La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 14. Una habitación disponible
57%

14. Una habitación disponible

Una habitación disponible

Gabriel decidió no ir a Gijón. Se lo dijo tres días después, cuando Mateo ya había encontrado un hotel que permitía cancelar hasta la víspera. Había dejado preparada una reserva para dos, sin confirmarla, diciéndose que era una forma de mantener abierta la posibilidad.

—Quiero quedarme —dijo Gabriel.

—¿Por trabajo?

—No.

Mateo esperó una explicación más útil.

—He quedado con Vera e Irene. Hace semanas que no las veo sin que haya algo que hacer después.

Él miró la página del hotel. No había pensado en el viaje como unas vacaciones, pero ver a Gabriel eligiendo otra cosa le hizo sentir que se quedaba solo en una obligación que nadie le había impuesto.

—Vale.

Gabriel se sentó frente a él.

—No quiero ir a una conversación de familia donde no sabes todavía si ella me quiere allí. Y no quiero pasar el fin de semana mirando cómo os hacéis daño.

Mateo levantó la cabeza.

—No sabes si va a pasar eso.

—No. No lo sé.

La respuesta no le dio terreno para discutir. Gabriel se frotó las manos, cansado.

—También necesito estar un día en otro sitio de la cabeza, Mateo.

Él bajó la vista. Podía entenderlo mientras no tuviera que sentir las consecuencias. Reservó una habitación individual y dejó el teléfono sobre la mesa con demasiado cuidado.

* * *

La semana pasó entre llamadas a la gestoría, visitas a la librería y tardes en la casa. El hombre que revisó la humedad separó dos trabajos: detener la entrada de agua y reparar después el interior. Mateo pidió las cifras por separado. Luego sacó la cinta para medir el cobertizo.

Había llevado ya seis bolsas al piso. Gabriel puso dos en el estudio de Mateo y dejó las otras junto a la puerta, sin ordenarlas por él. Al llegar, Mateo preguntó si tenía que quitarlas esa misma noche.

—Las que tapan la mesa, sí. Tengo que usarla.

Él quiso explicar que contenían cosas delicadas. Gabriel había abierto el ordenador y esperaba; Mateo cogió las bolsas y las llevó al dormitorio. Una le rozó la rodilla con una esquina de madera. La dejó caer con rabia sobre la cama.

Por la noche, cuando salió a cenar, Gabriel tenía desplegado su trabajo sobre la consola.

Mateo se sorprendió de lo poco que ocupaba al encontrar un sitio despejado.

Había pensado en ofrecerle el cobertizo otra vez.

No lo hizo. Sacó una hoja de su cuaderno y dibujó en silencio mientras esperaba a que terminara.

Aquella noche, Gabriel se acercó por detrás mientras él fregaba y le besó el cuello. Mateo dejó de moverse. Lo había echado de menos incluso estando en la misma casa; giró la cabeza y buscó su boca con una urgencia que sorprendió a los dos.

Fueron al dormitorio dejando el agua correr unos segundos hasta que Gabriel volvió a cerrarla.

Se rieron al recordarlo y después ya no hubo mucha conversación.

Mateo pudo desear sin que el deseo le pareciera una falta de respeto a nadie.

Gabriel tiró de él cuando intentó apartarse para quitar la colcha, y acabaron con ella a los pies, debajo de la ropa.

Al terminar, se quedó abrazado a él. Gabriel le acarició el brazo hasta que Mateo mencionó que había encontrado otra fotografía de Elena.

La mano se detuvo.

—¿Podemos no hablar de eso ahora?

Mateo se quedó rígido.

—Solo iba a decirte una cosa.

—Ya. Pero ahora no.

Se separó un poco para mirarlo. Gabriel tenía los ojos cerrados. Mateo tardó en volver a apoyarse junto a él.

—Vale —dijo al fin.

Gabriel le besó la frente, un gesto que esa vez no le gustó. Mateo no lo corrigió. Permanecieron juntos hasta que el sueño fue encontrando a cada uno por separado.

