La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 4. Una semana más
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4. Una semana más

Una semana más

El martes, Julián quiso entrar en casa antes de que Mateo abriera del todo la puerta.

Llevaba cinco días oyendo a otras personas decidir cuándo podía levantarse y había gastado lo que le quedaba de paciencia en el coche.

Su hijo retiró la bolsa del umbral y lo dejó pasar.

Gabriel, que había salido un momento del almacén para ayudarlos, se quedó detrás con los documentos.

La casa olía al producto que usaba Begoña para el suelo. Julián se detuvo en el recibidor, miró el pasillo y fue directamente al salón. Mateo lo siguió, preparado para acercar una silla, retirar una alfombra o cumplir cualquier instrucción que permitiera convertir la preocupación en una tarea.

—Abre un poco —dijo su padre, señalando la ventana.

Lo hizo. Entró aire frío, ruido de un coche que pasaba y la voz de Mercedes en el jardín contiguo. Julián cerró los ojos unos segundos. Gabriel dejó los papeles sobre la mesa, lejos de la ventana, y miró a Mateo antes de sacar las llaves de la furgoneta.

—Tengo que volver.

—Sí. Claro.

Mateo lo acompañó al recibidor. Habían vuelto a hablar del viaje a Burgos la noche anterior. Gabriel saldría al día siguiente; regresaría el jueves. No había nada que reconsiderar, y aun así él había terminado preguntando a qué hora podría llamar.

—Cuando llegue —le había contestado Gabriel—. Y luego cuando podamos los dos.

Ahora se besaron junto al perchero. Desde el salón, Julián preguntó si alguien había dejado de comprar pan durante su ausencia.

—Eso significa que puedes irte tranquilo —murmuró Mateo.

Gabriel sonrió, aunque no acabó de hacerlo con los ojos.

—Avísame después.

Mateo volvió a la cocina y preparó algo sencillo.

Su padre se quedó sentado, siguiendo sus movimientos sin necesidad de verlo.

Reconocía el ruido de los cajones y sabía cuándo había cogido un cuchillo distinto del que habría elegido él.

Mateo esperaba las correcciones. Cuando no llegaron, se asomó al salón.

Julián estaba leyendo las instrucciones del alta. Habían repasado juntos el tratamiento, las revisiones y las señales ante las que debían consultar. Su hijo había hecho una lista aparte. Ahora vio cómo su padre colocaba un dedo sobre una línea para no perderla.

—¿Lo miramos otra vez?

—Estoy leyendo.

—Ya lo veo.

—Pues deja que termine.

Mateo volvió a la cocina. Había prometido quedarse hasta después de comer; a las cinco seguía allí, respondiendo correos desde el extremo de la mesa. Julián dormía en el sillón. Se despertó, lo vio y preguntó si se había roto algo en su casa.

—No.

—Entonces vete.

—Puedo trabajar aquí.

—Yo también puedo estar aquí sin que trabajes tú.

Mateo cerró el ordenador con demasiado cuidado.

Habían discutido sobre las horas de ayuda antes de salir del hospital y de nuevo en el coche.

Begoña había conseguido ampliar una mañana; para otra habían encontrado a una compañera suya, Rocío, con quien Julián había hablado por teléfono.

Mercedes pasaría si le venía bien. El resto debían organizarlo sin fingir que vivir cerca los convertía a todos en personas desocupadas.

—Me da miedo dejarte —admitió.

Su padre bajó la vista al mando de la televisión. No parecía saber qué hacer con una frase sin reproche.

—Ya.

Mateo esperó. Julián buscó las gafas, que tenía puestas, y acabó tocándose la frente.

—Pero tienes que irte alguna vez.

—Lo sé.

Se quedó diez minutos más. Al salir, su padre le pidió que sacara la basura. Mateo bajó los escalones con la bolsa en una mano y el ordenador en la otra, irritado por sentir alivio.

* * *

La primera visita de Rocío había sido acordada para el miércoles por la mañana, antes de que empezara a cubrir alguna tarde. Mateo quiso estar presente. Llegó diez minutos antes que ella y encontró a su padre intentando esconder los documentos del hospital debajo de una revista.

—No viene a examinarte —dijo.

—Pues tú traes cara de inspector.

Rocío apareció con una bolsa de tela y un cuaderno pequeño.

Tenía una voz más baja que Begoña y una manera de quedarse quieta antes de entrar en una habitación, esperando que le indicaran dónde podía dejar las cosas.

Saludó primero a Julián. Mateo agradeció el gesto hasta que descubrió que también pensaba hacerle las preguntas a él.

—Begoña me ha contado los horarios. ¿Qué es lo que más le cuesta por las tardes?

—Aguantar a mi hijo.

Rocío miró a Mateo con una sonrisa breve y volvió a Julián.

—Eso no sé si entra en lo que hago.

Su padre se rio. Mateo se quedó junto a la mesa, con la lista que había preparado doblada en la mano.

Rocío le preguntó por las compras, por la ropa, por dónde guardaba las cosas de limpieza.

Julián respondió, se levantó para enseñarle un armario y aceptó sentarse cuando ella le dijo que bastaba con señalarlo.

—El martes suele venir Begoña —intervino Mateo—. Y las revisiones…

—Las revisiones las llevo apuntadas —dijo su padre.

