La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 17
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Capítulo 17

A la mañana siguiente me desperté entre los cálidos brazos de Max.

Él me miraba como si las palabras de ese trasto no hubieran sido un error, como si me amara de verdad. Yo volví a cerrar los ojos haciéndome la dormida, intentando evitar la conversación que ambos deberíamos tener sobre qué tipo de relación manteníamos.

―Sé que estás despierta ―me susurró Max―.

Si no abres los ojos, voy a quitarte las sábanas, voy a contemplar tu cuerpo desnudo y a deleitarme con él.

Luego buscaré todas las marcas que te hice ayer y haré algunas nuevas para que no te quede ninguna duda de que lo que pasó anoche no fue un sueño…

―y cuando estaba punto de abrir los ojos y declarar que nuestro encuentro de la noche anterior había sido un error, me susurró al oído―: ni mucho menos un error.

Sin saber qué decir, guardé silencio e intenté volver a fingir que estaba dormida.

Pese a apretar fuertemente las sábanas contra mi cuerpo, esperé entre nerviosa e impaciente el siguiente movimiento de ese seductor.

Pensé que tal vez sus besos comenzarían a descender por mi cuerpo haciéndome temblar o quizás fueran sus caricias las que bajarían lentamente por mi piel. O era posible que utilizara su lengua.

En mi mente empezaron a aparecer ardientes escenas sobre cómo me seduciría Max.

Me removí inquieta y excitada bajo las sábanas esperando que me tocara…

hasta que me tocó un molesto dedo que se hundió en mi mejilla, una y otra vez, dispuesto a fastidiarme.

Mi excitación desapareció por completo y abrí los ojos, cabreada.

―¿Quieres dejar de hacer eso?

―Ah, entiendo… esperabas que hiciera otra cosa ―declaró. Y pillándome desprevenida, me arrebató la sábana―. Y ahora, cumplamos con tus expectativas.

Pero justo cuando Max comenzaba a acercar sus labios para besarme, el sonido de la melodía de la película de Supermán nos interrumpió. Max besó mi frente en vez de mis labios y se apresuró a atender la llamada.

―¿Qué ocurre, Cody? ―preguntó Max mientras activaba el manos libres y comenzaba a vestirse.

―¡Hola, tío Max! Pues verás: han llamado a mamá del trabajo para que vaya a revisar unos archivos de última hora, papá está ilocalizable en el club de golf y como ninguno puede recoger a Leo de las actividades en la biblioteca a las que lo habían apuntado los sábados por la mañana, mamá no ha tenido otra idea mejor que llamar a la abuela Miranda para que vaya a por él.

―¡Dios! ―contestó Max con preocupación―. ¿Se puede saber por qué narices no me ha llamado a mí?

―Dijo que no quería molestarte. Iría yo mismo a recoger a mi hermano, pero estoy en medio de un entrenamiento de béisbol y el entrenador me tiene vigilado a todas horas, seguramente por orden de mi padre que aún no comprende que el béisbol no es lo mío.

Así que te he llamado para que salves a Leo… y a mí, dicho sea de paso.

―De acuerdo. Yo llamaré a tu madre para que avise a los profesores de que voy a recoger a tu hermano y, si puede, que avise también a tu abuela para que no vaya a por su nieto. ¿Cuándo sale Leo de sus actividades?

―Dentro de media hora.

―Corro, o, mejor dicho, vuelo hacia allí.

―¡Gracias, tío Max! ¡Sabía que podía contar contigo! ―agradeció el adolescente antes de colgar, haciéndome pensar si yo podría confiar también en ese hombre.

Tras una rápida llamada a su hermana y una corta discusión, Max consiguió la dirección para recoger a su sobrino y que su hermana avisara a los profesores que sería él quien recogería a Leo.

―Lo siento mucho, creo que tendremos que dejar para otro momento la conversación que tenemos pendiente.

―¿Qué conversación?

―Buen intento, pero no vas a librarte de que en algún momento definamos lo que hay entre nosotros ―dijo Max, apresurándose a salir por la puerta―.

Te dejaré en tu casa después de que recoja a mi sobrino y, tal vez, discuta con mi madre ―declaró Max―.

Ahora, si no te importa, debo darme prisa para salvar a mi sobrino en el caso de que mi madre haya llegado ya.

―Es su abuela, ¿qué puede pasar? ―pregunté con curiosidad, recordando cómo era mi abuela: un poco loca, pero tan cariñosa como cualquier abuela.

―Tú no conoces a mi madre ―respondió Max mientras mesaba nerviosamente sus cabellos. Luego aceleró el paso para, según él, «salvar a su sobrino».

Pensé que Max era un exagerado, que el mayor peligro con el que me encontraría sería una abuela demasiado cariñosa comiéndose a su nieto a besos, pellizcándole las mejillas o malcriándolo a base de golosinas prohibidas por los padres, pero cuando llegamos a la biblioteca nos encontramos con una mujer de la edad de mi madre, elegantemente vestida, de pelo rubio y fríos ojos azules, pero con un rostro avinagrado que miraba de una forma bastante despectiva a un niño de unos siete años, de pelo negro y ojos azules que abrazaba un libro.

