Capítulo 19 #3
―Ya… No querer saber más de las personas que decimos odiar es una forma de mentirnos a nosotros mismos porque si la conociéramos de verdad podríamos cambiar de opinión. ¿Por qué no añades la historia del protagonista masculino de tu juego? ¿Por qué no quieres saber más de mí?
―Yo te conozco, Max. Y conozco cada una de tus artimañas y…
―No me conoces en absoluto, Ellie. He cambiado muchísimo, y la prueba de ello es que aún no tienes un final para la historia de tu juego.
―No te preocupes por eso. Lo terminaré a tiempo…
―¿Por qué no empiezas mejor por el principio y escribes también la historia de él?
Tal vez así puedas intuir cómo debería ser ese final que buscas, tanto en el juego como en la realidad.
¿O es que acaso te da miedo saber más? ¿Quién sabe?
Tal vez podrías acabar enamorándote tan estúpidamente como lo hizo el protagonista de tu juego ―le confesé de una manera necia e inadecuada, con un tono cínico que restó credibilidad a mis palabras mientras me reía de mí mismo y de un nuevo fracaso en el amor.
Ellie me miró con asombro, pero no dijo nada. Se dio la vuelta y salió corriendo. Una vez más, ella no quería saber nada de mí, un resultado perfecto para evitar que mi padre la dañara. A ella o a su proyecto.
―¿Por qué no le has dicho la verdad? ―me interrogó Austin cuando se acercó, igual de decaído que yo, sin dejar de mirar la salida por la que se habían marchado Ellie y Anuska.
―Sabes cómo es mi padre cuando intenta contentar a mi madre y quiere mantener la fachada de hombre perfecto que ambos han creado. Sabes perfectamente de lo que son capaces con tal de salirse con la suya. Ellie es la única mujer con la que mi fachada desaparece.
»Mi padre lo sabe, mi madre lo sospecha y ambos están más que dispuestos a utilizarla en mi contra.
Pero Ellie no es de esas personas que se dejan utilizar y su respuesta ante las intenciones de mis padres solamente conseguirá que ella salga muy dañada de cualquier enfrentamiento.
Por eso prefiero que siga creyendo que soy un idiota egoísta hasta que encuentre a un inversor externo e independiente que me permita debilitar el poder que tiene mi padre sobre su proyecto…
.A propósito, ¿por qué no le has contado la verdad a Anuska?
―pregunté a mi amigo. Sabía que si su historia había acabado tan mal como la mía se debía a que Austin había guardado silencio.
―Porque, vete a saber por qué, valoro mucho la amistad que tengo con mi fastidioso jefe y sabía que, si decía algo, revelaría una verdad que él no quería mostrar.
Pero te lo advierto, Max: no voy a mantenerme en silencio para siempre.
No quiero perder a Anuska, pero tampoco ganarla a costa de la felicidad de mi amigo, así que…
¿por qué no te enseño la nueva colección de figuras que vas a regalarme mientras tomamos una copa y hablamos sobre cuánto vas a tardar en encontrar inversores y discutimos estrategias para que puedas lograrlo lo más rápido posible?
―respondió Austin. Luego me acompañó al bar para chantajearme, para apoyarme y para poner en marcha alguna maniobra que nos permitiera ganar en ese difícil juego que podía ser el amor.
Max había soltado la confesión más inadecuada de todas de una forma realmente cínica hablando de la historia del personaje de mi juego y de sus sentimientos.
Max dijo que ese personaje amaba a la heroína y, para mi desgracia, a mí se me aceleró el corazón, porque los protagonistas éramos nosotros, algo que ninguno de los dos habíamos negado en ningún momento.
No quise creer que él me había amado en el instituto, ni que lo hacía ahora, por lo que me apresuré a huir de él y de sus palabras: Max era capaz de conquistar a cualquiera, incluso a la estúpida que sabía que ese tramposo seguía jugando con su corazón.
Su extraña forma de actuar, haciendo que su amigo saliera con otras mujeres en su lugar, no podía verla como una traición en medio de la relación que manteníamos, pero dolía de otra manera al ser consciente de que Max podría haberse librado fácilmente de esas citas a ciegas simplemente declarando que salía conmigo.
Cuando Max me ofreció sus excusas acompañadas de una sonrisa falsa, volví a ver ante mí al adolescente que jugaba con las chicas, me recordó todo el daño que me había causado y me hizo dar un paso atrás en ese juego.
