La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 2. Lo que faltaba por contar
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2. Lo que faltaba por contar

Lo que faltaba por contar

Julián abrió la puerta con un paño en la mano y se apartó antes de que Mateo pudiera besarlo.

—Lávate. Hay que sacar una bandeja.

Mateo dejó en el recibidor la bolsa de comida que su padre había visto y decidido ignorar. Gabriel venía detrás con el pan, un periódico y el sobre de las copias. Julián le quitó el periódico para leer un titular mientras él cerraba la puerta con el pie.

—Eso ya lo habían anunciado —dijo.

—Pues ve y se lo cuentas. Me lo han cobrado como si fuera nuevo.

Mateo los oyó reír mientras se lavaba las manos.

La casa estaba demasiado caliente. Su padre había cerrado las ventanas para que no entrara olor a humo de una quema de ramas, aunque en la cocina olía principalmente al pescado y al aceite que había caído sobre el fondo del horno.

Sacó la bandeja con dos paños, la apoyó donde le indicaron y buscó una cuchara para recoger el jugo.

Julián dejó el periódico sobre la mesa del salón y volvió a la puerta.

—Esa no. La grande.

—Esta sirve.

—Pues sirve tú, que yo ya he hecho bastante.

Se sentó. Mateo reparó en que llevaba las zapatillas abiertas por detrás; tenía el pie derecho apoyado de lado, fuera de la suela.

Esperó una nueva instrucción sobre la comida, pero su padre se quedó mirando la mesa, respirando por la boca.

Gabriel había ido a guardar el sobre en el aparador.

Volvió con tres vasos y le preguntó si quería el pan cortado.

—Si no te importa.

Mateo lo miró. Lo habitual era que Julián recibiera aquella pregunta con un comentario sobre sus dientes. Se había pasado la mañana cocinando; podía estar cansado. Su hijo llevó la bandeja al salón y volvió a por la ensalada sin preguntar nada.

Comieron hablando de la librería. Julián conocía al anterior propietario del local contiguo y estaba convencido de que, veinte años atrás, ya habían unido los dos espacios.

—Había una puerta por el fondo.

—Hay un hueco tapiado —dijo Mateo—. Lo hemos visto.

—Pues abre ahí.

—Tenemos que comprobar varias cosas antes.

—Era una puerta. La gente pasaba.

Gabriel bajó la cabeza sobre el plato. Mateo lo vio sonreír.

—Puedes reírte —le dijo—. No te estás esforzando mucho en ocultarlo.

—Estoy comiendo. Es diferente.

Julián les explicó qué mercancía se había guardado en el almacén y, durante un rato, las medidas dejaron de importar.

Se acordaba del dueño, de una furgoneta que entraba por una calle donde ya no cabían coches, de una persiana que se quedó atascada una mañana y obligó a vender por la ventana.

Mateo lo dejó hablar. A los treinta y nueve, se descubría escuchando con interés historias que de adolescente habría abandonado a mitad de frase; le incomodaba pensar cuánto debía de parecerse a su padre al insistir en contar un problema de trabajo a quien solo había preguntado qué tal el día.

Gabriel se levantó para buscar más agua. Julián quiso recoger una fuente vacía al mismo tiempo. Apoyó las dos manos en el borde de la mesa, se puso de pie y permaneció quieto. Mateo alzó la vista.

—¿Qué pasa?

—Nada. Me he levantado deprisa.

Había tardado bastante en hacerlo. Gabriel dejó la jarra, retiró la fuente de delante de él y acercó la silla.

—Siéntate, hombre. Ya lo llevo.

Julián obedeció con un fastidio que Mateo agradeció: prefería aquel enfado reconocible a la palidez que le había visto durante un segundo. Se inclinó hacia él.

—¿Te has mareado?

—Un poco. Ya está.

—¿Te duele algo?

—No.

Mateo miró a Gabriel. Él seguía junto a la mesa, esperando. Ninguno hizo el gesto habitual de quitar importancia para tranquilizar al otro.

