Capítulo 21 #2
―¿Sabes, Max? Ese labio partido no tardará en curarse.
En cambio, mis heridas puede que tarden un poco más porque cuando creo que me estoy curando, vuelves a hacerme daño y a reabrirlas.
Creo que nunca aprendo la lección contigo, y tengo que solucionarlo de una vez.
Mucha suerte con tu perfecto mundo y en esa cita con una mujer perfecta con la que nunca te avergonzará que te vean salir ―le dije mientras contenía mis lágrimas.
Por un instante creí ver cómo Max apretaba los puños, como si estuviera conteniendo sus ganas de confesar lo que llevaba en su interior, pero, a pesar de los años que habían pasado, él y su perfecto mundo en el que yo no encajaba no habían cambiado nada.
Yo sabía que él nunca proclamaría a los cuatro vientos que era yo quien le gustaba. Finalmente, mientras me alejaba, Max siguió escondiendo sus verdaderos deseos y yo oculté las lágrimas de una nueva herida que me había causado por intentar encajar con él.
―¿Por qué has irrumpido en mi despacho? Estoy seguro de que Austin te habrá comentado que estaba reunido ―le pregunté a mi madre, dirigiéndole una fría mirada después de comprobar que ella no se contentaba con alejarme de la chica que amaba, sino que también tenía que destruirla.
―Alguien tenía que dejarle claro a esa donnadie cuál es su lugar. Sobre todo, ahora que al fin te has decidido a quedar con chicas de tu nivel.
―Ah, ¿sí? ¿Y cuál es el lugar de Ellie según tú, madre?
―No lo sé, pero de lo que estoy completamente segura es que ese lugar no es a tu lado, porque ella no es lo que te conviene.
―Querrás decir que no es lo que te conviene a ti, ¿verdad, madre? ―pregunté mientras mesaba nerviosamente mis cabellos.
―Yo sé qué es lo mejor para ti.
―No, madre: tú solo sabes qué es lo mejor para esta empresa.
―¡Oh! ¿Y acaso no es lo mismo? Al fin y al cabo, algún día dirigirás el negocio familiar ―contestó ella y, como siempre hacía, no le concedió la menor importancia a mis deseos.
―No, madre. No lo es. Lo creas o no, yo tengo mis propios deseos más allá de lo que le convenga o no al negocio familiar.
―¡Max, nunca habías sido tan rebelde! ¡Tus deseos nunca han diferido de los nuestros!
¡Estoy segura de que todo esto se debe a la perniciosa influencia de esa mala mujer!
―exclamó mi madre mientras miraba hacia la puerta por la que Ellie acababa de salir, sin duda marcándola como su próximo objetivo.
Entonces yo me apresuré a interponerme en su camino para que mi madre solo me viera a mí.
―Siempre he tenido mis propios deseos, madre, lo que pasa es que vosotros nunca me escuchabais, por lo que al final prefería guardar silencio.
―Esa es una muy buena decisión que espero sinceramente que continúes asumiendo de cara al futuro ―señaló mi madre a la vez que me daba un ultimátum―: Te he enviado a tu teléfono la dirección del restaurante en donde he hecho la reserva para la cita que tendrás la semana que viene.
La he hecho a tu nombre. Tengo que admitir que me alegro mucho de que por fin hayas abierto los ojos y te interesaras por uno de los nombres de aquella larga lista de candidatas que te propuse hace meses.
Espero que en esta ocasión no espantes a tu pareja y, sobre todo, que acudas tú mismo a ese encuentro o tal vez me vea obligada hablar con tu padre sobre los proyectos en los que nos interesa invertir o no.
―Sí, madre ―dije obedientemente, sabiendo que era mejor seguir guardando silencio mientras me movía en las sombras en busca de los contactos que necesitaba para poder deshacerme de las eternas cadenas con las que mis padres continuaban apresándome.
―¡Así me gusta! Que te quedes en silencio ante la voz de la razón, como hacías antes ―declaró mi madre, dándome unas palmaditas en una mejilla―.
¿Por qué deberías cambiar, querido, cuando ese silencio es algo que nos conviene a todos?
―anunció ella antes de salir de mi despacho mientras yo contenía mi ira, apretando los puños y mordiéndome la lengua para no gritarle lo que de verdad quería.
No obstante, cuando me quedé solo, no pude evitar responder a su pregunta en susurros, principalmente para recordarme a mí mismo por qué razón y por quién estaba luchando: «porque he encontrado a alguien que me gusta demasiado como para seguir guardando silencio…».
Tras pronunciar esas palabras miré el mensaje de mi madre con la localización del lugar donde debía reunirme con mi cita.
En esos momentos esperé no sorprender demasiado a esa mujer con la única proposición que estaba dispuesto a hacerle, la cual no tenía absolutamente nada que ver con el amor y sí con los negocios, en los que en esa ocasión estaba poniendo muchísimo en juego, incluido mi corazón.
