CAPÍTULO 22 #2
—Entonces, ¿qué estamos discutiendo?
Camila se quedó mirándola.
Tatiane fue al fregadero.
Aquella postura.
La espalda demasiado recta.
La voz cada vez más precisa cuanto más herida se sentía.
Camila lo reconoció.
—Estamos discutiendo que hablamos de una vida juntas, pero seguimos armando el futuro como si estuviéramos solteras.
Tatiane se volvió.
La frase quedó en medio de la cocina.
Pesada.
Camila sintió ganas de retirarla.
Demasiado tarde.
—Eso es injusto —dijo Tatiane.
En voz baja.
Camila se levantó.
—Dije «estamos».
—Sabes que no es así.
—¿Lo sé?
Tatiane entrecerró los ojos.
—Pienso en ti en cada decisión que tomo.
—Pensar en mí no es decidir conmigo.
—¿Y decidir conmigo significa qué? ¿Preguntarte si apruebas la inversión que llevo años planeando?
—Deja de llamarlo aprobación.
—Entonces explícame.
Camila se pasó la mano por el pelo.
—¡Todavía no lo sé!
El volumen sorprendió a las dos.
Bento apareció en el pasillo.
Camila respiró hondo.
—Perdón.
Tatiane no respondió.
Camila bajó la voz.
—Es exactamente eso. No sé cómo se hace. Pero sé que lo que estamos haciendo no concuerda con todo lo que decimos que queremos.
Tatiane se quedó inmóvil.
Camila continuó, con los ojos ya ardiéndole:
—Quiero vivir contigo.
—Yo también quiero.
—Quiero construir una vida contigo.
—Yo también.
—Entonces, en algún momento, «mi dinero, mi casa, mi profesión, mi decisión» tiene que dejar de ser la respuesta automática a todo.
Tatiane la miró como si hubiera recibido un golpe.
—Nunca dije eso.
—No hace falta decirlo.
Silencio.
Camila se dio cuenta de que había ido demasiado lejos.
Tatiane dejó la taza sobre la encimera.
Con mucho cuidado.
—¿Crees que te estoy dejando fuera de mi vida?
Camila cerró los ojos.
—No.
—Eso pareció.
—Creo que las dos todavía sabemos vivir solas mucho mejor que juntas.
Tatiane guardó silencio.
Esta vez, la frase no parecía una acusación.
Solo la verdad.
Camila sintió que llegaban las lágrimas.
No quería llorar en aquella discusión.
Lloró de todas maneras.
Una sola lágrima.
Se la limpió rápido.
Tatiane la vio.
Su cara perdió parte de la rigidez.
Dio un paso.
Se detuvo.
—No quiero que creas que no hay un lugar para ti —dijo.
Camila respiró.
—Sé que hay un lugar.
Miró alrededor.
—Tengo un cajón.
El intento de humor murió solo.
—Pero no quiero ser un cajón en la vida que ya tenías.
Tatiane cerró los ojos.
La frase también hablaba de ella misma.
Camila lo notó en cuanto la dijo.
—Y no quiero que tú seas esto aquí —continuó—. Un cepillo. Ropa. Un fin de semana. Una persona encajada en una casa que planeé sola.
Tatiane por fin se acercó.
No la tocó.
Se quedó frente a ella.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Camila quería tener una respuesta.
No la tenía.
—No sé.
Tatiane se pasó la lengua por los labios.
Miró el suelo.
—Yo tampoco.
Esta vez, el «no sé» no las acercó.
Dolía.
Porque había cosas en marcha.
Fechas.
Pagos.
Compromisos.
La vida no se detendría mientras lo descubrían.
Camila acercó una silla y se sentó.
Tatiane siguió de pie.
—¿Vas a confirmar hoy? —preguntó.
Camila sabía a qué se refería.
—Necesito confirmar una parte.
Tatiane asintió.
—Yo también tengo la reunión de la inversión el lunes.
Camila apretó los dedos.
—Lo sé.
—Y voy a seguir adelante.
Llegó el dolor.
No porque estuviera en desacuerdo.
—Lo sé.
Tatiane por fin se sentó frente a ella.
—Eso no significa que esté eligiendo la clínica en lugar de ti.
—Y yo no estoy eligiendo esta casa en tu lugar.
—Entonces, ¿por qué se siente así?
Camila levantó la vista.
Ahí estaba.
La verdadera pregunta.
Ninguna tenía respuesta.
Pasaron juntas el resto de la mañana.
Pero no exactamente cerca.
No hubo portazos.
Ni silencios de castigo.
Tomaron café.
Bento salió.
Tatiane preparó su bolso.
Camila confirmó solo las etapas de la obra que de verdad no podían posponerse sin pérdidas.
Se las mostró a Tatiane antes de enviar la confirmación.
—Son estas.
Tatiane leyó.
—Bien.
—Voy a dejar el resto en espera.
Tatiane la miró.
—No tienes que hacerlo por la pelea.
—No es por la pelea.
—Camila.
—Es porque estoy de acuerdo con una parte de lo que yo misma dije.
Tatiane asintió.
—Bien.
Camila quería que eso fuera suficiente.
No lo era.
Tatiane también le mostró los documentos de la clínica.
La parte que aún tenía que cerrar.
Explicó.
Camila escuchó.
—Creo que debes seguir adelante.
Tatiane le buscó la mirada.
—¿De verdad?
Camila sintió ganas de volver a llorar.
—Nunca quise que no siguieras.
Tatiane apretó los labios.
—Lo sé.
El problema no era que una quisiera que la otra renunciara.
Era más complicado.
Tal vez por eso mismo doliera más.
En la puerta, antes de irse, Tatiane se quedó quieta con el bolso al hombro.
Camila estaba frente a ella.
Ninguna sabía qué despedida correspondía a aquella mañana.
Un beso parecía poco.
Un abrazo parecía demasiado.
Tatiane decidió primero.
Abrió los brazos.
Camila entró en ellos.
El abrazo fue fuerte.
Doloroso de tan necesario.
Camila sintió la mano de Tatiane en su nuca.
Le sujetó la cintura.
Ninguna habló durante unos segundos.
—Te amo —dijo Tatiane.
A Camila se le cerró la garganta.
—Yo también te amo.
Era importante.
No lo resolvía.
Pero importaba.
Cuando se separaron, Tatiane le tocó la cara.
—Vamos a tener que continuar esta conversación.
Camila asintió.
—Lo sé.
Tatiane le besó la frente.
No la boca.
Eso dolió más de lo que Camila esperaba.
La puerta se cerró.
Bento se quedó a su lado.
Camila le apoyó la mano en la cabeza.
La casa parecía la misma.
Cajas.
Planos.
Muestras.
La mesa donde acababan de discutir.
El cajón de Tatiane en el dormitorio.
El cepillo en el baño.
Todo demostraba que había hecho espacio.
Y, aun así, por primera vez, Camila comprendió con claridad que hacer espacio dentro de una vida ya construida tal vez no fuera lo mismo que construir una vida juntas.