La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 22
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Capítulo 22

Para ganarme, Max tan solo tendría que decir que me amaba.

Yo no exigía una confesión inolvidable ni ningún gesto heroico propio del protagonista de algún videojuego o película.

Yo solamente necesitaba que manifestara en voz alta que me quería y que no se avergonzara de ello.

Pero después de comprobar cómo había guardado en secreto nuestra relación, cómo permitía que su madre le buscara una pareja más adecuada poco tiempo después de separarnos sin protestar en absoluto ni hacer el amago de luchar por mí, supe que Max nunca me diría que me amaba ni lo reconocería delante de los demás.

Su comportamiento me recordó mi pasado con él y lloré porque no sabía qué tenía yo de malo, por qué razón se avergonzaba de mí y de sentir algo por una chica como yo.

Para mí, Max volvió a ser el hombre que jugaba con el corazón de las mujeres y, sobre todo, con el mío, que se dejaba herir una vez más por esa faceta que él solo mostraba conmigo.

Y aunque nunca lo admitiría ante Max, volví a perder en ese estúpido juego del amor como ya me sucedió durante mi adolescencia, porque me había enamorado de un hombre que solamente jugaba conmigo y con mi corazón.

Mientras ahogaba mis penas devorando una gran tarrina de helado de chocolate y matando a todo bicho viviente con el que me cruzaba ese día en el juego de rol online, recibí una llamada de Dina que no pude ignorar ya que, conociéndola, estaba segura de que andaba metida en algún problema o a punto de meterse en él.

―¿Sabes que Max ha tenido una cita en el mismo restaurante adonde he seguido a mi jefe mientras lo espío para continuar haciendo mis bocetos?

―me soltó Dina de sopetón. Y aunque intenté pensar en algún consejo que darle para que no se metiera en problemas, mi mente se centró en que mi amiga había sido testigo de que Max había salido con otra mujer.

―Sí. Sé que su madre le ha preparado un encuentro con su pareja ideal. Esa mujer lo planificó todo delante de mí mientras me dirigía miradas despectivas.

―¡Joder! ¿Y qué hizo Max?

―Se quedó callado ―respondí con amargura―. Seguramente su cita habrá sido con alguna persona adecuada, alguien que tenga su mismo estatus y dinero y que encaje con él, ¿verdad?

―Sin duda. Espera, que te mando una foto ―anunció Dina. Y aunque yo dudé durante un momento si ver o no esa imagen, finalmente abrí el mensaje de mi amiga sorprendiéndome por completo.

―Dina, ¿quién es ese tipo?

―La cita de Max: mi jefe. Ahora mismo esta situación me está sirviendo de inspiración para una parte de mi novela gráfica en la que voy a meter un trío amoroso. Max tiene todas las papeletas para convertirse en «la otra» de esta historia. Por cierto, ¿crees que Max saldrá con mi jefe?

―No.

―¿Por qué no? Mi jefe es guapo, rico y bastante atractivo.

―No es su tipo ―respondí a Dina, recordando lo mucho que le gustaban a Max las mujeres.

―Tienes razón: no he visto ni un ápice de romanticismo en esa cita. Entonces la pregunta que me surge ahora es: ¿por qué se ha reunido Max con mi jefe?

―No lo sé, es posible que esté buscando nuevos accionistas para que inviertan en mi juego, porque él lo quiere abandonar.

―¡Ah! Tiene sentido… Sí, mi jefe tiene el suficiente dinero y poder como para invertir en tu proyecto, aunque, si se da el caso, antes de hacerlo lo revisará meticulosamente.

Por cierto, ¿te has preguntado por qué un hombre que no ha dejado de perseguirte desde que volvió a reencontrarse contigo, que guardó tu nota de despedida durante todos estos años y que te ha rogado por otra oportunidad constantemente desde que se acercó a ti quiere ahora alejarte de su vida con tanta rapidez?

―Ni idea, Dina. Tal vez se considera vencedor del juego que comenzamos un día y ya se ha aburrido de jugar conmigo.

―¡Hum! Pues yo opino que ninguno de los dos habéis ganado en ese juego. ¿Por qué no intentas averiguar qué se trae Max entre manos antes de volver a salir corriendo y alejarte de él?

―Porque me va a hacer daño.

―Esa es una parte del amor que no sale en tus videojuegos, Ellie.

Como escritora, si tú fueras una de mis protagonistas, yo te aconsejaría que intentaras abarcar toda la historia y no solo la parte que te afecta directamente antes de decidirte a ponerle fin ―declaró Dina, poniéndose seria por primera vez, haciéndome ver que ella también podía dar buenos consejos.

Y cuando estaba a punto de darle yo a ella alguno, como que intentara no hacer enfadar a su jefe espiándolo de ese modo tan descarado, escuché una profunda voz masculina que me hizo saber que ya era demasiado tarde para eso.

―Dina Meller, ¿acaso me estabas siguiendo?

―No, qué va. ¡Es una coincidencia! ―comenzó a excusarse mi amiga de una forma bastante poco creíble.

―En ese caso, ¿podrías explicarme qué es esto que tienes aquí?

―¿Esto? ¡Oh! Nada… solo es una novela gráfica de amor entre chicos que está teniendo mucho éxito últimamente.

