13. La primera llamada
La primera llamada
El lunes, Mateo llevó una de las fotografías al piso para enseñársela a Gabriel.
Había encontrado, detrás de una imagen de su tía, otra en la que aparecían varios chicos junto al campo de deportes.
Gabriel estaba en un extremo, con una camiseta demasiado grande y la expresión de quien no había aceptado del todo que lo fotografiaran.
—Ese flequillo es una agresión —dijo Mateo al dejarla sobre la mesa.
Gabriel se inclinó.
—Tu pantalón tampoco va a ganar nada.
Mateo se buscó en la imagen. Estaba sentado en el suelo, más cerca de Gabriel de lo que recordaba haber estado nunca delante de una cámara. Tenía una rodilla levantada y miraba a alguien fuera del encuadre.
—No me acuerdo de este día.
—Yo sí. Nos cayó una bronca por dejar basura. No era nuestra, pero tu padre nos hizo recogerla igual.
Mateo observó el fondo. Podía haber ocurrido así. Recordaba la bolsa negra, el enfado de Julián, no la fotografía.
—¿Quién la hizo?
—Tu madre, creo. O alguien con su cámara. Se la prestaba a todo el mundo y luego protestaba porque no sabía quién había gastado el carrete.
Se sentaron a mirar los rostros. Gabriel recordaba apellidos que Mateo había perdido y confundía otros que él reconocía al momento.
Discutieron sobre quién se había ido a vivir fuera, quién había vuelto, qué chico había roto una ventana durante un partido.
La conversación los devolvió a una edad que no habían compartido de la misma manera.
Mateo señaló el espacio entre ellos.
—Estábamos siempre cerca.
Gabriel tardó un momento en contestar.
—A veces. Otras te ibas con los de tu curso y yo me quedaba haciendo otra cosa.
Mateo volvió a mirar la distancia entre los chicos de la fotografía.
—Ya lo sé.
Gabriel le rozó los dedos.
—Me gustabas. No voy a fingir ahora que no. Pero no pasé todas esas tardes esperando que me miraras.
—No quería decir eso.
—Un poco sí. Te ha salido cara de final de película.
Mateo se rio, avergonzado. Gabriel acercó la foto de nuevo y señaló una mancha en su propia camiseta.
—Ese día me importaba mucho más que mi madre no viera esto. No salió nunca.
Mateo apoyó la cabeza en el hombro de Gabriel y volvió a mirar a los chicos.
—¿Y ahora?
—Ahora la ropa la lavo yo. Me arrepiento de bastantes decisiones.
Mateo le dio un codazo.
—Sabes lo que te pregunto.
Gabriel dejó la fotografía y le sujetó la cara para besarlo. Mateo se acercó más. Gabriel lo recibió, pero al cabo de un rato se apartó para mirar la hora.
—Tengo que salir.
Él sintió la protesta antes de recordar que Gabriel había quedado con Álex.
—Vale.
Gabriel le dio otro beso, más breve, y se levantó. Mateo se quedó con la foto sobre las rodillas. La guardó detrás de la de Elena.
Elena llamó al día siguiente por la tarde, cuando Mateo estaba en el supermercado.
Vio el número desconocido y contestó antes de salir a la calle.
La voz de su tía le resultó extraña hasta que pronunció su nombre; entonces recordó una manera de alargar la primera sílaba que no había oído desde niño.
—Soy Elena. Tu tía.
Él dejó la cesta en el suelo, junto a una estantería.
—Sí. Alicia me dijo que… Gracias por llamar.
Elena guardó silencio. Mateo oyó tráfico al otro lado.
—Siento lo de tu padre —dijo ella.
—¿Lo sabías antes de que te llamara Alicia?
—No.
La brevedad le pareció fría. Se obligó a recordar que no conocía a aquella mujer lo suficiente para interpretar una pausa.
—Estaba intentando encontrarte.
—Eso me ha dicho Alicia que piensas.
Mateo frunció el ceño.
—He visto las cartas.
—No sé cuáles has visto.
Una persona le pidió que apartara la cesta. Él se disculpó, la cogió y salió hacia la puerta sin comprar nada.
—Podríamos vernos —dijo.
Elena tardó en responder.
—¿Para qué?
La pregunta lo dejó sin una explicación que no fuera evidente para él.
—Porque eres mi tía. Porque mi padre quería hablar contigo.
—Tu padre y yo llevábamos mucho tiempo teniendo motivos para hablar. Eso no los hacía sencillos.
Mateo miró los coches aparcados. Quiso decirle que ahora ya no podían hacerlo, que le tocaba a ella entender la diferencia. Contuvo la frase.
—Me gustaría saber qué pasó.
—A mí también me habría gustado saber muchas cosas antes.
Elena pareció arrepentirse de la dureza, pero no la retiró.
Le preguntó dónde vivía. Mateo habló de Valnera, del piso con Gabriel.
Ella respondió que Alicia se lo había contado.
No hubo sorpresa ni comentario, y aquel pequeño alivio lo enfadó consigo mismo: llevaba diez minutos hablando con una desconocida que era su tía y ya estaba midiendo si lo aceptaba.
