10. El trabajo pendiente
El trabajo pendiente
Días antes, Gabriel había pasado a recogerlo por la librería.
Nuria preguntó si conocía a alguien que pudiera ayudarla con el sonido de los talleres.
Hablaron de lecturas, de música grabada, del dinero que le quedaba después de la obra.
Gabriel dijo que tenían una pareja de altavoces pequeños en el almacén; para las primeras actividades podían prestárselos.
—Pregunta antes a los otros —le recordó Mateo.
—Sé lo que hay en mi almacén.
Lo dijo con una sonrisa. Nuria anotó su teléfono y dejó a un lado un presupuesto que no podía asumir.
En el coche, Mateo quiso volver sobre el tema, pero Gabriel empezó a hablar de las entradas para un concierto al que quería ir con Vera y acabaron buscando fechas.
Los altavoces no aparecieron en el calendario de ninguno.
Nuria lo llamó el viernes porque el albañil llevaba dos días esperando una respuesta. Mateo estaba seguro de haberla enviado. Abrió el correo mientras ella hablaba y encontró el mensaje en borradores, con una frase sin terminar.
—Te lo paso ahora —dijo.
—Eso me dijiste ayer.
Él se quedó mirando la fecha. Tenía razón.
—Lo siento.
Nuria bajó la voz. Le dijo que entendía la situación, pero necesitaba saber si podía contar con él. Mateo sintió una vergüenza física, una necesidad de defender todo lo que había hecho antes de aquella semana para que un error no lo borrara.
—Puedes contar conmigo.
Lo prometió sin saberlo.
Trabajó hasta la tarde. No abrió las cartas, no comprobó el correo de Alicia, no fue a casa de su padre.
A las siete descubrió que llevaba horas sin pensar en Julián y se sintió traidor.
Cerró el archivo justo antes de acabar y se quedó sentado, enfadado con un día que había funcionado mejor porque su padre había estado menos presente.
Antes de que pudiera guardar el trabajo, Clara llamó. Había revisado una entrega suya y encontró dos cosas que faltaban. Mateo abrió los archivos mientras ella hablaba. La primera era una omisión pequeña. La segunda obligaba a rehacer una parte que había dado por cerrada.
—Puedo tenerlo el lunes —dijo.
—Lo necesitaba hoy.
Mateo miró la pantalla. Clara no había levantado la voz. Eso hacía más difícil defenderse sin parecer que discutía con un hecho.
—Lo siento. Pensé que…
—No necesito que me cuentes lo que pensaste. Necesito saber qué parte puedo usar y qué parte tengo que encargar de nuevo.
Él se pasó una mano por el pelo. Habían trabajado juntos lo suficiente para que Clara conociera su tendencia a prometer más cuando sentía que estaba perdiendo crédito.
—Déjame una hora y lo compruebo.
—Media. Después tengo otra llamada.
Mateo revisó los documentos con una concentración que le hizo doler la cabeza. Encontró lo que podía salvarse y lo que no. Cuando volvió a hablar con Clara, tuvo que aceptar que otra persona terminaría una parte y que él no cobraría por un trabajo que no había entregado.
Le dio vergüenza oír la cantidad.
—Puedo compensarlo en el siguiente encargo —dijo.
—No te estoy pidiendo una compensación. Te estoy pidiendo que el siguiente lo aceptes si puedes hacerlo.
Mateo apoyó los codos en la mesa.
—No sé cómo saberlo. Hay días en que me siento capaz y luego…
Se detuvo. Clara esperó.
—Pues acepta menos —dijo al fin—. Y avisa antes. No tienes que demostrarme que estás igual que hace seis meses.
A él le habría resultado más fácil que lo regañara. Podría enfadarse, explicarle todo lo que estaba sosteniendo. En la pantalla tenía el documento abierto por la página que no conseguía terminar.
—Nuria también está esperando cosas.
—Entonces empieza por ahí. Ese trabajo depende directamente de ti.
Mateo volvió a abrir el plano de la librería. Había una solución que le gustaba y que había seguido desarrollando por costumbre, aunque empezaba a no encajar con el presupuesto. Le dijo a Clara que revisaría las horas disponibles antes de aceptar nada más.
