15. Lo que se debía
Lo que se debía
Elena llegó antes que él y escogió una mesa desde la que se veía la puerta.
Mateo la reconoció por la forma de apartarse el pelo, aunque en las fotografías lo llevaba oscuro y ahora tenía una franja blanca sobre la frente.
Había dejado el bolso entre los pies y sujetaba la carta de desayunos con las dos manos.
Al verlo, la dobló por la mitad sin darse cuenta.
—No sabía si darte un beso —dijo él.
—Pues estamos igual.
Se levantó lo justo para que se tocaran las mejillas.
Olía a jabón y a la lluvia fina que le había mojado el abrigo.
Mateo sintió el impulso desconcertante de abrazarla; lo contuvo al notar que ella volvía a sentarse.
En la mesa había un café casi terminado y un platillo con migas.
Su tía había desayunado mientras lo esperaba.
Aquello lo descolocó más que cualquier gesto solemne.
—¿Has dormido bien?
—Regular. El colchón.
—Los hoteles baratos de esta zona tienen esa costumbre.
—No era tan barato.
—Entonces te han engañado dos veces.
La risa le salió antes de decidir si le correspondía reír. Elena lo observó durante un momento, buscando quizá algo que él no podía ofrecerle. Después llamó al camarero y pidió otro café. Mateo se quitó la chaqueta; tenía calor a pesar de la humedad que traía de la calle.
Había ensayado el principio durante el desayuno del hotel.
Una frase sencilla sobre su padre, otra acerca del motivo del viaje.
Al encontrarse con ella solo pudo pensar en sus manos.
En el índice derecho tenía una deformación pequeña, cerca de la uña.
Recordó de pronto un dedo vendado que le sujetaba el sillín de una bicicleta.
—Te pillaste una mano en una puerta —dijo.
Elena bajó la vista.
—En la del coche de tu padre. Tú lloraste más que yo.
—Me acuerdo de la venda.
—Me pusieron dos puntos. Julián decía que no entendía cómo podía ser tan torpe. —Se detuvo, buscando el azucarero—. Tenías seis o siete años.
—Pensaba que ocho.
—Puede ser. No voy a discutir por eso.
Mateo había llevado la fotografía del álbum, pero no la sacó.
La carpeta pesaba contra su tobillo dentro de la mochila.
Había organizado los papeles por fechas, con separadores adhesivos, y ahora le avergonzaba presentarse ante aquella mujer con un expediente.
Ella tenía derecho a tomar un café, averiguar cómo era su sobrino adulto y marcharse sin resolverle la infancia.
—¿Vives cerca?
—A veinte minutos andando. Según las ganas que tenga. Hoy he venido en autobús.
Le contó que compartía el cuidado del local de una amiga, dos tardes a la semana, y que ya no aceptaba encargos de restauración grandes.
Una cómoda pequeña podía hacerle ilusión; un armario de tres cuerpos le parecía una manera muy pesada de demostrar que seguía siendo joven.
Mateo le preguntó si conservaba taller y ella describió una habitación con ventilación al patio.
Él calculó involuntariamente metros, luz, espacio de maniobra.
—No me lo vas a reformar —advirtió Elena.
—No estaba pensando eso.
—Se te ha puesto la misma cara que a tu padre cuando miraba una factura ajena.
La comparación le molestó. Cogió el vaso de agua y bebió demasiado deprisa.
—Soy arquitecto. Me imagino los espacios.
—Ya. Perdona.
La disculpa, tan rápida, lo dejó sin una réplica que había empezado a formarse.
Esperó a que el camarero pusiera el café entre ellos.
En la mesa contigua una mujer cortaba una tostada para un niño que insistía en hacerlo solo.
Elena miró la escena, después el reloj, y Mateo sintió que el tiempo acordado se le escapaba en conversaciones que no sabía apreciar.
—He encontrado los papeles del préstamo.
Su tía dejó la cucharilla.
—¿Qué papeles?
—Los del banco. Mi padre figuraba como avalista. Mi madre… acabaron utilizando dinero que tenía para su taller.
—Sí.
Había esperado una negación o una justificación inmediata. Aquel sí tan breve lo obligó a continuar sin oponente.
—En casa nunca se dijo que el negocio era tuyo.
—En tu casa se dijeron muchas cosas. No sé cuáles escuchaste.
—No escuché ninguna.
Elena se echó hacia atrás. Tenía las gafas colgadas del cuello y empezó a limpiar un cristal con el borde de la chaqueta; comprobó que lo empeoraba y las dejó sobre la mesa.
—Había comprado un local con otra mujer.
Vendíamos muebles recuperados, hacíamos trabajos para particulares.
Ella llevaba las cuentas y yo el taller.
Esa frase queda muy bien cuando la digo así, pero también era una manera de no mirar lo que no quería.
Firmaba cosas. Sabía cuánto debíamos de alquiler.
Veía que pasaban semanas sin vender una pieza grande.
—¿Y mi padre lo sabía?
—Sabía lo que yo le contaba. Al principio vendíamos. Luego dejaron de pagarnos dos encargos. Pedimos dinero para aguantar. Tu padre me dijo que firmaba y que no se lo dijera todavía a Isabel.
Mateo apretó la rodilla contra la mochila.
—¿Por qué?
—Pregúntaselo a él.
