La vida que me construyó CAPÍTULO 29
91%

CAPÍTULO 29

A la mujer que fui

“Durante muchos años pensé que tenía que perdonar a la vida por todo lo que me había quitado. Hoy solo quiero darle las gracias por todo lo que me enseñó.”

Si hoy pudiera volver atrás, no cambiaría el destino.

Cambiaría la soledad.

Me sentaría junto a la Anet de diecinueve años.

No para decirle que dejara de llorar.

Las lágrimas también tenían su lugar.

Me sentaría a su lado y esperaría en silencio hasta que levantara la cabeza.

Entonces le diría:

“No estás equivocada por querer que te quieran.”

Porque durante mucho tiempo pensaste que pedir amor era pedir demasiado.

Y nunca fue así.

Le diría a la joven que vivía con miedo que un día descubriría que el amor no grita.

Que no controla.

Que no humilla.

Que no obliga.

Que el amor prepara café por las mañanas.

Que deja mensajes de buenos días.

Que arma muebles contigo sin que se lo pidas.

Que espera a que salgas del trabajo para comer juntos aunque solo tengan treinta minutos.

Que pone una nota en el parabrisas de tu carro con una frase de Arjona solo para hacerte sonreír.

Le diría a la muchacha que cruzó el desierto que un día comprendería que no estaba caminando hacia un país.

Estaba caminando hacia ella misma.

Le diría que el campamento no sería el final.

Que las esposas no definirían su historia.

Que la ausencia de su padre nunca determinaría su valor.

Que el silencio de otros jamás podría decirle quién era.

Le hablaría de Robin.

No para contarle que tendría una gran oportunidad.

Sino para decirle que existe gente capaz de mirar más allá del miedo y descubrir el talento escondido en una persona.

Le hablaría de la familia venezolana.

Para que supiera que la sangre no siempre es la única manera de construir una familia.

Le hablaría de María.

Para que entendiera que Dios también responde las oraciones enviando amigas que llegan para quedarse.

Y cuando llegara el momento de hablarle de Raúl…

Creo que sonreiría.

Porque no sabría por dónde empezar.

¿Cómo se explica a una mujer que ha vivido con miedo lo que significa sentirse completamente segura?

¿Cómo se le cuenta que existe un hombre que nunca intentará cambiarla?

Que seguirá escribiéndole “buenos días” años después.

Que la elegirá incluso en los días difíciles.

Que convertirá la rutina en el lugar más bonito del mundo.

Quizá no intentaría explicárselo.

Solo le diría:

“Espera.

No cierres tu corazón.

Todavía no has conocido al hombre que te demostrará que el amor también puede parecerse a la paz.”

Y antes de despedirme de aquella joven…

Le diría algo más.

Algo que yo misma necesité escuchar durante demasiados años.

“No sigas preguntándote por qué tu padre no supo darte el lugar que necesitabas.

Algún día entenderás que esa pregunta nunca tendrá una respuesta capaz de sanar tu corazón.

La sanación llegará cuando descubras que tu valor nunca dependió de esa respuesta.”

Entonces la abrazaría muy fuerte.

Y permanecería allí unos segundos.

Porque conozco ese abrazo.

Es el abrazo que yo misma necesité durante muchos años.

Antes de irme, la miraría una vez más.

Ya no vería a una muchacha asustada.

Vería a una mujer extraordinariamente valiente.

Una mujer que todavía no era consciente de todo lo que iba a lograr.

Y me alejaría con la tranquilidad de quien conoce el final de la historia.

Porque yo sí sé algo que ella todavía ignora.

Sé que un día despertará junto al hombre que ama.

Que escuchará el sonido del café en la cocina.

Que recibirá una videollamada de su mamá.

Que abrazará a Thalía en libertad.

Que mirará su vida con gratitud.

Y que, una tarde cualquiera, se sentará frente a una hoja en blanco para escribir estas páginas.

Ese día comprenderá que nunca fue la protagonista de una historia de pérdidas.

Siempre fue la protagonista de una historia de reconstrucción.

Y cuando escriba el último punto de este libro, sonreirá.

No porque haya olvidado el dolor.

Sino porque, por fin, entenderá que ninguna de sus heridas tuvo la última palabra.

La última palabra…

Siempre la tuvo el amor.