La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

―No te preocupes, esa clase de malentendidos no volverán a ocurrir…

―afirmé con seguridad―: porque a partir de ahora serás tú quien pruebe el prototipo de asistente inteligente que mencioné antes.

Siguiendo tus órdenes, voy a delegar tareas menos relevantes en otras personas.

Mientras hablábamos, he ordenado a través del sistema de comunicación interno que venga un técnico a instalártelo ―anuncié mientras abría la puerta del despacho y hacía entrar a uno de los chicos del departamento de desarrollo.

Con suerte, el cacharro mantendría a mi padre lo suficientemente ocupado como para que no se inmiscuyera más en mi vida.

―Así que dices que esta máquina es la responsable de ese malentendido, ¿eh? ―declaró mi padre, sin creerme―. ¿Acaso crees que tu madre o yo vamos a creer esa excusa tan tonta que has utilizado como justificación?

―Mandando mensaje al usuario «madre»: creo que eres muy tonta y no tienes excusa ni justificación.

―¿Qué demonios…? ¡Dime que este trasto no acaba de hacer lo que he oído que acaba de hacer! ―exclamó mi padre muy alterado.

―No te lo digo ―respondí con una sonrisa. Salí del despacho de mi padre y dejé atrás sus gritos y recriminaciones contra ese cacharro y contra mí. En esta ocasión mi padre sí creería en mis palabras.

Mientras yo sonreía, Austin pasó a mi lado cargando una pila de informes.

―¿Puedo suponer por tu sonrisa que tu padre se encuentra de buen humor? ―me preguntó Austin. Y antes de que le respondiera, él abrió la puerta del despacho y ambos pudimos escuchar los insultos que mi padre le dedicaba a esa máquina.

―¡Ven aquí ahora mismo y desconecta este maldito trasto del demonio antes de que mande más mensajes a mi madre! ―me exigió mi padre. Lo ignoré por completo mientras escuchaba cómo aquel aparato volvía a hacer de las suyas.

― Mandando nuevo mensaje a Madre: cuando sea la hora te voy a desconectar, maldito demonio.

―No, definitivamente, no está de humor.

―¿Qué le has hecho?

―Me mandó llamar a su despacho para reprenderme por el mensaje que ese maldito trasto envió el fin de semana a todos los contactos de mi agenda, en el que anunciaba alegremente que me había acostado con Ellie.

―Sí, lo recuerdo. ¿Y qué? ¿Acaso no es verdad?

―Lo es, ¿pero crees que yo iría anunciando por ahí que me he acostado con Ellie?

―repuse, pero mi amigo levantó una ceja―.

Bueno, tal vez lo haya insinuado en más de una ocasión delante de Damian, pero eso es porque resulta más que evidente que ese tipo va detrás de Ellie ―reconocí―.

El caso es que tenía que desmentir ese mensaje como fuera, así que no dudé en aprovechar que mi padre me ha ordenado delegar las tareas menos relevantes y me apresuré a colocarle uno de esos trastos para que conociera de primera mano cómo se las gasta.

Ahora no creo que mi padre dude de mi palabra, y mientras él esté ocupado solucionando todos los problemas que le va a causar el asistente, dejará de centrarse en mí y yo podré dedicarme a cosas más importantes.

―Ah, ¿sí? ¿Cómo cuáles?

―Oye, ¿sabes una cosa…? ―comencé mientras le pasaba amistosamente un brazo por encima de los hombros. Austin me miró con recelo―. Ya te he dicho que mi padre me ha ordenado que delegue las tareas menos importantes que tengo a mi cargo para que me centre en las más importantes.

―Ya… ―suspiró Austin, resignado―. ¿Qué quieres que haga?

―Tú ya sabes qué quiero que hagas… incluso te di una pila de archivos con los que ya deberías haber comenzado a trabajar.

―¡Oh, no! ¡Ni hablar! ¡No pienso hacerlo! ¡Por nada del mundo voy a salir con esas chicas en tu lugar ni…!

―Tengo las figuras de edición limitada de lujo de tu serie de anime favorita, las que llevas años buscando ―dejé caer.

―Y mientras tú delegas ese trabajo en mí, ¿cuál será la tarea tan importante de la que vas a encargarte tú?

―Ellie ―respondí, ampliando mi sonrisa, dispuesto a no perder a esa mujer por más obstáculos que encontrara en mi camino.

―Dime una cosa, ¿qué clase de relación tienes exactamente con Damian Rocker? ―preguntó Max a Ellie tras abrir con impaciencia la puerta de su apartamento.

―Acércate y te lo digo ―declaró Ellie tras cerrar la puerta y apoyarse en ella―. Es un secreto. Al igual que lo nuestro ―le susurró, desafiándolo con la mirada a la vez que lucía una sonrisa maliciosa.

