Capítulo 17 #2
―Es una programadora con la que vamos a firmar un contrato para sacar su videojuego al mercado. Esta mañana estábamos revisando las cláusulas del contrato cuando me ha llamado Cody, ya sabes, tu otro nieto, ese al que nunca visitas.
―Sí, ese niño defectuoso… es tan rarito que me da repelús: no le gustan los deportes, no saca notas demasiado buenas. La verdad, no sé a quién habrá salido.
―Posiblemente a él mismo. Los hijos no tienen que ser el reflejo de sus padres.
―Tú reflejas la perfección, lo que tu padre y yo siempre buscábamos en nuestro heredero, aunque en ocasiones te rebeles. Eso demuestra lo bien que te hemos criado.
―No, eso demuestra lo mucho que buscaba vuestra aprobación y lo que era capaz de hacer por ella.
He intentado encajar tanto con vuestros estándares que llegué a perderme a mí mismo, pero, afortunadamente, alguien me hizo darme cuenta de cómo era, de lo que me gustaba y lo que no…
¿y sabes lo mejor? Ella no me exigió nunca adaptarme a su idea de perfección para entregarme su cariño, a diferencia de otros.
―¡Ah! Otra vez estás pensando en aquella chica a la que heriste solo porque no sabía cuál era su lugar. ¡Olvídala de una vez! Con suerte, nunca más volverás a cruzarte con ella.
―Ya, bueno… Uno nunca sabe lo que puede pasar.
―Quiero nietos…
―Ya tienes dos ―repliqué, interrumpiéndola, sabiendo hacia donde nos llevarían sus palabras.
―¡No me hables de esos dos! Son unos chiquillos completamente defectuosos, pero ¿qué otra cosa se podía esperar si son hijos de tu hermana y su…
marido? ―respondió mi madre, poniendo un énfasis despectivo al pronunciar la palabra «marido»―.
Lo que quiero es que tú te cases con una mujer adecuada y me des esos nietos perfectos que poder presentar con orgullo a los demás.
―¿Después de ver cómo tratas a mis sobrinos? No, gracias. Además, madre, la mujer adecuada para ti quizás no lo sea para mí.
―La mayoría de las hijas de mis amigas han sacado sus carreras en universidades de renombre. Saben dirigir los negocios y a las personas a la perfección, así que no creo que puedas tener ni una sola queja de ninguna de ellas.
―Pero ellas sí pueden tener muchas de mí, porque no soy perfecto, madre.
―Solo cuando te rebelas.
―Tampoco quiero ser perfecto ―añadí, recibiendo una airada mirada de mi madre.
―Cuando vuelvas a ser consciente de qué es lo que te conviene, dímelo y hablaremos de esas citas con las hijas de mis amigas.
Y, sinceramente, espero que sea pronto o tal vez tenga que volver a recordarte lo que te conviene de una forma más persuasiva ―me amenazó.
Y dirigió una despiadada mirada hacia donde se encontraba Ellie que me puso bastante nervioso.
No obstante, cuando mi madre comenzaba a alejarse me dirigí a ella una vez más.
―¿Es que acaso no vas a despedirte de tu nieto?
―No creo que sea necesario. Dale tú una excusa y eso bastará.
―Vale, tengo la excusa perfecta: demencia senil o incontinencia urinaria, elige la que prefieras.
―¡Odio cuando te pones así de sarcástico! En esos momentos veo todos los defectos que hay en ti y que aún tienes que pulir ―dijo mi madre, dirigiéndose hacia la salida. Y pese a saber que si me mantenía en silencio tendría paz, no pude evitar decirle lo que pensaba de ella antes de que se fuera.
―Tú tampoco eres perfecta, madre.
La altiva Miranda Templeton ni siquiera se dignó a enfrentarse a su hijo, aceleró el paso y se marchó del lugar, no sin antes lanzarme un ultimátum:
―Espero que no tardes en llamarme para contarme quién es la chica que te gusta y con la que quieres construir un futuro prometedor. Te he mandado bastante información sobre cada una de ellas para que elijas bien, así que no te equivoques.
Mientras me encaminaba hacia Leo y Ellie pensé que mi madre muy pronto hostigaría a mi padre para que me presionara con esas citas a ciegas.
Mi padre intentaría manejarme a su antojo y buscaría una debilidad en mí para manipularme, una debilidad que cada vez resultaba más evidente para todos que era Ellie.
A pesar de las complicaciones en las que me había metido, no me arrepentí de haber defendido a mi sobrino o de enfrentarme a mi fría madre y, cuando llegué a la mesa donde se encontraba Ellie compartiendo sonrisas cómplices con Leo, no dudé en susurrar, contestando a las palabras que me había dirigido mi madre antes de marcharse: «Esa es la chica que me gusta, esa es la única mujer con la que quiero construir un futuro y en esta ocasión voy a ganármela».
Mientras los demás chicos esperaban impacientes a sus padres para que los vieran lucirse en los entrenamientos, Cody esperaba impaciente a su tío para que lo sacara de aquel infierno.
A él no se le daban bien los deportes. Sus compañeros lo sabían, su entrenador lo sabía, sus profesores, sobre todo el de educación física, lo sabían…
pero su padre insistía en que él destacara en alguno.
