La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 6. Antes de las seis
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6. Antes de las seis

Antes de las seis

El lunes siguiente, Mateo aplazó la comida porque Nuria necesitaba verlo con el albañil antes de que este se fuera a otra obra. Su padre aceptó cambiarla por una merienda y le dijo que tampoco iba a pasar nada por comer cada uno en su casa.

Gabriel tenía un montaje al otro lado de Valnera.

Habían acordado ir juntos después de las cinco.

Mateo salió de la librería con polvo en los zapatos y una satisfacción extraña: el hueco tapiado servía, aunque no exactamente como Julián recordaba.

Le apetecía contárselo para darle la razón solo a medias.

Su padre le había enviado un audio a las cuatro y doce.

Mateo vio la notificación mientras hablaba con Nuria y la dejó para después.

Al salir le escribió que llegaría sobre las cinco y media.

No recibió respuesta, pero no la esperaba; Julián podía tardar horas en contestar un mensaje y después llamar para preguntar por qué no leían el suyo.

Compró una tarta pequeña. La dependienta le preguntó si quería velas y él dijo que no, que no celebraban nada. Más tarde recordaría aquella frase con una precisión insoportable, aunque entonces solo estaba pensando en que la caja no se abriera dentro del coche.

Llamó a Gabriel al salir.

—Estoy acabando —dijo él—. Dame veinte minutos.

—Paso a buscarte.

—No hace falta. Llevo el coche.

Mateo miró la caja en el asiento del acompañante.

—Pues nos vemos allí.

Había aparcado delante de casa de Julián cuando sonó el teléfono. Era Mercedes. Respondió antes de cerrar el coche.

—Estoy aquí —dijo.

La mujer tardó en contestar. Al fondo se oían voces que él no conocía.

—Está en el bar de la esquina. Mateo, ven al bar.

Dejó la tarta en el asiento y empezó a andar. Después corrió.

La primera persona que vio fue una mujer con un uniforme sanitario, inclinada junto a la puerta. Había una silla apartada, vasos en una mesa y el dueño del bar mirando hacia la acera con un teléfono en la mano. Mateo intentó entrar y alguien le preguntó quién era.

—Su hijo.

Lo dejaron acercarse hasta donde podían.

Su padre estaba en el suelo, rodeado por el equipo que lo atendía.

Vio la suela de un zapato, el pantalón subido en un tobillo, unas manos que trabajaban demasiado deprisa para que él pudiera entender cada movimiento.

No le vio la cara al principio. Cuando la vio, tuvo la sensación de haber llegado al lugar equivocado.

Mercedes lo cogió del brazo. Estaba temblando.

—Se ha caído. Estaba hablando y… Han llamado enseguida.

El dueño del bar había seguido las instrucciones de emergencias hasta que llegó la ambulancia. Mateo oyó algo sobre la respiración, sobre no responder, y preguntó si estaban llevándolo al hospital. Nadie le contestó de inmediato.

Se quedó de pie junto a una mesa. Cada vez que alguien cambiaba de posición, creía que había una noticia. Buscó un teléfono que ya tenía en la mano y llamó a Gabriel. No supo qué decir cuando contestó.

—Mi padre.

Gabriel preguntó dónde estaba. Mateo dijo el nombre del bar dos veces. No recordaría haber cortado.

Durante los minutos siguientes vio detalles sin conseguir unirlos: una mochila abierta, una servilleta pegada a la pata de una silla, la chaqueta de su padre colgada del respaldo.

Mercedes le soltó el brazo porque alguien le ofreció sentarse.

Él siguió mirando la chaqueta. Julián había salido sin bufanda; por alguna razón, aquello le pareció algo que todavía podía corregirse.

Cuando la médica se acercó, Mateo negó antes de que hablara.

Ella lo llevó unos pasos hacia un lado. Le dijo que habían intentado reanimarlo y no habían conseguido recuperar una circulación eficaz.

Se detuvo para comprobar que la escuchaba.

Mateo entendió las palabras por separado y siguió esperando el final de la explicación, la parte en la que diría qué iban a hacer ahora.

—Ha fallecido —dijo ella, con una voz que no le permitió seguir buscando otra interpretación.

Mateo miró hacia el suelo donde estaba su padre.

—Pero estaba mejor.

La médica no discutió esa frase. Le explicó que la mejoría de los síntomas no eliminaba todos los riesgos de su enfermedad. No afirmó una causa concreta que no podían establecer allí. Mateo oyó «corazón», «repentino», «lo siento». Quería que repitiera algo hasta que dejara de ser verdad.