La respuesta salió seca. Elena cerró los ojos un instante.
—Perdona. No quería… Me lo has preguntado igual que él. Por qué esto, por qué lo otro. No sé por qué no se lo dijo. Yo tampoco se lo dije, y habría podido coger el teléfono. Tu madre me caía bien antes de que me prestara un duro.
—Ella ni siquiera sabía que os lo estaba prestando.
—No. Al principio no.
El niño de la mesa de al lado derramó el zumo.
Durante unos segundos todos se ocuparon de esquivar el líquido y buscar servilletas.
Mateo recogió del suelo un dinosaurio de plástico.
Al devolvérselo, el niño lo miró con desconfianza, agarrándolo por la cola.
A su lado Elena retiraba el bolso con una expresión casi agradecida por la interrupción.
Cuando volvieron a quedarse solos, su tía había doblado la servilleta hasta convertirla en un rectángulo diminuto.
—No cerré cuando tendría que haber cerrado —continuó—. Me empeñé. Pensaba que si vendía el aparador que tenía a medias, si entraba un cliente, si nos pagaban lo pendiente… Y cada mes era peor. Tu padre se enteró de cuánto debíamos cuando ya no había manera de ocultarlo.
—Tuvo que pagar.
—Tuvieron que pagar. También tu madre.
Oírla corregirse le produjo un alivio desagradable, como si hubiera conseguido arrancarle una confesión. Llevaba varios minutos interrogándola. Intentó suavizar la voz, pero sonó todavía más forzado.
—¿Y después?
—Después me fui a trabajar por cuenta ajena.
Limpié pisos una temporada. Hice arreglos de muebles por las noches.
Alquilé una habitación donde no cabía ni la cama que había hecho para mí.
—Movió el hombro, incómoda con su propia enumeración—.
No te cuento esto para que me tengas pena. Se lo devolví a trozos. Lo que pude.
—No he encontrado ingresos tuyos.
—¿En qué años has mirado?
Mateo abrió la mochila. Sacó la carpeta, pero al ver la expresión de Elena la dejó cerrada junto al vaso.
—Hay extractos. Algunos justificantes.
—Tu madre me dio una cuenta suya. No la de él.
—¿Por qué?
—Porque una tarde me presenté en su taller con treinta mil pesetas y tu padre no quiso cogerlas. Le parecía una burla. Isabel salió detrás de mí y las cogió en el portal.
Su madre había tenido una manera particular de meter los billetes en el bolsillo del delantal: doblados una vez, con las monedas aparte para no romper la tela.
Mateo la vio de ese modo antes de recordar que no había presenciado aquella tarde.
Apartó la imagen. No quería rellenar otra historia con escenas que deseaba ciertas.
—¿Eso lo puedes demostrar?
Elena lo miró sin pestañear.
—¿Has venido a conocerme o a cobrar?
—No he dicho eso.
—Has sacado una carpeta y me has pedido pruebas.
—Estoy intentando saber qué pasó.
—Pues pasó que tu madre se quedó sin dinero por culpa mía. Y por una decisión de tu padre. Las dos cosas. Puedes llevarte las dos a casa.
La voz había subido lo bastante para que la mujer del niño girase la cabeza. Elena bajó la voz y se inclinó hacia él. La furia no había disminuido.
—No te he pedido que me absuelvas. Tampoco voy a aceptar que vengas en su lugar a pasarme una factura que llevo pagando más de treinta años.
—Él te buscaba.
—Ya lo sé.
—Quería arreglarlo.
Elena se apartó de la mesa. Por un momento Mateo creyó que se levantaría. Había transcurrido poco más de media hora; le pareció insoportable haber conducido hasta allí para verla marcharse antes de entender nada.
—No sabes lo que quería —dijo ella.
—Alicia me contó…
—Alicia te contó que había preguntado por mí. Lo demás lo has puesto tú.
Mateo abrió la boca y la cerró. A través del cristal veía a un hombre sujetar un paraguas vuelto del revés. La imagen le pareció ridícula y ofensiva: fuera seguían ocurriendo cosas que no tenían ninguna relación con su padre.
—Se murió hace unas semanas —dijo, y aborreció el modo en que había usado la frase.
Elena recogió las gafas y se las puso para mirar la carta de desayunos, todavía abierta junto a su taza. Cuando habló, la voz había perdido dureza.
—Lo sé. Alicia me llamó.
—No viniste.
—No.
—¿Por él o por mí?
—No te conocía, Mateo. Hacía años que no te conocía.
Esa fue la respuesta que le hizo más daño.
Le habría resultado más sencillo soportar un insulto contra Julián que aceptar que aquella mujer no lo había tenido presente durante décadas.
Había imaginado una familia rota alrededor de un niño y ahora encontraba adultos que habían seguido viviendo sin organizarse en torno a su ausencia.
Elena pasó el pulgar por la montura de las gafas.
—No supe si mi presencia serviría para algo que no fuera llamar la atención. También me dio miedo ir. Que me preguntaran dónde había estado. Que tu padre estuviera allí y yo… —Se detuvo—. No tengo una respuesta bonita.
—Yo tampoco habría sabido qué hacer contigo.
—Pues mira.
El camarero se acercó para preguntar si querían algo más. Mateo pidió otra agua. Su tía miró el reloj de nuevo, y esta vez él lo señaló.