La vida que perdí (Todo lo que nunca fui nº 2) 25. La siguiente visita
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25. La siguiente visita

La siguiente visita

Gabriel volvió con dos bolsas y una discusión pendiente sobre el cajón de los cubiertos.

Era finales de agosto. Habían pasado varias noches seguidas en el piso antes de decidir que dejarían de llamarlas visitas, y aun así Mateo se quedó inmóvil al verlo entrar con la ropa que había guardado en la habitación alquilada.

—No pongas cara de entrega de premios —dijo Gabriel—. Todavía tengo que bajar otra bolsa de la furgoneta.

Mateo se rio y fue a ayudarlo. Había imaginado ese regreso con una emoción limpia, sin miedo. En realidad sentía alegría y una vigilancia que intentaba disimular: qué dejaba Gabriel, qué se llevaba de nuevo, si ocupaba su lado del armario con la misma naturalidad de antes.

Gabriel abrió el cajón de la cocina y protestó.

—¿Por qué están aquí los cuchillos pequeños?

—Porque caben.

—Siempre han cabido en el otro sitio.

—Llevo dos meses encontrándolos a la primera.

Gabriel lo miró. Después cerró el cajón despacio.

—Bueno. Me tocará aprender una cosa nueva.

Mateo quiso abrazarlo por aquella concesión ridícula y se contuvo hasta que él dejó las llaves sobre la mesa. Entonces se acercó, le rodeó la cintura y apoyó la cara en su cuello.

—Me alegro de que estés aquí.

Gabriel le pasó una mano por la espalda.

—Yo también.

Gabriel había apuntado sus próximos viajes en el calendario de la cocina. Mateo añadió la hora de la cita con Inés y una visita a la casa. El resto de la semana estaba lleno de huecos; dejaron la compra para el día siguiente.

La primera semana se equivocaron en asuntos pequeños.

Mateo dio por hecho que cenarían juntos un jueves y Gabriel había quedado con Irene.

Gabriel dejó una bolsa de herramientas en el estudio, exactamente donde sabía que molestaba, y respondió de mala manera cuando Mateo se lo dijo.

Discutieron cinco minutos, se enfadaron otros veinte y después uno preguntó si quedaba pan.

Cenaron todavía molestos. Gabriel acabó apartando la bolsa cuando fue a buscar el cargador.

El domingo siguiente, Gabriel recibió una llamada de trabajo mientras desayunaban. Mateo oyó solo su parte: preguntas sobre fechas, una pausa larga, la promesa de responder al día siguiente. Al colgar, su pareja dejó el teléfono boca abajo y siguió untando una tostada.

Mateo esperó. El silencio empezó a llenarse de versiones antes de que Gabriel levantara la cabeza.

—Me ofrecen otro bloque para otoño. Más coordinación. Menos carga, en principio.

—Eso suena bien.

—Sí.

No añadió nada. Mateo miró el teléfono y después a él.

—¿Qué parte no suena bien?

Gabriel dejó el cuchillo.

—Que se solapa con cosas de aquí. Que Álex va a tener que reorganizarse. Que acabamos de volver a estar en casa y ya estoy hablando de irme otra vez.

Mateo sintió una punzada de miedo. La reconoció sin poder impedirla. Quiso responder con una generosidad impecable que los tranquilizara a ambos; habría sido otra forma de esconder lo que iba a reaparecer por la noche.

—Me da pena que te vayas más días —dijo—. Pero quiero saber si a ti te interesa antes de decidir cómo me siento con el calendario.

Gabriel lo observó con una atención que le hizo bajar la vista un instante.

—Me interesa. No estoy seguro de poder hacerlo bien todavía.

—¿Por el trabajo o por nosotros?

—Por las dos cosas.

Hablaron de las fechas. Gabriel llevaba una semana preparando la respuesta y había calculado los días de viaje mejor que las horas de trabajo que dejaría a los otros.

—Álex va a decir que no —dijo.

