4. Una semana más #2
—Hemos terminado. Dani está buscando un sitio para cenar que siga abierto cuando lleguemos.
—¿Cansado?
—Bastante. Me habría venido bien estar ahí.
Mateo miró a Vera, que se había alejado para responder a otro mensaje. Por un momento quiso decirle que volviera. Había tenido una tarde buena y aun así deseaba tenerlo a su lado con una urgencia poco razonable.
—Mañana te cuento el final —dijo—. Para fastidiarte.
—Ya me lo ha contado Vera.
—Qué cerda.
Gabriel se rio, con esa risa cansada que llegaba un poco más baja por teléfono.
—Vete a casa. Te llamo por la mañana.
Mateo caminó despacio hasta el coche. No llamó a su padre otra vez. Le envió una fotografía del programa; Julián respondió con un pulgar levantado y, dos minutos después, con una pregunta sobre a qué hora iría el viernes.
* * *
Laura llamó el jueves al mediodía. Mateo había avisado del ingreso mediante un mensaje breve, y ella había hablado con Julián directamente. La conversación entre ambos duró lo suficiente para que su padre se quejara después de que nadie preguntaba por sus propias cosas sin acabar hablando de salud.
—Voy a Santander el mes que viene —le dijo Laura—. Por trabajo. Si está bien, me acercaré a verlo.
—Le va a gustar.
—Ya se lo he dicho. Te llamaba para saber si hay algo que deba tener en cuenta.
Mateo apoyó el teléfono contra el hombro mientras buscaba una carpeta. Le explicó lo que sabían. Laura escuchó y preguntó una cosa concreta sobre las visitas, sin ocupar el lugar de quien podía tranquilizarlo por conocerlo mejor que nadie.
—No tienes que avisarme cada vez —añadió él.
—Lo sé. Esta vez he querido hacerlo.
Mateo no encontró qué añadir.
—Gracias —dijo.
Laura preguntó por Gabriel. Mateo respondió que estaba volviendo de un trabajo fuera.
Ella le pidió que le diera recuerdos y pasó a contarle un problema con una entrega de muebles.
Tenía que cambiar de despacho dentro de su empresa; el nuevo era más pequeño, aunque el puesto fuera mejor.
Se rio al decirlo. Mateo reconoció su manera de indignarse por algo sin necesitar que alguien lo arreglara.
Hablaron unos minutos de eso. Cuando colgaron, recordó que Laura había mencionado a un hombre meses atrás. No sabía si seguían viéndose. No se lo había preguntado. Le gustó haber podido estar con ella en una conversación que no exigía revisar su matrimonio.
Gabriel llegó pasadas las ocho. Dejó la bolsa en el dormitorio y encontró a Mateo preparando una tortilla.
—He comprado cena —dijo desde la puerta.
—Yo también.
—Lo he visto. En funcionamiento.
Habían hablado aquella mañana de quién se ocuparía y ninguno recordaba el acuerdo del mismo modo.
Dejaron la comida comprada en la nevera y cenaron la tortilla.
Gabriel olía al jabón de un hotel; Mateo lo percibió cuando se inclinó para coger un plato del armario y sintió unas ganas absurdas de acercarlo, olerlo otra vez, reconocer debajo lo que era suyo sin necesidad de que le perteneciera.
Después lo besó mientras Gabriel se lavaba los dientes. Él protestó con el cepillo en la boca, terminó deprisa y volvió al salón a buscarlo. Mateo había fingido ponerse a recoger. Gabriel le quitó un vaso de la mano y lo dejó en la mesa.
Se quedaron juntos en el sofá, cansados y algo torpes por la hora.
Más tarde, en la cama, Mateo apagó el móvil por primera vez en una semana.
Lo encendió de nuevo antes de dormirse. Gabriel lo vio y no dijo nada; lo atrajo por la cintura hasta que ambos encontraron una postura en la que podían descansar.