Gabriel llegó cuando él seguía de pie. Lo tocó en el hombro y Mateo se volvió con una violencia que no iba dirigida a nadie. Gabriel retiró la mano. Miró a la médica, después al lugar donde estaba Julián, y entendió.

—No —dijo en voz baja.

Mateo quiso abrazarlo, pero Gabriel ya estaba acercándose de nuevo.

Se sujetaron junto a una mesa, sin encontrar una postura cómoda.

Mateo le apretó la espalda tan fuerte que notó la tela arrugada bajo los dedos.

No lloró. Pensaba en la tarta dentro del coche y en que había que sacarla antes de que se estropeara.

* * *

No supo cuánto tiempo pasó antes de poder acercarse a su padre. La chaqueta seguía en la silla. Alguien había bajado el pantalón sobre el tobillo y aquel cuidado pequeño lo hizo más real que todo lo demás.

Mateo se agachó despacio. Quería tocarlo y no sabía dónde.

Acabó apoyando los dedos en su mano derecha, la que siempre había usado para señalar dónde estaban las cosas.

Había una marca clara donde el reloj le protegía la piel.

Recordó que se lo había regalado Laura años atrás y se enfadó porque ese recuerdo apareciera antes que otros.

—Papá.

No esperaba respuesta. Lo dijo de nuevo porque no había nada más que pudiera decirle.

Gabriel estaba detrás. Se quedó a distancia hasta que Mateo levantó una mano, buscándolo. Entonces se agachó a su lado. No habló. Su respiración sonaba desigual, como si intentara contener algo que le dolía físicamente.

Más tarde tuvieron que responder preguntas.

Mateo conocía la dirección, el nombre completo, los documentos que estaban en casa.

Se aferró a esas respuestas con una competencia que alarmaba a Gabriel.

Cuando alguien le preguntó a quién podían llamar, empezó a enumerar personas y se detuvo al llegar a Laura.

—La llamo yo —dijo Gabriel.

Mateo negó.

—No. Yo.

Salió a la calle. Había gente mirando desde la otra acera y una mujer que se apartó demasiado deprisa al verlo. Marcó el número de Laura sin buscarlo. Ella contestó con ruido de tráfico detrás.

—¿Qué pasa?

La pregunta le permitió decirlo.

—Mi padre ha muerto.

Laura no respondió durante varios segundos. Cuando habló, su voz había cambiado de lugar.

—¿Dónde estás?

Él se lo dijo. Intentó explicar que había estado mejor, que habían comido juntos, que esa misma mañana habían cambiado la hora. Laura lo dejó hablar hasta que empezó a repetirlo.

—Voy a ver cómo puedo ir —dijo.

—No hace falta.

—Quiero ir, Mateo.

Se quedó callado. Ella respiró al otro lado y preguntó si estaba Gabriel con él. Mateo dijo que sí. La oyó llorar antes de que pudiera despedirse. Le resultó insoportable no poder consolarla y no querer hacerlo, necesitar que alguien se ocupara de él sin que esa necesidad exigiera nada a cambio.

Cuando volvió al bar, Gabriel tenía la chaqueta de Julián doblada sobre el brazo. Mercedes estaba sentada con un vaso de agua entre las manos. Mateo le preguntó si había avisado a su marido; ella dijo que estaba de camino.

—No tendrías que haber estado sola —dijo él.

Mercedes levantó la cabeza.

—No estaba sola.

Mateo asintió sin entender por qué lo había dicho. Gabriel se acercó y le preguntó por las llaves de casa. Él las buscó en un bolsillo y después en otro. Las tenía en la mano izquierda.

* * *

En la casa, todo seguía dispuesto para una tarde que no iba a ocurrir. Había dos tazas sobre la encimera y una tercera dentro del fregadero. Julián había comprado leche. La bolsa del pan estaba doblada para que no se secara. Mateo dejó la chaqueta en una silla y abrió la nevera sin motivo.

Gabriel entró detrás con la tarta. La había recogido del coche mientras él hablaba por teléfono. La puso sobre la mesa, leyó la etiqueta de la caja y la apartó hacia una esquina.

—No sé qué hay que hacer —dijo Mateo.

Había pasado la última hora respondiendo preguntas y llamando a gente. Decirlo allí, delante de la nevera abierta, lo dejó sin fuerza en las piernas. Gabriel cerró la puerta y lo llevó hasta la silla.

—Ahora podemos sentarnos.