—¿Ya le has preguntado?

—Todavía no.

Mateo levantó una ceja. Gabriel le señaló con el cuchillo, sin agresividad.

—No pongas esa cara. Sé lo de Nuria. Me acuerdo cada vez que miro la cuenta.

—Iba a preguntarte si él tiene vacaciones en octubre.

—También esa cara.

Se rieron. Gabriel dejó el cuchillo y abrió el calendario de los tres. Encontró una semana bloqueada que había olvidado y se quedó mirándola con fastidio.

—Puedo proponer menos días. O pedir que contraten a alguien aquí. Pero entonces igual deja de compensar.

—¿Quieres que lo mire contigo?

Gabriel dudó.

—Después de hablar con ellos. Ahora voy a discutir cualquier cosa que me digas.

Mateo aceptó, aunque ya tenía una opinión preparada. Su pareja cerró el teléfono y se levantó a recoger las tazas. No había renunciado al trabajo ni lo había aceptado a costa de otro; tenía una llamada pendiente que no le apetecía hacer.

Por la tarde salieron a caminar. No hablaron del calendario hasta que volvieron. En una tienda vieron una lámpara que a Mateo le habría gustado para el estudio. Gabriel dijo que parecía una parte de una excavadora. Entraron para verla mejor y salieron sin comprarla, todavía discutiendo.

Al llegar a casa, Mateo se quedó en el recibidor mientras su pareja iba a buscar agua. Se quitó la chaqueta y la colgó encima de la de Gabriel. Una manga cayó al suelo. La recogió antes de ir a la cocina.

Gabriel apareció con dos vasos y lo encontró quieto.

—¿Qué?

Mateo cogió uno.

—Nada. La lámpara era bonita.

—Era una excavadora con aspiraciones.

Gabriel habló con Álex aquella noche. No llegaron a un acuerdo y quedaron en volver a hacer las cuentas al día siguiente. Mateo lo oyó terminar la llamada sin prometer nada por Dani.

La librería abrió el espacio de talleres un viernes de septiembre.

Nuria no organizó una inauguración solemne; invitó a unas pocas personas, puso algo de beber y pidió a todo el mundo que no apoyara vasos sobre los libros.

Mateo llegó antes para comprobar dos detalles y ella le quitó la cinta métrica de la mano.

—Hoy no.

—Esta mesa…

—Esta mesa se puede mover mañana. Hoy quiero ver gente sentada.

Gabriel apareció un rato después, recién duchado y con una camisa que Mateo tuvo que mirar dos veces. Se acercó y le habló al oído.

—Si sigues mirándome así, Nuria va a cobrar entrada.

—Te queda bien.

—Lo sé. Por eso me la he puesto.

Mateo sonrió. Le gustaba que todavía pudiera sorprenderlo la vanidad de Gabriel, su manera de disfrutar de una atención que no tenía que pedir con modestia.

Le puso una mano en la espalda al acercarse a Nuria.

Ella les enseñó el equipo ya encendido y advirtió a Gabriel que no tocara los ajustes.

Había conseguido dejarlo a su gusto después de tres pruebas y pensaba defenderlo.

Durante la tarde, Mateo vio usar el espacio que había dibujado tantas veces.

Una mujer se quejó de que una silla estaba demasiado cerca de la puerta y la movió.

Un niño dejó caer un lápiz que rodó hasta un rincón al que él había dedicado tres correos.

La vida real empezó a corregir el proyecto sin pedirle autorización.

Nuria se acercó cuando quedaban pocos invitados.

—Ha quedado bien —dijo.

—Sí.

—Nos ha costado.

Mateo aceptó la frase entera.

—Gracias por seguir conmigo.

—No me lo hagas sentimental. Te he pagado.

Se rieron. Ella le entregó una bolsa con una novela. Mateo miró la cubierta, convencido por un instante de que era la que había encargado meses atrás; Nuria le leyó la expresión y negó con la cabeza.

