Capítulo 19
Ya hacía varios meses que Max y yo teníamos una relación. Él intentaba conservar una fachada fría y profesional en el trabajo, pero cuando quedábamos en su apartamento se convertía en el hombre de mis sueños.
Cada vez que yo le preguntaba por qué quería mantener nuestra relación en secreto, Max me callaba con un beso que nos conducía hacia una apasionada noche en la que hacía que me olvidara de todo. Pero, a la mañana siguiente, esa pregunta seguía rondando por mi cabeza.
En algunas ocasiones, sentía como si Max siguiera siendo el mismo adolescente que intentaba contentar a otros y se avergonzara de mí. Esa posibilidad dolía, pero el hecho de que él no resolviera mis dudas dolía aún más.
Las palabras de deseo y de cariño que él me susurraba sonaban cada vez más falsas cuando Max no se atrevía a expresarlas en voz alta ante los demás.
Mi trabajo siguió avanzando, y a pesar de las protestas de Max, yo seguí torturándolo con la cercanía de Damian. Me gustaba verlo perder la compostura y ser simplemente un hombre en lugar del perfecto ejecutivo que era en la empresa.
Cada uno de mis amigos, esos alocados colaboradores, cogieron las riendas de un departamento y estaban haciendo realidad sus sueños y los míos a pasos agigantados con su buen desempeño. Unos sueños que habían rondado durante mucho tiempo por mi mente y mi corazón.
Yo aún no sabía cómo terminar el guion de mi juego.
Cuando empecé a escribirlo me inspiré en el Max adolescente, el que siempre se equivocaba conmigo, que siempre escogía la peor opción, aquel chico que se arrepintió demasiado tarde de todas y cada una de sus elecciones, cuando ya no había vuelta atrás y no se podía borrar el daño que me había causado.
Ese chico, el primero al que amé y también el primero al que odié.
En el juego que había creado, la protagonista le daba la oportunidad de cambiar y con las posibles elecciones de los diferentes diálogos podían acercarse más o menos, e incluso se podía interactuar en otros escenarios hasta conseguir que el chico se enamorara de la chica, o al menos que dudara a la hora de hacerle daño, cosa que Max nunca había hecho conmigo.
Pero con independencia de que se consiguiera enamorar más o menos de ese chico en la primera parte de mi juego, él siempre acababa escogiendo la opción incorrecta que llevaba a ambos protagonistas a separarse, tal vez porque ese era el único final que yo conocía.
La segunda parte de mi juego continuaba siendo un completo enigma para mí.
Si seguía basándome en el comportamiento de Max para desarrollar el resto del guion no sabría decir si él había decidido retomar ese juego conmigo porque su orgullo acabó herido cuando éramos adolescentes o porque de verdad había sentido algo por mí, e incluso podría seguir sintiéndolo.
Tenía la esperanza de que la segunda opción fuera la correcta, pero también albergaba muchas dudas ya que, cada vez que recordaba nuestro pasado, estaba segura de que el Max que había dedicado la mayor parte de su adolescencia a jugar con el corazón de las chicas desconocía qué era el amor.
Y ahora, yo todavía dudaba de que él hubiera aprendido a amar a alguien.
A pesar de lo mucho que deseaba que las palabras de Max fueran ciertas, que el motivo que lo movía a perseguirme fuera el amor, mis dudas seguían ahí.
Y mientras él guardaba silencio sobre nuestra relación por miedo a que nos descubrieran, yo lo guardaba por miedo a confirmar que todo lo que me había dicho Max fuera una mentira que acabara doliendo demasiado.
Pero, incluso con todos mis miedos y mis dudas, yo no me alejaba de él y caía una y otra vez en su seducción porque quería seguir jugando para averiguar en qué final desembocarían sus elecciones: si acabarían separándonos de nuevo o si, contra todo pronóstico, llegaríamos a un final feliz.
Mi corazón dudaba de Max, y cada vez que él se acercaba demasiado o que yo escuchaba algún comentario sobre lo poco que encajábamos, no podía evitar rememorar el daño que me había hecho.
Por eso, cada vez que intentaba escribir la segunda parte de la historia de mi videojuego, el final no terminaba bien y todo resultaba más complicado cuando los miembros de mi equipo me insistían con que resolviera esas dudas que no sabía cómo solventar.
―Ellie, tienes que decirme si vas a incluir o no la opción de jugar desde la perspectiva del chico y, si ese fuera el caso, necesito que elabores el guion para saber qué animaciones debería crear, ya que es posible que tenga que hacer bocetos nuevos para contar esa parte de la historia e incluir nuevos personajes ―dijo Anuska, interrumpiendo mis pensamientos.
―Esa es la idea de Max, no la mía. Quizás puedas hablar con él o con Austin sobre ese tema y…
―No quiero ver a Austin.
―¿Por qué no? ¿Todavía no le has perdonado que se hiciera pasar por Max? ―pregunté. Sabía lo mucho que le había dolido su mentira, así como lo mucho que Austin la había perseguido para rogar su perdón.
―¡No me hagas hablar de ese tío! Cuando decido perdonarle por haberme mentido e intento quedar con él, resulta que no tiene tiempo para mí, pero sí para otra mujer con la que lo vi cenando en el restaurante en el que trabajo.
