12. El nombre de Lena
El nombre de Lena
Mateo buscó a su tía en los álbumes que su madre había guardado en la habitación de abajo. No había uno dedicado a ella. Aparecía en los bordes de varias celebraciones, más joven de lo que él recordaba, con una mano en la cintura de Isabel o un vaso levantado hacia alguien fuera de la foto.
En una imagen, Mateo tenía unos ocho años y estaba sentado sobre un muro. Elena sostenía una bicicleta demasiado grande. Recordó el timbre antes que el día: un sonido agudo, una pegatina que él había intentado arrancar. Había pasado años creyendo que aquella bicicleta se la había comprado su padre.
Mercedes lo encontró con los álbumes abiertos cuando fue a devolver unas llaves. Él le enseñó la foto.
—¿Te acuerdas?
—De la bicicleta, sí. Tu madre decía que te ibas a romper algo.
—¿Era de ella?
—Creo que se la compró a un vecino. No estoy segura.
Mateo dejó la foto sobre la mesa.
—¿Por qué dejamos de verla?
Mercedes se sentó despacio.
—Eso tendrás que preguntárselo a Elena.
—Todo el mundo me dice lo mismo.
—Porque todo el mundo no estaba dentro de su casa.
Él apretó la mandíbula. Mercedes lo miró hasta que dejó de buscar una respuesta más útil.
—Yo sé que hubo dinero —añadió—. Y cosas dichas. Tu padre se ponía muy duro cuando creía que lo habían tomado por tonto. Tu tía también sabía hacer daño cuando quería.
—¿Mi madre la veía?
—Alguna vez. No sé cuántas.
Mateo se quedó callado. Había organizado el pasado como una ruptura única, una puerta cerrada por todos al mismo tiempo. La posibilidad de que Isabel hubiera mantenido una relación al margen de Julián le obligaba a moverlo todo de nuevo.
Mercedes tocó el borde de una foto.
—No te acuerdas de esto —dijo.
Era una comida en el jardín. Isabel miraba a Julián, que estaba diciendo algo con la boca llena. Elena se reía al lado de la mesa.
—No.
—Nos enfadamos porque empezó a llover y nadie había recogido las sillas. Tu padre decía que no iba a durar.
Mateo miró la imagen. La lluvia no aparecía. Tampoco la discusión. Había querido que las fotografías le dieran una verdad completa y solo podían mostrarle que habían estado allí.
* * *
Mateo pasó el resto de la tarde buscando otra fotografía de la bicicleta.
La encontró en un sobre sin fecha, junto a varias imágenes movidas de una excursión.
En una, su padre aparecía de espaldas y él lo sujetaba de la camisa.
No recordaba haber tenido esa costumbre.
Se quedó mirando su propia mano pequeña, aferrada a una tela que ahora habría reconocido por el tacto.
Sonó el timbre. Era un hombre de una empresa de suministros que venía a revisar un dato de una factura. Mateo tardó en comprender qué quería. El hombre preguntó por Julián y él tuvo que decirlo otra vez.
La muerte de su padre seguía siendo una noticia para personas que entraban en la tarde con un asunto sencillo. Mateo vio cambiar la cara del desconocido, escuchó una disculpa y se sintió responsable de aliviarlo.
—No pasa nada. Dígame qué necesita.
El hombre explicó el trámite con excesiva lentitud. Mateo lo interrumpió para pedirle que hablara normalmente. Se arrepintió al ver su expresión y pidió perdón. Acabaron los dos disculpándose junto a la puerta por un papel que podría haberse resuelto en dos minutos.
Cuando se quedó solo, guardó los álbumes sin ordenar las fotos. Le dolía la cabeza. Había pasado tres horas intentando recuperar un recuerdo y estaba dejando que las cosas más sencillas se convirtieran en discusiones.
Llamó a Gabriel para preguntarle a qué hora saldría. Le contestó que no lo sabía, que estaban recogiendo y tenía que pasar por el almacén. Mateo propuso ir a buscarlo. Gabriel dudó un instante.
—Si vienes para ayudar, ponte zapatos que no te importe manchar. Si vienes para decirme que nos vayamos, mejor espera en casa.
