La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 11. La mujer de la fotografía
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11. La mujer de la fotografía

La mujer de la fotografía

Alicia eligió una cafetería cerca de su casa y llegó con una bolsa de farmacia en la mano. Mateo la reconoció por la forma de mirar antes que por el rostro. Era la misma inclinación de cabeza que había visto en la fotografía.

Se saludaron sin abrazarse. Ella pidió un café descafeinado y él lo mismo, aunque no era lo que quería. Había venido solo; Gabriel trabajaba. Durante el viaje había ensayado preguntas que ahora parecían demasiado preparadas.

Alicia lo observó mientras dejaba la chaqueta.

—Te pareces a él cuando te sientas.

Mateo miró sus manos sobre la mesa.

—No sé cómo se sentaba.

—Como si alguien fuera a pedirle que se levantara enseguida.

Se rio, y él sintió una punzada de reconocimiento. La mujer se disculpó por empezar así. Mateo le dijo que no importaba, aunque le importaba mucho.

Hablaron primero de los años en que Alicia y Julián habían salido.

Habían sido jóvenes, habían discutido por cosas que ella ya no recordaba con claridad y se separaron antes de que él conociera a Isabel.

Alicia no convirtió aquella relación en una historia truncada por el destino.

Dijo que habían querido cosas distintas y que a veces querían lo mismo de una forma insoportable.

—Era muy terco —añadió.

Mateo sonrió.

—Eso sí lo sé.

—Yo también. No nos hacía especiales.

La frase le quitó de golpe el brillo romántico que había puesto sobre la fotografía. Su padre había tenido otra vida sin que esa vida necesitara explicar toda la siguiente.

Alicia había conservado amistad con Elena. No siempre cercana; hubo años con una llamada en Navidad y otros en que se vieron más. Julián lo sabía. Por eso le escribió al quedarse sin una dirección útil de su hermana.

—¿Cuándo?

—El otoño pasado. La primera carta tardó mucho en llegar. Había ido a una casa donde ya no vivía.

Mateo recordó el sobre devuelto.

—¿Y le diste su teléfono?

—Le pregunté a Elena antes.

—¿No quería hablar con él?

Alicia se removió en la silla.

—Eso no voy a contestarlo por ella.

Él dejó la taza demasiado deprisa. Un poco de café cayó sobre el plato.

—Ha muerto sin verla.

Alicia lo miró con una tristeza que no cedía terreno.

—Lo sé.

Mateo cogió una servilleta. Se sintió avergonzado de haber utilizado la muerte como una razón que debía imponerse sobre cualquier otra.

—Perdona.

—No tienes que pedirme perdón por querer saber. Pero yo no voy a darte una versión en la que ella no pueda estar.

Hablaron del negocio. Alicia sabía que Elena había montado una pequeña tienda de muebles y restauración con otra persona. Se habían endeudado, habían intentado aguantar demasiado y Julián había avalado parte de un préstamo. La palabra le resultó familiar a Mateo de una manera casi física.

—Mi padre me habló de un aval. No me dijo para quién.

—No sé lo que te contó.

—Dijo que lo ocultó a mi madre.

Alicia asintió con cautela.

—Hubo mucho de eso. Cada uno ocultando una parte y enfadándose porque el otro no confiaba.

Alicia bebió café. Mateo miró por la ventana y dejó pasar a un autobús antes de volver a hablar.

* * *

Alicia pidió un vaso de agua. Se había quedado afónica a mitad de una frase y necesitó toser varias veces antes de poder seguir. Mateo aprovechó para guardar el cuaderno que no había llegado a abrir. Ella lo vio desaparecer en la mochila.

—¿Ibas a tomar notas?

—No lo sé.

—Está bien. A mi edad, si no apunto algunas cosas luego digo que no han pasado.

Se rio, pero Mateo no supo hacerlo. Le avergonzó la imagen de sí mismo sentado ante una mujer que acababa de recibir la noticia de una muerte, esperando que le dictara información.

—He venido con demasiadas preguntas.

—Has venido de lejos. Es normal que quieras llevarte algo.

