5. Los días buenos
Los días buenos
Cuatro semanas después, Julián se enfadó porque Mateo había aparcado delante de la casa para llevarlo a una cafetería a la que podían llegar andando.
Había seguido las revisiones, ajustado sus rutinas y recuperado distancias pequeñas.
Se cansaba antes, y eso lo irritaba más que las visitas médicas.
Aquella mañana tenía el abrigo puesto y el bastón en la mano cuando Mateo abrió la puerta del coche.
—No soy un paquete.
—Está lloviendo.
—Está cayendo agua. No es lo mismo.
Mateo miró la llovizna. Volvió a cerrar el coche.
Fueron andando. Al principio tuvo que contener el paso; después se acostumbró y dejó de pensar en la velocidad.
Julián se detuvo para saludar a un hombre que conocía del mercado, le preguntó por una obra en su edificio y se olvidó de que Mateo tenía una reunión a las doce.
Él no se lo recordó hasta que llegaron a la cafetería.
—Entonces no pidas otra cosa —dijo su padre.
—No he pedido la primera todavía.
Julián le indicó al camarero lo que quería. El camarero le preguntó si quería lo del otro día. Se sentó frente a él y dejó el móvil en el bolsillo.
Hablaron de la librería. El presupuesto estaba aprobado; Nuria había encontrado un albañil con quien Mateo podía entenderse y la apertura de la sala se había retrasado hasta después del verano.
A ella le preocupaba perder actividades.
A él, que intentara meter demasiadas personas antes de tener el espacio listo.
—¿Y qué le has dicho?
—Que espere.
Julián removió el café.
—Se te da muy bien cuando le toca a otro.
Mateo iba a contestar, pero su padre había levantado la cabeza con una sonrisa pequeña. Se rio. Julián también. Había tardes enteras en que podían estar juntos de aquella manera, sin que Mateo tuviera que traducir cada frase para decidir si lo estaban queriendo.
Al sacar la cartera, Julián dejó caer un papel doblado. Mateo lo recogió antes de verlo: un número de teléfono, unas iniciales, la palabra «Oviedo». Su padre extendió la mano y él se lo devolvió.
—¿Conoces a alguien allí?
—He conocido gente en más sitios de los que tú has vivido.
La respuesta lo molestó, sobre todo porque no era una respuesta.
—No te estoy haciendo un interrogatorio.
—Pues no te enfades tan pronto.
Julián guardó el papel en un compartimento de la cartera. Mateo miró hacia la barra. Se acordó del sobre que Gabriel había escaneado. Podía preguntarle por Alicia, pero también sabía cómo iba a sonar: llevaba semanas esperando encontrar una rendija por donde meter la curiosidad.
—Si necesitas que te lleve a algún sitio, dímelo —se limitó a decir.
Su padre pagó los cafés.
—Si hace falta, te lo diré.
Regresaron por la calle menos empinada. Delante de la casa, Julián se detuvo para sacar las llaves.
Mateo lo observó durante unos segundos: los dedos trabajando despacio, la impaciencia en la boca, la costumbre de sujetar la cartera bajo el brazo.
Quiso preguntarle por aquella frase antigua, la que seguía oyendo algunas veces cuando pensaba en su regreso a Valnera.
Ahora parecía posible, con la mañana tranquila y la mejoría concediéndoles un margen que no habían sabido darse al principio.
—Papá.
Julián encontró la llave y levantó la cabeza.
—¿Qué?
Mateo oyó vibrar su teléfono. No lo sacó. Miró la puerta, la mano de su padre, y perdió las palabras exactas que iba a utilizar.
—¿El lunes comemos aquí?
—Si quieres.
—Sí. Quiero.
Julián abrió y lo dejó pasar para recoger la bolsa del ordenador. En la cocina había un cuenco con fresas cubierto por un plato. Mateo cogió una; su padre le dijo que las lavara antes y acabaron discutiendo sobre si bastaba con pasarlas por el grifo.
* * *
Gabriel propuso una salida de dos días para mayo.
Tenía un hueco entre montajes y conocía una casa pequeña cerca de la costa asturiana donde habían pasado un fin de semana Álex y su pareja.
Mateo miró las fotografías sin sentir entusiasmo inmediato.
Había aprendido, durante las últimas semanas, a desconfiar de todo lo que dependiera de una fecha.
—Podemos reservar con cancelación —dijo Gabriel.
—No te he dicho que no.
—Tampoco me has dicho nada.
Mateo levantó la vista. Estaban en la cama, un domingo por la mañana, con café en tazas que ninguno quería dejar sobre el libro del otro. Gabriel había buscado las fechas antes de preguntarle, y ahora sostenía el móvil con una rigidez que conocía demasiado bien.
—Me apetece —dijo Mateo—. De verdad. Estoy pensando en cómo organizarlo.
—Son dos noches.
—Ya.
—Tu padre puede estar bien sin que estés a quince minutos.
Mateo dejó la taza en el suelo.
—También podía estar bien hace un mes.