—No. Esa era otra. Esta te la regalo yo. La anterior te la llevaste, aunque dudo que la hayas abierto.

Mateo protestó: había leído la primera, aunque le había costado arrancar.

Nuria le hizo dos preguntas sobre el final y acabó creyéndolo.

Después le pidió que empezara la nueva antes de Navidad y se fue a recoger vasos.

Él se quedó un momento mirando el espacio, orgulloso de algo que no había salido perfecto y que aun así estaba terminado.

Al salir, Gabriel propuso cenar fuera. Mateo había pensado en volver a casa, pero no tenía un motivo importante para negarse. Caminaron hasta un restaurante pequeño y esperaron una mesa en la barra. Gabriel le rozó la mano mientras pedía y él entrelazó los dedos con los suyos sin mirar alrededor.

—Te ha quedado bien —dijo Gabriel.

—Ya lo ha dicho Nuria.

—Qué desagradable. Me ha robado la crítica especializada.

—Tú no eres especialista en librerías.

—Hay dos altavoces míos ahí dentro. Tengo una participación considerable.

Mateo se rio. Gabriel lo observó un instante antes de añadir:

—Me gusta verte así.

Mateo sostuvo su mirada. Luego se inclinó y lo besó cerca de la boca. El camarero apareció justo entonces para indicarles la mesa, y ambos se apartaron con una torpeza que los hizo reír otra vez.

El viaje a Gijón llegó dos semanas después.

Habían comprobado las fechas con Elena y con el trabajo de Gabriel antes de reservar nada.

Mateo condujo la primera parte del trayecto y su pareja la segunda.

Discutieron sobre la música, pararon a tomar café y llegaron diez minutos tarde porque Gabriel insistió en buscar aparcamiento en una calle donde Mateo le había dicho que no habría.

—Podías haber confiado en mí —dijo él.

—Podías haber disfrutado de tener razón sin anunciarlo.

Elena los esperaba en la puerta de su edificio. Al verlos acercarse, miró primero a Gabriel y después a Mateo.

—Ya veo quién ha aparcado.

Gabriel se llevó una mano al pecho.

—No me conoces y ya estás de su parte.

—Conozco esa cara. La hacía mi hermano cuando alguien encontraba sitio antes que él.

Se saludaron y subieron. El piso de Elena era más pequeño de lo que Mateo había imaginado, con muebles distintos entre sí y marcas de trabajo en algunos.

Había preparado comida sencilla y una ensalada que todavía necesitaba cortar.

Gabriel se ofreció a ayudar; ella le dio un cuchillo y le indicó dónde estaba la tabla.

Mateo observó a los dos en la cocina durante un momento. Elena le preguntaba a Gabriel por su trabajo con interés propio. Gabriel respondía, discutía una idea sobre iluminación y se reía de una observación que Mateo no había oído.

—Tú puedes poner la mesa —dijo su tía al verlo quieto—. Los platos no se van a colocar por emoción.

Comieron y hablaron de cosas que no exigían ponerse de acuerdo sobre Julián. A ratos apareció su nombre. Elena contó una anécdota desagradable, Gabriel otra que lo dejaba mejor parado, y ninguna anuló a la otra. Mateo consiguió escucharlas sin actuar como árbitro.

Después su tía les enseñó el cuarto donde trabajaba. Gabriel admiró una silla reparada; Mateo preguntó por la ventilación y recibió una mirada de advertencia que lo hizo levantar las manos. Elena sonrió y siguió explicando el acabado de una mesa.

Antes de irse, quedaron en que ella visitaría Valnera cuando tuviera ganas y fechas. No fijaron una celebración. Mateo la abrazó en el portal y sintió el deseo de pedirle que no tardara demasiado. Se limitó a decir que le había gustado ir.

—Pues vuelve —respondió Elena—. Pero la próxima traes tú la comida.

En el coche, Gabriel se quitó las gafas de sol y las dejó en el salpicadero.

