La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Yo sonreí, sabiendo que esa estratagema no funcionaría ya que, según Austin, el sistema de reconocimiento de voz era infalible y solamente me permitiría manejarlo a mí.

Sin embargo, ese trasto levantó su voz robótica una vez más solo para fastidiarme: «mandando todos los vídeos almacenados en el teléfono a Ellie Patel».

―¡¿Qué?! ¡No! ¡Todos no! ¡No me jodas, Ellie! ―exclamé, mirando acusadoramente a Ellie mientras intentaba apagar mi teléfono. Ella sonrió complacida hasta que ese aparato volvió a molestarnos.

―Mandando mensaje a todos los contactos de la agenda: he jodido con Ellie.

Ellie reaccionó con rapidez y, tras localizar la base de ese aparato que hasta entonces yo había creído un mero adorno, ella la desenchufó.

―¡A mí nadie me jode!

―¿Estás completamente segura de eso? ―le susurré. Entonces deposité una corbata y un antifaz en sus manos, prendas que quería utilizar esa noche con la mujer con la que nunca había deseado dejar de jugar.

Cuando Max me dio esos objetos me puse bastante nerviosa, pero también me excité al pensar que Max querría poner en práctica cada una de las fantasías que había escuchado salir de su boca mientras lo espiaba a través de mi teléfono.

―No estoy segura de entender qué significa esto…

―¡Oh! ¿Estás segura? ―me susurró Max. Luego cogió el antifaz y me tapó los ojos. También cogió la corbata y la usó para atarme las manos por delante de mi cuerpo. El amarre no era demasiado apretado y podría deshacerlo en cualquier momento. Pero el problema era que no quería hacerlo.

―¿Quieres seguir adelante, Ellie? ―me preguntó sugerente al oído y yo me estremecí de anticipación y de deseo. Sus nudillos se deslizaron lentamente por mi cuello y por mi espalda hasta llegar al inicio de mi trasero. Por unos instantes dudé, pero asentí.

―Si quieres continuar tengo que escucharlo, Ellie.

En tu videojuego siempre tienes que elegir una opción ―declaró Max, antes de colocar mis manos atadas contra la pared y comenzar a besarme el cuello―.

Dime, Ellie, ¿hasta dónde viste cuando accionaste la cámara de mi teléfono?

―insistió―. ¿Quieres que haga realidad mi fantasía?

Esperé con impaciencia sus caricias, pero no llegaron y, al contrario de lo que esperaba, Max se alejó de mí. Sintiéndome sola, traté de apartarme de la pared, pero él volvió a poner mis manos atadas contra ella. Manipulándome a su antojo, comenzó a desnudarme despacio.

Primero me quitó las deportivas, haciendo que me apoyara más contra la pared para no perder el equilibrio.

Max me abrazó por la espalda apoyándome contra su duro pecho y comenzó a desabrochar la cremallera de mis vaqueros.

Sus dedos rozaron levemente mi sexo húmedo por encima del encaje de mi ropa interior, gemí y, cuando me moví para buscar sus caricias, murmuró:

―Aún no me has elegido, Ellie.

Entonces dejó de acariciarme para seguir quitándome la ropa.

Cuando me quitó los pantalones, volví a esperar con impaciencia que me tocara. Me removí inquieta, frotando mis muslos uno contra el otro y lo sentí recorriendo mi cuerpo con su ávida mirada.

―¿Sabes todo lo que quiero hacerte ahora mismo, aunque no estés atada a mi cama? ―preguntó Max sugerentemente a mi oído. Me sujetó las manos contra la pared y me bajó bruscamente las bragas para deshacerse de ellas.

Un gritito de sorpresa salió de mis labios, al que siguió un gemido lleno de deseo cuando Max me dio la vuelta y apoyó mi espalda contra la pared. Me pregunté dónde me tocaría a continuación.

