La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

El entrenador tardó un rato en poder volver a incorporarse. Sin embargo, siguió empeñado en continuar con el entrenamiento, igual que Cody en acabar con él.

―No le demos a este chico méritos que nunca tendrá, Tom. Cody es pésimo lanzando. Si hubiera querido hacerlo a propósito habría fallado. Este tiro no volverá a repetirse ―dijo el entrenador Louis antes de ocupar su posición como cácher.

―Muy bien. ¡Vamos a por el segundo tiro! ―anunció Cody, emocionado.

En esta ocasión, su pelota, tras rebotar en el suelo, no impactó en el cácher sino en la entrepierna del bateador, que cayó al suelo. El entrenador volvió a anunciar bola baja.

―A mí no me engañas… ¡lo has hecho a propósito! ―acusó Tom entrecortadamente desde el suelo.

―No, qué va: todos sabemos lo malísimo que soy en este deporte y no nos mordemos la lengua a la hora de decirlo, ¿verdad, entrenador?

Pero ahora en serio: he estado practicando y, aunque mis tiros siempre me salen un poco bajos, estoy emocionado.

¡Al fin he entendido lo que es el espíritu de equipo del que siempre habla, entrenador, y quiero compartirlo con mis compañeros!

Me queda un lanzamiento si continúas tú, Tom, y creo que tres si cambiamos de bateador, así que ¿quién será el siguiente bateador?

―preguntó Cody y todos sus compañeros dieron un paso hacia atrás.

―¡Vamos! ¡Tú puedes, chico! Elimina a Cody y dale una lección ―susurró el entrenador en el oído de Tom y lo ayudó a ponerse en pie y a recuperar su bate.

Y mientras el bateador intentaba protegerse la entrepierna con el bate de béisbol frente a los peligrosos lanzamientos bajos de Cody, el cácher se olvidó de protegerse.

Finalmente, el siguiente lanzamiento resultó ser una nueva bola baja que rebotó primero en la entrepierna del cácher y luego, para asombro de todos, en la entrepierna del bateador, dejándolos a ambos derrumbados en el suelo.

―¡Bola baja! ―gritó Cody en lugar de su entrenador―. ¿Y bien? ¿Quién será el siguiente que me ayudará a practicar mis lanzamientos, entrenador?

Todos sus compañeros volvieron a dar un paso hacia atrás y se protegieron la entrepierna. El entrenador gimió desde el suelo las palabras que Cody tanto había querido escuchar:

―¡Se suspende el entrenamiento!

Cody corrió hacia su tío mientras sus compañeros suspiraban aliviados. Llegó a tiempo de socorrerlo y ser su apoyo, pero cuando escuchó las fervorosas palabras de esa mujer defendiendo a su personaje de anime favorito no pudo evitar ayudar a su tío de otra manera.

―Ayúdame a salir de esta ―le susurró Max entre dientes mientras Ellie seguía con su infinito discurso alabando las cualidades de su personaje favorito y diciendo por qué ganaría en un combate contra Batman o incluso contra Supermán.

Cody asintió ante la petición de su tío, le pasó su mochila y se dirigió hacia donde se encontraba esa mujer que cada vez le caía mejor.

Tras colocarse a su lado, miró a su tío y él también comenzó a defender con fervor al personaje.

Finalmente, Cody observó cómo su tío Max se sentaba en las gradas al lado de Leo y este, compadeciéndose de él, le pasó su helado.

―¡Es que es Goku, tío Max! ―exclamó Leo.

Tras contemplar esa sonrisa, a Cody no le cupo la menor duda de que su tío necesitaba a esa mujer en su vida y estuvo más que dispuesto a ofrecerle toda su ayuda para conseguir que Ellie se quedara a su lado.

Me debía estar yendo realmente mal con Ellie para que mi sobrino adolescente que no había tenido una cita en la vida me estuviera dando consejos sobre cómo conquistar a esa mujer.

―Escúchame bien, tío: nunca contestes a una pregunta sobre quién es el mejor personaje o quién ganaría a quién en un enfrentamiento.