Alicia bebió despacio. No parecía ofendida por su prisa; tampoco estaba dispuesta a dejarse arrastrar por ella. Mateo le preguntó si había vuelto a ver a Julián después de que empezaran a escribirse. La mujer negó.

—Hablamos por teléfono un par de veces. Me mandó una fotografía del patio porque yo le había preguntado si seguía teniendo el limonero.

—No hay limonero.

—Ya. Me equivoqué de casa. Él se rio bastante de eso.

Mateo imaginó a su padre explicándole que nunca había tenido aquel árbol. Habría disfrutado corrigiéndola durante varios minutos. El recuerdo ajeno lo acercaba y lo dejaba fuera al mismo tiempo.

—¿Te dijo que estaba enfermo?

—Me habló del ictus de hace años. Le pregunté si necesitaba algo. Me dijo que no, que ya tenía demasiada gente diciéndole lo que necesitaba.

Mateo bajó la cabeza. Alicia lo observó con una delicadeza que no terminó de gustarle.

—No tienes que defenderlo —dijo él.

—No lo estoy defendiendo. Te estoy contando cómo fue conmigo.

Había utilizado demasiadas veces aquella acusación desde que abrió el sobre. Quien no lo acompañaba en su enfado parecía estar tomando partido por Julián. Se removió en la silla y buscó una pregunta que no exigiera una lealtad.

—¿Qué querías tú cuando estabais juntos?

Alicia sonrió, sorprendida.

—Irme. Estudiar otra cosa. No casarme tan pronto. Cambié varias veces de idea, así que no me hagas parecer más decidida de lo que era.

—¿Y él?

—Que yo me decidiera. También cambiaba de opinión, pero le molestaba más cuando lo hacía otro.

Mateo se rio. Alicia le contó un viaje que habían planeado y no llegaron a hacer porque discutieron sobre el dinero. Años después ella fue con una amiga y descubrió que el sitio no le gustaba demasiado. Aquella decepción corriente le quitó al recuerdo cualquier grandeza trágica.

—No fue el amor perdido de mi vida —añadió, quizá al ver su cara—. Lo quise mucho en una época. Después quise a otras personas. Él también.

Mateo asintió. Había estado tentado de convertir a Alicia en una posibilidad secreta, una prueba de que su padre había escondido un hombre distinto bajo todos aquellos años. Ella se resistía a ocupar ese lugar con una naturalidad que le resultaba extrañamente tranquilizadora.

Al otro lado del cristal, alguien golpeó la ventana para saludarla. Alicia levantó la mano y le hizo una seña de que hablarían después. Tenía una vida en aquella calle, personas que la interrumpían por motivos que Mateo ignoraba.

—Tengo que ir a recoger una cosa antes de que cierren —dijo—. Podemos estar diez minutos más.

Él miró el reloj por primera vez. Había llegado deseando que el café no terminara hasta saberlo todo. Ahora le pareció posible marcharse sin haberlo conseguido.

Antes de despedirse, Alicia le preguntó por su vida. Él habló de Valnera, de su trabajo y de Gabriel. Pronunció su nombre sin preparar el terreno. Ella lo reconoció.

—Tu padre me dijo que te habías quedado allí. Que vivías con él.

Mateo levantó la vista.

—¿Con Gabriel?

—Sí.

—¿Qué más te dijo?

Alicia pensó un momento.

—Que arreglaba cosas y después discutían sobre cómo las había arreglado.

Mateo se echó a reír, con una alegría que le dolió en la garganta. Alicia sonrió y lo dejó reír hasta que pudo volver a mirarla.

—¿Puedo hablar con Elena? —preguntó.

—Le diré que quieres hacerlo. Le daré tu número si me dices que sí.

—Sí.

—Después tendrás que esperar.

Él asintió. La acompañó hasta la esquina. Alicia se despidió apoyándole una mano en el brazo y le dijo que sentía no haber podido ir al entierro. Mateo le dio las gracias por verlo. No le pidió la dirección de su tía.

En el coche llamó a Gabriel. Le contó lo de Elena y el aval. Después, sin saber cómo introducirlo, repitió lo que Julián había dicho de él.

Gabriel no respondió enseguida.