―Eso podría ser una cena de negocios.
―¿Con una chica guapa, alta y rubia en medio de un ambiente de lo más romántico? Lo dudo. Creo que ese tipo es como su amigo Max: todo un conquistador.
―¿En serio lo piensas? No tiene pinta de esos.
―Yo tampoco lo creía hasta que lo vi a escondidas mientras servía las mesas.
Al contrario que en nuestro primer encuentro, Austin parecía un galán de película, con gran facilidad de palabra y encanto.
No se parecía en nada al hombre que conozco, pero sí del que tú me advertiste cuando creía que era Max.
―¿Estás segura de que Austin no se está volviendo a hacer pasar por Max para hacerle algún tipo de favor a su amigo? ―le pregunté. Conocía demasiado bien lo manipulador que podía ser Max.
―Se le veía muy a gusto para tratarse de un simple favor que le estuviera haciendo a un amigo.
Además, mis compañeras de trabajo me dijeron que Austin va al restaurante todos los viernes desde hace algunas semanas…
¡y siempre va con una mujer distinta! Lo que más me fastidia es que luego, los demás días, el muy idiota me busca para intentar convencerme de que se ha enamorado de mí.
No supe qué consejo darle a Anuska, pero entonces me levanté con decisión de la mesa y le propuse alegremente:
―Creo que necesitamos salir a cenar.
―¿Eh? ¿No crees que antes deberías terminar el guion? ―replicó Anuska, siempre tan responsable.
En ese momento ignoré la mirada de reprimenda de Anuska y escribí delante de ella la palabra «Fin», anotando finalmente algo en el fajo de páginas en blanco que constituían ese guion que no sabía cómo continuar.
―Bueno, ya está. Y ahora… ¡vámonos a cenar! ―concluí mientras animaba a mi amiga a seguirme en esa escapada del trabajo que ambas necesitábamos.
―Te dejo por imposible ―cedió Anuska, y negó con la cabeza ante mi irresponsable comportamiento―. ¿Adónde vamos?
―Pues, casualmente, hoy es viernes, ¿verdad? ¿Adónde crees que deberíamos ir a cenar?
―¡Hum! Creo que estaría bien ir a algún sitio donde el plato principal sea desenmascarar a un embustero ―declaró Anuska, decidida a enfrentarse a ese tramposo, aunque yo estaba segura de que encontraríamos a dos por el camino y que cada uno de ellos recibiría su merecido.
―¡Vamos, Austin! ¡No estoy jugando con esa chica ni mis palabras son mentira…
! ―señalé al nervioso amigo con el que mantenía una conversación interminable por teléfono.
Un amigo que se había negado a asistir a otra cita si yo no lo acompañaba.
Por supuesto, yo lo acompañé y le di mi apoyo, pero desde lejos.
Y así, mientras Austin llevaba unos auriculares casi imperceptibles en su oreja para recibir mis instrucciones durante la cita, yo, situado unas cuantas mesas más allá, escuchaba las interminables quejas de mi amigo.
―¿Cómo tienes el descaro de decirme que no le estás mintiendo a esa chica si me has convencido para que me haga pasar por ti?
―Pues eso mismo: le estás mintiendo tú, no yo.
―¡Serás…! Que sepas que estoy a punto de levantarme de la mesa y marcharme de aquí para dejar todo este asunto en tus manos, como debería haber hecho desde el principio.
―Te mando las fotos de las nuevas figuras de edición limitada que te he comprado ―dije; conocía perfectamente las debilidades de mi amigo.
―¡Joder! ¡Recuérdame por qué soy tu amigo!
―Porque te compro todo lo que tú quieres.
―Ya, pero solo para poder chantajearme luego.
―Te di un buen puesto de trabajo en cuanto saliste de la universidad.
―Claro, pero ambos sabemos que solo lo hiciste para que hiciera el trabajo que tú no quieres hacer. Pienso que ya he demostrado con creces que me merezco el puesto que tengo, e incluso un ascenso.
―Y como el buen amigo que soy, te ofrezco grandes consejos sobre mujeres ―añadí, provocando que Austin me dirigiera una mirada fulminante desde su mesa.
Yo no le hice caso y seguí explicándole mi plan para esa noche―.
Así que ahora, cuando la chica regrese del baño, le dices todo lo que yo te diga, palabra por palabra, con lo que podremos terminar rápidamente con esta cita sin ofender demasiado a esa mujer ni a su importante familia.
―¡Deberías ser tú el que estuviera en esta mesa dando la cara!
―Eso me metería en muchos problemas, ya lo sabes.
―Ya… y para librarte de ellos, has decidido endosármelos a mí.
―Austin, no quiero que Ellie se vuelva a alejar de mí y justamente eso es lo que hará si me ve cenando con otras mujeres. Ella podría pensar que la estoy traicionando, y ninguna explicación ni justificación me serviría. Ellie sigue pensando que sigo siendo un inmaduro.
―Es que sigues siendo bastante inmaduro, Max… ―anunció Austin, dándome su opinión.
―… pensará que no he cambiado nada, que sigo siendo un hombre al que le gusta jugar con las mujeres…