Capítulo 20
Las fotografías que Ellie me había enviado a mi teléfono posando con Damian me pusieron muy celoso, especialmente después de que Ellie se peleara conmigo y me dijera que nuestra relación había terminado.
Pero las que me mandó Damian más tarde fueron las que más me dolieron, porque en ellas podía ver las lágrimas que Ellie había derramado por mi culpa.
A pesar de no poder confesarle a Ellie la verdad sobre la situación en la que me encontraba, sí se la conté al hombre que iba detrás de ella.
Sabía que Damian era un tipo más decente que yo y que conocer la verdad le haría dudar sobre si acercarse a Ellie o no al saber que las mentiras que yo decía o la verdad que ocultaba se debían a mi deseo de protegerla buscando lograr su felicidad más adelante.
Esa mañana, tras verme obligado a mantener las distancias con la mujer que amaba, no estaba de humor. Austin, que maldecía a Damian, tampoco lo estaba y sospechaba que mi padre, quien me había convocado en cuanto puse un pie en la oficina, parecía compartir nuestro enfado.
Desde detrás de su regio escritorio, mi padre me recibió con gesto serio y grave y no tardó en hacerme saber el motivo de su llamada, que no era otro más que trasladarme sus quejas por ser yo un hijo que nunca alcanzaba la perfección que él deseaba.
―Max, ¿se puede saber qué significa esto? ―me increpó mi padre mientras me mostraba una fotografía en su teléfono.
―Pues se trata de una fotografía de Austin vestido con un traje de diseño. No sale demasiado mal, ¿me la mandas?
―¿Quieres hacer el favor de tomarte en serio esta conversación? Cuando vengas a verme, deja las bromas fuera.
―Entonces mejor me quedo fuera, ¿no te parece, padre?
―¿Qué quieres decir?
―Que todo yo soy una broma: soy un fraude, el hombre al que mi madre y tú queréis modelar a vuestro gusto para hacerme perfecto, según vuestros estándares, por supuesto, pero sin preguntarme nunca cómo soy de verdad ni cuáles son mis propios intereses o deseos.
―Tú eres Max Templeton, mi hijo, un empresario serio y responsable que un día heredará la dirección de esta empresa y que seguirá mis pasos para lograr que mi legado crezca y prospere, tanto en capital como en renombre. Tu madre y yo tan solo te señalamos el camino que debías tomar.
―¿Y qué pasa si me desvío? ¿Me obligareis a retomarlo? ―dije, interrumpiendo el discurso de mi padre.
―No, solo te sugerimos lo que es mejor para ti y, en ocasiones, para otros que te rodean ―declaró a la vez que señalaba el proyecto de Ellie, cuyo dossier descansaba sobre la mesa esperando su beneplácito para poder seguir avanzando con él―. Tú eliges.
―¡Ah! Claro, por supuesto, yo elijo…
―Y al ver cómo te desvías del camino óptimo que deberías seguir es lo que me obliga a advertirte sobre los fallos que estás cometiendo.
Esta fotografía de tu querido amigo y mano derecha Austin es la que le hizo llegar a tu madre una de las chicas con las que tenías que haberte citado.
Eso nos hace pensar a ambos que no te estás tomando en serio tu futuro.
¿Tienes algo que comentarme respecto a este asunto?
―Sí, solo que le dije a Austin que no se dejara fotografiar.
―¿Por qué has hecho que Austin se hiciera pasar por ti en esas citas que te prepara tu madre tan cuidadosamente pensando solo en lo mejor para ti, Max?
―¡Oh! Es muy sencillo: simplemente seguí tu consejo y delegué las cuestiones menos relevantes para centrarme en las más importantes.
―¿Y qué era eso tan importante en lo que centraste toda tu atención? ¿O tal vez debería decir «quién»? ―inquirió mi padre mientras sus dedos golpeaban el informe del trabajo de Ellie, dedicándome una sutil amenaza para que retomara el camino que debía seguir.
―Mi trabajo, por supuesto.
―Ya, tu trabajo… Bueno, si estás tan agobiado por este proyecto que no puedes centrarte en otras cosas, tal vez deberías entregárselo a otra persona o, simplemente, deshacerte de él.
―No será necesario, papá. Creo que podré continuar con mi trabajo y sacar tiempo para esas citas.
―Muy bien, hijo. Pero recuerda: debes centrarte en lo que más te conviene, y esta vez no te olvides de mandarme fotografías de cada una de tus citas ―dijo mi padre, provocando que algunas maliciosas ideas rondaran por mi mente después de que mi padre no me especificara con quién debía mantener esas citas.
―No te preocupes, lo haré ―afirmé antes de salir de su despacho y toparme con mi curioso amigo, que esperaba con impaciencia recibir la noticia de que ya no tendría que acudir a ninguna más de esas aburridas citas en mi lugar.
―¿Te han pillado?
―Sí, me han pillado… porque «alguien» se dejó sacar una fotografía ―dije, fulminándolo con la mirada.
―Fue un descuido, uno de esos días en los que tú no estabas cerca para aconsejarme y yo no sabía qué tenía que hacer. Bueno, dime, ahora que tus padres te han descubierto no tendré que volver a asistir a una de esas citas, ¿verdad?
―No, para nada. A partir de ahora estarás tan atareado con el trabajo que no tendrás tiempo para citas.