Esas son preguntas trampa con las que puedes acabar enfadando a alguien si das la respuesta incorrecta, como ahora mismo, que me has decepcionado profundamente ―dijo mi sobrino―.

Ahora, dime, ¿cómo piensas corregir tu enorme metedura de pata con Ellie al afirmar que Goku podría ser derrotado por un alfeñique como Batman?

―inquirió, tuteándola sin problemas, ya que después de unirse sin piedad a la reprimenda que Ellie me había soltado, mi «antisocial» sobrino, según decían sus profesores, se había presentado por sí mismo a Ellie y ambos se habían convertido en aliados inseparables.

―Una cena cara en un restaurante elegante ―respondí, recurriendo a lo que siempre me había funcionado con las mujeres.

―¡No! ―exclamó mi sobrino―. ¡Tienes que llevarla a un restaurante que le guste a ella y no a ti!

Y por lo que me contaste, Ellie es distinta a todas las chicas con las que has salido hasta ahora, por lo que eso no funcionará.

Pero no te preocupes: conozco el lugar perfecto al que puedes llevarla… y a nosotros, de paso.

―Mira, Cody, de verdad que agradezco tus consejos, pero nunca he necesitado la ayuda de nadie para conseguir que una chica salga conmigo.

―Entonces, ¿estás saliendo ya con Ellie? ―preguntó Cody con impertinencia.

―Bueno, tenemos una especie de relación un tanto complicada… ―contesté evasivamente.

―¿Sí o no?

―Algo así…

―Ellie, ¿eres la novia de mi tío? ―preguntó Cody a gritos, interrumpiendo los juegos de esta con Leo en los recreativos.

―¿Qué? ¡Ni de coña! ―contestó Ellie, sin inmutarse.

―¿Te queda claro ya que necesitas mi ayuda? ―inquirió Cody. Suspiré resignado mientras decidía ceder a los caprichos de mi sobrino, que intentaba hacer de cupido entre nosotros sin saber que el amor era algo a lo que Ellie y yo ya habíamos jugado más de una vez.

―Está bien, vayamos a cenar donde tú quieras. Pero te digo desde ya que una simple cena no va a conquistar el corazón de esa mujer. Ellie siempre establece una distancia innegociable entre nosotros y nunca pronuncia esas palabras que desearía escuchar.

―¡Max, te amo! ¡Te amo! ¡Dios! ¡No sabes cuánto te amo! ―exclamé efusivamente mientras abrazaba y llenaba de besos la cara del hombre que me había invitado al restaurante temático japonés al que deseaba ir desde hacía tiempo.

―¡Te lo dije! ―anunció Cody orgullosamente.

Yo intenté fingir que no me daba cuenta de la sonrisa cómplice que se intercambiaron esos dos mientras corría de un lado a otro del lugar, igual de emocionada que Leo.

Ese restaurante, que desde aquel momento se convirtió en uno de mis favoritos, estaba decorado con murales de mis mangas y animes preferidos.

En la entrada había un escenario que emulaba al famoso tren de una de las películas de animación que más adoraba, donde uno podía hacerse todas las fotos que quisiera.

Había una zona especial con varias máquinas gachapon, máquinas expendedoras con bolas de cientos de colores cuyos regalos sorpresa eran figuras coleccionables de personajes populares de distintos mangas y animes que ávidos fans como yo coleccionábamos sin freno.

En una pared se vendían láminas dibujadas por artistas principiantes que habían hecho sus propias creaciones a partir de algunas escenas memorables de mis personajes favoritos.

Máquinas de videojuegos retro se repartían por todo el local, al igual que un Tamagotchi gigante que los clientes del local podían cuidar.

Cuando Leo y yo nos calmamos un poco y cada uno tenía una gran bola con su correspondiente figurita, nos sentamos en los sillones acolchados que rodeaban una mesa rectangular en donde nos atendieron muy amablemente unas camareras que iban vestidas de personajes de distintos animes, mangas y videojuegos, con unos cosplays muy bien representados.

Nos ofrecieron una carta donde nos explicaban las diferentes opciones que había y nos sirvieron las bebidas.