* * *

El jueves por la tarde fueron a comprar una maleta para Gabriel.

La que utilizaba tenía una rueda rota y llevaba meses prometiendo cambiarla antes del siguiente viaje.

Mateo se ofreció a acompañarlo porque necesitaba salir del piso.

No dijo que también quería pasar una hora con él sin cartas entre los dos.

En la tienda, Gabriel eligió la primera que parecía resistente. Mateo quiso comprobar las medidas, el peso, la garantía y un bolsillo que no le parecía útil. Gabriel lo dejó hablar hasta que el dependiente empezó a mirar el reloj.

—Me la llevo —dijo Gabriel.

—Hay otra muy parecida que…

—Esta tiene ruedas. Las cuatro funcionan. Es un progreso enorme.

Mateo cerró la boca. El dependiente agradeció la decisión con una energía poco disimulada. Al salir, Gabriel arrastró la maleta vacía por la acera y el ruido les impidió hablar hasta llegar a una plaza.

—Te gusta mucho comprar cosas para los demás —dijo.

—Solo intentaba ayudarte.

—Pues ya está. Comprada. Ahora invítame a algo, que me he quedado sin dinero.

Mateo se rio y le señaló una terraza al otro lado de la plaza. Se sentaron en una terraza y pidieron algo. Gabriel dejó la maleta junto a la mesa, donde parecía el equipaje de alguien a punto de irse sin avisar. Mateo intentó no mirar demasiado.

—¿Te hace ilusión? —preguntó.

Gabriel siguió su mirada.

—¿La maleta?

—Lo de Bilbao.

Gabriel removió el hielo del vaso.

—Sí. Y me da miedo. No sé si allí voy a ser tan bueno como aquí.

La confesión lo sorprendió. Gabriel solía hablar de problemas de trabajo con palabras concretas: horas, equipos, fechas. Rara vez decía algo que pudiera parecer una duda sobre sí mismo.

—Eres bueno.

—Aquí sé a quién llamar cuando algo sale mal. Sé quién exagera y quién de verdad necesita que llegues antes. Allí voy a tardar en enterarme de todo eso.

Mateo escuchó. Había creído que su pareja se acercaba al trabajo nuevo con una confianza que él había perdido. El hielo de su vaso se había derretido mientras lo escuchaba.

—Puedes tardar —dijo—. No te han contratado porque conozcas ya a todo el mundo.

—Todavía no está todo cerrado.

—Bueno. Te están mirando porque sabes hacer lo que haces.

Gabriel lo observó y sonrió un poco.

—Esa frase te habría costado mucho decirla sobre ti.

—Estamos hablando de ti. Aprovecha.

Gabriel se rio. Mateo dejó una mano sobre la mesa y Gabriel la cubrió con la suya. No hablaron durante unos segundos. El camarero dejó la cuenta entre sus vasos y tuvo que disculparse al darse cuenta de que casi les golpeaba los dedos.

Al volver a casa, la maleta se atascó en un adoquín. Gabriel la levantó con una maldición y Mateo no dijo nada sobre haber querido comprobar las ruedas. Gabriel lo miró de reojo.

—Puedes disfrutarlo por dentro.

—Lo estoy haciendo.

Subieron riéndose. En el ascensor, Gabriel lo besó con la maleta entre las piernas de ambos, una postura incómoda que terminó haciéndolos reír otra vez. Mateo se quedó cerca de su boca cuando llegaron al piso.

—Me gustaría que mañana vinieras —dijo.

Gabriel dejó de sonreír del todo.

—Lo sé.

—No te lo estoy pidiendo otra vez. Solo… me gustaría.

Gabriel le acarició la mandíbula.

—Llámame después. Quiero saber cómo te ha ido.

Mateo asintió. Abrió la puerta y sujetó la maleta mientras Gabriel buscaba el interruptor.

* * *

El viernes salió hacia Gijón después de comer. Gabriel le había dejado un bocadillo en una bolsa. Mateo estuvo a punto de llevarse también una carpeta con todas las fotografías, pero eligió solo tres. No quería presentarse ante Elena con un expediente.

