La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2)
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1. La mesa de los dos
La mesa de los dos
Gabriel llevaba diez minutos buscando un cable que Mateo había guardado en el armario de los manteles.
A esas alturas, admitirlo exigía una explicación que por sí sola parecía suficiente para no decir nada.
Desde el despacho, Mateo lo oyó abrir por segunda vez el cajón del recibidor y siguió mirando el mismo plano.
—¿Has visto uno negro, corto, con una punta azul?
—Hay varios en la caja de arriba.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Mateo apartó el ordenador. Había despejado la mesa la noche anterior porque una clienta iba a venir a las nueve; su propio estudio consistía en aquella habitación estrecha y en la capacidad de impedir que la casa entrara en ella antes de cada visita.
En la mesa estaban ahora una carpeta y dos sillas.
El cable, una factura de Gabriel y una bolsa con tornillos habían acabado juntos sobre las servilletas que nunca usaban.
Se levantó a buscarlos. Gabriel esperaba en el pasillo, descalzo, con el pantalón de trabajo abierto y una camiseta cuya manga se había doblado al ponérsela. Le bastó ver qué puerta abría Mateo.
—Ah. El material técnico está con el ajuar.
—No tenemos ajuar.
—Pues empieza por ahí cuando lo cuentes.
Mateo le tendió el cable. Gabriel cogió también la factura, examinó el sobre y miró dentro de la bolsa de tornillos antes de decidir que no la necesitaba.
—Podías haberme preguntado.
—Estabas dormido.
—Podías haberlo dejado en mi mesa.
—En tu mesa no cabe nada.
Gabriel giró la cabeza hacia el salón. Su mesa era una consola junto a la ventana que Mateo había comprado pensando que serviría para dejar libros.
Llevaba diecisiete meses sosteniendo piezas de equipos, llaves y papeles que cambiaban de posición sin desaparecer del todo.
Habían discutido por ella durante la segunda semana de convivencia; al cabo de la tercera, Gabriel preguntó dónde podía dejar algo sin parecer de visita.
Mateo aún recordaba la vergüenza de haberle ofrecido otra caja.
—Esta tarde lo ordeno —dijo Gabriel.
—No te estoy pidiendo que…
—Ya. Tú estás ordenando lo tuyo. Lo mío desaparece por proximidad.
Mateo apoyó la mano en la puerta del armario. Había una respuesta bastante buena sobre la diferencia entre una mesa de trabajo y un depósito, pero Gabriel ya estaba buscando los calcetines que él mismo se había quitado en el sofá. Lo vio agacharse, recoger uno, levantar el cojín con el pie.
—El otro está debajo de la silla.
Gabriel lo encontró.
—Tenemos que aprovechar este don tuyo de forma menos desagradable.
Mateo se rio a pesar suyo. Fue a la cocina y retiró del fuego la cafetera antes de que empezara a escupir.
Era la pequeña, la que Gabriel había llevado al primer piso, cuando los dos pretendían que pasar una noche juntos no cambiaba demasiado las cosas.
La grande se había roto en enero y ninguno encontraba una semana adecuada para llevarla a reparar.
Servían dos cafés cortos y repetían después.
En el piso anterior de Mateo no habrían cabido las dos mesas.
En el de Gabriel, trabajar con la puerta cerrada significaba encerrarse en el baño.
Habían tardado más de un año en empezar a buscar otro y, aun después de encontrarlo, mantuvieron los alquileres antiguos un mes entero.
Gabriel lo llamó su separación preventiva.
Mateo hizo cuentas hasta que dejó de resultar gracioso; entonces volvieron a discutir, devolvieron las llaves y aprendieron a distinguir qué silencios pertenecían al cansancio de cada uno.
La propietaria les había escrito la semana anterior para preguntar por una ventana que seguía pendiente de reparar.
Gabriel quería aprovechar para pedir permiso para atornillar una balda; Mateo había propuesto una mesa nueva.
Acabaron midiendo el salón con una cinta de costura porque ninguno encontraba la otra.
—No pienso mudarme otra vez por tus planos —había dicho Gabriel, sujetando un extremo—. Nos ha costado bastante encontrar este.
—La mesa es para los dos.
—Eso dijiste del flexo. Ahora necesito pedir audiencia para encenderlo.
Mateo lo había empujado con el hombro. Gabriel soltó la cinta a propósito, él perdió la medida y discutieron hasta ponerse de acuerdo en que buscarían una mesa un sábado sin trabajo. La ventana seguía igual y el correo sin responder; al menos habían decidido quedarse.
Aquella mañana de marzo, tres años después de la primera mudanza, Gabriel dejó el cable junto a la taza y le pasó una mano por la cintura para llegar al pan. No lo apartó al alcanzarlo. Mateo se volvió lo suficiente para besarlo, sintió el frío de sus dedos en la espalda y protestó contra su boca.
—Has estado abriendo cajones —dijo Gabriel—. Es una actividad muy dura.