—Vivo en Gijón —dijo Elena—. Trabajo dos tardes en una tienda de una amiga. El resto hago mis cosas. No estoy esperando a nadie.
Mateo oyó la advertencia.
—No quiero imponerte nada.
—Pues no vengas sin avisar.
—No iba a hacerlo.
Había pensado en ello durante la última semana. Le molestó que la hubiera conocido tan poco y ya tuviera razón en algo.
Elena propuso un sábado, dentro de dos semanas. Una hora por la mañana, en un café. Mateo dijo que sí antes de comprobar sus compromisos. Ella le dio el nombre del lugar y añadió que podía cambiar de idea si al final no se encontraba con fuerzas.
—Yo no voy a cambiarla —respondió él.
Elena guardó silencio. Mateo comprendió demasiado tarde que quizá no hablaba de él.
* * *
Elena volvió a escribir esa noche para confirmar el café. No añadió una pregunta ni una despedida afectuosa. Mateo leyó el mensaje buscando el tono, comparándolo con la voz que había oído en el supermercado, y acabó irritado por una frialdad que quizá solo era brevedad.
Respondió con la fecha completa, la hora y un agradecimiento. Después borró el agradecimiento y volvió a ponerlo. Gabriel lo vio desde el otro lado del sofá.
—¿Estás escribiendo una oferta por la casa?
—Un mensaje a mi tía.
—Pues lleva más negociación que algunas ofertas.
Mateo dejó el teléfono en la mesa.
—No sé cómo hablarle.
—A lo mejor le molesta que insistas con lo de tu padre.
—Ella ha sido la que ha llamado.
Gabriel levantó las cejas.
—Entonces no sé. Yo tampoco habría sabido qué decirle.
Mateo recogió el móvil. El mensaje seguía sin enviar; lo mandó antes de volver a corregirlo.
Gabriel se levantó a buscar agua. Mateo lo siguió y se quedó en la puerta de la cocina mientras él llenaba dos vasos. Había una marca de humedad en el cuello de su camiseta.
—¿Te acuerdas de ella de pequeño? —preguntó.
Gabriel pensó un momento.
—Puede que la viera alguna vez. No sé si me acuerdo de verdad o si estoy poniendo la cara de la foto en un recuerdo.
—Yo recuerdo una discusión. Una puerta cerrada. Mi madre me mandó a por algo que no necesitaba.
—¿Qué edad tenías?
—No lo sé. Esa es la parte que me molesta. Puedo recordar un color y no saber si fue antes o después.
Gabriel le dio un vaso.
—Yo recuerdo una pelea de mis padres y durante años creí que había sido por mí. Luego resultó que estaban discutiendo por dinero. Me enteré mucho después.
Mateo lo miró. No recordaba haberle oído contar aquella pelea.
—¿Por qué pensabas que era por ti?
—Porque había roto algo ese día. Un cristal, creo. Yo qué sé. Los críos nos damos más importancia de la que tenemos.
Mateo se apoyó a su lado. Quiso preguntarle más, pero Gabriel parecía estar buscando el final de su propio recuerdo.
—Tampoco sé si fue exactamente así —añadió—. Mi madre dice una cosa y yo recuerdo otra. Al final lo que sé es que me dio miedo aquella noche.
Se quedaron callados.
Más tarde revisaron juntos unas fechas de trabajo.
Gabriel tenía un sábado libre que había conseguido después de varios cambios y Mateo lo señaló con alivio.
Su pareja dijo que podían aprovecharlo para ordenar el cobertizo de Julián.
Él aceptó agradecido, sin conectar todavía esa fecha con la que acababa de confirmar por teléfono.
El error no se hizo visible hasta que volvió a hablar de Gijón al día siguiente.
* * *
Gabriel había cambiado aquel sábado con Dani para ayudarlo en el cobertizo. Mateo se acordó al verlo sacar unos guantes del armario.
—Lo de la casa habrá que dejarlo —dijo—. Elena solo puede ese día.
Gabriel se quedó con los guantes en la mano.
—Estupendo.
—No me acordé cuando me lo dijo.
—Ya.
—Podemos ir juntos. He mirado un hotel.
—No me ofrezcas un viaje porque acabas de acordarte de que existo.
Mateo se volvió hacia él.
—Eso es injusto.
—Sí. Estoy bastante cabreado.
Gabriel dejó los guantes y volvió a la cocina. Mateo empezó a explicarle lo difícil que había sido conseguir la cita. Se interrumpió al ver los dos pares de guantes en el armario.
—He metido la pata —dijo.
Gabriel no respondió. Sacó una cebolla, la puso sobre la tabla y le pidió que alcanzara el cuchillo. Mateo empezó a cortar, con los ojos irritados antes de que la cebolla pudiera justificarlos.
—Me gustaría que vinieras —añadió al cabo de un rato.
—Ahora no quiero decidir nada.
Acabaron de preparar la cena. Gabriel habló después con Dani para decirle que mantuviera el cambio de turno: iba a aprovechar el sábado libre. Mateo abrió la página del hotel, miró las fechas y cerró la pestaña. El sábado seguía libre.