—Qué recibimiento.
—Es información al visitante.
Mateo se cambió de zapatos. Al llegar al recinto encontró a Dani arrastrando una caja que no parecía querer avanzar en la misma dirección que él.
Le pidió que sujetara una puerta y le dio las gracias sin detenerse.
Durante los siguientes veinte minutos, Mateo sostuvo cosas, apartó otras y descubrió que estorbaba cada vez que intentaba anticiparse.
Gabriel lo vio junto a una bobina de cable y se acercó.
—Eso déjalo. Tiene un orden.
—He recogido cables antes.
—Y yo he dibujado casas en servilletas. No por eso te corrijo los planos.
Mateo levantó las manos. Gabriel le enseñó cómo dejar la bobina sin forzarla y él repitió el gesto, concentrado en no ofrecer otra opinión.
Gabriel estaba sudado, con una mancha de polvo en el cuello y el pelo revuelto de pasarse la mano.
Le resultó atractivo de una manera tan inmediata que olvidó por un momento el enfado.
—Estás mirando raro —dijo Gabriel.
—Estoy aprendiendo.
—La bobina está aquí abajo.
Dani soltó una carcajada desde el otro lado. Mateo sintió calor en la cara, algo que le ocurría cada vez menos y que Gabriel disfrutaba de una manera indecente. Le pasó el cable y fue a buscar una caja vacía.
Trabajaron hasta que el espacio quedó despejado. Mateo no hizo mucho, pero terminó con dolor en los brazos y una satisfacción que no tenía relación con su capacidad de organizar nada. Álex repartió unas bebidas que habían quedado frías y se sentaron en el borde de una tarima.
Dani contó una anécdota de un montaje antiguo en el que Gabriel había perdido las llaves dentro de una estructura ya cerrada.
Gabriel protestó porque el relato omitía que Dani había sido quien la cerró.
Álex añadió un detalle que empeoró la versión de ambos.
Mateo se rio hasta que le dolió el estómago y luego sintió una punzada de culpa tan breve que casi pudo dejarla pasar.
Gabriel lo miró al notar que se callaba. No preguntó delante de los demás. Le rozó la rodilla con la suya y siguió discutiendo sobre las llaves.
Antes de volver al piso, Gabriel aparcó junto al bar de la plaza. Mateo dijo que estaba lleno de polvo. Gabriel miró la mancha de su propio pantalón y se encogió de hombros.
—No van a confundirte con alguien que trabaja aquí. Entra.
Pidieron bocadillos y descubrieron que la mesa de billar estaba libre. Mateo dijo que no jugaba desde Madrid. Gabriel lo tomó como una invitación, consiguió unas monedas y le ofreció el taco menos torcido con un gesto de generosidad que no inspiraba confianza.
—¿Tú vienes mucho?
—Lo suficiente para saber que esa bola no entra desde ahí.
Mateo la golpeó. La bola rebotó en dos bandas y quedó junto al agujero equivocado.
—Información que podías haber compartido antes.
—Me has preguntado si venía mucho.
Gabriel se inclinó sobre el borde. La camiseta se le subió lo justo para dejar ver una franja de piel en la cintura. Mateo se quedó mirándolo y tuvo que apartarse cuando él enderezó el taco.
—Perdona.
—¿Por qué?
—Por estorbar.
—Ah. Creía que por estar distraído de una forma tan evidente.
Mateo dio un rodeo hasta colocarse al otro lado.
Gabriel falló la siguiente bola y protestó contra el desnivel de la mesa.
Él levantó las cejas, encantado de que su pareja fuera tan mal perdedor como recordaba.
Durante unos minutos discutieron sobre una regla que ninguno quiso buscar en el teléfono.
Acabaron jugando según la versión del hombre de la barra, que intervino sin que le preguntaran.
Los bocadillos llegaron cuando Gabriel ganaba por bastante. Mateo pidió una revancha y recibió una negativa con la boca llena. No le importó tanto como había esperado; tenía hambre y las manos le dolían agradablemente después del trabajo de la tarde.
—Esto lo echaba de menos —dijo Gabriel.
Mateo dejó de masticar. Gabriel señaló la mesa de billar con el pan.