* * *
El sábado por la mañana, Gabriel quiso comprar una planta para el balcón. Mateo lo acompañó convencido de que volverían con algo pequeño. Media hora después estaba sujetando una maceta entre las rodillas mientras su pareja buscaba sitio para otra en el asiento trasero.
—Has comprado un jardín.
—He comprado tres plantas. Tu resistencia a lo vivo me preocupa.
—Me preocupa el balcón. No tiene las dimensiones de un parque.
Gabriel cerró la puerta y dio la vuelta al coche.
Había elegido una de las plantas porque su padre la había tenido en casa cuando él era pequeño.
Mateo no lo sabía. Se lo preguntó durante el trayecto y recibió una historia sin tragedia: un verano, unas vacaciones, un vecino encargado de regar que había hecho lo que pudo.
—Se murió —dijo Gabriel.
Mateo lo miró.
—La planta. El vecino sigue perfectamente, que yo sepa.
La aclaración les hizo reír. Su pareja le puso una mano en la rodilla mientras esperaban en un semáforo y la retiró cuando cambió la luz. Mateo dejó su propia mano sobre la rodilla hasta que el coche volvió a frenar.
En casa discutieron sobre la posición de las macetas.
Gabriel quería verlas desde el sofá. Mateo quería poder abrir la puerta del balcón sin empujar hojas.
Probaron tres distribuciones y acabaron volviendo a la primera, con un desplazamiento de diez centímetros que ambos consideraron una concesión del otro.
Mientras limpiaban la tierra del suelo, llamó Julián. Mateo respondió con la escoba en la mano. Su padre preguntó si conocía a alguien que arreglara una persiana.
—¿Cuál se ha roto?
—Ninguna. La de Mercedes no sube bien.
—¿Y por qué me llamas tú?
—Porque ella ha llamado a uno que le quiere cambiar media ventana.
Mateo anotó un teléfono que podía pasarle. Julián le preguntó qué estaba haciendo y él explicó lo de las plantas. Su padre guardó un silencio breve.
—¿Tenéis sitio?
Gabriel oyó la pregunta y levantó los brazos, indignado.
—Dile que se deje de arquitectura por teléfono.
Mateo repitió la frase. Julián soltó una risa y dijo que Gabriel debía de haber comprado algo enorme. El aludido le quitó el teléfono para defenderse.
Hablaron varios minutos. Mateo siguió barriendo, escuchando solo la mitad de la discusión. Su padre conocía el nombre de una de las plantas y desconfiaba de las instrucciones de riego de la tienda. Gabriel protestó, pidió una explicación y acabó prometiendo mandar una fotografía.
Cuando recuperó el teléfono, Mateo preguntó cómo se encontraba. Julián dijo que bien, que había salido un rato y que no necesitaba nada.
—Te estaba llamando por la persiana —añadió, impaciente.
—Ya lo sé.
Le dio el número y colgaron. Gabriel se quedó junto a la puerta del balcón, observando las macetas con las manos en la cintura.
—Tu padre dice que esa no debería estar ahí.
—Qué sorpresa. Alguien opinando de la distribución.
—No empieces. Lo ha dicho por el sol.
Mateo se acercó y apoyó la barbilla en su hombro. Desde allí las plantas ocupaban más sitio del que le habría gustado, pero el balcón parecía utilizado de una manera nueva. Gabriel ladeó la cabeza para besarlo sin volverse del todo.
—Podemos comer fuera —propuso.
—¿Fuera de casa o aquí, entre tu explotación agrícola?
—Aquí. Así compruebas que seguimos cabiendo.
Sacaron dos platos y se sentaron con las rodillas demasiado cerca. Mateo tuvo que entrar una vez a buscar agua y rozó una hoja al pasar. Gabriel esperó el comentario. Él no lo hizo. Al volver a sentarse, apartó la maceta con el pie para dejar sitio a la jarra.