3. En observación
En observación
La primera noche Mateo se marchó del hospital a las once menos veinte.
Había escrito que salía y, aun así, se quedó en el aparcamiento diez minutos antes de arrancar.
La luz de la habitación de su padre no podía distinguirse desde allí.
Lo sabía, pero levantó la vista hacia las ventanas de la planta y contó dos veces hasta perder el lugar.
En casa encontró a Gabriel dormido en el sofá. Había dejado la cena en la cocina, cubierta con otro plato, y el volumen de la televisión tan bajo que solo se oía cuando alguien gritaba. Mateo apagó el aparato. Gabriel abrió los ojos enseguida.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Vengo ahora.
Gabriel se incorporó despacio, todavía buscando en su cara algo que no hubiera dicho.
—¿Cómo está?
—Más cómodo. Cansado. Me ha echado.
—Eso ayuda.
Mateo dejó la chaqueta y se sentó a su lado.
Tenía frío, un frío acumulado en las salas y en el coche que no se iba al tocar la calefacción.
Gabriel le puso una mano entre los omóplatos y la movió despacio, sin obligarlo a hablar.
Durante un rato oyó la nevera a través de la puerta de la cocina y una tubería en la pared, ruidos de una casa que había seguido funcionando mientras él estaba fuera.
—No se me había ocurrido —dijo.
Gabriel esperó.
—Que podía pasar otra cosa. Llevo tres años pendiente de cómo mueve la mano. Si anda mejor. Si puede hacer lo mismo que antes. Y ahora es…
Se interrumpió. En el hospital le habían explicado que necesitaban más pruebas. No tenía derecho a convertir la sospecha en una certeza porque la certeza, incluso mala, le resultara más manejable.
—Ahora lo están mirando —dijo Gabriel.
Mateo asintió. Se dejó caer hacia él y Gabriel lo recibió con una pequeña queja porque le había aplastado el brazo. Ajustaron la postura. Él apoyó la frente en su hombro y se quedó allí, hasta que Gabriel le preguntó si quería cenar.
—No tengo hambre.
—Vale.
Aquella falta de insistencia le produjo una gratitud desmedida. Se levantaron poco después. En el baño, Mateo se lavó los dientes mientras Gabriel lo esperaba en la puerta para pasar. Mateo tardó más de lo habitual y Gabriel se fue a preparar la ropa del día siguiente.
Al acostarse, él lo buscó bajo la sábana. Gabriel le cogió la mano, la llevó hasta su cintura y la dejó allí. Mateo sintió la respiración del otro contra los dedos, cada vez más lenta. Permaneció despierto bastante después de que Gabriel se durmiera, contando hasta que se cansó también de eso.
* * *
El viernes por la mañana, Julián estaba enfadado porque no le habían traído café. Mateo llegó durante una conversación en la que su padre parecía dispuesto a negociar con la auxiliar qué podía considerarse un desayuno.
—No depende de mí —decía ella.
—Ya, si aquí nunca depende de nadie.
Mateo dejó la bolsa en la silla.
—Buenos días.
La auxiliar lo saludó, repitió que tenían que esperar a que terminaran las pruebas previstas y salió. Julián la siguió con la mirada hasta que se cerró la puerta.
—Solo he preguntado.
—Te he oído.
Su padre volvió la cabeza hacia la ventana. Mateo sacó el periódico que Gabriel había comprado antes de ir al almacén. Lo había dejado junto al desayuno, sin nota. Julián cogió el periódico, examinó la fecha y buscó las gafas.
—Es de hoy —dijo Mateo.
—Veo.
—Las tienes en el cajón.
Julián dejó el periódico sobre las piernas y abrió el cajón con la derecha.
Su hijo se quedó sentado, obligándose a no ponerse de pie.
La irritación de la noche anterior había desaparecido bajo otra más pequeña y cotidiana; reconoció en sí mismo el alivio de poder molestarse por algo que no fuera miedo.
Durante la mañana entraron varias personas. Mateo anotó nombres y después tuvo que preguntar cuál de ellas volvería a darles información. Julián le pidió que bajara el bolígrafo porque el chasquido lo estaba volviendo loco. Él lo guardó y acabó apuntando en el móvil lo que no quería olvidar.
La médica volvió después de las pruebas.
Les habló de insuficiencia cardiaca, explicó con palabras sencillas lo que estaban viendo y aclaró que el tratamiento buscaba mejorar el funcionamiento y aliviar la acumulación de líquido.
Tenían que completar la valoración y comprobar la evolución; la mejoría de esa noche era una buena noticia, pero no bastaba para decidir un alta.
Mateo preguntó si aquello tenía relación con el ictus.
—Tiene antecedentes que debemos tener en cuenta —respondió ella—. Pero son problemas diferentes. No podemos deducir una cosa de la otra.
Julián estaba mirando la sábana. Alzó la cabeza.
—¿Voy a volver a andar solo?
La pregunta sorprendió a Mateo. Él había preparado otras sobre resultados, plazos y pruebas pendientes; no había pensado que su padre estuviera oyendo de nuevo la palabra rehabilitación dentro de todo lo que aún no se había dicho.