—Humillarte en algo que no puedas discutir con una hoja de cálculo.
Mateo le tiró una servilleta. Gabriel la recogió, se limpió la boca y la dejó doblada junto al plato. Estaba riéndose cuando sonó una canción que conocía. La acompañó en voz baja, equivocándose con una seguridad admirable. Mateo se unió en el estribillo solo para llevarle la contraria.
No hablaron de cuánto tiempo hacía que no salían así. Pidieron otro vaso de agua, se repartieron las últimas patatas y Gabriel aceptó una segunda partida que ganó Mateo porque la bola negra cayó donde no debía. La discusión sobre si aquello contaba duró hasta el aparcamiento.
Junto al coche, Mateo lo cogió por la camiseta.
—Me debes una felicitación.
—Te debo una explicación sobre la suerte.
Lo besó antes de que pudiera empezarla. Gabriel apoyó una mano en el techo para no perder el equilibrio y le devolvió el beso, todavía con una risa en la boca.
Mateo lo atrajo más, sintió que Gabriel lo agarraba de la chaqueta y dejó de pensar en el coche, en la gente que pasaba, en la última vez que había tenido ganas de demorarse en una calle.
Gabriel se apartó lo justo para hablar.
—Tengo la llave clavada en la mano.
Mateo aflojó. Gabriel dejó la llave sobre el techo, le cogió la cara y volvió a besarlo. Esa segunda vez no hubo ninguna broma. Al separarse, Mateo apoyó un instante la frente contra la suya.
—Vamos a casa.
Gabriel buscó la llave a tientas sin dejar de mirarlo.
—Eso estaba intentando hace cinco minutos.
En el trayecto no hablaron de Elena. Mateo le puso una mano en el muslo cuando pararon en un semáforo y Gabriel la mantuvo allí hasta que tuvo que cambiar de marcha.
Subieron las escaleras porque el ascensor estaba arriba.
En el segundo descansillo Gabriel se detuvo para besarlo otra vez y alguien abrió una puerta.
Se apartaron riéndose, continuaron hasta el tercero y tardaron demasiado en encontrar la llave correcta.
Al día siguiente, Mateo encontró el recibo del bar en el bolsillo. Lo tiró con otros papeles.
* * *
La tarde siguiente, Gabriel le contó la reunión de Bilbao. La empresa quería probar con varios montajes durante el verano. No implicaba marcharse a vivir fuera, pero sí algunas semanas de viajes y cambios de horario. Había condiciones que negociar; los tres socios estaban haciendo cuentas.
Mateo escuchó mejor que la primera vez. Preguntó cuánto trabajo tendrían que rechazar en Valnera y si a Gabriel le apetecía seguir cargando equipos o asumir más coordinación. Él se animó al responder. Durante unos minutos hablaron con la facilidad de antes.
Después Mateo sacó las fotografías.
—He encontrado a Elena.
Gabriel miró la bicicleta y sonrió.
—Esa era enorme.
—¿Te acuerdas?
—Me acuerdo de que decías que era de carreras. No tenía ni cambios.
Mateo se rio. Le enseñó las otras, preguntándole si reconocía a alguien. Gabriel identificó a un vecino y dudó sobre otro. Al llegar a la foto de Alicia, la dejó en la mesa sin comentar nada.
—Voy a pedir que miren la humedad —dijo Mateo—. Ya que hay que entrar, quizá convenga hacer alguna cosa más.
Gabriel dejó la foto de Alicia junto a las otras.
—Que miren también la puerta del cobertizo. Entra agua por abajo.
—Podríamos aprovecharlo. Tiene luz, salida al patio…
—Mateo. Quería decir que se moja lo que hay dentro.
Él acercó otra foto para disimular su decepción. Gabriel se la quitó de la mano antes de que pudiera explicar todas las posibilidades.
—Esta me la quedo unos días —dijo—. Quiero enseñársela a Vera. Se ha pasado veinte años negando ese corte de pelo.
Mateo aceptó. Mientras Gabriel buscaba una funda para no doblarla, él abrió en el móvil la nota donde apuntaba las cosas de la casa. Escribió «puerta cobertizo» y, debajo, «medir espacio».