La vida que me construyó CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Si alguna vez te has sentido como yo

“Este libro termina aquí. Pero deseo, con todo mi corazón, que para alguien más sea el comienzo.”

Si has llegado hasta esta página, probablemente no sea por casualidad.

Quizá nunca tuviste que cruzar un desierto.

Quizá nunca emigraste.

Quizá tu historia no se parece a la mía.

Y, sin embargo, puede que conozcas muy bien esa sensación de esperar un amor que nunca llegó.

Puede que sepas lo que es mirar el teléfono esperando una llamada.

Esperar unas palabras.

Esperar una explicación.

Esperar que alguien, por fin, te haga sentir suficiente.

Si es así…

Quisiera tomarte de la mano por un momento.

No para decirte que todo estará bien.

Nadie puede prometer eso.

Quiero decirte algo mucho más verdadero.

No dejes que la ausencia de alguien decida el valor de tu vida.

Yo tardé muchos años en comprenderlo.

Creí que, si lograba hacer las cosas suficientemente bien, algún día sería elegida.

Que, si esperaba un poco más, las personas cambiarían.

Que, si era más paciente, más fuerte o más comprensiva, finalmente ocuparía el lugar que tanto anhelaba en el corazón de quienes amaba.

Me equivoqué.

Hay puertas que nunca se abrirán.

Y aceptar esa verdad duele.

Duele muchísimo.

Pero también libera.

Porque el día que dejamos de esperar frente a una puerta cerrada, descubrimos todos los caminos que la vida llevaba tiempo intentando mostrarnos.

Yo encontré esos caminos en lugares donde jamás imaginé.

En una madre que nunca dejó de creer en mí.

En una familia que no compartía mi apellido.

En una amiga que apareció cuando más la necesitaba.

En una mujer que vio mi valor antes que yo.

En un hombre que me enseñó que el amor no se demuestra una vez, sino todos los días.

Y también en Dios.

No en un Dios que evitó mis lágrimas.

Sino en un Dios que nunca permitió que las derramara sola.

Hoy no tengo todas las respuestas.

Todavía hay preguntas que quizá me acompañen siempre.

Todavía extraño a mi país.

Todavía extraño abrazar a mi mamá cuando quisiera.

Todavía hay noches en las que el pasado toca suavemente a la puerta de mis recuerdos.

Pero ya no vivo allí.

Ahora vivo aquí.

En el presente.

En una casa donde el café huele a hogar.

Donde un “buenos días” sigue siendo un regalo.

Donde aprendí que la rutina también puede ser una forma de felicidad.

Si pudiera pedirte una sola cosa después de leer mi historia, sería esta.

No renuncies al amor por culpa del miedo.

No cierres tu corazón porque alguien no supo cuidarlo.

No confundas la costumbre con la paz.

Y, sobre todo…

Nunca permitas que una sola ausencia te haga olvidar todas las personas que sí han decidido quedarse.

Yo tardé muchos años en entender que la vida no me estaba castigando.

Me estaba preparando.

Y cuando estuve lista, empezó a regalarme personas que cambiaron mi manera de mirar el mundo.

Quizá hoy tú estés atravesando tu propio desierto.

Si es así, quiero dejarte una certeza que nació de mi propia experiencia.

Los desiertos parecen interminables mientras los caminamos.

Pero ningún desierto dura para siempre.

Sigue caminando.

Aunque hoy no puedas verlo.

La vida también está construyendo algo para ti.

Y un día, cuando mires hacia atrás, descubrirás que incluso los pasos que más dolieron te llevaron exactamente al lugar donde necesitabas estar.

Ese día comprenderás, como yo comprendí, que el amor nunca dejó de buscarte.

Solo estaba esperándote un poco más adelante en el camino.