La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 9. La dirección antigua
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9. La dirección antigua

La dirección antigua

El sobre dirigido a Alicia Sanz estaba en el aparador, debajo del periódico que Gabriel había llevado el día del ingreso.

Mateo lo encontró mientras buscaba una factura para la gestoría.

Había pasado por delante muchas veces sin tocarlo, respetando todavía una distribución que su padre ya no podía defender.

La dirección de Oviedo aparecía tachada.

Dentro había una carta que había sido devuelta meses antes, otra más reciente y una fotografía pequeña.

En ella, Julián tendría veintitantos años.

Estaba junto a una mujer morena, delante de una pared encalada; los dos miraban a alguien situado fuera de la imagen.

Su padre tenía una mano apoyada en el hombro de ella.

Leyó la carta devuelta de pie. Su padre preguntaba si seguía viviendo allí, decía que había llamado a un número que ya no existía y añadía que no quería dejar pasar más tiempo.

No explicaba de qué tiempo hablaba. En la segunda carta, sin sello, agradecía que hubiera contestado y preguntaba si podía hacerle llegar unos papeles «a ella».

Mateo se sentó. Volvió a mirar la fotografía. Su madre no había conocido a Julián hasta después, o eso creía recordar. Calculó fechas sin estar seguro de ninguna y sintió vergüenza por la rapidez con que su cabeza había construido una historia.

No le molestaba imaginar a su padre enamorado antes de Isabel. Le molestaba descubrir que podía haber estado intentando recuperar a alguien mientras él le llevaba comida y le preguntaba por las revisiones.

Sacó el teléfono para llamar a Gabriel. Antes de hacerlo vio el audio de diecisiete segundos en la pantalla y cerró la conversación. Buscó otro contacto, entró en el grupo del trabajo por error y volvió al principio, furioso con una torpeza que nadie estaba viendo.

Gabriel contestó desde el coche, parado ante un almacén.

—¿Qué pasa?

Mateo le habló del sobre.

—Son las copias que hiciste, ¿no?

—Supongo. Eran cartas.

—¿Las leíste?

—No.

—Algo verías.

Gabriel tardó un segundo.

—Vi que eran cartas. No me pidió que las leyera.

Mateo miró la firma de su padre. Le pareció que Gabriel estaba defendiendo una intimidad a la que él ya había llegado tarde.

—¿Te dijo quién era Alicia?

—Una persona a la que quería enviar unos documentos. No me contó más.

—¿Y no le preguntaste?

—No.

Mateo se levantó, incapaz de quedarse quieto en la silla. Gabriel oyó el movimiento.

—¿Has encontrado algo que te preocupe?

—No lo sé. Hay una foto de los dos. De jóvenes.

—Tu padre fue joven.

La frase, sin intención de herir, lo hizo enfadarse.

—Ya lo sé, Gabriel.

—Pues no sé qué quieres que te diga.

Mateo bajó la vista. Estaba empezando a discutir con la única persona a la que había llamado para contarle algo.

—Nada. Perdona. Te lo estaba diciendo.

Gabriel respiró al otro lado.

—Luego lo vemos, si quieres.

Él dijo que sí, aunque ya sabía que no esperaría.

* * *

Buscó a Alicia por el nombre y la ciudad.

Encontró demasiadas personas y ninguna que pudiera reconocer.

Una tenía una fotografía pequeña junto a un negocio; amplió la imagen hasta que dejó de distinguirse y abrió otra página.

Cerró las dos. No sabía qué edad tendría Alicia en aquella fotografía ni si todavía vivía en Oviedo.

Volvió a las cartas. En la parte de atrás del sobre nuevo había un correo electrónico anotado por Julián, con las letras separadas.

Lo copió en un mensaje vacío. Al terminar descubrió que había confundido un uno con una ele; tuvo que buscar otro papel escrito por su padre para comparar los trazos.

La dirección corregida seguía sin decirle nada.

Podía ser de Alicia, de alguien que la hubiera ayudado o una cuenta que ya nadie miraba.

Antes de escribir, buscó entre las garantías el recibo que había ido a recoger.

Encontró uno de un frigorífico que ya no estaba en la casa, una factura de la radio y tres sobres de propaganda.

Los colocó en montones sobre la mesa. Le dolió tirar uno que su padre había abierto con cuidado y conservado sin motivo aparente.

Acabó dejándolo con las facturas pendientes de revisar.

La gestoría llamó mientras seguía buscando.

Mateo contestó que lo enviaría por la tarde, aunque aún no tenía nada que fotografiar.

Abrió el siguiente cajón y tuvo que sacar una bandeja entera de pilas, llaves y gomas resecas.

El recibo estaba al fondo, doblado alrededor de otro.

Lo alisó, hizo dos fotografías y comprobó que se leían antes de mandarlas. Solo después volvió al mensaje vacío.

Escribió un mensaje largo, contando la muerte y explicando que había encontrado la correspondencia. Al releerlo, le pareció una petición de información disfrazada de pésame. Lo borró. La segunda versión solo decía quién era, qué había ocurrido y que podía llamarlo si quería.

Lo envió desde su propia cuenta. Después permaneció frente a la pantalla esperando una respuesta que no tenía por qué llegar ese día.

Mercedes llamó a la puerta a media tarde. Llevaba el recipiente de una comida que él no recordaba haberle prestado. Mateo le preguntó si conocía a Alicia Sanz.

La mujer se quedó con el recipiente en la mano.

—De joven, sí. Hace muchísimos años que no la veo.

—¿Era amiga de mi padre?

Mercedes lo miró con una cautela que él conocía de las conversaciones sobre Isabel.

—Salieron un tiempo, antes de tu madre.

Mateo sintió la satisfacción incómoda de haber acertado en algo.

