme una copia. Esta llévatela tú.

Se dieron dos besos menos torpes que al llegar.

Mateo la vio alejarse y estuvo a punto de llamarla para pedirle algo que no sabía nombrar: una segunda cita, una garantía de que no volverían a pasar treinta años, un gesto de cariño que compensara la mañana.

Se quedó donde estaba. Elena levantó una mano al llegar a la esquina sin darse la vuelta.

Había reservado hasta el domingo, pero después del encuentro no quiso pasar otra noche esperando algo que ya había ocurrido.

Avisó al hotel de que se marchaba antes; no recuperó el importe de la segunda noche.

En el coche llamó a Gabriel. Tardó en responder; se oyó agua y el golpe de un objeto en el fregadero.

—¿Qué tal?

—Difícil.

—Me lo imaginaba.

Mateo apoyó la frente en el volante. Quería contárselo todo en orden para demostrar que había escuchado. En cambio dijo:

—Tiene tu costumbre de decir las cosas cuando ya no hay manera de fingir que no las has oído.

—Qué mujer tan desagradable.

Se rio, y la risa le hizo daño detrás de los ojos.

—Voy a salir ahora. Te llamo cuando pare.

—¿Has comido?

—No.

—Pues come antes de conducir.

Estuvo a punto de responder que no necesitaba que lo cuidaran. Oyó el cansancio en su propia réplica antes de pronunciarla y la dejó pasar.

—Vale. ¿Qué estás haciendo?

—Limpiando una fuente que alguien abandonó en el horno hace una semana.

—Yo.

—No he señalado a nadie.

Mateo cerró los ojos. Le habría gustado estar en aquella cocina, apartarle las manos del fregadero y besar el espacio detrás de su oreja. Se lo dijo. Gabriel permaneció un momento en silencio.

—Vuelve con cuidado —respondió al fin—. La fuente puede esperar otra hora.

Al llegar a Valnera pasaron la noche juntos.

Gabriel lo recibió todavía con olor a jabón en las manos; Mateo dejó la carpeta en la entrada y durante un rato no volvió a buscarla.

Más tarde, mientras su pareja dormía, se levantó a beber agua y encontró el dibujo del cobertizo sobre la mesa. Lo había dejado allí antes del viaje.

Sacó un lápiz. Añadió una puerta, rectificó la medida de una mesa.

Pensó en Elena con una maleta, quedándose un par de días para hablar sin mirar la hora; pensó en Gabriel entrando desde el patio.

El dibujo tenía sitio para todos y ninguna de las objeciones que habían hecho durante la semana. Lo guardó antes de volver a la cama.