―Supongo que le llevarás algún regalo adecuado a tu cita ―dijo mi madre una semana después de nuestro último enfrentamiento en cuanto atendí sus persistentes llamadas mientras el maître me dirigía hacia la mesa en donde me esperaban.
―Por supuesto que llevo un regalo, madre ―respondí, recordando los documentos que guardaba en un bolsillo de mi chaqueta para proponerle a mi cita que nos relacionáramos de una manera diferente a la que se esperaba de nosotros.
―Muy bien, hijo. Recuerda comportarte con los exquisitos modales que siempre te he inculcado y, en cuanto veas a tu cita, dedícale una sonrisa encantadora.
―¡Hum! Eh… Madre… ¿estás totalmente segura de que quieres que despliegue todos mis encantos con mi cita? ―le pregunté cuando vi con sorpresa a la persona que me esperaba.
―¡Por supuesto, querido! Y no te olvides de halagarla. Dile que es muy guapa o algo así. Seguro que le encantará.
―Bueno, que no se diga que no cumplo las órdenes de mis padres ―anuncié, sin finalizar aún la llamada de mi madre y comenzando a sonreírle al tipo trajeado que me fulminaba con la mirada―. ¡Hola! Eres muy mono ―dije, provocando que me mirara incluso con más odio.
―Será mejor que te sientes y que hablemos ―me ordenó mi cita con una voz profunda que ensanchó aún más mi gran sonrisa, pues mi madre estaba siendo testigo de todo.
―¡Max, ¿se puede saber quién es ese hombre?! ―me preguntó mi madre, alarmada.
―Pues quién va a ser: la cita que tú me has preparado.
No te preocupes, mamá, ya he desplegado mis mejores encantos, le he dedicado una bonita sonrisa y un cumplido.
Ahora solamente me falta darle mi regalo ―anuncié.
Y antes de que mi madre empezara con sus gritos y recriminaciones, le colgué y me dispuse a ignorar mi teléfono.
Después, me senté frente a ese hombre que era mi cita y le exigí una explicación.
―Supongo que tú no eres Leonora Watcher, ¿verdad?
―Obviamente no: soy Adam Watcher, hermano de Leonora, y espero que con mi presencia en este lugar les quede claro, tanto a mis padres como a los tuyos, que por nada del mundo pienso permitir que mi hermana salga con un hombre como tú, así que ya estás llamando a tu madre y explicándoselo todo.
―No, mejor déjala que se desespere un poco mientras intenta averiguar quién eres tú y por qué ha acabado preparándome una cita contigo en vez de con tu hermana. ¡Sonríe, bombón! ―contesté mientras me sacaba un selfie con él para mi madre.
Otro gruñido molesto salió de ese tipo, mostrándome que no tenía demasiada paciencia.
Y mientras yo lo miraba pensando cómo podría sacar el tema que me interesaba realmente, es decir, que él mismo o su familia invirtieran en el juego de Ellie, ese hombre volvió a interrumpirme con una petición que en esta ocasión no pude ignorar.
―Dime qué es lo que quieres para alejarte de mi hermana.
Sé que tus padres solamente te han dado un cargo menor en tu empresa, una ocupación sin demasiado poder a pesar de que en un futuro la heredarás.
Yo, a diferencia de ti, decidí tomar las riendas de mi vida y reté a mis padres con una apuesta en la que les exigí mi libertad.
Yo perdería la apuesta si no lograba unos beneficios que duplicasen la inversión que ellos hicieran en mi negocio.
Como puedes imaginar, gané la apuesta y ahora tengo poder y dinero y quiero ganar también la libertad de mis hermanos, comenzando por Leonora ―declaró Adam mientras colocaba su chequera sobre la mesa.
―Está bien. Te diré lo que quiero: a ti ―le contesté, provocando que ese hombre se tensara y se pusiera de pie ofendido, dispuesto a irse. Hasta que coloqué sobre la mesa la carpeta que contenía el dosier de mi proyecto―. Para ser más precisos: quiero que inviertas en este proyecto.
Mis palabras despertaron la curiosidad de Adam, que volvió a sentarse. Tras ello, tomó el dosier y le echó una rápida ojeada.
―¡Hum! Había oído que tu empresa, y más concretamente tu departamento, estaba desarrollando un nuevo proyecto de un videojuego. También he escuchado que tenía un pronóstico bastante favorable de cara al mercado… ¿por qué querrías cedérmelo? No tiene ningún sentido.
―Para mí tiene todo el sentido del mundo: mi padre quiere destruir este proyecto por un simple capricho suyo y yo no pienso permitir que la desarrolladora de este juego pierda en esta guerra de voluntades entre mis padres y yo.
―Vaya… Debe de importarte mucho esa chica para que dejes de ser ese chico perfecto del que tus padres tanto presumen ―comentó Adam, viendo más allá de mi sonrisa.
―Yo no soy perfecto.