—¿Te ha pasado más veces? —preguntó Mateo.

Su padre cogió la servilleta y la dobló sobre el plato. Empleó demasiado tiempo en alinear las esquinas.

—Estos días me canso más.

—¿Cuántos días?

—No los he contado.

—Papá.

Julián levantó la cabeza, molesto por el tono. Mateo tuvo que separarse un poco de la mesa para dejar de estar inclinado sobre él.

—¿Al andar? ¿En casa también?

—Al subir. Alguna noche.

Gabriel acercó su silla en lugar de permanecer de pie.

—¿Qué te pasa por la noche?

—Que duermo mal. Nada nuevo.

—¿Por qué duermes mal?

Julián soltó el aire despacio. Miró a uno y después al otro, valorando a cuál de los dos le iba a costar menos decirle la verdad.

—Me falta un poco el aire si me tumbo del todo. Con otra almohada estoy bien.

Mateo retiró el vaso antes de golpearlo con el codo.

—Hay que llamar.

—Ayer estaba mejor.

—Hoy no.

Buscó el teléfono. Tenía las manos secas, extrañamente torpes para desbloquearlo.

Recordó el dormitorio de Madrid, la voz de Mercedes, el bolso de Laura en el suelo; por un instante todos aquellos años quedaron sin distancia.

Gabriel se levantó para bajar la temperatura de la calefacción y volvió al lado de Julián mientras Mateo hablaba con emergencias.

Respondió a las preguntas mirando a su padre, que empezó a negar algo antes de oír el resto. Mateo levantó una mano para pedirle que esperara. Se vio haciéndolo y la bajó.

—Está consciente. Habla conmigo. Dice que lleva varios días así, pero ahora… Sí. Voy a preguntarle.

Julián contestó. Poco a poco fue dirigiéndose al teléfono en lugar de a su hijo. Mateo repitió exactamente lo que decía, resistiéndose a completar una respuesta. Siguió las indicaciones y dejó la dirección. Gabriel ya había despejado el pasillo y puesto los documentos sobre el mueble del recibidor.

Cuando colgó, su padre miró la bandeja.

—Se ha quedado la mitad.

—Lo guardamos luego —dijo Gabriel.

—Apaga el horno.

—Está apagado.

Julián se acomodó en la silla. Mateo permaneció a su lado sin saber dónde poner las manos.

Quería preguntarle por qué había tardado en contarlo y podía oír de antemano el reproche que llevaría la pregunta.

Fue a buscarle el jersey. Al volver, lo encontró mirando a Gabriel mientras este le decía dónde había dejado el sobre de las copias.

—En el aparador, debajo del periódico.

—No lo tires.

—No voy a tirar nada.

Mateo abrió el jersey y su padre le tendió el brazo izquierdo. Entre los dos consiguieron pasarlo por la manga sin que la tela se enganchara en el reloj. Julián se abrochó solo los dos botones de abajo y dejó el tercero porque había empezado a cansarse.

* * *

En el hospital, Gabriel se quedó con las llaves de la casa y Mateo entró con su padre.

En algún momento, antes de separarse, se habían dado un beso junto a una máquina de agua.

Él solo lo recordó más tarde, al notar el frío de la botella en la mano: Gabriel se la había comprado y le había pedido que bebiera. No se acordaba de haberla abierto.

Julián protestó por la bata y después guardó silencio durante la exploración.

Le hicieron preguntas, tomaron constantes, le colocaron cables.

Mateo contestó una vez por él y la médica volvió a dirigir la siguiente pregunta a su padre.

Le gustó que lo hiciera. También se sintió inútil en una esquina de la sala, con una bolsa de ropa sobre las rodillas y el teléfono vibrando contra el muslo.

Había una entrega pendiente para Clara. Escribió que estaba en urgencias con Julián. Ella respondió que se ocuparía de avisar y preguntó si necesitaba algo más. Mateo puso «No, gracias» y se quedó mirando esas dos palabras hasta que la médica volvió a entrar.