—¿Eso dijo?

—Sí.

Oyó un ruido al otro lado, como si hubiera dejado algo sobre una mesa.

—La radio la dejó funcionando mal él —dijo Gabriel.

Mateo se rio y empezó a llorar al mismo tiempo. Tuvo que esperar antes de arrancar. Gabriel se quedó al teléfono, sin hablar mucho, mientras él miraba las personas que seguían pasando delante del coche.

* * *

No salió de Oviedo enseguida. Necesitaba comer y dejar de oír la frase de Alicia sobre su padre antes de ponerse a conducir. Encontró un sitio con mesas junto a una ventana y pidió el menú sin leerlo del todo. El camarero tuvo que repetirle las opciones.

Mientras esperaba, escribió el nombre de Elena en una hoja del cuaderno.

Debajo puso «Lena» y se quedó mirando la diferencia.

Su tía había vivido durante años en su memoria con un nombre de infancia, detenida junto a una bicicleta.

La mujer con la que Alicia hablaba tenía una casa, horarios, amistades que no dependían de los Ferrer.

Mateo todavía no sabía ninguna de esas cosas.

Cogió el teléfono para buscarla otra vez y lo dejó. Alicia había dicho que le pasaría su número. Había dado su consentimiento para eso, no para aparecer por otra vía cuando la espera le resultara incómoda.

La comida llegó. Había una pareja mayor en la mesa contigua discutiendo por la cuenta del aparcamiento.

El hombre insistía en que tenían tiempo; la mujer quería salir antes de que cambiara la tarifa.

Mateo sintió una envidia repentina de aquella disputa que no tenía consecuencias importantes.

Su padre podría haber ocupado cualquiera de los dos lugares, según el día.

Al pagar llamó a Gabriel de nuevo, pero colgó antes de que diera señal. Ya habían hablado. Gabriel estaría trabajando. Le escribió que salía y que tardaría un poco más porque había parado a comer.

La respuesta llegó unos minutos después: «Bien. Yo saldré tarde. Hay cena en la nevera».

Mateo leyó el mensaje buscando una calidez que no podía medirse en esas palabras.

Durante el viaje se dio cuenta de que llevaba toda la mañana recibiendo cuidado y pidiendo, en silencio, que se pareciera a otra cosa.

Gabriel había contestado, lo había escuchado llorar, había dejado comida.

Él quería además que tuviera el mismo deseo de hablar a todas horas.

Al llegar al piso, calentó la cena y comió una parte de pie, hasta que se obligó a sentarse. No abrió las cartas. Puso una lavadora y respondió el correo que Clara le había enviado esa mañana. Después se duchó.

Gabriel volvió pasadas las diez. Tenía las manos frías y una expresión de cansancio que se le suavizó al verlo en la puerta del dormitorio.

—¿Qué tal la vuelta?

—Bien. Te he guardado comida.

—La hice yo.

—La he preservado heroicamente.

Gabriel se rio y lo besó al pasar. Mateo lo siguió a la cocina.

Quería contarle de nuevo lo de Alicia, pero esta vez preguntó primero por el montaje.

Gabriel le enseñó una fotografía de una estructura y le explicó un problema que había costado casi dos horas resolver.

Él no comprendió todos los detalles. Hizo preguntas hasta que pudo imaginarlo.

Después hablaron de Oviedo. Mateo le contó la parte en que Alicia no había querido hablar por Elena. Gabriel dejó el tenedor.

—¿Te ha sentado mal?

—Mucho.

—¿Y ahora?

Mateo pensó en la mujer pidiendo permiso a su amiga antes de entregar un teléfono.

—Ahora creo que me habría caído peor si me lo hubiera contado todo.

Gabriel asintió. Terminó de cenar y dejó el plato en el fregadero. Mateo lo abrazó por detrás mientras se lavaba las manos. Gabriel se apoyó contra él. Tenía las manos mojadas; Mateo le alcanzó el paño sin soltarlo.

—No sé si va a llamarme —dijo Mateo.

—Yo tampoco.

Gabriel cerró el grifo. Al volverse, encontró a Mateo todavía a su lado.