Las profesoras no sabían qué hacer hasta que Max llegó y las engatusó con sus encantos para que le permitieran a su sobrino pasar un poco más de tiempo en ese lugar mientras él hablaba con su madre.

―Ya veo que al final tu hermana te ha llamado para que recojas a…

esto… ―comenzó esa mujer, sin saludar siquiera―.

Es lo que tenía que haber hecho desde el principio en lugar de molestarme a mí.

Si se negó a casarse con la persona que mejor concordaba con su estatus por juntarse con ese bastardo que la dejó embarazada a la primera de cambio solo para hacerse con su dinero, debería atenerse a las consecuencias y…

―Mamá, será mejor que hablemos de esto en un lugar más apartado ―interrumpió Max, callando a su madre tras fijar sus ojos preocupados en su triste sobrino. Yo, por mi parte, le tapé los oídos al crío y le dije a Max en voz baja:

―Yo me encargo de él.

Mostrándome que confiaba en mí, Max me sonrió complacido mientras intentaba que su madre soltara esa lengua venenosa en otro lugar donde no dañara a un niño que no era culpable de nada.

―No voy a decir nada que él no deba escuchar, solo digo lo que es verdad y…

―Madre, ¿por qué no seguimos hablando en otro lugar más íntimo donde podrás quejarte de todo lo que hacemos mal mi hermana y yo sin que se entere todo el mundo? ―insistió Max, logrando finalmente que esa desagradable mujer se moviera, no sin antes dirigirnos al niño y a mí una mirada despectiva.

―Mi tío es perfecto ―manifestó el pequeño en cuanto nos quedamos a solas.

―No, pero casi ―respondí, recordando los defectos de Max, pero también los momentos en los que se había comportado como un héroe conmigo, como en ese momento lo era para su sobrino―. Yo soy Ellie, una amiga de tu tío. ¿Qué quieres hacer mientras esperamos a que regrese?

―Yo soy Leo. Quiero hacer un puzle ―contestó el chiquillo.

―De acuerdo. ¡Vamos a hacer ese puzle!

―¿Eres la novia de mi tío? ―preguntó de repente.

―¿Yo? No ―contesté muy segura hasta que el niño volvió a interrumpirme.

―Pero le gustas.

―¿Por qué piensas eso? ―le pregunté con curiosidad.

―Porque cada vez que te mira sonríe de verdad ―respondió con la sinceridad natural de los niños―. Y a ti también te gusta ―añadió Leo.

―¿A mí? No, qué va… ―contesté bastante nerviosa. El mocoso me dirigió una mirada de reprimenda mientras se recolocaba las gafas.

―No lo niegues: miras a mi tío de la misma forma en la que mi mamá mira a mi papá.

―Verás… mi relación con tu tío es algo complicada.

Los dos somos muy distintos. Digamos que somos como dos piezas de puzle que no encajan en el mundo del otro, aunque a veces lo hagan entre sí ―traté de explicarme mientras le enseñaba cómo dos piezas de su puzle en el que aparecía una imagen de unas manos entrelazadas encajaban perfectamente entre ellas, pero no con el resto.

―¡Yo tengo la solución para eso! Alguien me la enseñó una vez ―respondió Leo. Se dirigió a una de las estanterías para sacar un puzle en blanco y lo puso encima de la mesa. Luego quitó dos piezas del centro y encajó a la fuerza las dos piezas de las manos entrelazadas.

―Pero ahí no hay nada más, Leo: solo esas dos piezas dependiendo la una de la otra. El puzle está mal.

―No, porque estas dos piezas crearán su propio mundo donde encajar ―declaró el pequeño al tiempo que se ponía a dibujar alrededor de esas dos piezas logrando que en esta ocasión encajaran perfectamente.

Y como si ese pequeñajo quisiera darme una lección, durante los siguientes minutos se dedicó a hacer un dibujo bastante reconocible de su tío y de mí a partir de las manos entrelazadas en medio de un mundo lleno de color.

―¿De quién has aprendido eso?

―De mi tío Max ―contestó, sonriéndome.

Al final, tan persuasivo como su tío, Leo me convenció, cogí los lápices de colores y lo ayudé a crear un dibujo con las cosas que me gustaban y con las que le gustaban a Max.

Leo me hizo darme cuenta de que debía darle una oportunidad a Max. Él había cambiado y quizá esta vez podíamos crear ese lugar para nosotros donde éramos unas piezas que encajaban a la perfección la una con la otra.

―¿Le darás una oportunidad a mi tío? ―insistió el pequeño tramposo, intentando ayudar a su héroe.

―Puede ―contesté. Leo dejó de dibujar y me miró fijamente. Después anunció con una sonrisa:

―Lo harás ―afirmó, viendo en mí esos sentimientos que me negaba a admitir.

No quería que mi madre se fijara en Ellie, pero tenía que salvar a mi sobrino de las crueles palabras que en ocasiones salían de su boca y que casi siempre hacían mucho daño al intentar buscar una perfección que no existía en sus hijos.

Ante la idea de que Leo sufriera como lo había hecho yo en el pasado, corrí en su busca y acabé arrastrando a Ellie conmigo, convirtiéndola en el nuevo blanco de mi madre.

―¿Qué relación tienes con esa chica? ―preguntó Miranda Templeton. Me miró de arriba abajo en busca de algún defecto que pudiera corregir.