—Y cóbrate lo que sí hagas —añadió ella—. Te conozco. No conviertas cada retraso en tres semanas de trabajo gratis.
La llamada terminó sin una promesa de futuro.
Mateo hizo una lista nueva, esta vez de trabajos y horas reales, no de cosas que tendría que ser capaz de soportar.
Eliminó dos tareas que podía aplazar y escribió a Nuria para concretar una visita.
Antes de enviar el mensaje, comprobó que no coincidiera con el viaje que todavía no había organizado para ver a Alicia.
Se quedó mirando ese hueco en el calendario. La búsqueda familiar tenía prioridad sin que él hubiera decidido dársela. El resto de su vida estaba encajándose alrededor de una respuesta que ni siquiera sabía si deseaba.
Cuando Gabriel entró, Mateo seguía con la lista abierta. Le costó levantar la vista del trabajo para ver lo que su pareja traía en las manos.
Gabriel llegó con un billete de tren impreso. Tenía una reunión en Bilbao la semana siguiente con una empresa que buscaba colaboradores para una temporada de montajes. Habían hablado del asunto antes del ingreso; ahora había fecha.
—Martes. Voy y vuelvo en el día.
Mateo miró el billete.
—Pensaba que eso estaba parado.
—No. Estaban organizándose.
Gabriel dejó el papel sobre su mesa. Parecía contento y trataba de no parecerlo demasiado. Mateo lo vio, y aun así fue incapaz de alegrarse con él enseguida.
—¿Es mucho trabajo fuera?
—Todavía no lo sé. Por eso voy.
—¿Y aquí?
—Lo hablamos los tres. Álex cree que nos viene bien.
Mateo asintió. Gabriel esperó unos segundos.
—Podrías preguntarme qué me parece a mí.
Él levantó la vista, herido por la acusación porque era justa.
—¿Qué te parece?
Gabriel soltó una risa sin humor.
—Ahora suena fatal.
Se fue a cambiar de ropa. Mateo permaneció delante del ordenador, viendo cómo el miedo le había quitado la posibilidad de hacer una pregunta sencilla. Al cabo de un rato entró en el dormitorio. Gabriel estaba sentado en la cama, quitándose los calcetines.
—Quiero saberlo —dijo.
Gabriel lo miró antes de contestar. Le explicó el proyecto, las dudas, la posibilidad de dejar de depender tanto de encargos pequeños. Mateo escuchó hasta que terminó. Hizo una pregunta sobre los viajes y esta vez consiguió que fuera una pregunta.
* * *
Esa noche, después de hablar del proyecto, Gabriel propuso dar una vuelta. Mateo no tenía ganas de salir, pero tampoco quería seguir sentado delante de los mismos documentos. Se pusieron las chaquetas y bajaron sin decidir un recorrido.
En una esquina se cruzaron con una pareja que conocían de vista. El hombre dio el pésame a Mateo y su mujer preguntó cuándo volvería al trabajo. Él explicó que ya estaba trabajando. La respuesta pareció dejarla sin una frase que había preparado.
—Claro. Hay que distraerse —dijo.
Mateo notó cómo Gabriel cambiaba el peso de una pierna a otra. Se despidieron pronto. Al doblar la esquina, él soltó una maldición que sorprendió a su pareja.
—Tengo facturas. No trabajo para entretenerme mientras se me pasa.
—Creo que no sabía qué decir.
—Entonces podía no decir nada.
Gabriel metió las manos en los bolsillos.
—Podía. Pero tú también te enfadas cuando alguien no pregunta.
Mateo se volvió hacia él.
—Gracias.
—No te estoy regañando. Estoy diciendo que es difícil acertar.
La frase le cayó mal. Caminó unos pasos sin responder. Gabriel siguió a su ritmo. Mateo tuvo que esperarlo en el semáforo.
Mateo aflojó el paso.
—No sé qué quiero que me digan.
—Yo tampoco sé qué decirte muchas veces.
—Podrías decirme que esa mujer ha sido una idiota.
Gabriel lo miró de lado.
—Esa mujer ha sido una idiota.