Sus manos rozaron mi estómago y subieron hasta casi rozar mis senos para luego bajar hasta más allá de mi ombligo. Me removí inquieta bajo el agarre de su mano y froté mis muslos intentando calmar mi deseo cuando sus caricias llegaron cerca de mi húmedo sexo.

―Dime, Ellie, ¿eliges seguir jugando conmigo?

―Sí ―gemí, mordiéndome los labios y abandonándome a él.

Mi cuerpo se arqueó y yo me ofrecí a su boca. Una de las manos de Max se adentró entre mis piernas para rozar la parte más sensible de mi cuerpo.

Abrumada por el placer, grité el nombre de Max a la vez que él me avasallaba con su deseo.

Sin dejar de sujetarme contra la pared, su boca se centró en mis excitados pezones.

Los succionó sin clemencia hasta que una leve caricia de su lengua me hizo gemir sin control.

Y cuando eran sus dientes los que los rozaban, el placer se acrecentaba sin límites, provocando que quisiera huir de esa exquisita tortura de la cual no podía escapar.

Cuando mis piernas temblorosas ya casi no me sostenían en medio de esa bruma de placer, Max me sujetó contra la pared, se hizo un hueco entre mis piernas con una de sus rodillas y me sorprendió introduciendo uno de sus dedos en mi interior.

Grité su nombre de nuevo y comencé a moverme sobre su mano, buscando llegar al clímax.

―Max, necesito… ―dije entre gemidos, sabiendo que necesitaba algo más para llegar al orgasmo, pero, negándome a admitir en voz alta que ese algo era él, interrumpí mis palabras y guardé silencio.

―¡Maldita sea, Ellie! ¡Dímelo! ¡Me necesitas a mí! ¿Tanto te cuesta elegirme? ―exclamó Max con frustración.

―Sí, porque elegirte puede hacerme mucho daño.

―¡Joder, Ellie! Solo tú sabes sacar lo peor de mí ―declaró Max, frustrado, y se apartó de mí. Y cuando ya comenzaba a pensar que mis palabras habían puesto fin a nuestro juego, Max me dio la vuelta y volvió a hacer que me apoyara sobre la pared.

Entonces se adentró en mi interior con una profunda embestida.

Mis manos apoyadas contra la pared dejaron su marca al arañarla.

Max, aferrándose firmemente a mis caderas, comenzó a imponer un ritmo más apremiante y profundo a sus embates.

Al sentir una de sus manos rozando mi clítoris y aumentando así mi placer, mis caderas comenzaron a buscarlo y yo me apoyé más contra esa fría pared contra la que mis erguidos pezones se rozaban, aumentando mi goce.

Su guía fue más fuerte, más dura e intensa.

Él ya no me sujetaba, pero yo continué manteniendo mis manos atadas contra la pared.

Sumida en el placer, comencé a moverme y lo busqué cada vez que él se alejaba.

Al fin logré que él perdiera el control y llegamos juntos al clímax, gritando mi nombre mientras yo guardaba silencio.

Y si no caí al suelo después de que mis temblorosas piernas cedieran tras ese intenso orgasmo fue solo porque Max me sujetaba entre sus fuertes brazos.

―Ellie, este juego es peligroso para ambos, no solo para ti. Sin embargo, seguiré jugando porque quiero que me elijas a mí ―declaró Max mientras apoyaba su cabeza sobre uno de mis hombros, como si necesitara una palabra de aliento de mi parte.

Y de todas las palabras que podía haberle dicho, de mis labios solo salió una provocación para que no se rindiera todavía.

―« Game over ».

Ante mi respuesta, Max me dio la vuelta. No me desató las manos ni me retiró la venda de los ojos: solo colocó mis manos sobre sus labios para que notara su sonrisa perversa antes de tomarme en brazos.

―Entonces tendremos que empezar un juego nuevo hasta que aprenda a ganarte ―declaró.

Y sin saber si Max quería obtener tan solo mi rendición o si también deseaba mi corazón, volví a dejarme llevar por ese hombre y lo seguí en el juego al que cada vez era menos reacia a darle el nombre de amor.