7. Los que llegan
Los que llegan
A la mañana siguiente, Mateo descubrió que la muerte de su padre exigía elegir una fotografía.
El hombre de la funeraria se lo explicó con una delicadeza que lo irritó porque no podía enfadarse con ella.
Gabriel estaba a su lado, leyendo un papel.
Mateo abrió las imágenes del teléfono y encontró comidas, capturas de mensajes, una puerta de la librería.
Su padre aparecía al fondo de una mesa, de perfil, con la boca abierta mientras discutía algo.
—Esta no —dijo.
Gabriel se inclinó para verla.
—Tengo alguna en la que está solo.
Se la envió. Julián estaba sentado en un banco, con una bufanda mal colocada y los ojos entrecerrados por el sol. Mateo no recordaba aquel día. Preguntó cuándo la había hecho.
—El otoño pasado. Fuimos a recoger la radio.
Eligió esa. Después se enfadó por no haber sido él quien la tuviera.
Durante el resto de la mañana hubo decisiones que podía tomar y otras que fingía tomar porque alguien tenía que responder.
El lugar junto a Isabel ya existía. Los documentos fueron apareciendo con ayuda de Mercedes.
Begoña llamó para preguntar si podía pasar a despedirse y él le dijo que claro, ofendido consigo mismo por sonar como quien concedía una visita de trabajo.
En el tanatorio, los primeros abrazos le hicieron sentir que los demás sabían algo de su dolor que él aún no entendía. Le hablaban de Julián en pasado con una facilidad brutal. «Era». «Tenía». «Se acordaba». Mateo escuchaba, agradecía, volvía a mirar la puerta.
Gabriel se ocupó de llevar agua. Alguien le pidió que preguntara por unas sillas.
Otra persona le entregó una bolsa de ropa creyendo que sabría dónde guardarla.
Él lo hizo sin protestar. Mateo lo veía moverse entre los demás y agradecía que pudiera, sin darse cuenta de que cada tarea lo dejaba fuera del lugar donde los abrazos llegaban solos.
Laura apareció a media tarde. Venía con Bruno, que había coincidido con ella en Madrid durante un viaje de trabajo y la había llevado en el coche.
Él y Sara vivían desde hacía año y medio cerca de Valnera; a Mateo todavía le sorprendía poder llamar a su amigo sin organizar un viaje.
Mateo se puso de pie al verla y por un momento no supo cómo saludarla.
Ella lo abrazó antes de que tuviera que decidirlo.
—Lo siento mucho.
Él cerró los ojos. Reconoció su perfume, el modo de sujetarle el brazo, una familiaridad que no llevaba consigo ninguna posibilidad de regreso. Se quedó allí un segundo más de lo habitual y después la soltó.
Laura miró hacia Gabriel, que había dejado unos vasos sobre una mesa.
—Gabriel.
Se acercó a él y lo abrazó también. Mateo los vio, sorprendido por algo que tendría que haber sido evidente. Gabriel bajó la cabeza y apoyó una mano en la espalda de Laura. Cuando se separaron, tenía los ojos húmedos.
Bruno se quedó al lado de Mateo.
—¿Has comido algo?
—Todo el mundo pregunta eso.
—Pues contesta a alguno y nos ahorras trabajo.
Mateo soltó una risa breve. Bruno le apretó el hombro y no dijo nada más.
* * *
Una prima de Julián a la que Mateo apenas veía se acercó a Laura y le cogió las manos.
Le habló de las navidades antiguas, de Isabel, de lo mucho que su padre la había querido.
Laura escuchó con paciencia. Cuando la mujer dijo que al menos volvía a estar toda la familia, Mateo vio que sus ojos se desplazaban hacia Gabriel y después regresaban a ella.
Podía haber dicho algo. Estaba tan cansado de corregir datos pequeños —la edad, la fecha del ingreso, dónde había ocurrido— que eligió no abrir otra conversación. Laura retiró despacio una mano.
—Gabriel estaba con él casi todas las semanas —dijo—. Yo venía bastante menos.
La prima se volvió, incómoda. Gabriel ya había oído. Sonrió por educación y preguntó si quería sentarse.
Más tarde, Mateo lo encontró en el pasillo, junto a una ventana que no se abría. Llevaba un vaso de plástico vacío.
—¿Estás bien?
Gabriel lo miró.
—No.
Mateo se quedó sin la frase siguiente. Había hecho la pregunta esperando una respuesta que le permitiera seguir atendiendo al resto.