Gabriel miró la pantalla y la apagó. Se quedó sentado, con el edredón sobre las piernas, sin ofrecer una respuesta que él pudiera discutir. Mateo entendió demasiado tarde que había convertido una invitación en una prueba.
—Enséñame otra vez la casa.
—Da igual ahora.
—No da igual. Me he puesto a pensar en todo lo que puede salir mal.
—Lo he visto.
Gabriel le dio el móvil. Mateo abrió las fotografías, miró las ventanas, una terraza pequeña que parecía estar a la sombra incluso con sol, una cocina más bonita que útil. Lo quiso de pronto allí, con Gabriel quejándose del colchón y los dos sin ninguna obligación hasta la hora de comer.
—¿Qué fin de semana?
Gabriel volvió a decírselo. Eligieron las fechas y revisaron las condiciones. Mateo hizo una pregunta sobre el aparcamiento; Gabriel le quitó el teléfono para reservar antes de que encontrara otra razón para seguir mirando.
—Ya está.
Mateo le besó la mano. Gabriel tardó un segundo en acercarse y luego lo hizo con una decisión que le borró la vergüenza. Se besaron hasta que el café olvidado dejó una marca en el suelo. Ninguno la vio entonces.
Más tarde, Gabriel se tumbó boca abajo para que Mateo le frotara la espalda. Había estado cargando el viernes y se le había quedado un punto doloroso junto al hombro. Mateo encontró la zona con cuidado; Gabriel protestó porque iba demasiado despacio y después porque apretaba demasiado.
—Tienes que decidirte.
—Podrías hacerlo bien sin participación del cliente.
Mateo inclinó la cabeza y lo besó entre los omóplatos. Gabriel dejó de quejarse durante un rato. Se conocían también en aquellos silencios; él podía distinguir cuándo la quietud era placer y cuándo estaba recibiendo una caricia sin tener fuerzas para devolverla.
Esa mañana hubo deseo sin prisa y una pequeña discusión sobre quién se levantaría a buscar agua.
Gabriel perdió porque estaba más cerca de la puerta.
Volvió con dos vasos y se metió en la cama enfadado por el frío del pasillo.
Mateo lo recibió riéndose, lo abrazó hasta que dejó de protestar y pensó en la reserva sin sentir la necesidad de comprobar el teléfono.
* * *
La oportunidad de Bilbao había empezado a ocupar las conversaciones del trabajo de Gabriel antes de convertirse en un viaje.
Una tarde, Mateo fue a buscarlo al almacén y lo encontró con Álex delante de una mesa cubierta de cables.
No estaban discutiendo exactamente, pero ninguno tenía la expresión de quien agradecía un testigo.
—Puedo esperar fuera —dijo Mateo.
—No hace falta —respondió Álex—. Ya hemos terminado de demostrarnos que sabemos sumar.
Gabriel soltó una risa breve y siguió mirando el papel.
Álex le enseñaba una previsión de ingresos que dependía de rechazar algunos encargos pequeños durante el verano.
El trabajo nuevo podía darles continuidad, pero también exigía adelantar horas, desplazamientos y una organización que no tenían resuelta.
Mateo dejó las llaves sobre una caja y escuchó sin intervenir. Le costaba. Había pasado años opinando de números ajenos con una seguridad que, en el suyo, rara vez recibía bien.
—Si lo hago yo todo fuera, aquí os quedáis cortos —dijo Gabriel.
—Si lo hacemos todos a medias, fuera no saben con quién hablar —respondió Álex—. Eso es lo que llevamos una hora diciendo.
Dani entró del patio con una pieza en la mano y añadió una tercera objeción.
Mateo se apartó para dejarlo pasar. Los tres hablaron a la vez durante unos segundos, hasta que Gabriel pidió que empezaran por el principio.
Había en su voz una autoridad que él conocía, pero que en casa casi nunca tenía ocasión de ver de ese modo.
Acordaron pedir más datos antes de comprometerse.
No hubo un entusiasmo unánime ni un líder que salvara la reunión.
Álex quería asegurar determinados trabajos locales; Dani no podía asumir todos los fines de semana; Gabriel quería salir a probar otra escala y se irritaba al oír sus ganas traducidas en una lista de problemas.
Cuando salieron, ya había oscurecido. Mateo le preguntó si le apetecía cenar fuera. Gabriel dijo que prefería caminar un rato antes de sentarse otra vez.
—¿Tú cómo lo ves? —preguntó al llegar a la esquina.
Mateo tuvo que aclarar a qué se refería.
—Lo de Bilbao. Has estado callado de una manera muy llamativa.
—Intentaba no meterme.
—Ahora te estoy preguntando.
Él pensó antes de contestar. Había una parte que quería señalar los riesgos para conservar a Gabriel cerca sin tener que admitir ese motivo.
—Creo que te apetece mucho. Y que no estáis calculando las mismas cosas cuando habláis de si compensa.
—Álex solo ve lo que puede fallar.
—Álex se queda aquí cuando tú te vas.