—¿Y después?

—Después no sé.

—Él estaba escribiéndole.

Mercedes dejó el recipiente sobre la mesa.

—Tu padre no me contaba todo, Mateo.

Mercedes miró el reloj de la cocina.

—Perdona.

—Creo que la vi una vez en una boda, hace años. Ni siquiera estoy segura de que fuera ella.

Se sentaron unos minutos. Mercedes le contó que echaba de menos oír la radio por la mañana.

Había abierto la ventana el día anterior y se había quedado esperando el sonido antes de acordarse.

Mateo la escuchó con la fotografía boca abajo entre las manos.

Cuando ella se marchó, guardó la foto en el sobre y cerró el aparador.

* * *

Aquella tarde, Mateo llevó el sobre al piso y lo dejó junto al ordenador.

Mientras intentaba terminar un plano, miró varias veces la dirección antigua.

Había buscado la calle en un mapa y podía imaginar el edificio, pero no tenía ninguna razón para ir allí.

La carta devuelta ya le decía que Alicia no vivía en aquel lugar.

Aun así, se sorprendió calculando el viaje. Quería hacer algo que produjera un resultado visible: conducir, llamar a una puerta, volver con una respuesta. Esperar un correo le parecía una forma demasiado pasiva de ocuparse de su padre.

Gabriel llegó antes de lo previsto. Venía de comprar unas piezas y dejó una bolsa pequeña en la entrada. Mateo le contó que había escrito a Alicia.

—¿Qué le has dicho?

Él le enseñó el mensaje. Gabriel lo leyó, sin coger el teléfono.

—Está bien.

—¿Te parece poco?

—No. Yo no sabría qué más poner.

Mateo apoyó el móvil en la mesa.

—Podría no contestar.

—Sí.

La posibilidad lo irritó más al oírla en voz alta. Gabriel fue a guardar las piezas y él lo siguió con la mirada, deseando una garantía que no podía darle.

—No entiendo que alguien pueda saber esto y no decir nada.

Gabriel volvió a la puerta.

—Todavía no lo ha hecho.

—Ya. Pero podría.

—Pues igual está trabajando. ¿A qué hora lo has mandado?

Mateo apartó el sobre. Lo había mandado hacía apenas tres horas.

—Esta misma mañana.

Gabriel lo miró un instante más y lo dejó estar. Fue a la cocina, abrió un armario y protestó porque alguien había vuelto a guardar una sartén mojada encima de otra. Mateo agradeció que encontrara un motivo ordinario para irritarse con él.

Cenaron temprano. Gabriel le contó que Vera estaba preparando una prueba y había suspendido una cena que tenían pendiente.

Mateo preguntó cuál era la prueba; al oír la respuesta recordó que ya se lo habían explicado.

Gabriel no se lo reprochó. Mateo le pidió que se lo repitiera; esta vez buscó un hueco en el calendario para la cena.

Después de cenar buscaron una serie. Mateo propuso una que ya habían visto juntos y Gabriel lo miró con una mezcla de humor y cansancio.

—Murió el protagonista en el último episodio. Nos quejamos media hora.

—Pues no me acuerdo.

—Podemos verla otra vez. A ti te va a sorprender mucho.

Mateo se rio. Se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro. Durante veinte minutos consiguió seguir lo que ocurría en la pantalla. Después notó el teléfono vibrar sobre la mesa y se incorporó de golpe. Era un mensaje de un compañero sobre un archivo pendiente.

Gabriel no dijo nada, pero el lugar donde había tenido la cabeza ya no estaba disponible de la misma manera: se había movido, estiraba una pierna, miraba la pantalla con atención. Mateo volvió a acercarse y recibió su brazo por detrás.

Antes de acostarse, Mateo puso el teléfono a cargar en el estudio. Duró diez minutos sin él. Volvió a buscarlo y, al entrar de nuevo en el dormitorio, encontró a Gabriel despierto.

—Quita el sonido, por favor. Mañana entro a las siete.

Mateo se quedó junto a la cama.

—Quería estar contigo.

—Estoy aquí.

Se tumbó a su lado y dejó el móvil boca abajo. En la oscuridad, Gabriel buscó su mano. Él la sostuvo, pensando en una mujer que quizá había abierto ya un mensaje y quizá no sabía qué contestar.

* * *

Alicia respondió al día siguiente. Escribió que lo sentía mucho, que no sabía que Julián había estado enfermo y que necesitaba asimilar la noticia. Le dio un teléfono y le pidió que llamara el sábado por la mañana.

Mateo leyó el mensaje en el supermercado.

Había ido a comprar cuatro cosas y llevaba el carro lleno de productos que Gabriel ya había comprado.

Le mandó una captura sin añadir nada. Gabriel respondió más tarde: «¿Estás comprando?

Hace falta detergente». Mateo volvió al pasillo de limpieza.

Se le había olvidado lo único que llevaba apuntado.

Por la noche puso las cartas sobre la mesa. Gabriel las miró sin cogerlas hasta que Mateo se las acercó.

—No sé si quiero leerlas —dijo.

—¿Por qué?

—Porque eran de él.

Mateo se quedó inmóvil. Había abierto los sobres al ordenar documentos, pero ningún trámite lo obligaba a buscar a Alicia.

—Ya no puedo preguntarle.

Gabriel apoyó los antebrazos en la mesa.

—Lo sé.

Gabriel también miraba la firma. Mateo recordó los golpes amistosos que Julián le daba en el brazo. Retiró las cartas y dejó la fotografía entre los dos.

—Aquí parece que va a echarse a reír —dijo.

Gabriel la cogió y la observó un buen rato. Acabó asintiendo, con la misma sonrisa que Mateo le había visto en la cocina de Julián.