Ahora, las dos chicas que habían acudido a ese restaurante completamente decididas a hallar respuestas regresaban con el corazón roto, después de recibir unas verdades a medias que escondían muchas mentiras.
―¿Qué explicación te ha dado Austin? ―pregunté a Anuska, que tenía un semblante tan triste como el mío.
―Me ha dicho que solamente era un favor que le estaba haciendo a su amigo, que no podía contarme nada más, aunque lo torturase.
―Ya veo… ¿y qué le has contestado?
―Que yo también le iba a hacer un favor a una de mis amigas de la misma manera que él había hecho con Max, y que esa iba a ser su tortura ―dijo Anuska exhibiendo una sonrisa maliciosa; supe que iba en serio y que mandaría a Austin fotografías de cada una de las citas que tendría desde ese momento, tan solo para fastidiarlo―. ¿Qué te ha dicho Max a ti?
―Mentiras. Nada más que mentiras ―contesté, rememorando cada una de las palabras de Max.
―¿Y te has creído alguna?
―No, pero por un momento deseé que algunas de ellas fueran verdad.
―¿Por qué crees que habrán hecho eso?
―No lo sé, Anuska. En el instituto, Max solía jugar con las chicas que se le declaraban.
Lo de hoy me ha recordado a ese joven que jugó conmigo de una forma bastante cruel por su afán de encajar con los demás.
Pero no le veo lógica alguna a sus actos ni a su silencio cuando fue él quien propuso que estuviéramos juntos.
Ese silencio me hace pensar que él se avergüenza de mí porque no soy una chica adecuada para su mundo perfecto… y eso duele.
―¡Que se vayan a la mierda él, su perfecto mundo y ese amiguito que lo sigue a ciegas! ¡Necesitamos emborracharnos con otras chicas para despotricar a gusto sobre los hombres! ―sentenció Anuska.
Entonces miré mi teléfono. Mis amigas me habían escrito porque también necesitaban unas copas para olvidarse de sus problemas con los hombres. Así que, finalmente, Dina y Linda se unieron a nuestra noche de chicas.
Al terminar de contarnos nuestros respectivos problemas y de bebernos medio bar, decidimos que necesitábamos que un chico nos explicara por qué los hombres de nuestra vida tan solo nos hacían llorar.
―Son imbéciles ―sentenció Damian ante el grupo de mujeres borrachas que habían invadido su apartamento.
Su respuesta se ganó muchos vítores y que se abriera alguna que otra cerveza que finalmente él tuvo que confiscar.
Luego, las chicas heridas se hicieron fotos provocativas con él y se las mandaron a los hombres que las atormentaban, convirtiéndolo de paso en el blanco de muchos de ellos.
Finalmente, el eterno amigo de Ellie se comportó como tal y tapó con mantas a las chicas, que se habían quedado dormidas, ya fuera sobre la alfombra del suelo o en su mullido sofá.
Cuando Damian llegó junto a Ellie no pudo contenerse y se acercó a ella para robarle un beso. Pero Ellie murmuró en sueños el nombre de otro, y Damian se alejó. Y más cuando vio las lágrimas que Ellie derramaba por ese tipo.
Esta vez quien envió una fotografía a uno de esos desagradables tipos fue él, una donde mostraba el dolor de Ellie dormida y aprovechó para advertir a Max que se alejara de ella si lo único de lo que era capaz era de hacerla llorar.
La llamada telefónica que no recibió ninguna de las mujeres con sus mensajes previos la recibió Damian con el suyo. La atendió con decisión, muy dispuesto a enfrentarse a un hombre que no merecía tener ni un mísero trozo del corazón de la mujer que él amaba.
―¿Dónde está? ―preguntó Max sin molestarse en saludar.
―No pienso decírtelo.
―¿Cómo está?
―¿Tú qué crees?
―Sé que le he hecho daño, que posiblemente Ellie me está maldiciendo ahora mismo, pero créeme: era necesario. Y te aseguro que no es la única que está sufriendo.
―Mira, niño bonito, tu labia puede servirte con las mujeres, pero conmigo no. No hay excusa que valga para que mantuvieras en secreto la relación que tenías con Ellie, y mucho menos para seguir saliendo con otras mujeres.
