8. Volver al piso
Volver al piso
El jueves regresaron al piso porque Gabriel no tenía más ropa limpia y Mateo había dejado allí documentos que necesitaba.
Entraron con las bolsas del hospital y una chaqueta que había pertenecido a Julián.
Mateo no recordaba haberla metido. Gabriel la colgó en el recibidor, al lado de las suyas, y él se quedó mirándola hasta que sonó el teléfono.
Era una llamada del trabajo. No contestó.
Después llamó a la gestoría que le habían recomendado para ayudarlo con los trámites.
Pudo hablar durante veinte minutos de documentos, citas y cosas que tendrían que hacerse más adelante.
Al colgar, descubrió que Gabriel llevaba un rato esperando en la puerta del despacho.
—¿Qué?
—Te he preguntado si comías aquí.
—Sí. Perdona.
Gabriel calentó lo que había en la nevera.
Comieron sin hambre, frente a frente, en una mesa que Mateo reconocía de una manera incompleta.
Había una marca de café en la madera que él había pensado lijar antes del viaje.
La reserva seguía confirmada. Lo recordó a mitad de un bocado y dejó el tenedor.
—Hay que cancelar lo de Asturias.
Gabriel tardó en contestar.
—Lo hice ayer.
Mateo lo miró con una irritación repentina.
—Podías habérmelo dicho.
—Te lo dije.
—No me acuerdo.
—Ya.
Gabriel siguió comiendo. Mateo quiso preguntarle qué significaba aquel «ya», pero estaba demasiado cansado para soportar la respuesta. Se levantó a buscar agua y se quedó de pie junto al fregadero.
—No quiero ir —dijo, aunque nadie se lo estaba pidiendo.
—Lo sé.
—No es por ti.
Gabriel dejó el tenedor.
—No he dicho que lo sea.
Mateo volvió a la mesa. Le cogió la mano, pero Gabriel tenía los dedos manchados de salsa y se apartó para limpiárselos. Aquel movimiento le produjo una tristeza tan violenta que tuvo que mirar hacia otro lado. Gabriel lo vio y, esta vez, fue él quien buscó su mano.
* * *
Durante los días siguientes, Mateo entraba en el despacho con la intención de trabajar y acababa llamando a alguien que pudiera explicarle qué documento faltaba.
Tenía una lista que se dividía en otras listas.
Dormía mal, olvidaba comer y se enfadaba cuando Gabriel se lo recordaba.
Si no se lo recordaba, pensaba que ya se había cansado de ocuparse de él.
El viernes, Gabriel dejó una carga de ropa a medias porque tenía que salir. Mateo oyó la lavadora terminar y tardó casi una hora en levantarse a tender. Encontró una camisa de Julián entre sus camisetas. No recordaba quién la había lavado ni por qué había llegado al piso.
La sacó con cuidado. Olía al detergente de ellos, no a la casa de su padre, y aquella pérdida mínima lo enfureció. Quiso llamar a Gabriel para preguntarle quién había decidido lavarla. Se quedó con el teléfono en la mano hasta darse cuenta de que la decisión podía haber sido suya.
Colgó la camisa en una percha y siguió con el resto.
Una camiseta de Gabriel se había vuelto del revés; al sacudirla cayó un papel de un bolsillo.
Era una lista de material. La dejó sobre la mesa y encontró otra, arrugada, con dos números y el nombre de una empresa.
La vida de su pareja seguía entrando en la casa en papeles que no tenían ninguna relación con Julián.
Al volver, Gabriel lo encontró sentado junto al tendedero.
—¿Has comido?
Mateo estuvo a punto de contestar mal. Señaló la camisa.
—La hemos lavado.
Gabriel la miró. Tardó un momento en comprender.
—Estaba en la bolsa. La puse con lo demás.
—Ya no huele a él.
Gabriel dejó las llaves con cuidado.
—Lo siento. No lo pensé.
Mateo necesitaba enfadarse con alguien y tenía delante una disculpa sin resistencia. Eso lo dejó más solo con el dolor.
—No tenías cómo saberlo —dijo al fin.
—Podría haberte preguntado.