—Ven dentro —dijo.
—Ahora voy.
—No tienes que quedarte aquí.
Gabriel apretó el vaso. El plástico crujió entre sus dedos.
—Necesito un minuto.
Mateo sintió que le retiraban ayuda cuando más la necesitaba. Lo supo injusto y aun así tardó en dejar de sentirlo.
—Vale.
Volvió a la sala. Laura estaba hablando con Mercedes. Bruno se levantó para darle su silla. Mateo se sentó y miró la fotografía del banco, el rostro de su padre fijado en una expresión que había ocurrido sin él.
* * *
A última hora de la tarde, Laura lo acompañó a buscar café. El pasillo del tanatorio estaba demasiado caliente y Mateo llevaba varias horas con la misma camisa pegada a la espalda. Frente a la máquina, no consiguió recordar qué botón tenía que pulsar.
—Solo —dijo Laura—. Antes lo tomabas solo.
—Lo sigo tomando solo.
—Pues ese.
Le señaló el botón sin tocarlo. Mateo introdujo una moneda, se equivocó de cantidad y recibió más cambio del que esperaba.
Se le cayeron dos monedas al suelo. Laura se agachó a recoger una mientras él recogía la otra, y por un momento la escena se pareció a cualquier viaje que hubieran hecho juntos.
Se quedaron de pie junto a una ventana. Laura miraba el aparcamiento, donde Bruno hablaba por teléfono. Había pedido una habitación para esa noche y ella tenía que confirmar todavía el tren de regreso. Mateo se sintió responsable de esos detalles y a la vez incapaz de ocuparse.
—Siento que hayas tenido que venir tan deprisa.
—No he tenido que venir. He venido.
Él asintió. La diferencia le resultaba difícil de sostener cuando todo el mundo parecía estar haciendo algo por él.
—Le gustaba que lo llamaras —dijo.
Laura sopló el café.
—A veces no lo parecía. Una vez me tuvo diez minutos escuchando por qué no había que fiarse de la empresa que me estaba vendiendo unas ventanas.
—¿Le habías preguntado?
—No. Le dije que hacía frío en el despacho. Con eso bastaba.
Mateo se rio y después se quedó mirando el vaso. Laura lo había conocido durante años de una manera distinta de Gabriel, distinta de la suya. Había una parte de Julián en su memoria que no tenía por qué devolverle ahora.
—Antes, lo de mi prima… —empezó.
Laura levantó la vista.
—No quiero hablar por Gabriel.
—Ya. Solo quería darte las gracias.
—No me las des a mí por una cosa que tendrías que hablar con él.
La respuesta lo hizo apartar los ojos. Laura no insistió ni aprovechó la ocasión para recordar otras veces en que él había callado. Bebió café con una mueca y dijo que aquello era espantoso.
Mateo se quedó callado hasta que pudo contestar sin defenderse.
—No lo he visto a tiempo.
—Todavía puedes verlo.
Ella tiró el vaso casi lleno y regresaron juntos.
En la puerta de la sala, un conocido de Julián se acercó para ofrecer un pésame que empezó con tres recuerdos de sí mismo.
Mateo lo escuchó sin impaciencia al principio.
Después dejó de entender las frases y vio a Laura buscar a Gabriel con la mirada.
Él estaba hablando con Begoña, apoyado en una pared, sin nada entre las manos.
Mateo quiso acercarse. El hombre seguía sujetándole el brazo y diciéndole que su padre siempre había sido una persona muy entera. No supo interrumpirlo. Se quedó allí hasta que Gabriel se levantó de nuevo para atender a alguien.
Más tarde, cuando la sala se vació un poco, una vecina le contó una discusión que había tenido con Julián por un árbol que daba sombra a su jardín. Mateo esperaba otra frase de admiración y recibió el relato de una semana en que ninguno había querido saludar al otro.
—Luego vino con una bolsa de peras —dijo la mujer—. Ni pidió perdón ni nada. Las dejó y me preguntó si tenía una escalera.
Mateo se rio con una gratitud que no sentía ante los elogios. Necesitaba oír hablar de su padre con defectos reconocibles. La vecina también se rio, después lloró un poco, y él pudo sostenerle la mano sin sentir que estaba representando un papel.
Al cerrar aquella primera jornada, Gabriel fue a buscar el coche.