―Te estás vengando de mí, ¿verdad? ―inquirió Max mientras besaba el cuello de Ellie y le dejaba una marca.

―Evidentemente ―musitó Ellie entre gemidos. Los besos de Max comenzaron a descender por su cuerpo y sus manos, a subirle la falda.

―¿Sabes que cada vez que te acercas a ese chico me muero de celos? ―dijo Max mientras desprendía los botones de la blusa de Ellie con los dientes y lamía y besaba cada porción de piel que quedaba expuesta.

―Sí, aunque tu amable sonrisa no lo muestra abiertamente, la forma en la que aprietas los puños a tus costados o el modo en el que fulminas a Damian con la mirada sí lo hacen ―manifestó Ellie.

Max terminó de subirle la falda hasta la cintura. Entonces, para su sorpresa, rasgó sus braguitas de un tirón y luego agarró con fuerza su desnudo trasero y la levantó para que ella le rodeara la cintura con sus piernas.

―Estás jugando con fuego, Ellie ―declaró Max, que terminó de desabrochar su blusa con una de sus manos y le subió el sujetador para liberar sus senos.

―No… solo estoy… jugando contigo.

―Algo muy, pero que muy peligroso ―susurró Max encima del endurecido pezón con el que se deleitaba antes de rozarlo castigadoramente con sus dientes―.

Cuando lo veo contigo, hiervo de celos al pensar que él podría tener tus labios ―dijo Max antes de devorar la boca de Ellie―.

Me vuelvo loco al imaginarlo tocando tu piel ―añadió, mientras descendía por la suave piel de Ellie hasta abarcar sus senos, con los que jugó a su antojo―.

Quiero matarlo cuando pienso que él podría llegar a probar el sabor de tu cuerpo ―declaró antes de devorar de nuevo sus senos, obteniendo un gemido de sorpresa de Ellie―.

Todavía no he terminado de explicarte lo peligroso que es este juego, Ellie.

Max terminó de desabrocharse el pantalón y liberó su duro miembro para colocarse rápidamente un preservativo. Entonces se dedicó a acariciar el sexo húmedo y dispuesto de Ellie con la punta de su virilidad, tentándola a moverse contra él, pero sin adentrarse en ella.

Ellie se arqueó buscando su placer, pero Max solamente tomó los jugosos frutos que se bamboleaban frente a su boca mientras su pene rozaba sin piedad la parte más sensible del ardiente cuerpo de Ellie.

―Max, por favor… ―rogó Ellie.

―¿Eres capaz de imaginar lo que siento cuando pienso que otro hombre podría acercarse a ti como lo hago yo? ―inquirió Max; entonces levantó la cara de Ellie para que sus miradas se cruzasen.

Y mientras sus ojos estaban clavados en ese hombre descontrolado dominado por los celos, Max la penetró con una fuerte embestida. Tras hundirse en su apretado y húmedo interior, comenzó a imponer un ritmo abrumador con el que intentó calmar a su acelerado corazón.

―Eres mía, Ellie. Y, digan lo que digan otros, yo soy el hombre con el que mejor encajáis, tanto tú como tu corazón.

Ellie arañó la espalda de Max, que siempre la embaucaba con su deseo y, sin poder resistirse a la pasión que existía entre ellos, acompañó el ritmo de las fuertes acometidas buscando su orgasmo.

Max agarró con fuerza el trasero de su amante sin mostrar piedad alguna y aceleró sus duras embestidas hasta que logró que Ellie convulsionara sobre su miembro en medio de un intenso orgasmo que ella intentó silenciar mordiendo el hombro de Max, castigándolo con su silencio.

Tras su orgasmo, Ellie desenredó sus piernas de la cintura de Max y se encontró con que apenas podía mantenerse en pie, ni siquiera apoyándose contra la puerta del apartamento, y comenzó a deslizarse hacia el suelo.

En ese instante, Max la tomó entre sus fuertes brazos y se dirigió con ella hacia la habitación: aún quedaba mucho para apaciguar sus celos.

Ellie apoyó la cabeza sobre el pecho de Max y, mientras escuchaba los acelerados latidos de su corazón, pronunció una verdad que ninguno de los dos podía negar.

―¿Sabes lo más ridículo de toda esta situación? Que para acabar definitivamente con tus celos solo tendrías que decir que estamos juntos.

Max volvió a tratar de distraerla con un beso y Ellie supo así que era una elección que él no tomaría, quizá porque no la amaba lo suficiente. O tal vez porque, para Max, el amor seguía siendo un juego en el que Ellie se sentía cada vez menos segura de ganar.