―¡Mira, eso es algo en lo que estamos de acuerdo! Sin embargo, hacer todo esto por una mujer… ―comentó ese frío hombre de negocios mientras negaba con la cabeza.
―Cuando te enamoras ves las cosas de otra manera, aunque el resto del mundo no las vea como tú.
Puede que un día encuentres a una chica que remueva todo tu mundo y, tal vez, entonces comprenderás la razón de mi aparente locura ―contesté a ese hombre que se limitó a dedicarme una sonrisa cínica con la que acabé de golpe cuando me di cuenta de algo de lo que él no se había percatado―.
Oye, sabes que te están espiando, ¿verdad?
―¿Qué? ¿Quién?
―¡No mires! Tres mesas por detrás de ti hay una chica que está haciendo bocetos en una libreta, sospecho que de ti. La conozco bastante bien, por lo que al principio creí que ella estaba siguiéndome a mí por orden de su amiga, pero ahora veo que el objetivo de Dina eres tú.
―¿Como? ¿Dina? ¿Te refieres a Dina Meller?
―Sí. Esa misma, ¿la conoces?
―Claro… Es una de mis empleadas más talentosas.
Una ilustradora gráfica que aún no ha demostrado todo su potencial.
He pensado en ascenderla a jefa de su sección tras hacer un poco de limpieza y reorganizar mi empresa.
Se pone un poco nerviosa cuando estoy cerca de ella y creo que es porque sabe que soy algo más que el director de su sección, puede que sospeche que soy el dueño de toda la empresa, porque sus reacciones son algo extrañas: sus nervios la delatan cuando está a mi lado y me rehúye a la menor oportunidad…
y siempre que me vuelvo la pillo dibujando algo en su cuaderno, como acabas de mencionar.
―¡Joder! ¡De verdad que te está utilizando para sus bocetos! ¡Esto no me lo pierdo! ―exclamé, dirigiéndole una sonrisa maliciosa a ese sujeto al recordar el tipo de dibujos que hacía Dina.
―¿Tú sabes lo que esa mujer dibuja en su tiempo libre?
―¡Oh, sí! Y créeme: no te va a gustar cuando lo descubras.
―No creo que me importe demasiado que una mujer me utilice para dibujar alguna fantasía erótica ―contestó ese tipo, intuyendo por dónde iban los tiros.
―Espero que recuerdes las palabras que me estás diciendo ahora cuando veas esos dibujos.
A ver… Creo que recuerdo el seudónimo que utilizaba Dina en el instituto, así como la página en la que solía publicar sus historias.
¿Te parece si hacemos un trato? Si inviertes en este proyecto, te facilitaré esa información y podrás averiguar por ti mismo qué es lo que dibuja Dina, si es que de verdad quieres saberlo.
―Me parece bien. Aquí tienes un adelanto para el proyecto. Ahora anótame esa información ―declaró Adam, rellenando un jugoso cheque, tras lo que me acercó un pequeño bloc de notas y un bolígrafo que guardaba en uno de los bolsillos de su chaqueta.
―¡Cuidado! Creo que esa chica está comenzando a remover tu mundo ―le advertí mientras le entregaba la nota con la información prometida.
―Eso nunca sucederá ―afirmó Adam con toda seriedad, quitándome la nota de las manos de muy mala gana.
No obstante, cuando la tuvo no paró de buscar a Dina con la mirada―.
Por mi parte, esta cita ha terminado. Volveremos a ponernos en contacto para hablar del proyecto.
Espero que, tras nuestro encuentro, tu madre deje de atosigar a la mía para organizar una cita entre mi hermana y tú.
―Por mí perfecto. Hablaré con ella ―dije, sin mencionarle a Adam que disfrutaría de lo lindo echándole en cara su error a mi madre.
Y mientras veía a ese tipo alejarse con paso decidido hacia la salida, sin dejar de buscar a Dina lo más disimuladamente que podía a través de los espejos que poblaban las paredes del restaurante, supe sin ninguna duda que entre esos dos se acababa de iniciar un juego bastante peligroso, el mismo que yo aún no había terminado con Ellie y en el que, si quería ganar, solo podría hacerlo proclamando ante todos a quién amaba yo realmente.
Por ello, tras contactar con Damian, puse en marcha la segunda fase de mi plan en busca de la victoria definitiva.
―Acabo de conseguir un muy buen accionista para el videojuego de Ellie así que, dime, Damian, ¿vas a introducir los cambios que te he pedido en la historia?
¿Vas a incluir la perspectiva del chico para que juguemos en igualdad de condiciones por ese amor o serás tan despreciable como yo y harás trampa?
―Eres un cabrón.
―Un cabrón que hace todo lo que considera necesario para ganar ―apunté, sin avergonzarme lo más mínimo, porque en esta ocasión estaba decidido a hacer lo que hiciera falta para no perder a Ellie, la única chica que encajaba con un hombre que hasta el momento en el que la conoció siempre había guardado silencio, incluido sobre lo que guardaba en su corazón.