Mateo se dejó caer. Gabriel se sentó a su lado y puso la chaqueta de Julián sobre otra silla porque le impedía acercarse. El gesto hizo que Mateo empezara a llorar. Primero intentó detenerlo, apretando la mandíbula; después se dobló hacia delante y Gabriel tuvo que sujetarlo por los hombros.

Lloró con rabia, respirando mal, incapaz de decir qué parte de lo ocurrido estaba llorando. Gabriel no le pidió que se calmara. Le sostuvo la nuca cuando se inclinó contra él y dejó que le mojara la camiseta.

Al cabo de un rato, Mateo vio el teléfono sobre la mesa. La conversación con su padre seguía abierta. Había un audio de diecisiete segundos que no había escuchado.

Lo cogió. Gabriel miró la pantalla y después a él.

Mateo acercó el dedo al botón, lo retiró y dejó el móvil boca abajo. No podía oír aquella voz y volver a perderla cuando terminara.

Esa noche durmieron en la casa. Gabriel fue al piso a recoger ropa y regresó con dos bolsas. Mateo lo esperó en la cocina, sentado junto a la caja de la tarta. Cuando entró, se levantó para ayudarlo y se quedó a medio camino.

—Pensaba que no volvías.

Gabriel lo miró, todavía con las bolsas en la mano.

—Te he dicho que volvía.

Mateo asintió. Lo sabía. Se acercó y le quitó una bolsa para dejarla en el suelo. Después lo abrazó sin pedir nada, con una fuerza que Gabriel sostuvo durante unos segundos antes de pedirle, muy bajo, que lo dejara respirar.

* * *

Mateo se despertó antes de amanecer convencido de haber oído a su padre en el pasillo. Durante un segundo estuvo a punto de levantarse para preguntarle si necesitaba algo. Luego reconoció el cuarto donde había dormido, la respiración de Gabriel al lado y la razón por la que estaban allí.

Se sentó despacio. Gabriel abrió los ojos enseguida.

—¿Qué pasa?

—Nada. Voy al baño.

No quería despertarlo del todo. Gabriel se incorporó un poco, todavía confuso, y volvió a tumbarse cuando Mateo salió.

En el pasillo, una luz pequeña seguía encendida junto al enchufe.

Begoña la había puesto meses atrás para que Julián no atravesara la casa a oscuras.

Mateo la apagó y el pasillo se quedó negro. La encendió de nuevo.

En el baño había un vaso con el cepillo de dientes de su padre.

Se quedó mirándolo hasta que la imagen perdió sentido.

Los objetos más corrientes exigían una decisión que nadie había explicado: si tocarlos era borrar, si dejarlos allí era fingir.

Se lavó la cara y utilizó una toalla distinta de la que colgaba junto al lavabo.

Gabriel lo encontró en la cocina. Había puesto la cafetera sin comprobar si quedaba café suficiente y el agua empezaba a salir demasiado clara.

—Podemos hacer otra —dijo.

Mateo negó. No le importaba el sabor. Le importó de pronto que Gabriel hablara en plural de una mañana que su padre no iba a tener.

—Ayer le dije que luego —murmuró.

Su pareja se apoyó en la mesa.

—Cambiasteis la comida. Él te dijo que le venía bien.

—Ya, pero si hubiera ido…

—No sabemos qué habría pasado.

Mateo lo miró, enfadado por una respuesta que no podía refutar y que tampoco servía para soportar nada.

—Podías dejarme decirlo.

Gabriel bajó la vista. Tenía la camiseta arrugada y una marca de la almohada en la mejilla.

—Sí. Perdona.

Le dejó hablar. Mateo repitió la hora de la llamada, la visita con Nuria, el momento en que había comprado la tarta. Al escucharse, notó la forma de una acusación sin acusado. Estaba buscando una versión del lunes que pudiera modificar con suficientes palabras.

Gabriel se sentó y sostuvo la taza entre las manos. No volvió a corregirlo. Cuando Mateo se quedó sin frases, dijo que él había mirado el teléfono varias veces durante el montaje y no había visto nada hasta la llamada.

—No te estoy diciendo que hicieras nada mal —respondió Mateo.

—Ya lo sé.

Solo después comprendió que Gabriel no estaba defendiéndose. También intentaba encontrar el lugar exacto en que el día había cambiado sin contar con él.

Se sentaron juntos hasta que amaneció. Más tarde tendrían que llamar a gente, escoger cosas y responder preguntas.

Durante aquellos minutos oyeron el motor de una furgoneta, el primer ruido de la casa de Mercedes y una persiana que alguien subía con dificultad.

Mateo apoyó la mano en el antebrazo de Gabriel.

Dejó la mano allí. Gabriel no se apartó.