Mateo se quedó junto a Laura y Bruno. Su amigo le dijo que al día siguiente llegaría temprano; Sara quería acercarse también, pero no podía cambiar una obligación de trabajo.
Mateo respondió que no hacía falta que nadie justificara sus ausencias.
Lo dijo con sinceridad y se preguntó por qué le costaba tanto ofrecerle a Gabriel la misma libertad.
* * *
Al día siguiente llovió durante el entierro.
La tierra se pegaba a los zapatos y una mujer intentó proteger con un paraguas a tres personas que no conseguían moverse juntas.
Mateo oyó unas palabras de despedida y no recordó ninguna.
Estaba pendiente de un ruido metálico, de que alguien pronunciara bien el nombre de su padre, de no soltar la mano de Gabriel cuando empezara lo que ya había empezado.
Laura lloraba a unos pasos. Begoña tenía una mano en el hombro de Mercedes.
Bruno se quedó detrás de Mateo, cerca sin tocarlo.
Al terminar, alguien le preguntó si quería guardar unas flores.
Él dijo que sí y luego que no. Gabriel eligió unas pocas y se las dio para que no tuviera que volver a decidir.
En la casa, la comida apareció sin que supiera quién la había llevado.
Había gente en la cocina de Julián, abriendo cajones, buscando cucharas.
Mateo se enfadó al ver a un hombre secarse las manos con el paño que su padre reservaba para los vasos.
Estuvo a punto de decirlo. Gabriel le pasó una taza y él la cogió demasiado fuerte.
Laura se acercó antes de irse. Tenía que volver esa tarde; al día siguiente la esperaban en el trabajo. Mateo asintió, agradecido por una obligación ajena que no se disculpaba por existir.
—Le iba a traer un libro —dijo ella—. Me lo pidió cuando hablamos.
—¿Cuál?
Laura le enseñó una fotografía de la portada. Era de un autor que Julián criticaba siempre y seguía leyendo. Mateo se rio, sorprendiendo a los dos.
—Decía que escribía el mismo cada vez.
—Sí. Por eso sabía que le iba a gustar.
La risa se le rompió a Laura antes de terminar. Mateo la abrazó. Esta vez pudo sostenerla sin sentir que le estaban quitando algo. Cuando se separaron, ella le dijo que lo llamaría dentro de unos días.
—No hace falta que estés pendiente.
Laura lo miró con cansancio.
—Ya veremos cuándo me apetece llamarte.
Él asintió. Se despidió de Bruno, que iba a llevar a Laura a la estación, y los vio alejarse hasta el coche.
* * *
Por la noche, Gabriel empezó a recoger vasos. Mateo seguía sentado en el salón con la chaqueta puesta. Lo vio ir y venir hasta que el ruido del agua en la cocina le resultó insoportable.
—Déjalo.
—Son dos cosas.
—Que lo dejes.
Gabriel cerró el grifo. Apareció en la puerta secándose las manos.
—No me hables así.
Mateo bajó la vista. Había una mancha de barro en el pantalón, cerca de la rodilla. La raspó con una uña, sin conseguir nada.
—No puedo estar oyendo eso.
Gabriel dejó el paño y se sentó en la otra punta del sofá.
—Vale.
Permanecieron en silencio. Mateo quiso pedirle que se acercara, pero Gabriel había apoyado la cabeza en el respaldo y tenía los ojos cerrados. Lo vio agotado por primera vez desde el lunes. No cansado de ayudar: agotado de estar allí, de lo que también había perdido.
—¿Te ha dicho algo mi prima?
Gabriel abrió los ojos.
—No es ahora.
—Te he visto…
—Mateo, no quiero discutir esta noche.
Él se quedó inmóvil. Gabriel se inclinó hasta apoyar los codos en las rodillas. Cuando volvió a hablar, Mateo tuvo que acercarse para oírlo.
—Me habría gustado que alguien me preguntara si quería despedirme antes de mandarme a buscar más agua. Eso es todo.
Mateo miró hacia la cocina. Recordó tareas, vasos, una bolsa que le había pedido que llevara al coche.
—Yo también lo he hecho.
Gabriel no respondió. No hacía falta.
Mateo se acercó despacio y se sentó a su lado. No lo abrazó hasta que Gabriel apoyó la frente en su hombro. Entonces le rodeó la espalda y sintió cómo empezaba a temblar. Lo sostuvo. En la habitación de al lado, una tubería dio dos golpes secos.