La vida que elegimos CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—Me lo imaginaba.

—Pero tampoco crucé el estado.

—Qué tranquilizador.

Camila le tendió la bolsa.

—Come.

Tatiane la tomó.

Estaba caliente.

El olor atravesó el papel.

Comida de verdad.

En ese instante se dio cuenta de cuánta hambre tenía.

—Y café —dijo Camila—. Sin azúcar.

Tatiane la miró.

—Te acuerdas.

Camila se encogió de hombros.

—Me acuerdo de cosas.

La misma frase de la cena.

Tatiane sintió el impacto exactamente igual que la primera vez.

Tal vez más.

Porque ahora tenía una bolsa caliente entre las manos.

—Gracias.

Camila sonrió.

—De nada.

Tatiane miró hacia la puerta de la clínica.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Ahora?

Camila vaciló.

—Estás trabajando.

—Todavía.

—Entonces no voy a interrumpirte.

Tatiane se dio cuenta de que una parte de ella quería pedirle que se quedara.

No podía.

Tenía dos historias clínicas más por cerrar, una llamada que devolver y Paula probablemente ya estaba inventando teorías detrás de alguna pared.

Camila parecía saberlo.

Tal vez por eso no había pedido nada.

No había convertido el gesto en una invitación.

No había usado el cuidado como una manera de exigir tiempo.

Solo había aparecido.

Tatiane sintió que algo en el pecho se ablandaba.

—Espera —dijo.

Camila se detuvo.

Tatiane puso la bolsa en el mostrador y la abrió.

Había una comida sencilla, bien empacada. Nada extravagante.

—Come conmigo cinco minutos.

Camila sonrió.

—¿Cinco?

—Tal vez siete.

—Generosa.

Tatiane señaló dos sillas en la pequeña zona de espera lateral.

Se sentaron.

Abrió el recipiente.

—¿Dónde lo compraste?

Camila dijo el nombre de un lugar cercano.

—Eso no te quedaba de camino.

—Estás muy concentrada en la logística.

—Es mi mecanismo de defensa.

Camila volvió el rostro.

—¿Lo admites?

Tatiane tomó el tenedor.

—A veces.

Camila se quedó callada.

Tatiane probó la comida.

Cerró los ojos un instante.

Camila se rio.

—¿Mala?

—Cállate.

—¿Eso es gratitud?

—Profunda.

Camila apoyó el brazo en el respaldo de la silla.

—¿Mejor que el sándwich?

Tatiane la miró.

—No humillemos al sándwich. Ya sufrió bastante.

Camila se echó a reír.

Tatiane comió dos bocados más.

Su cuerpo parecía darse cuenta de golpe de que estaba recibiendo alimento.

—¿Tuviste un mal día? —preguntó Camila.

Tatiane pensó antes de responder.

—Cansador.

—¿Algo grave?

—No.

—¿Entonces solo muchas cosas?

—Muchas.

Camila asintió.

No preguntó más.

Tatiane lo notó.

—¿No vas a intentar hacerme hablar?

—¿Quieres hablar?

—No mucho.

—Entonces no.

Sencillo.

Tatiane bajó los ojos hacia la comida.

Era extraño que alguien la comprendiera tan rápido en un detalle así.

No le gustaba convertir un día cansador en un relato emocional solo porque estuviera exhausta. A veces no había una historia.

A veces solo necesitaba comer.

—Eres buena en esto —dijo.

Camila inclinó la cabeza.

—¿En traer comida?

—En saber cuándo parar.

El humor desapareció un poco de la expresión de Camila.

—Lo intento.

Tatiane le sostuvo la mirada.

—Lo noté.

La cercanía cambió.

No ocurrió nada físico.

Ni siquiera hacía falta.

Camila miró su boca un segundo.

Tatiane lo vio.

Su pulso pareció latir más fuerte.

Entonces se abrió una puerta al fondo y apareció Paula.

—Perdón por interrumpir.

Tatiane casi se rio de la expresión absolutamente inocente de su amiga.

—No estás perdonada.

Paula lo ignoró.

—Voy a necesitarte dentro de un rato.