Junto a nuestros asientos había una cinta giratoria doble por donde se servían los platos y cada uno elegía el que quería y podía dejar pasar los que no.

En la parte de arriba iban los platos calientes y en la de abajo, los fríos.

Yo me decanté por comenzar por el sushi y el sashimi y Max siguió mi ejemplo, al igual que sus sobrinos.

Cuando Leo intentó probar el wasabi, al ver lo mucho que me gustaba, yo se lo arrebaté.

―Esto es demasiado picante para ti, Leo ―anuncié mientras le quitaba hábilmente esa pieza de sushi impregnada en wasabi con mis palillos.

―¡Vamos! Seguro que no es para tanto ―dijo Max despreocupadamente, sin saber a lo que se enfrentaba. ,Y sin poder evitar perder la oportunidad de jugar con él, me acerqué provocadoramente con esa pieza de comida y le susurré al oído una indecorosa proposición de modo que solo la escuchara él.

―Si te echas wasabi en tu gran ego, lo devoro como al sushi.

Max me sonrió seductor, decidido a aceptar mi reto hasta que yo le introduje en la boca la pieza de sushi con wasabi y casi se atragantó. Tuvo que beberse una jarra de agua entera y pidió otra antes de poder hablar con voz ronca.

―Pica un poco…

Ante la reacción de su tío, Leo decidió no probar esa salsa verde y yo me reí a carcajadas para luego preguntarle a Max:

―¿Qué? ¿Aceptas mi reto?

―¡Ni hablar!

Cuando terminamos de cenar, Cody se alejó con su hermano para hacerse fotografías en los escenarios y murales y yo me atreví a sacar la conversación que teníamos pendiente.

―¿Qué tipo de relación tenemos, Max?

―Sal conmigo ―se apresuró a proponerme, recordándome a aquel adolescente de mi pasado que un día me persiguió con esa misma proposición.

―Ya lo hice una vez y salí malparada. Dime, Max, ¿esta vez volverá a pasar lo mismo?

―No, porque ya no somos los mismos y no cometeremos los mismos errores. Yo no quiero impresionar a nadie y tú no intentas darme una lección.

―¡Hum! Eso último me lo estoy pensando ―respondí, mirándolo con una sonrisa pícara.

―Puedes aleccionarme cuando tú quieras ―me susurró Max al oído, consiguiendo que me sonrojara cuando traté de imaginar cómo quedaría él atado a mi cama―. ¡Por Dios, Ellie! ¿Es que acaso no te he demostrado lo mucho que he cambiado? ¿Acaso no me merezco otra oportunidad?

―Mmm… Está bien… pero solo si te comes lo que me queda de wasabi ―anuncié, un poco vengativa. Y ante mi sorpresa, antes de que me diese tiempo a decirle que era una broma, él se lo comió. Luego casi se murió, pero, con lágrimas en los ojos y la cara roja como un tomate, me dijo con decisión:

―Ahora estamos saliendo y no puedes negarlo ante nadie.

Yo sonreí complacida, hasta que Max recibió un mensaje en su teléfono y, tras mirarlo, declaró:

―Bueno, tal vez deberíamos mantenerlo en secreto en el trabajo. Ya sabes, para no mezclar los negocios con el placer y evitar que comiencen a rondar chismes por la oficina.

Mientras se mesaba nervioso el pelo, Max esquivó mi mirada y no dejó de observar su teléfono. Yo presentí que alguien le había recordado que nosotros no encajábamos y supe que esa relación no llegaría muy lejos, porque yo necesitaba que Max gritara cuánto me amaba y que lo hiciera ante todos.

Por mi parte, yo también recibí un mensaje de Damian.

El lunes se reuniría con nosotros para comenzar a revisar el proyecto y organizar su agenda para empezar con su trabajo.

Fue entonces cuando decidí aceptar la proposición que me hacía Max, para que se arrepintiera de mantener nuestro amor en secreto.

―Por supuesto: te prometo no hacer nada en tu empresa que delate nuestra relación ―dije con una sonrisa maliciosa.