―Yo no salí con otras mujeres…
―Ya, lo hizo tu amigo en tu nombre. Otro tipejo que hizo llorar a otra de mis amigas y que tampoco tiene perdón. ¿Eres mínimamente consciente de cómo se siente Ellie? Cree que te avergüenzas de ella y que por eso no quieres revelar la verdad de vuestra relación a nadie.
―¡¿Qué?! ¡No! Yo quiero gritar al mundo que la amo, ¡nunca me avergonzaría de quererla!
―Entonces, ¿por qué no lo haces? Dame una sola razón.
―Mis padres.
―¡Venga ya! Esa es una razón de pena, ¿acaso no has crecido en todos estos años?
―Sí, he crecido bajo sus normas, por eso los temo.
Si eres tan bueno con los ordenadores como yo creo, ¿por qué no buscas noticias de prensa de hace unos dieciocho años, cuando nuestra empresa perdió bastante dinero en un proyecto de un museo tecnológico por negarse a hacer un trato con la constructora y toda la culpa recayó en el arquitecto del proyecto, cuyo nombre enlodaron y al que le costó muchísimo volver a limpiarlo y remontar en su carrera?
Albert Fischer se llamaba. Es el marido de mi hermana y en aquel momento mis padres opinaron que no era un candidato adecuado para ella, por lo que decidieron intervenir para alejarlo.
Y su forma de quitarlo de su camino fue destruirlo laboralmente.
»Por suerte, Albert ama a mi hermana de corazón y luchó por ella, aunque sufrió mucho.
Albert contaba con la confianza de la constructora, muchos premios logrados gracias a su trabajo y, aun así, a mis padres no les costó demasiado esfuerzo destruirlo.
Teniendo eso en cuenta, dime, chico listo: ¿cuánto tiempo piensas que les llevará a mis padres acabar con la mujer a la que no consideran adecuada para su hijo, una chica que resulta ser una programadora novata, sin nombre en el mercado, sin ningún logro reconocido a sus espaldas y que acaba de empezar un proyecto que está por completo en manos de mi padre?
―¡Mierda! ¡La estás protegiendo! ―contestó Damian; después de conocer las razones por las que Max guardaba silencio, ya no podría odiarlo―. ¿Vas a contárselo a Ellie?
―Obviamente, no. Tú y yo sabemos cómo reaccionaría: gritaría al mundo lo que le gusta y si ese algo resulto ser yo, lo perderá todo.
―No vas a sacarla de su error, ¿verdad?
―No, todavía no. Ellie seguirá creyendo que soy el mismo niñato inmaduro que una vez jugó con ella mientras yo intentaré por todos los medios conseguir otros inversores para su proyecto, de forma que pueda alejarla de las garras de mi padre.
―La vas a perder otra vez. Supongo que eres consciente, ¿no?
―Lo sé, pero no voy a rendirme. Voy a lograr que Ellie esté a salvo y que pueda cumplir sus sueños. Y luego intentaré confesarle mi amor.
―¿Por qué me cuentas todo esto?
―Porque sé que sientes por Ellie algo más que una simple amistad; porque sé que tú eres el buen tipo que yo no soy; porque sé que si logras llegar a su corazón mientras yo me alejo para protegerla, siempre te quedará la duda de si Ellie me elegiría a mí después de saber la verdad.
Tú no eres el hombre egoísta que puedo ser yo: tú quieres que luchemos en igualdad de condiciones.
―Eres un cabrón.
―Lo sé. Pero tú no lo eres.
―Confías demasiado en mí.
―No, lo hace Ellie, y sé que tú no quieres ver que esas lágrimas que hoy derrama por mi culpa sean algún día por la tuya.
―¡Joder! ¡Eres un maldito manipulador, tal y como describió Ellie!
―Sí, ella es la única persona que me conoce bien, la única que me comprende, la que me anima a dejar esta eterna actuación que muestro para los demás y sea simplemente yo.
Por eso siempre la necesitaré en mi vida, mucho más de lo que podrías necesitarla tú ―dijo Max, demostrándole a Damian que, aunque no estuviera cerca de Ellie, sería un fuerte rival en el amor y que nunca se rendiría.
Cuando Damian colgó ya no estaba tan seguro de odiar a Max a pesar de hacer llorar a su amiga: la estaba protegiendo con todo su corazón, poniendo en riesgo su propia felicidad para conseguir primero la de la mujer que amaba, buscando que ambos pudieran optar algún día a ese final feliz que ocurren en los videojuegos, en vez del amargo final que en ocasiones se obtenía en la cruda realidad.