—Ya voy.

—Sin prisa.

Tatiane entrecerró los ojos.

Paula desapareció.

Camila bajó la voz.

—¿Lo sabe?

—¿Sabe qué?

—No sé. Algo.

—No hay ningún algo.

Camila sonrió.

—Todavía.

Tatiane sintió que el calor volvía a subirle.

Camila se puso de pie antes de que encontrara una respuesta.

—Cómete el resto.

—Lo voy a comer.

—¿Lo prometes?

Tatiane la miró.

—¿Siempre eres mandona?

—Solo cuando me dejan.

La misma frase.

Esta vez, dicha allí.

En persona.

Tatiane sintió ganas de sonreír y hacer algo que todavía no sabía nombrar.

—Vete —dijo.

Camila se rio.

—Buenas noches, doctora.

—Buenas noches, arquitecta.

Caminó hacia la puerta.

Tatiane se quedó mirando.

Camila se volvió justo antes de salir.

—Avísame cuando termines.

No fue una pregunta.

Ni exactamente una petición.

Tatiane asintió.

—Te aviso.

Camila se fue.

Tatiane volvió a la silla.

La comida todavía estaba caliente.

Tomó el tenedor.

Paula reapareció casi de inmediato.

—No.

—No dije nada.

—No hace falta.

—¿Trajo comida?

Tatiane comió otro bocado.

—Sí.

—¿Café también?

—Paula.

—Solo estoy recopilando datos.

Tatiane señaló el pasillo.

—Ve a trabajar.

Paula sonrió.

—Claro.

Cuando por fin lo terminó todo, ya eran más de las ocho.

Tatiane salió de la clínica con los hombros pesados y la cabeza cansada.

Dentro del auto, antes de arrancar, tomó el celular.

Había un mensaje de Camila.

Desapareciste. Voy a suponer que te secuestró un labrador.

Tatiane respondió:

Terminando ahora. Y era un bulldog.

La respuesta llegó antes de que se pusiera el cinturón.

¿Te comiste todo?

Tatiane sonrió.

Sí.

¿El café?

También.

Perfecto. Ahora puedes irte a casa y ser autosuficiente en paz.

Tatiane se quedó mirando la frase.

Camila bromeaba.

Pero había algo ahí.

Una especie de cuidado sin intromisión.

Tatiane escribió:

Gracias por lo de hoy. De verdad.

Pasaron unos segundos.

Quise ir.

Tatiane lo leyó una vez.

Después otra.

El cansancio seguía allí.

El día no había dejado de ser largo.

Nada importante había cambiado en la clínica.

Ningún problema había desaparecido porque Camila hubiera traído comida.

Aun así, había una diferencia.

Pequeña.

Concreta.

Alguien había oído que estaba cansada y había decidido hacer algo.

No porque Tatiane lo hubiera pedido.

No porque necesitara que la salvaran.

Solo porque Camila había prestado atención.

Apoyó la cabeza en el asiento.

Escribió:

Buenas noches, Camila.

Lo borró.

Todavía no era tan de noche como para despedirse.

Probó otra cosa.

¿Cuándo repetimos el café?

Camila respondió casi de inmediato:

Cuando quieras.

Tatiane sintió aparecer la sonrisa.

Pronto.

Los tres puntos surgieron.

Me gusta cuando dices eso.

Tatiane se quedó mirando la pantalla unos segundos.

Después arrancó el auto.

De camino a casa, no logró decidir qué la conmovía más.

La comida.

El café.

Que Camila hubiera recordado cómo lo tomaba.

O el hecho de que hubiera ido sin esperar nada a cambio.

Cuando llegó al departamento, Amora la recibió en la puerta.

Tatiane se agachó para acariciarla.

El celular vibró.

Camila: Buenas noches por adelantado, porque hoy vas a dormir temprano.

Tatiane se rio.

Tienes mucha confianza en tu autoridad.

En construcción.

Tatiane entró en casa.

Cerró la puerta.

Respondió:

Buenas noches, Camila.

Esta vez, la frase ya tenía suficiente intimidad como para no parecer una despedida.

Parecía una promesa de continuación.