1. La mesa de los dos #2
Mateo se pasó la lengua por el diente donde había quedado una miga.
Su padre había empezado a cocinar otra vez mucho antes de que él considerara prudente decir que estaba recuperado.
Lo hacía despacio, sujetando algunas cosas con una torpeza que seguía irritándolo, y prefería invitar antes que aceptar una invitación.
Si Mateo lo ayudaba demasiado, acababan comiendo tarde por culpa de la discusión.
—Gabriel sale a las dos.
—Lo sé.
—¿Te lo ha dicho él?
—No, me lo ha comunicado su representante.
Mateo dejó escapar una risa.
—Vale. Mañana vamos nosotros. No compres nada más.
—Ya veremos.
Le preguntó por Begoña. Seguía yendo dos mañanas a la semana, aunque Julián insistía en llamarlo «echar una mano» y discutía cada recibo con la misma meticulosidad con que luego se acordaba de subirle el pago cuando se quedaba más tiempo.
Esa semana había cambiado el jueves por el viernes: una de sus hijas tenía una revisión fuera de Valnera.
Mateo lo sabía porque Begoña había dejado de enviarle también a él cada modificación.
—Todo bien —dijo su padre—. Estoy esperando una llamada.
—Te dejo, entonces.
—A las dos y media.
—Llegaremos.
Julián ya había colgado cuando Mateo recordó preguntarle si quería que llevaran pan. Le escribió. La respuesta llegó unos minutos después: «Gabriel trae».
* * *
A las seis, Mateo seguía revisando una puerta en la pantalla cuando Gabriel abrió la de casa con el hombro.
Traía una caja bajo el brazo y olor a lluvia en la chaqueta.
Dejó la caja en el suelo del recibidor; por la forma de agacharse, despacio y sin doblar bien una rodilla, Mateo supo que había estado muchas horas cargando.
—¿Te has hecho algo?
—He cumplido cuarenta y uno otra vez esta tarde.
Mateo fue a besarlo. Gabriel tenía la cara fría, la barba húmeda. Se dejó abrazar durante unos segundos y después buscó el cierre de la chaqueta entre los dos.
—Que goteo.
—Ya lo he notado.
Lo ayudó a quitársela. En una manga había una tira de cinta adhesiva, doblada sobre sí misma. Gabriel se sentó para desatarse las botas, mientras Mateo iba a buscar un trapo con el que secar el pequeño rastro del pasillo.
—Mañana comemos con tu padre —dijo Gabriel.
—Me he enterado. Parece que soy el último.
—Te he mandado un mensaje.
Mateo lo comprobó. Estaba debajo de una fotografía de Álex junto a un altavoz que apenas cabía en la furgoneta. Había abierto la conversación para contestar a la foto y no había leído lo de después.
—Retiro la queja.
—Guárdala en alguna parte. Seguro que cabe.
Mateo le tiró el trapo. Gabriel lo cogió antes de que le diera en el pecho, se rio y acabó secando el suelo desde la silla.
Aquel tipo de venganza doméstica ya no exigía una explicación.
Otras veces sí: habían tardado en aprender que una broma no dejaba de doler simplemente porque llevase años funcionando.
Mateo volvió al despacho para cerrar el archivo. Gabriel lo siguió y se quedó en la puerta.
—El miércoles que viene tengo que ir a Burgos con Dani. Volveremos el jueves, si no se alarga.
Él levantó la vista. Tenían entradas para una función el miércoles; las había comprado hacía tanto que ya había olvidado que alguna vez le hizo ilusión.
Gabriel vio el cambio antes de que hablara.
—Me he acordado al salir del almacén. Voy a preguntar si se pueden cambiar.
—Es una única función.
—Pues llama a Vera. Ella quería ir.
Mateo se echó hacia atrás en la silla. Gabriel seguía de pie, aún sin quitarse la sudadera, esperando que la conversación terminara dentro de un margen razonable.
Le molestó que ya hubiera decidido quién podía sustituirlo.
También sabía cuánto necesitaban cerrar aquel trabajo después de un invierno de encargos pequeños.
—Puedo buscar a alguien. Lo que quería era ir contigo.