¿Tú también la lees? ―replicó Dina, intentando parecer inocente, algo que nunca le había funcionado mientras yo, por mi parte, guardaba silencio para seguir escuchando el problema en el que se había metido mi amiga y ver si podía ayudarla de alguna manera.

―No hasta ahora… y ahora que lo veo con atención, me parece que el protagonista de esas historias se parece mucho a mí, ¿no crees?

―No, qué va. Para nada. No se parece tanto.

―… lo que me lleva a pensar que alguien de mi entorno me está tomando como modelo para crear esas historias…

―¡Vaya! ¿Quién sería tan desconsiderado y estúpido como para tomar como modelo a su jefe?

―Dina, yo no dije en ningún momento que esto lo hubiera dibujado alguno de mis empleados. ¿Por qué has dicho eso?

―Eh… ¡Por nada! ¡Fue solo una suposición!

―Tú y yo tenemos que hablar muy seriamente sobre lo que puedes y lo que no puedes dibujar en el trabajo y, sobre todo, sobre quién puedes elegir o no como modelo para tus historias.

―Yo… Eh… Yo no…

―No intentes negarlo. Max Templeton, ese viejo compañero tuyo del instituto ha recordado tu seudónimo y la web a la que subías tus historias en el instituto.

Te espero en el bar para que termines esa llamada de teléfono y te advierto que, si no tenemos esta conversación ahora, la tendremos mañana en el trabajo ―anunció ese hombre antes de alejarse de mi desesperada amiga a la que no sabía qué consejo darle.

Sin embargo, y para mi asombro, fue ella la que volvió a darme un consejo antes de finalizar la conversación.

―¡Mierda! ¡Max me ha vendido! ¡No muestres piedad, juega con él y rómpele el corazón!

―¿Cómo puedo romperle algo que nunca conseguí alcanzar?

―¿Estás completamente segura de eso? ―preguntó Dina, haciéndome dudar por un momento―.

Entonces asegúrate antes de alejarte de él ―terminó, haciendo que recordara las palabras de Max, sus besos, sus caricias, su forma de hacerme el amor o de protegerme, y me pregunté, una vez más, si él solamente había jugado conmigo o si verdaderamente había llegado a amarme.

Esa mañana mi padre me había convocado a su despacho. Yo sabía que todo estaba a punto de estallar y que no dudaría en utilizar sus amenazas contra Ellie para manejarme, pero como lo conocía demasiado bien, acudí preparado.

―Tu madre está hecha un manojo de nervios, ¿se puede saber con quién saliste anoche?

―¿Yo? Con la cita que ella me preparó.

―He intentado tener bastante paciencia contigo, hijo, pero está visto que esa mujer que ha regresado a tu vida es una mala influencia para ti.

Voy a paralizar ese proyecto y como tengo los derechos de ese videojuego, pienso retenerlos para que nadie pueda invertir en él hasta que se me antoje ―dijo mi padre, sonriéndome complacido―.

Muy bien. Eso era todo. Ahora que esta conversación ha terminado, vuelve a tu trabajo y aprende algo de la lección que te ha dado hoy ―ordenó mi padre al tiempo que me señalaba la salida.

Sin embargo, en esta ocasión no lo obedecí y me quedé sentado en la silla frente a su escritorio, demostrándole que no era una marioneta a la que podía manejar a su antojo, sino su igual, y que, si no me había enfrentado antes a él, simplemente se debía a que no había encontrado algo lo suficientemente valioso para mí por lo que luchar.

―Siempre aprendo algo de tus lecciones, padre.

¿Te acuerdas cuando no querías arriesgarte a crear una sección nueva dentro de la empresa para que yo la dirigiera?

Entonces tuve que asumir todos los gastos para crearla y aporté todo mi capital.

Bueno… creo que ha llegado el momento de explicarte qué es lo que hice exactamente, padre.

»Verás, en realidad no creé un nuevo departamento, sino un pequeño negocio exclusivamente a mi nombre.

Mi pequeña empresa es colaboradora de tu gran imperio, el cual depende de tu capital y del de la junta directiva, pero mi pequeño negocio no depende de vosotros, sino de mí.

Solo de mí. Debes saber, padre, que trabajamos en tus instalaciones, pero manteniendo íntegramente todos los derechos legales de los videojuegos que creamos.

»Tus asesores y abogados no vieron mal esta solución en su momento, ya que la empresa no perdería nada si yo fracasaba y a ti nunca te importó demasiado mi negocio como para mirar más allá de los números y las ganancias, que es lo único que te he mostrado durante todos estos años.

Así que, en resumen, los derechos de todos esos juegos y otra clase de software que he creado son todos míos y tú tienes cero influencia sobre ellos.

Tras escuchar mis palabras, mi padre dejó de sonreír y me miró, sin creerse que jugara tan sucio como él… pero eso era lo que él me había enseñado durante toda mi vida.

―¿Crees que rebelarte de esta manera te va a servir de algo? En cuanto te retire mi capital y el apoyo del nombre de mi empresa te quedarás sin nada. Así que sé el niño bueno que siempre has sido y hazme caso si quieres triunfar en la vida.