Les explicó que tenían que completar las pruebas.

Había datos que podían indicar un problema de funcionamiento del corazón y acumulación de líquido.

Necesitaban ver cómo estaba y cómo respondía al tratamiento.

Mateo buscó una pregunta que le permitiera saber cuánto debía asustarse, pero la médica seguía pendiente de las respuestas de Julián.

—¿Se queda ingresado? —preguntó Mateo.

—De momento se queda aquí con nosotros. Después decidiremos el lugar más adecuado.

Julián se volvió hacia él.

—Llama a Begoña. Para mañana.

—La llamo.

—Que no vaya a casa para nada.

—Sí, papá.

Se le escapó la impaciencia. Su padre dejó de mirarlo. Mateo esperó a que saliera la médica y se acercó a la cama.

—Ahora la llamo. No me había olvidado.

—No he dicho que te hubieras olvidado.

Él cogió la bolsa de la silla y la puso en el suelo.

Se sentó sin tener una respuesta que no pareciera otra discusión.

Su padre tenía una pequeña mancha de salsa en el cuello de la camiseta que no habían llegado a quitarle; verla allí le produjo una pena tan inmediata que tuvo que mirar el teléfono.

Gabriel había mandado dos mensajes. Estaba guardando la comida. Había cerrado las ventanas, aunque él no sabía cuándo las habían abierto. Preguntaba si necesitaban ropa para la noche.

Mateo llamó desde el pasillo.

—Todavía no sé.

—Puedo llevarla por si acaso.

—Sí. Mejor.

Oyó un cajón cerrarse al otro lado. Imaginó a Gabriel en el dormitorio de Julián, abriendo puertas que él habría dudado en tocar unos años antes. Su padre guardaba la ropa de una manera que solo parecía lógica hasta que buscabas una camiseta.

—Los pijamas están…

—Ya los tengo.

Mateo apoyó la nuca en la pared. Un celador pasó empujando una silla vacía y tuvo que apartarse.

—¿Qué te han dicho? —preguntó Gabriel.

Se lo contó intentando recordar las palabras exactas. Al llegar a la parte de las noches, volvió a sentir la ira que había contenido en la cocina.

—Ha estado durmiendo sentado y no ha dicho nada.

—Ha dicho que ponía otra almohada.

—Es lo mismo.

—No sabemos si es lo mismo.

Mateo cerró los ojos. La precisión de Gabriel le pareció inoportuna, casi una defensa de su padre frente a él.

—Tú lo viste el martes.

Hubo un silencio. No era una pregunta y los dos lo habían oído.

—Sí —respondió Gabriel.

Mateo se frotó la frente.

—No te estoy diciendo que…

—Te estoy contestando. Lo vi. Tomamos café. Anduvimos hasta la esquina y después se fue a casa.

—¿Estaba cansado?

—No me dijo que le faltara el aire.

—Vale.

Gabriel tardó en continuar.

—Voy a llevarte la bolsa.

Mateo quiso pedirle perdón. En ese momento salió una enfermera y pronunció el nombre de su padre. Él se incorporó, dijo que tenía que entrar y cortó antes de saber si Gabriel había acabado de hablar.

Julián necesitaba las gafas para ver un papel.

Mateo se las dio y se quedó de pie mientras su padre leía despacio.

Lo que había parecido otra urgencia era una necesidad minúscula, y aun así no consiguió volver a la llamada en cuanto pudo.

Miró la pantalla, escribió «Gracias por recoger todo» y supo que estaba agradeciendo una cosa para no hablar de la otra.

* * *

Gabriel llegó cuando ya habían decidido el ingreso.

Traía una bolsa de deporte, dos bocadillos y el cargador que Mateo habría ido a buscar tarde o temprano.

Julián estaba más cómodo, aunque seguía cansándose al hablar.

Quería saber cuánto tiempo tendría que quedarse y aceptaba mal que cada persona lo expresara de una manera ligeramente distinta.