La médica se sentó un momento para contestarle.
Habló de la situación actual, de lo que esperaban observar y de las indicaciones que irían adaptando.
No prometió que recuperara de inmediato las mismas distancias ni lo trató como si hubiera perdido de golpe todo lo que podía hacer antes de entrar allí.
Julián la escuchó sin interrumpir. Mateo quiso preguntarle por el riesgo a largo plazo, pero ella ya estaba explicando que alguien del equipo volvería por la tarde.
Esperó a que acabara y formuló la pregunta.
La respuesta no tenía la precisión que él deseaba.
La aceptó porque no supo qué pedir después.
Cuando quedaron solos, su padre recogió el periódico.
—Pues habrá que ir viendo.
Mateo se enfadó con aquella frase de inmediato. Tuvo que recordarse que Julián tenía derecho a decirla, que era su cuerpo el que estaba allí, su desayuno sin café, su miedo a volver a necesitar un brazo para llegar a la esquina.
—Sí —respondió—. Habrá que ver.
Su padre buscó la página de los sucesos locales y empezó a contarle algo sobre un incendio en un garaje. Mateo tardó dos frases en prestar atención.
* * *
Begoña llegó a mediodía con una carpeta de documentos que Mercedes había recogido en casa.
Habían hablado entre ellas y después con Julián; ninguna había considerado necesario pedirle a Mateo que organizara el trayecto.
Él se levantó para recibirla y se oyó decir, antes de saludar, que podría haberlo llevado él.
—Pues ya está aquí —contestó Begoña.
Se quitó el abrigo, lo dobló en el respaldo y se acercó a Julián. Le preguntó qué le habían dicho. Él explicó una parte; Begoña esperó, mirándolo, hasta que terminó de explicar la otra.
Mateo la dejó sentarse. Había una familiaridad entre los dos que nunca sabía calcular: Begoña cobraba por unas horas de trabajo, tenía otras casas y una familia propia, y al mismo tiempo podía decirle a Julián que estaba haciendo el idiota con una naturalidad que a él le habría costado una discusión.
—Esta mañana he dejado la ropa puesta y la cocina recogida —dijo ella—. El martes puedo ir a la hora de siempre. Si no has vuelto, me dice Mateo qué hacemos.
—Volveré —respondió Julián.
Begoña lo miró por encima de las gafas.
—Pues mejor.
Mateo esperó a que salieran al pasillo para preguntarle si podría ampliar las horas cuando le dieran el alta. Ella ya llevaba el abrigo puesto y estaba buscando algo en el bolso.
—Depende de cuánto. Los lunes y los miércoles no puedo.
—Aunque fuera al principio.
—Los lunes y los miércoles no puedo al principio tampoco.
Él dejó de hablar. Begoña encontró el teléfono y lo guardó en otro bolsillo.
—Tengo a una señora que no se puede quedar sola. No voy a dejarla porque conozca a tu padre desde hace más tiempo.
—No te estoy pidiendo eso.
La frase salió demasiado rápido. Begoña no lo contradijo. Esperó, y Mateo sintió el cansancio de descubrir otra vez lo que acababa de pedir debajo de las palabras que había usado.
—Necesito saber qué opciones tenemos —dijo al fin.
—Cuando os digan qué ayuda hace falta, me llamas. Lo que pueda, lo hago. Y para lo otro tendrás que buscar a alguien.
Mateo le dio las gracias. Ella le tocó el brazo al despedirse, un gesto breve que no retiraba nada de lo dicho. La vio marcharse hacia el ascensor y se quedó fuera de la habitación hasta dejar de estar irritado con alguien que había acudido a ayudar.
Llamó a Gabriel. Al otro lado se oía música distorsionada y alguien contando números cerca del teléfono.
—Estoy en una prueba —dijo él—. ¿Ha pasado algo?
—No. Era para contarte.
—¿Puedo llamarte cuando salga? Veinte minutos. Media hora.
Mateo miró el reloj de la pared.
—Sí. Claro.
Se guardó el móvil y entró con su padre. Julián había dejado el periódico abierto y dormía con las gafas puestas. Mateo se las quitó despacio. Su padre despertó lo suficiente para quejarse de que estaba leyendo.
—Se te había quedado la noticia a medias.
—No me interesa tanto.
Volvió a dormirse. Mateo se sentó, abrió el correo del trabajo y se encontró con una pregunta de Nuria sobre la reforma.
La respondió porque podía hacerlo en ese momento, porque nadie lo necesitaba durante aquellos diez minutos y porque hablar de una puerta lo tranquilizaba.
Después siguió con otro correo. Cuando Gabriel llamó, habían pasado cuarenta y siete minutos y él no los había contado.
* * *
El fin de semana tuvo horas que parecían repetidas y otras que solo se distinguían por quién entraba en la habitación.
Julián mejoró. Podía mantener una conversación más larga sin cansarse y empezó a pedir que le acercaran las cosas con menos urgencia y más fastidio.
Mateo dejó de preguntar cada vez que una enfermera miraba la pantalla y aprendió a bajar a tomar café sin llevarse la chaqueta, para no parecerse a alguien que podía salir a la calle.