—Ya. Lo digo para que ella sepa…

—Si hay un cambio de horario, me lo dicen —respondió Rocío—. Lo que yo puedo hacer son estas dos horas. Si un día necesitan más, tendrán que avisarme y ver si puedo. Tengo otra casa después.

Mateo asintió. Había oído a Begoña decir cosas parecidas y aun así una parte de él esperaba que la nueva persona llegara con una disponibilidad distinta, más flexible, sin una vida que complicara el reparto. Se avergonzó de pensarlo.

Rocío pidió ver la cocina. Julián le indicó cómo le gustaba que guardaran las tazas y ella escuchó sin fingir que aquello era absurdo.

Después explicó dónde prefería dejar las llaves y qué haría si llegaba y no contestaba nadie.

Mateo anotó los números en una hoja y Rocío pidió que la dejaran junto al teléfono.

Cuando terminó la visita, Mateo acompañó a Rocío a la puerta.

—Es un poco terco —dijo en voz baja.

Ella se volvió hacia el pasillo, comprobando que Julián no estuviera justo detrás.

—Tiene bastante claro lo que quiere. A mí eso me ayuda, mientras podamos hablar.

Mateo notó que había intentado reclutarla de su lado antes de que empezara a trabajar. Le dio las gracias y no añadió nada más.

Su padre estaba en la cocina, cortando una manzana con lentitud. Había elegido el cuchillo que Mateo llevaba dos días apartando porque le parecía demasiado grande.

—Me cae bien —dijo Julián.

—Todavía no ha empezado.

—Por eso. No ha tocado nada.

Mateo se rio a pesar de sí mismo. Se sentó y miró cómo su padre dividía la fruta en trozos desiguales. Quiso coger el cuchillo para terminar antes; mantuvo las manos debajo de la mesa.

—Te he hecho una lista con las horas —dijo.

Julián miró el papel doblado.

—Déjala ahí.

—No es para vigilarte.

—Entonces deja de explicármela como si fuera para vigilarme.

La respuesta le molestó, pero dejó la hoja junto al frutero. Julián la leyó mientras comía. Al llegar a la última línea, señaló un número.

—Este está mal. Mercedes cambió de teléfono hace meses.

Mateo se inclinó para verlo. Había copiado el antiguo de una agenda. Su padre le dictó el nuevo sin consultar nada y luego empujó el plato hacia él.

—Cómete un trozo. Llevas toda la mañana haciendo de adulto y ni has desayunado.

Mateo cogió uno. La manzana estaba demasiado fría; Julián seguía guardándolas en la nevera aunque siempre dijera que no sabían a nada.

Se lo señaló y su padre respondió que en algún sitio había que ponerlas.

Discutieron sobre un frutero vacío que tenían delante.

La discusión no sirvió para nada y les permitió pasar diez minutos juntos sin hablar de horarios.

Antes de marcharse, Mateo vio a Julián doblar la lista y guardarla en el mismo cajón que los documentos del alta. No se la devolvió ni prometió seguirla. Le preguntó a qué hora empezaba la obra de teatro.

—A las ocho.

—Pues no llegues tarde por llamar aquí. Vera no tiene culpa.

Mateo cerró la puerta con menos prisa de la que había llevado al entrar.

* * *

El miércoles fue al teatro con Vera. Estuvo a punto de cancelar tres veces, pero su padre había insistido en que no lo llamara al empezar, al salir y durante el descanso.

Begoña estuvo con Julián por la mañana, Rocío a última hora de la tarde.

Cuando Mateo llamó antes de cenar, recibió una descripción detallada de lo mal que alguien había colocado las tazas.

Lo tranquilizó más que cualquier respuesta sobre cómo se encontraba.

Vera lo esperaba delante de la puerta, con las entradas en el móvil porque no confiaba en que él recordara llevarlas.

—Te las mandé para que no tuvieras que imprimirlas —le dijo Mateo.

—Y yo las he traído para que no tuvieras que explicarlo.

Entraron con tiempo. Vera le contó que había pedido una reducción de jornada durante tres meses para preparar unas pruebas internas en su trabajo. Mateo no lo sabía. Se sintió mal por haber pasado los últimos días hablándole únicamente de Julián.

—¿Qué pruebas?

—Para cambiar de puesto. Te lo conté en enero.

Él se volvió hacia ella.

—Perdona.

—En enero también estabas mirando el teléfono. Esa vez no era tu padre.

No lo dijo con dureza, pero Mateo se guardó el móvil antes de que apagaran las luces. Durante la función lo sacó una vez, lo comprobó bajo la chaqueta y volvió a guardarlo. Vera no lo miró. Le agradeció aquel silencio más que si hubiera tratado de tranquilizarlo.

Al salir tomaron una copa. Hablaron de la obra y acabaron discutiendo porque Vera detestaba al personaje que a él le había parecido mejor construido. La discusión subió de tono y Mateo acabó echándose a reír en mitad de un argumento. Vera lo miró como si hubiera perdido el hilo.

—¿Qué? —preguntó Vera.

—Nada. Sigue.

—No me animes así. Parece que me estás evaluando.

Gabriel llamó cuando estaban pidiendo la cuenta. Mateo le pasó el teléfono a Vera, que le reprochó haber enviado a un sustituto con opiniones tan equivocadas. Los oyó reír. Después habló él con Gabriel desde la calle, con una mano hundida en el bolsillo para protegerla del frío.

—¿Tú qué tal?