—No puedes preguntarme por cada cosa que tocas.
Gabriel se sentó a su lado. Durante un rato miraron la ropa húmeda. Después le contó que había ido a devolver un aparato que Julián había encargado reparar semanas antes. En la tienda, el hombre le preguntó si su suegro estaba mejor.
Mateo volvió la cabeza.
—¿Qué le dijiste?
—Que había muerto. El hombre se quedó fatal. Me descontó una cosa que ni siquiera sé qué era.
Gabriel intentó sonreír y no pudo del todo. Mateo se fijó en sus manos, abiertas sobre las rodillas.
—Te llamó su yerno.
—Bueno, dijo suegro. No sé si estaba pensando tanto.
Él quiso quedarse en esa palabra porque ofrecía un consuelo sencillo. Gabriel estaba intentando contar otra cosa: había tenido que anunciar una muerte en un lugar donde esperaba pagar y marcharse. Mateo le cogió la mano.
—¿Te ha dado muy fuerte?
Gabriel asintió, sorprendido quizá de que preguntara.
—Sí. Y luego me dio vergüenza que me hiciera un descuento. Como si estuviera sacando algo de contarlo.
—Qué tontería.
Gabriel retiró un poco los dedos. Mateo corrigió enseguida.
—No tú. Lo de sentir vergüenza. Yo he pensado cosas peores esta semana.
Su pareja volvió a dejar la mano en la suya.
Hablaron del aparato, de dónde lo pondrían, de si valía la pena conservarlo.
No decidieron nada. Al cabo de un rato, Gabriel se levantó a preparar comida y Mateo fue detrás.
Cortó pan, puso platos y pudo hacer dos tareas seguidas sin pensar que estaba abandonando a su padre.
Esa tarde llamó Sara. Le preguntó si quería que se acercaran el domingo. Él dijo que no sabía. Ella respondió que podían decidirlo el sábado. Mateo le preguntó qué iban a hacer mientras tanto.
Hablaron de Bruno, del pequeño jardín de la casa que habían alquilado al trasladarse desde Madrid por el trabajo de ella. Mateo había opinado de aquella mudanza con demasiada prudencia cuando se la contaron. Ahora le gustaba tenerlos cerca y le avergonzaba no haberlo dicho antes.
—Me alegro de que estéis aquí —dijo.
Sara guardó silencio un segundo.
—Podías venir más, entonces.
Mateo prometió intentarlo y después retiró la promesa grandilocuente para preguntar qué hacían el domingo. Sara le dijo que cocinarían algo y que podía llegar sin conversación preparada. Aun así, al día siguiente canceló. Ella aceptó y volvió a escribirle una semana después.
El sábado intentaron salir a cenar. Gabriel eligió un sitio donde no conocían al camarero, una precaución que Mateo agradeció sin decirlo.
Durante los primeros minutos hablaron de la carta.
Después Gabriel empezó a contarle un problema con un proveedor y él descubrió que no podía seguir el hilo.
Veía la boca moverse, entendía las palabras y las perdía antes de que formaran una historia.
—Perdona —dijo al fin.
Gabriel se detuvo.
—¿Quieres irte?
Mateo asintió. Le daba vergüenza haberle hecho reservar, vestirse, salir de casa para sentarse veinte minutos en otro lugar. Gabriel pidió que prepararan la comida para llevar. Mientras esperaban, él se disculpó tres veces.
—Ya está —dijo Gabriel a la tercera—. Nos vamos.
La sequedad lo hirió más que si se hubiera enfadado. En el coche se quedó mirando la bolsa caliente entre sus pies. Gabriel condujo en silencio hasta que Mateo preguntó si estaba harto.
—Estoy cansado.
—De mí.
Gabriel sujetó el volante con las dos manos.
—De muchas cosas.
Mateo no supo qué hacer con una respuesta que no lo tranquilizaba ni le permitía acusarlo de nada.
Al llegar a casa, Gabriel guardó la comida y se fue a duchar.
Él permaneció en el salón, oyendo el agua, y pensó en la casa de su padre como un lugar donde no tendría que decepcionar a nadie por estar mal.
