La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 3. En observación #2
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3. En observación #2

El sábado Gabriel pasó la tarde con Julián mientras él fue a casa.

Había quedado con Clara para una llamada corta, pero al abrir el ordenador descubrió que no tenía lo que ella necesitaba.

Se quedó mirando el archivo incompleto, consciente de que había afirmado que podía enviarlo antes de comprobarlo.

La llamó para decírselo.

—Tengo que pasárselo a otra persona —respondió Clara.

—Puedo terminarlo esta noche.

—No te estoy castigando.

Mateo se enderezó en la silla.

—No he dicho eso.

—Ya. Pero me estás contestando como si lo hiciera. Necesito saber que va a estar el lunes.

Él se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Le había contado lo de Julián. Clara había sido amable, había dicho que lo sentía y había movido una reunión. Ahora le estaba pidiendo una respuesta profesional, y Mateo se enfadaba por la transición.

—Pásaselo —dijo.

—Te pagaríamos la parte que tienes hecha.

—Vale.

Hubo un silencio. Clara le preguntó después cómo había pasado su padre la mañana. Esta vez Mateo pudo contestar sin utilizarlo para recuperar el encargo. Hablaron unos minutos y, al colgar, guardó los archivos en la carpeta compartida. No abrió ninguno más.

Se duchó y se quedó dormido encima de la cama con el pelo mojado. Despertó una hora después, desorientado por la luz que entraba desde el patio. Tenía un mensaje de Gabriel: Julián estaba viendo un partido; no hacía falta que volviera deprisa.

Se puso los zapatos y volvió deprisa.

Su padre ni siquiera lo oyó entrar. Estaba discutiendo con Gabriel sobre una jugada y ambos miraban la repetición en un televisor diminuto. Mateo dejó la chaqueta en la silla. Gabriel le hizo un gesto para saludar sin perder la pantalla.

—Eso no era falta —dijo Julián.

—Si le quita la pierna, igual te parece suficiente.

Mateo se sentó en el borde de la otra silla. Le apetecía participar, pero no sabía de quién estaban hablando. Esperó al final de la repetición para preguntar cómo se encontraba su padre. Julián levantó una mano.

—Ahora, que van a ponerlo otra vez.

Gabriel buscó sus ojos y sonrió. Mateo consiguió sonreír también. Sacó del bolsillo una chocolatina que había comprado abajo y la partió bajo la mesa. Le dio la mitad a Gabriel, que la cogió sin mirar y se limpió después los dedos en el pantalón.

Durante un rato pudieron estar allí sin hablar del hospital. Al acabarse el partido, Julián recuperó la manta y dijo que tenía sueño. Mateo se ofreció a quedarse mientras Gabriel salía a cenar; su padre lo miró con una impaciencia que ya se parecía mucho a la suya.

—Marchaos los dos. No necesito público para dormir.

Fueron a un bar cercano. Era sábado por la noche y las mesas estaban llenas; consiguieron sentarse junto a una columna, con las chaquetas sobre las piernas. Mateo pidió comida sin consultar el teléfono. Gabriel lo miró de reojo. Se guardó el comentario.

—¿Lo de Burgos sigue? —preguntó Mateo.

—Sí.

Gabriel esperó a ver si había algo más en la pregunta. Mateo movió el vaso para dejar sitio al plato que traía la camarera.

—¿Vais con la furgoneta grande?

—Si Álex termina de llevar cosas que, según él, no ocupan.

Le enseñó una fotografía. Mateo reconoció el altavoz que habían estado intentando cargar el miércoles. Gabriel empezó a explicarle por qué no podían llevarlo tumbado y él prestó atención, agradecido por un problema cuyos detalles podía imaginar.

Después, mientras comían, Gabriel le contó una discusión con Dani que había ocurrido el viernes.

Se había enfadado porque Dani aceptó un horario imposible sin hablarlo con los otros dos.

Mateo estuvo a punto de señalar que Gabriel había hecho algo parecido muchas veces; se detuvo al ver cómo dejaba el tenedor, todavía molesto.

—¿Y ahora qué vais a hacer?

—Lo que podamos. Pero esta vez va él delante a explicarlo.

Mateo asintió. Le rozó el tobillo con el suyo debajo de la mesa. Gabriel alzó la vista, dejó pasar un segundo y le devolvió el contacto.

Al volver a casa, ninguno tenía sueño. Se metieron en la cama con la luz encendida y hablaron del partido hasta que Mateo confundió a dos jugadores y Gabriel se rio lo suficiente para que él protestara.

Se besaron sin apagar la lámpara. Mateo buscó la cintura de Gabriel bajo la camiseta; él le pasó la mano por el pelo y después lo detuvo, despacio.

—Hoy no puedo más.

Mateo retiró la mano enseguida.

—Vale.

Se apartó demasiado, hasta quedar mirando al techo. Gabriel permaneció de lado, junto a él.

—No te he pedido que te vayas a otra cama.

—No me estoy yendo.

Había sonado herido. Le molestó oírse, que el cansancio de Gabriel pudiera convertirse tan deprisa en algo que él tenía que soportar. Se volvió antes de que el otro buscara una explicación.

—Ven. Perdona.

Gabriel se acercó, pero no lo besó para compensarlo. Apoyó la cabeza en su hombro, le puso una mano en el pecho y cerró los ojos. Mateo lo abrazó sin volver a intentar nada.

A la mañana siguiente encontró el teléfono en el suelo, donde se había caído durante la noche.

Lo recogió antes de levantarse y comprobó la pantalla.

No había llamadas. Gabriel seguía dormido, con una rodilla atravesada sobre su parte de la sábana.

Mateo apartó el teléfono y tuvo que empujarlo un poco para poder salir de la cama.

* * *

El lunes hablaron del alta. Faltaba completar la organización de las revisiones y comprobar que podían continuar el tratamiento en casa; no les dieron una hora, pero por primera vez la conversación incluyó cosas que estaban fuera de aquella habitación.

Julián pidió su abrigo antes de que nadie acabara de explicarse.

—Todavía no —dijo Mateo.

—Para tenerlo.

Lo dejó al pie de la cama. Su padre pasó una mano sobre la tela y buscó algo en el bolsillo interior. Sacó un recibo doblado, lo leyó y volvió a guardarlo.

—¿Quieres que traiga algo de casa? —preguntó Mateo.

—Ya no va a hacer falta.

—Por si tardan.

Julián negó. Alisó una manga del abrigo antes de preguntar si Gabriel había terminado con las copias. Mateo tardó en recordar de qué hablaba.

—Sí. Te las devolvió el jueves.

—¿Y las envió?

—No lo sé. Se lo pregunto.

Su padre levantó la mano.

—Ya lo llamo yo.

Mateo sintió la misma curiosidad del día en que vio el sobre. Estuvo a punto de preguntar quién era Alicia, pero Julián había sacado el teléfono y buscaba el contacto con una concentración tan laboriosa que le pareció injusto interrumpirlo solo para enterarse.

Se levantó a recoger el vaso vacío. Su padre abrió la conversación de Gabriel y grabó un mensaje; le pidió que comprobaran si habían recibido los papeles y añadió que, cuando saliera de allí, pensaba comprar el pescado en el sitio que le había dicho.

Mateo se rio desde el lavabo.

—Eso díselo también —dijo—. Que va a querer tenerlo grabado.

Julián miró el teléfono, descubrió que seguía grabando y soltó una maldición antes de enviar el audio. Julián quiso borrar el audio, pero ya se había enviado. Mateo tuvo que sujetarse al lavabo de la risa.