—Me gusta.

Mateo tardó un momento en contestar.

—A mí también. A ratos me pone nervioso.

—Se parece bastante a ti en eso.

—Qué amable.

Gabriel se inclinó para besarlo antes de arrancar. Mateo aún tenía sabor a café en la boca. Se separó cuando el coche de al lado arrancó y buscó el cinturón.

Durante el camino de vuelta llovió. Las luces de los coches se extendían sobre el asfalto y Gabriel conducía atento, con una mano descansando cerca de la palanca de cambios.

Mateo miró el teléfono cuando entró un mensaje de Elena: les había mandado una foto borrosa de una fuente que habían olvidado en su cocina. «Así tenéis excusa», había escrito.

Se la leyó a Gabriel. Gabriel sonrió sin apartar los ojos de la carretera.

—No necesitábamos tantas, pero está bien.

Al llegar a Valnera, pasaron cerca de la calle de Julián. Mateo notó el tirón habitual, las ganas de desviarse para comprobar una luz que ya no debía estar encendida. Gabriel no preguntó. Él mismo dijo que iría al día siguiente a ventilar, después de trabajar.

—¿Quieres que vaya contigo?

Mateo pensó la respuesta.

—Si te apetece. Pero puedo ir solo.

—Mañana puedo. El martes no.

—Mañana, entonces.

En el piso dejaron las bolsas junto a la puerta y se quitaron las chaquetas húmedas.

Gabriel fue a abrir una ventana; Mateo puso agua a calentar y encontró en el frigorífico lo suficiente para una cena improvisada.

Estaban cansados. El viaje había sido bueno y aun así él sentía una tristeza que no podía explicar con una sola causa.

Gabriel volvió a la cocina y lo encontró mirando dos platos.

—¿Qué pasa?

Mateo no intentó despejarse antes de contestar.

—Me habría gustado contarle que hemos ido.

Gabriel se apoyó a su lado.

—Ya.

—Se habría enfadado por alguna parte.

—Seguramente por la que menos esperáramos.

Mateo sonrió con los ojos húmedos. Gabriel le pasó un brazo por la cintura y se quedó allí un momento, mientras el agua se calentaba. Él apoyó la cabeza en su hombro. Al cabo de un rato, el agua empezó a hervir y tuvieron que separarse para que no se derramara.

Cenaron tarde. Hablaron de la semana, de una visita de Clara que quizá se concretara en otoño, de los días que Gabriel tendría que pasar fuera el mes siguiente. Mateo le contó una idea para el estudio y su pareja dijo que la pensaría, no que sí. La casa de Julián quedó para otra conversación.

Después recogieron juntos. Gabriel encontró los cuchillos pequeños en el cajón nuevo y levantó uno con una expresión de triunfo exagerada.

—Mira. Adaptación completa.

—Has abierto antes el otro.

—No hace falta que lo cuentes todo.

Mateo se acercó por detrás, le rodeó la cintura y le besó el cuello. Gabriel dejó el cuchillo, se volvió entre sus brazos y lo besó con calma. Él cerró los ojos, sintiendo el borde de la encimera contra la espalda y el peso familiar de aquella mano en su nuca.

Cuando se separaron, Gabriel le apartó un mechón de la frente.

—Ven. Mañana madrugas.

Mateo apagó la luz de la cocina y lo siguió por el pasillo. En el dormitorio, Gabriel ya estaba protestando porque alguien había dejado su almohada en el lado equivocado. Él la cogió, la puso donde correspondía y se metió en la cama antes de que su pareja pudiera encontrar otra objeción.

La lluvia golpeaba suavemente el cristal.

Mateo alargó la mano bajo la sábana y encontró la de Gabriel, tibia, abierta.

Se acomodaron hasta dejar de estorbarse.

Había cosas que contarían al día siguiente y otras para las que todavía no tenían palabras.

Esa noche, cuando Gabriel tiró un poco de él para acercarlo, Mateo fue.