—Hoy nadie tiene calendario —dijo cuando vio a Gabriel.

—En el almacén lo tenemos. No sirve para mucho.

Dejó la bolsa, se acercó a saludarlo y empezó a enseñarle lo que había metido, porque sabía que iba a preguntarlo. Julián echó en falta una prenda que estaba allí y otra que no había pedido. Gabriel no le dio la razón en ninguna de las dos ocasiones.

Mateo vio a Gabriel sacar una bolsa para la ropa sucia y tuvo ganas de abrazarlo allí mismo, delante de su padre.

Esperó a que salieran al pasillo.

—Lo de antes ha sonado fatal.

Gabriel se detuvo junto a la máquina de agua.

—Sí.

—No pienso que tendrías que haberlo sabido.

—Pues durante un segundo lo has pensado.

Mateo abrió la boca y la cerró. Gabriel tenía ojeras, el pelo aplastado donde se lo había tocado con las manos mojadas. Era jueves. Hacía unas horas habían estado preocupándose por unas entradas de teatro.

—Estaba buscando a alguien que pudiera haberlo visto —dijo.

—Yo no lo vi.

—Ya lo sé. Perdona.

Gabriel se apoyó contra la pared y lo miró durante un momento. Después le tendió uno de los bocadillos.

—Cómetelo antes de que empieces a preguntarme si he traído el pan adecuado.

Mateo soltó una risa breve, desagradablemente próxima al llanto. Desenvolvió el papel. Era un pan blando, comprado al pasar, que se había humedecido contra el tomate.

—¿Has comido tú?

—Ahora.

Se sentaron en dos sillas del pasillo. Gabriel le rozó una rodilla con la suya y empezó a comer sin hablar.

Mateo dio dos bocados antes de darse cuenta del hambre que tenía.

Al tercero se le cayó una tira de pimiento en el papel y ambos intentaron recogerla; sus manos chocaron, Gabriel apartó la suya y se rio por la nariz.

Más tarde, cuando Julián les dijo que podían marcharse, Mateo anunció que se quedaría un rato. Gabriel miró el reloj.

—Yo tengo que salir pronto mañana. Iré a casa.

Mateo quería que se quedara. Buscó una razón para pedírselo y no encontró ninguna que no tuvieran los dos. Asintió. Gabriel se acercó a Julián para despedirse.

—Mañana me traes el periódico, si vienes —dijo su padre.

—Vendré por la tarde.

—Entonces habrá pasado el día.

—Procuraré no contártelo.

Julián sonrió sin abrir del todo los ojos. Mateo acompañó a Gabriel hasta la puerta de la habitación. Allí lo abrazó, hundiendo un instante la cara junto a su cuello. Gabriel dejó que durara, aunque llevaba las llaves en la mano y la postura resultaba incómoda.

—Escríbeme cuando salgas —le dijo.

—Sí.

—Y si te quedas también. Para saberlo.

Mateo volvió a asentir. Gabriel se marchó; lo vio detenerse en el cruce del pasillo para comprobar por dónde había venido.

En la habitación, Julián buscaba el botón de la luz. Mateo se lo acercó y bajó la intensidad donde le indicaba. Después se sentó junto a la cama y sacó el teléfono para avisar a Mercedes de que al día siguiente no estaría en casa.

—Ya la he llamado —dijo su padre.

—¿Cuándo?

—Mientras comías.

Mateo guardó el móvil. Julián había puesto las gafas sobre la mesilla, abiertas, y una de las patillas quedaba fuera. Se levantó para moverlas y su padre señaló el cajón.

—Dentro, mejor.

Lo hizo. Al volver a sentarse, Julián abrió los ojos.

—¿Tienes trabajo?

—Ahora no.

—Pues cuéntame lo de la puerta de la librería.

Él acercó la silla. Empezó a explicarle qué había encontrado al medir el muro y su padre lo interrumpió para preguntarle si había mirado por el otro lado. Mateo respondió que sí. Por una vez, no le molestó tener que repetirlo.