―¿Y Anuska…?
―No te preocupes: Damian la cuidará ―respondí mientras palmeaba la espalda de mi amigo, obteniendo un gruñido de parte de Austin y un nuevo enemigo para Damian―. ¿Dónde guardaste los archivos de esas mujeres, Austin?
―¿De verdad vas a salir con esas víboras que solo buscan tu dinero?
―No, voy a buscar entre esas víboras a una con suficiente capital como para invertir en el proyecto de Ellie, aunque esa propuesta solo la propondré si el inversor con el que me he citado esta noche me falla, algo que estoy seguro de que no ocurrirá, ya que siempre consigo lo que me propongo ―dije, sonriendo a mi amigo, pero menos seguro de mí mismo de lo que aparentaba, porque cada vez me topaba con más obstáculos en mi camino cuando me decidía a gritar lo que deseaba de verdad.
―¿Me puedes decir qué estamos haciendo en este restaurante vegetariano cuando tú adoras los chuletones de ternera? ―pregunté a Anuska, extrañada de que la primera vez que me invitara a comer eligiera ese elegante restaurante de moda cuando ella preferiría siempre una buena hamburguesería.
―Estoy espiando a Austin y a su nueva cita.
―Y me arrastras a mí a esto porque…
―Porque también ha venido Max. No sé si está utilizando a su amigo otra vez o si es una cita doble.
―De acuerdo. ¿Y has llamado a Dina y a Linda para qué…?
―Son mi apoyo moral ―respondió Anuska a la vez que mis fastidiosas amigas anunciaban:
―¡Venimos a fastidiar!
―Vale. ¿Y cómo entramos? Porque con lo selecto que es este restaurante, supongo que no tendremos reserva.
―Eso déjaselo a la diva con mala reputación ―anunció Linda, que era la única de nosotras que iba vestida con la etiqueta que exigía el restaurante―. Vosotras seguidme, mirad a todos como si fueran insectos y dejadme hablar a mí.
Linda, metida en su papel, salió de la fila, caminó hacia la entrada como si el lugar le perteneciera y cuando llegó hasta el maître lo miró como si fuera un estorbo insignificante en su camino.
―¿Sabes quién soy? ―preguntó mi amiga impertinentemente.
―Por supuesto… ―farfulló el maître , dubitativo, haciendo más que evidente que no tenía ni idea de quién era mi amiga.
―Entonces, ¿puedes explicarme por qué tengo que esperar como los demás cuando es evidente que tengo un estatus superior?
―declaró Linda con impertinencia, convirtiéndose en esa malvada mujer a la que todas abuchearíamos, excepto porque la conocíamos muy bien y sabíamos que ella nunca sería así y que todo eso tan solo era una fachada.
―Es lo habitual, madame , incluso entre las personas que tienen una reserva… como también lo es la etiqueta en la vestimenta ―comentó el hombre, repasándonos de arriba abajo a Dina, a Anuska y a mí.
―Con el dinero que tienen estas tres mujeres podrían permitirse caminar desnudas por este lugar si quisieran.
Además, una persona como yo no tiene por qué hacer reservas.
Si no me da una mesa de inmediato para mis amigas y para mí, le prometo que montaré un escándalo tal que mañana saldremos todos en la prensa.
Para mí no sería nada nuevo, pero sí lo sería para su restaurante que, se lo garantizo, no quedará en muy buen lugar después de que yo acabe con él.
El maître aguantó las amenazas de mi amiga con una sonrisa falsa, claramente dudando si cumplir con los caprichos de Linda, que se había convertido en toda una villana, o echarnos del lugar.
Y cuando ya pensaba que nos echarían a patadas de allí, un camarero le susurró algo al maître y este nos dejó pasar, e incluso nos acompañó hasta la mesa.
―Siento no haberla reconocido antes, señorita Davis, a usted y a sus importantes amigas. Ahora mismo las acompaño a nuestra mejor mesa y…
―¡Quiero la de allí! ―exigió Linda, sin prestar atención a los altos techos, los grandes ventanales o los hermosos cuadros de imágenes de la naturaleza que llamaron nuestra atención, mientras se limitaba a señalar una gran mesa redonda desde donde podríamos espiar cómodamente a Max y a Austin, quienes, en ese momento, conversaban con una atractiva mujer mientras esperaban la llegada de otra persona, a juzgar por la silla vacía que tenían en su mesa.
―Por supuesto, por supuesto. Sus deseos son órdenes para nosotros. Justamente eso es lo que nos ha indicado el dueño del establecimiento, a quien, al parecer, usted conoce muy bien.
―Exactamente. Yo conozco a todos en este mundillo ―repuso Linda mientras se acomodaba en la mesa elegida y despedía a ese hombre con un gesto de su mano. Por supuesto, en cuanto el maître estuvo lo suficientemente lejos no pude evitar preguntarle, muerta de curiosidad:
―¿Conoces al dueño de este restaurante?
―No tengo ni idea, pero si le decía eso al maître , seguro que nos echaba.
―Puede que sea uno de tus fans… ―comentó Anuska, dispuesta a animar a mi amiga, haciendo que su ego se inflara como cuando representaba su papel de diva, pero ¿para qué estaban las amigas si no era para que una mantuviera los pies en la tierra?