Lo besó otra vez. Mateo le sujetó la camiseta y tiró un poco, hasta hacer que dejara el pan en la encimera. Gabriel sabía ya qué podía hacerle olvidar una respuesta y a veces abusaba de ello. A él le gustaba reconocer la maniobra cuando todavía tenía la posibilidad de detenerla.
—Tengo una visita a las nueve.
—Son las ocho y diez.
—Tú entrabas a las ocho.
—Álex ha cambiado la recogida. Te lo dije anoche.
Mateo no lo recordaba. Había estado terminando una medición mientras Gabriel hablaba desde el dormitorio. Pensó en disculparse; Gabriel le mordió suavemente el labio antes de que empezara a explicar nada y le cogió la mano.
Llegaron al dormitorio sin prisa suficiente para fingir que había sido un accidente. Al sentarse en el borde de la cama, Mateo empujó con el talón unos pantalones y Gabriel los recogió del suelo.
—Estos también iban con los manteles, pero me he contenido.
Mateo se echó a reír. Tuvo que atraerlo de nuevo, porque Gabriel seguía sosteniendo los pantalones con un aire de agravio que no pensaba abandonar gratis.
Después hubo un rato en que las prisas dejaron de tener utilidad.
Mateo le apartó el pelo de la frente, algo más largo de lo que a Gabriel le gustaba llevarlo, y él cerró los ojos bajo su mano.
Tenía una pequeña marca de la almohada junto a la oreja.
Mateo la besó, sintiendo todavía el movimiento de su risa.
Cuando el teléfono vibró en el suelo, Gabriel alargó el brazo sin levantarse. Leyó la pantalla y lo dejó boca abajo.
—Ahora sí llego tarde.
—La recogida…
—La recogida no empieza sola.
Se incorporó, lo besó en el hombro y salió buscando ropa. Mateo permaneció un minuto más en la cama, con una satisfacción perezosa que volvió ridícula su preocupación por el cable. Luego miró la hora. Se levantó tan deprisa que Gabriel lo oyó desde el baño.
—No te duches con el plano. Se borra.
* * *
La clienta llegó a las nueve y veinte, enfadada porque no había encontrado aparcamiento.
Se llamaba Nuria, tenía una librería cerca del mercado y quería añadir una sala para actividades en el local contiguo.
Mateo llevaba dos meses aprendiendo a no interpretar su desconfianza como una ofensa personal: había contratado antes a alguien que cobraba cada modificación sin explicarle qué modificaba.
Le ofreció café. Ella dijo que ya había tomado dos y dejó un cuaderno encima de la carpeta.
—Mi cuñado dice que eso se puede hacer más barato.
Mateo se sentó.
—¿El paso entre locales o la obra entera?
—La obra. Que él conoce a uno.
—Entonces tendremos que saber qué incluye ese uno.
Nuria no sonrió. Él acercó el presupuesto y empezó por los trabajos que podían esperar.
Había aprendido a hacerlo antes de defender los imprescindibles.
En Madrid pasaba horas discutiendo sobre acabados que costaban más que toda aquella reforma; ahora le preocupaba perder el encargo si parecía disfrutar demasiado explicando por qué algo era caro.
La colaboración con el estudio de Sergio le ocupaba varios días al mes y pagaba una parte previsible de las facturas.
El resto dependía de visitas como aquella, de llamadas que nadie devolvía, de propietarios que querían abrir una ventana donde no era posible y se ofendían con quien lo señalaba.
Le gustaba trabajar allí. También había mañanas en que echaba de menos que el nombre del estudio precediera al suyo y ahorrara veinte minutos de sospecha.
Nuria marcó una partida.
—Esto lo quiero mantener.
—Es lo primero que me pediste quitar.
—He cambiado de idea.
Mateo levantó las manos.
—Eso también se puede hacer.
Ella lo observó un momento, buscando burla. Al no encontrarla, abrió el cuaderno. Había llevado dibujos de cómo quería sentar a la gente, con los nombres de las personas que ya habían preguntado por los talleres. Mateo dejó de mirar el presupuesto y acercó el papel.
Trabajaron casi una hora. Cuando se marchó, él tenía una lista más corta y un problema concreto que le apetecía resolver. Recogió las tazas sin usar y encontró en la cocina una tostada bajo un plato invertido. Gabriel le había puesto encima un papel: «Patrimonio protegido. No archivar».
Se la comió de pie, fría, mientras llamaba a su padre.
Julián respondió al cuarto tono.
—¿Qué?
—Buenos días a ti también.
—Pensaba que eras el del seguro.
—Sale mi nombre.
—Pues lees tú y te acuerdas tú de todo. ¿Qué quieres?
Mateo miró por la ventana del patio. Una vecina tendía una sábana sin conseguir que dejara de tocar el suelo.
Había hablado con su padre el domingo; lo había visto el lunes para llevarle una compra demasiado grande para cargarla andando.
Aun así, antes de hacer una pregunta tenía que retirar de la voz cualquier resto de vigilancia.
—¿Comemos mañana?
—¿Dónde?
—En casa. En la nuestra.
—Yo ya he comprado pescado.
—Puedes guardarlo.
—O podéis venir.