* * *
El lunes, una semana después de la muerte, fue a recoger el correo. Mercedes lo vio desde su ventana y salió a preguntarle si necesitaba algo. Mateo respondió que no. Ella le dio una bolsa con pan que había comprado de más; él la aceptó, aunque no fuera verdad.
Dentro, la casa estaba fría. Abrió una ventana, recogió dos sobres del suelo y fue a la cocina. La tarta seguía en la nevera. Nadie se había acordado de tirarla.
La sacó y se quedó mirándola sobre la mesa.
Había pagado un poco más por una que pensaba que le gustaría a su padre.
Ahora no podía comerla ni dejarla allí. La metió entera en una bolsa y, al hacerlo, se enfadó con Julián por no estar, con Gabriel por haberla guardado, consigo mismo por convertir una tarta en algo que exigía llorar.
Se sentó en la silla de su padre. Encima de la mesa había un recibo de la luz y una nota sobre una llamada que debía hacer. La letra era clara, paciente, distinta de la que tenía cuando escribía deprisa. Mateo pasó un dedo por el borde del papel sin tocar la tinta.
Esa noche no volvió al piso.
Gabriel lo llamó a las diez. Él había puesto una manta sobre la cama de su antiguo dormitorio y estaba buscando una almohada.
—¿Dónde estás?
—En casa de mi padre.
—¿Vas a venir?
Mateo miró la cama.
—Creo que me quedo aquí.
Gabriel guardó silencio. Al fondo se oyó una puerta cerrarse.
—Te estaba esperando para cenar.
—No me había dado cuenta de la hora.
—Podías haberme escrito.
—Ya. Perdona.
Esperó una pregunta sobre cómo estaba. Gabriel no la hizo.
—¿Quieres que vaya?
Mateo cerró los ojos. Quería que fuera. También quería estar solo y tener derecho a que ambas cosas fueran verdad sin explicarlas.
—No sé.
Gabriel respiró despacio.
—Tengo que levantarme a las seis. Si quieres que vaya, dímelo.
—No hace falta.
Lo dijo con una frialdad que no había decidido. Gabriel la oyó.
—No me hagas adivinarlo esta noche.
Mateo apretó el teléfono.
—He dicho que no hace falta.
Colgaron sin resolver nada. Él se acostó vestido y permaneció despierto oyendo la calefacción. A las once y media envió un mensaje: «No sé estar aquí ni allí».
Gabriel respondió unos minutos después: «Lo sé. Pero necesito saber dónde vas a dormir».
Mateo leyó la frase varias veces. Era razonable. Le dolía de todos modos.
* * *
Al volver al piso al día siguiente, encontró a Gabriel en la cocina, preparando algo antes de irse. Tenía el pelo húmedo y la expresión cerrada. Mateo dejó las llaves sin hacer ruido.
—Perdona lo de ayer.
Gabriel cerró el recipiente que estaba llenando.
—No me importa que duermas allí. Me importa esperarte sin saberlo.
—Lo sé.
—No parece.
Mateo sintió ganas de decirle que hacía ocho días que había muerto su padre. Lo tenía preparado en la boca, una respuesta capaz de ganar cualquier discusión durante un tiempo. Al ver la cara de Gabriel, comprendió que también podía acabar con la posibilidad de discutir nada honestamente.
—No sabía que iba a quedarme hasta que llegué —dijo.
—Y desde que llegaste hasta que te llamé, ¿no lo supiste?
No tenía respuesta. Gabriel guardó el recipiente en una bolsa y buscó la chaqueta.
Mateo lo detuvo en el pasillo, apoyándole una mano en el brazo. Lo besó con una necesidad brusca. Gabriel respondió un instante y después se apartó.
—Tengo que irme.
—Un minuto.
—Mateo.
Él retiró la mano. Gabriel lo miró, cansado y preocupado, pero no volvió a besarlo para compensar la negativa. Cogió las llaves.
—Hablamos esta noche.
La puerta se cerró. La chaqueta de Julián seguía entre las suyas. Mateo la descolgó y la llevó al dormitorio, donde terminó dejándola sobre una silla.