Gabriel lo miró de lado.
—Gracias por la adhesión incondicional.
—Me has pedido opinión. Puedo fingir que no he escuchado nada si lo prefieres.
Gabriel sonrió y después volvió a ponerse serio.
—Me da miedo quedarme haciendo lo mismo porque sé hacerlo. Un día me van a doler las manos o la espalda y voy a seguir diciendo que ya miraré otra cosa el año que viene.
Mateo le rozó el brazo. Gabriel no estaba pidiendo permiso para alejarse; hablaba de una vida laboral que existía desde antes de ellos y que seguiría cambiando aunque él tuviera miedo.
—Puedes probar —dijo.
—No es tan sencillo.
—No he dicho que lo sea.
Siguieron andando. Gabriel contó que había pasado una temporada parecida en Bilbao años atrás, cuando vivía con Andrés: muchas horas, gente nueva, la sensación de que todo podía convertirse en algo más importante si aceptaba un turno adicional.
No lo dijo con nostalgia. Admitió que entonces había descuidado cosas que no quería repetir.
Mateo sintió la incomodidad habitual al oír el nombre del otro hombre, menos intensa que al principio pero todavía presente. Esperó a que Gabriel terminara de contárselo.
—¿Qué harías diferente? —preguntó.
Gabriel tardó en responder.
—No prometer que estaré en dos sitios. Decir que estoy cansado antes de ponerme insoportable. Ya ves, aspiraciones muy elevadas.
—La segunda podrías empezar a practicarla hoy.
Gabriel le dio un empujón suave con el hombro.
—Estoy cansado.
—Gracias por avisar.
Cenaron en casa. Mateo lo escuchó llamar a Álex para retomar una parte de la discusión con menos orgullo. No se quedó cerca para oír los detalles. Fue a preparar la mesa y, cuando Gabriel volvió, le preguntó si quería vino. Quería una copa pequeña; al día siguiente madrugaba.
* * *
El lunes, Julián los invitó a comer. Gabriel llegó tarde y su padre empezó a servir antes de que entrara, murmurando que algunas profesiones habían inventado el reloj para ignorarlo. Cuando Gabriel apareció, apartó su plato, todavía vacío, para ponerle la fuente más cerca.
Mateo observó el gesto y siguió hablando de otra cosa. Gabriel se quitó la chaqueta y le dio a Julián una bolsa con una radio usada.
—Esta sí funciona.
—La otra también.
—La otra funciona cuando no quieres escucharla.
Julián sacó el aparato, le dio la vuelta y examinó las conexiones. Gabriel tuvo que pedirle que comiera antes de ponerse a buscar pilas. Se parecían de una manera que habría indignado a los dos si Mateo la hubiera mencionado.
Durante el café, él anunció el viaje a Asturias. Su padre preguntó dónde iban y Gabriel le enseñó la casa. Julián miró la terraza y dijo que allí iban a pasar frío.
—En mayo —protestó Mateo.
—El frío no sabe en qué mes está.
Gabriel se rio y guardó el móvil. Después ayudó a recoger mientras Julián se quedaba en el salón con Mateo. Había una humedad en una esquina del techo que él llevaba meses señalando. Su padre prometió llamar a alguien, como cada vez.
—Puedo mirar por arriba el viernes —dijo Mateo.
—El viernes no estoy.
—¿Dónde vas?
Julián lo miró con impaciencia.
—A comprar unas cosas. No necesito que vengas.
Mateo se mordió la respuesta. Su padre había vuelto a salir solo en trayectos cortos acordes con lo que les habían indicado. Aun así, al marcharse comprobó desde el coche hacia qué calle iba.
—Pues otro día.
Julián asintió. Gabriel regresó con un paño para la mesa y se quedó mirando la humedad.
—Eso va a seguir ahí cuando volvamos de Asturias —dijo.
—Todo el mundo opina de mi techo —protestó Julián.
Gabriel señaló después la puerta del cobertizo, visible desde la ventana. Julián lo utilizaba para guardar herramientas y macetas rotas.
—Ahí te cabría una mesa de verdad —le dijo a Mateo—. Para cuando traes trabajo y acabas dibujando entre sus facturas.
—Ni se os ocurra vaciarme aquello —protestó Julián.
—Tranquilo. Este verano bastante tenemos con tu techo —respondió su hijo.
Su padre pidió el mando. La idea quedó junto a otras mejoras que comentaban al visitar casas ajenas y olvidaban al salir.
Mateo levantó las manos y Gabriel le pasó el paño. Terminaron de recoger sin hablar de la casa. Al marcharse, su padre los acompañó hasta la puerta y preguntó si el lunes siguiente llevarían postre.
—Si te portas bien —respondió Gabriel.
Julián le dio un golpe suave con el dorso de la mano en el brazo. Mateo lo vio sonreír mientras cerraba. Bajaron hasta el coche discutiendo sobre qué llevarle. En el rellano, Gabriel insistió en que su padre detestaba las flores.