Se despidieron en la cocina. Gabriel le preguntó a qué hora pensaba volver el domingo.

—Por la tarde. Te escribo antes de salir.

—Bien.

Mateo lo besó y se quedó cerca.

—¿Vas a estar bien?

Gabriel lo miró, sorprendido.

—Sí. ¿Tú?

La pregunta le permitió reírse un poco de sí mismo.

—No lo sé.

—Pues llámame cuando lo sepas.

En el coche, Mateo oyó un mensaje de Clara sobre un detalle de la librería y lo respondió antes de arrancar. Después abrió la conversación con su padre. El audio seguía allí. Lo miró unos segundos y volvió a cerrarlo.

Llegó al hotel al anochecer. La habitación tenía una cama grande y una silla junto a una ventana que daba a un patio. Dejó la carpeta sobre la mesa y llamó a Gabriel. Él estaba en la calle con Vera; se oía su risa detrás. Mateo preguntó si podía hablar y Gabriel se apartó un momento.

—Ya he llegado.

—¿Todo bien?

—Sí. Ve con ellas.

Lo dijo de verdad, aunque al colgar se sintió solo. Bajó a cenar a un bar cercano. Eligió una mesa pequeña y pidió algo que le apetecía. Había dejado la mochila en la habitación; buscó la correa con el pie antes de acordarse.

La camarera retiró el segundo cubierto y él estuvo a punto de decir que lo dejara.

Cogió la carta de postres aunque todavía no le habían servido la cena.

En la mesa contigua, dos hombres discutían dónde habían aparcado.

Uno estaba seguro de que el coche seguía en una calle por la que Mateo acababa de pasar; el otro sacó las llaves y las dejó junto a la cuenta, harto de buscar en el teléfono.

Mateo los vio salir en direcciones distintas y reunirse otra vez al otro lado del cristal.

El pescado llegó con patatas que no había pedido.

Se comió también las patatas. Cuando le preguntaron por el postre, ya no quería ninguno, pero pidió un café para tardar un poco más en subir.

Pagó y caminó hasta la esquina. Podía acercarse al lugar donde iba a ver a Elena, comprobar la puerta, calcular la distancia.

Abrió el mapa. Estaba a diez minutos y cerraba pronto.

Empezó a andar; al llegar, las sillas estaban ya sobre las mesas.

Se quedó fuera, leyendo el horario pegado en el cristal.

Abierto el sábado a las nueve. Nada más que comprobar.

En el hotel sacó las tres fotografías. Había llevado una de Julián joven, otra de Isabel y la de la bicicleta.

Las puso en fila sobre la colcha y se sentó sin quitarse los zapatos.

En la primera, su padre tenía una mano cortada por el borde de la imagen.

Mateo había mirado aquella fotografía muchas veces sin fijarse en ello.

La acercó a la lámpara, como si pudiera recuperar el trozo que faltaba.

Elena escribió para confirmar la hora. Él contestó que ya estaba en Gijón y recibió un «Hasta mañana» casi inmediato.

Esperó algo más con el teléfono en la mano; luego lo dejó cargando y guardó la fotografía de Isabel.

La sacó otra vez. No sabía si enseñársela sería una crueldad o si su tía conservaría diez parecidas.

Acabó llevando las tres. En una hoja del cuaderno apuntó el nombre de su madre y debajo el dinero del taller.

Escribió una tercera pregunta, la de por qué había tardado tanto en volver.

Al releerla, arrancó la hoja. La dobló una vez, dispuesto a tirarla, pero terminó guardándola en el bolsillo interior de la mochila.

Se duchó. El agua cambiaba de temperatura cada vez que alguien abría un grifo y tuvo que esperar contra los azulejos, con jabón en los ojos.

Después no encontró dónde colgar la toalla.

La tendió sobre el respaldo de la silla, apartó las fotografías de la cama y puso dos alarmas con cinco minutos de diferencia.

La toalla blanca seguía donde la había dejado.

La vio cada vez que se volvió hacia la ventana.