Mateo se echó a reír, sorprendido por lo mal que sonaba la frase obediente. Gabriel sonrió y le dio con el hombro.
—No me sale convincente porque me cae bastante bien.
—Pues tienes mal gusto.
—Lo hemos hablado muchas veces.
Compraron un helado en un sitio que estaba a punto de cerrar.
Mateo pidió el sabor que solía elegir de joven y descubrió que ya no le gustaba tanto.
Gabriel se negó a cambiárselo entero, pero le dejó probar el suyo.
Acabaron sentados en un muro, discutiendo sobre si una elección de helado podía considerarse una decepción seria.
Durante unos minutos, Mateo consiguió estar irritado por una tontería y contento de compartirla. Luego pasó un hombre con un abrigo parecido al de Julián y la tristeza volvió de golpe. Gabriel siguió su mirada sin comentar el parecido. Le sostuvo el helado mientras él buscaba un pañuelo.
—Qué asco —dijo Mateo, secándose la cara.
—El tuyo, sí. Te lo había advertido.
La risa le salió mezclada con el llanto. Gabriel no intentó escoger una de las dos cosas. Se quedó a su lado hasta que Mateo recuperó el helado, ya casi deshecho, y decidieron volver.
Al llegar al piso, él recordó el billete sobre la mesa. Lo cogió para guardarlo donde Gabriel pudiera encontrarlo y vio la hora de salida.
—Es prontísimo.
—Por eso lo he dejado preparado.
—Te puedo llevar a la estación.
Su pareja lo miró antes de decir que sí. Mateo notó aquella cautela, la duda sobre si la oferta se convertiría después en un sacrificio que tendría que agradecer. No prometió nada más. Puso una alarma y dejó las llaves junto al billete.
Antes de acostarse comprobó la hora de la alarma. No volvió a pedirle que intentara regresar antes.
* * *
El sábado llamó a Alicia a la hora acordada. La mujer contestó desde una habitación silenciosa. Su voz era grave, con una forma de pronunciar el nombre de Julián que lo volvía más joven.
—No sé qué decirte —empezó—. Llevábamos tanto tiempo sin saber el uno del otro y ahora…
Mateo le explicó lo ocurrido. Ella preguntó si había sufrido y él respondió que había sido repentino, que no sabía más de lo que le habían contado. No quiso fabricar una muerte tranquila para consolarla.
Alicia guardó silencio. Después dijo que había recibido las cartas y los documentos que Gabriel escaneó.
—¿Para qué eran? —preguntó Mateo.
La mujer tardó en responder.
—No sé cuánto sabes.
Él sintió que la espalda se le enderezaba.
—Muy poco.
—Tu padre me pidió que intentara ponerlo en contacto con alguien.
—¿Con quién?
Se oyó un golpe suave, como una taza sobre una mesa.
—Con su hermana. Elena.
Mateo no dijo nada. El nombre no se parecía al recuerdo que tenía: una mujer a la que llamaban Lena, unos pendientes grandes, una discusión detrás de una puerta.
Había crecido sabiendo que su padre tenía una hermana y acostumbrándose a no preguntar por ella.
Durante años, la ausencia había dejado de parecerle una información incompleta.
—Pensaba que no hablaban.
—No hablaban.
—¿La encontraste?
Alicia respiró despacio.
—Mateo, prefiero que hablemos con calma. Y hay cosas que tendrá que decidir Elena si quiere contarte.
Él apretó el teléfono. La investigación que había construido alrededor de una mujer desconocida acababa de volverse familiar de una manera que lo dejaba más lejos, no más cerca.
Alicia propuso verse la semana siguiente. Vivía en Oviedo; podían tomar un café. Mateo aceptó antes de mirar el calendario. Al colgar, fue al dormitorio, donde Gabriel estaba doblando ropa.
—Era mi tía —dijo.
Gabriel dejó una camiseta sobre la cama.
—¿Alicia?
—No. La persona que buscaba.
Tuvo que sentarse para contarlo bien. Gabriel se sentó a su lado. Empezó por los pendientes de Lena y la puerta cerrada. —Espera. ¿De qué año estás hablando? —lo interrumpió Gabriel. Mateo regresó al principio de la historia.