Desde muy pequeño lo había apuntado a diferentes actividades extraescolares: fútbol americano, baloncesto, hockey, atletismo, kárate, boxeo y, finalmente, este año le tocaba el béisbol.
Su padre lo inscribía en esas clases, pero casi nunca acudía a sus entrenamientos o partidos como hacían otros padres, obviamente orgullosos de sus hijos.
Cody sabía que su padre se avergonzaba de él.
De hecho, en una de las escasas ocasiones en la que acudió a uno de sus partidos lo había visto quedarse en silencio cuando otro padre le preguntó cuál era su hijo.
Para él era demasiado vergonzoso señalar al chico que siempre estaba en el banquillo o al torpe jugador que siempre hacía perder a sus compañeros porque se le escapaba la pelota cuando intentaba cogerla con esos guantes aparatosos e incómodos.
Su madre siempre hacía oídos sordos a sus súplicas para que lo sacara de actividades que odiaba. Ella siempre le respondía que hacer deporte era bueno para él, por lo que el pobre chiquillo sentía que su único apoyo era su tío.
Cody nunca hubiera pensado que su tío Max, un hombre que a los ojos de los demás siempre había sido perfecto, tanto en los deportes como en los estudios, pudiera ser su mejor apoyo, pero lo era.
Él era el único que intentaba ir a todos sus partidos, el que lo señalaba con orgullo cuando algún padre le preguntaba cuál era su chico y el que se había metido en alguna que otra pelea para acallar a los padres que lo insultaban por ser torpe.
Su tío Max era el que fulminaba con la mirada a sus compañeros de equipo cuando intentaban meterse con él tras un mal partido y también era quien luego lo llevaba a disfrutar de una pizza y de un interminable día en los recreativos.
Su tío no era como los demás. Max nunca comentaba el partido y finalmente era Cody el que acababa despotricando de todo y de todos y declaraba cómo se sentía al verse obligado a hacer algo que no le gustaba.
En una ocasión en la que Cody lo vio asentir con la cabeza como si lo comprendiera, le preguntó si sus padres lo habían obligado a hacer algo que no le gustara.
«Sí, continuamente. Y no se me permitía un resultado menor que la perfección», le contestó Max, y Cody entendió que lo que decía su padre no era cierto: a su tío no le gustaba ser perfecto en todo, simplemente no se le permitía no serlo en algo.
Conociendo de primera mano cómo eran sus abuelos, Cody no dudó de que su cariño habría estado condicionado por esa perfección y eso parecía doloroso y solitario, porque mientras Cody sabía que sus padres lo querían, su tío parecía haberse acostumbrado a no ser querido si no alcanzaba la excelencia.
Cody deseó que su tío encontrara a alguien que lo quisiera por él mismo y no por la perfecta fachada que se había creado.
Y unos meses atrás, para su sorpresa, vio cómo su perfecto tío desaparecía al pedirle ayuda para enamorar a una chica y, tras confesarle lo imperfecto que podía ser, sonrió de verdad.
En esos momentos Cody no albergaba dudas de que la mujer que acompañaba a su tío era esa chica que él quería volver a conquistar.
Aunque, al parecer, había algún problema, ya que Cody podía verlos discutir desde el campo.
No parecía nada preocupante, ya que Leo disfrutaba de un helado a su lado mientras los observaba con atención, pero era evidente que su tío necesitaba su ayuda.
―¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Creo que me he lesionado! ―exclamó Cody teatralmente, se agarró una pierna y se tiró al suelo. Por supuesto, Louis, su entrenador, no lo creyó… seguramente porque era la décima lesión que fingía para saltarse los entrenamientos.
―¡Cody Fischer, no pienses que te vas a librar del entrenamiento! ¡Tendrías que estar medio muerto, o estarlo yo, para que te dejara salir del campo!
«Una opción imposible de cumplir, o casi…
», pensó Cody. Hasta que recordó que le tocaba lanzar la pelota y el cácher sería su entrenador.
Cody sabía que manejando el bate era un completo inútil que no le daba ni a su sombra, sin embargo, estaba acostumbrado a tirar pelotas en los recreativos, donde conseguía muchos puntos.
―¡Primer intento! ¡Vamos, perdedor! ¡Ya sabemos que no vas a lanzarme nada que valga la pena! ―exclamó Tom, uno de sus compañeros. Y, como siempre, el entrenador hizo oídos sordos a esas palabras y se limitó a sonreír.
Las pocas dudas que tenía Cody sobre lo que debía hacer para librarse del entrenamiento se resolvieron en cuanto vio esa sonrisa.
Cody se concentró en su tiro, lanzó con todas sus fuerzas.
El bateador se burló por la baja trayectoria que llevaba su bola, pero, ante el asombro de todos, esta rebotó contra el suelo y después impactó de lleno en la desprotegida entrepierna del entrenador, dando exactamente en el blanco que él se había marcado como objetivo.
―Bola baja ―anunció el entrenador Louis justo antes de derrumbarse, llevándose las manos hacia la zona dolorida.
―¡Lo has hecho a propósito! ―lo acusó Tom.