Gabriel apartó la vista un momento.
—Ya. Yo también.
—Vale.
—No es que…
—He dicho vale de verdad.
Gabriel lo miró hasta creérselo. Se acercó y dejó un beso breve donde empezaba el pelo.
—El viernes cocino yo.
—Eso suena más a advertencia.
—Puedes venir con Vera también.
Mateo le cogió la mano antes de que la retirara.
Gabriel entrelazó los dedos con los suyos y se quedó así unos segundos, inclinado junto a la silla.
Después fue a ducharse. Mateo envió un mensaje a Vera, que contestó enseguida preguntando si tenía que fingir sorpresa.
Se rio solo en el despacho y tardó en regresar al plano.
Cuando Gabriel salió del baño, le pidió el escáner.
—Lo tienes ahí —dijo Mateo, señalando la impresora—. ¿Para qué?
—Unas cosas de tu padre. Se las paso esta noche y mañana le devuelvo los originales.
Abrió la caja del recibidor y sacó, de debajo de un adaptador, un sobre marrón. Mateo reconoció la letra de Julián en una esquina y una dirección tachada dos veces. Gabriel retiró varias hojas dobladas y las dejó boca abajo.
—Me lo podía haber pedido a mí.
—Me lo pidió a mí.
La respuesta no fue brusca, pero Mateo oyó el borde. Se acercó a recoger la regla que había dejado sobre la tapa de la impresora. Desde allí podía leer el principio de un nombre escrito en el sobre: Alicia. No le sonaba de las personas con las que su padre tomaba café.
Gabriel estaba buscando en el móvil las instrucciones que Julián le había dado.
—¿Qué tiene que hacer?
—Enviar esto. No me ha contado su vida.
Mateo dejó la regla dentro de un cajón. En los últimos meses había descubierto pequeñas rutinas de los dos que no conocía: un café los martes cuando Gabriel salía temprano de un montaje, una radio que habían abierto y cerrado sin conseguir arreglarla, mensajes sobre un programa que a él le aburría.
Le gustaba que existieran. Algunas veces, en cambio, sentía la irritación infantil de llegar a una conversación empezada.
—¿Ha comprado otro cacharro?
—No lo sé. Me ha preguntado si podía hacer las copias bien. Le dije que tú tenías uno.
—Un cacharro.
Gabriel levantó la cabeza.
—Sí. Pero el tuyo cotiza.
Mateo se rio. Le explicó cómo elegir la carpeta de destino y comprobó la primera página en la pantalla sin acercarla para leer. Era una carta, no un formulario. En la parte de abajo estaba la firma de su padre, más inclinada que antes del ictus. Gabriel giró el folio para colocar el siguiente.
—Te dejo —dijo Mateo.
—No tienes que irte.
—Voy a hacer la cena.
En la cocina sacó verduras y se quedó con la puerta de la nevera abierta, tratando de recordar qué les faltaba para el viernes.
Oyó arrancar de nuevo el escáner. Después, la voz de Gabriel al teléfono con Julián: una pregunta sobre si quería cada hoja por separado, una protesta porque él tampoco podía adivinarlo, la risa breve que reservaba para las personas que le permitían contestar sin cuidado.
Mateo cerró la nevera con el pie y sacó una tercera cebolla. Su padre siempre decía que no quería llevarse comida. Siempre terminaba escogiendo el recipiente más pequeño.
Gabriel entró unos minutos después y se lavó las manos antes de ocupar su sitio al otro lado de la encimera. Cogió el cuchillo que Mateo había dejado libre, examinó la cantidad de verduras y no preguntó para quién era lo que sobraba.
—Mañana no le digas nada del pescado —dijo—. Le ha parecido carísimo y ya se ha enfadado una vez.
—¿Con quién?
—Conmigo. He cometido el error de saber cuánto costaba en otro sitio.
Mateo le empujó la tabla hacia la luz. Gabriel partió una cebolla por la mitad y le contó, indignado todavía, cómo habían logrado meter el altavoz en la furgoneta. Cuando llegó a la parte de Álex tumbado en el suelo, tuvo que dejar el cuchillo para enseñarle la fotografía entera.