La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 16
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Capítulo 16

Se me aceleró el corazón al leer el último mensaje de Max.

Me devané inútilmente los sesos, tratando de imaginar qué palabras podría haber pronunciado Max en voz alta para que ese trasto me mandara una confesión de amor tan repentina que yo ahora debía interpretar como un error.

Mientras me encaminaba hacia su caro apartamento, el corazón me latió esperanzado ante la idea de que, por una vez, Max hubiera querido decir esas palabras y nuestro juego se hubiera convertido en una realidad que no pudiera negar y que yo pudiera creer y aceptar.

Cuando llegué a su puerta, dudé si llamar.

En aquel momento, incapaz de contener la curiosidad por saber qué estaría haciendo Max, decidí utilizar una aplicación que me había mandado Damian con la que podría manipular el teléfono de Max desde el mío, siempre y cuando tuviera permitido el acceso a su dispositivo, de lo que Austin ya se había ocupado minutos antes, en cuanto le comenté el problema que estaba sufriendo su amigo con el asistente inteligente que estaba probando.

Tras sacar mi teléfono del bolso, me dispuse a manejar el de Max a distancia para activar su videocámara y espiarlo sin que él se percatara.

En cuanto accioné la cámara, tuve una clara imagen panorámica del salón de Max.

Este había colocado su móvil en su soporte vertical que solía utilizar por si recibía alguna llamada que tuviera que atender a toda prisa y medio dormido, de lo que yo misma había sido testigo en más de una ocasión el fin de semana que pasamos juntos.

Desde mi propio teléfono vi a un hombre cansado que se había dormido en el sofá de su enorme y moderno salón.

Sonreí con lástima por todo lo que le había hecho pasar para que pudiera seguir adelante con ese proyecto, unos impedimentos con los que yo no quería hacerle la vida imposible sino únicamente establecer una distancia entre nosotros para no volver a enamorarme de él.

En cuanto Max se dio la vuelta en el sofá, mi mirada de lástima desapareció y fue sustituida por otra de deseo y disfruté de la imagen que tenía ante mí. Max dormía sin nada que cubriera su torso desnudo y fuerte. Tan solo llevaba unos pantalones de deporte, un espectáculo digno de ver.

Entonces me dispuse a llamar a la puerta de su casa para despertar de sus sueños a ese príncipe, pero mi mano se quedó en el aire cuando lo escuché pronunciar mi nombre entre gemidos.

Al prestar más atención, me di cuenta de que una de las manos de Max se encontraba dentro de su pantalón y me excité al ver cómo ese hombre falso y siempre impecable se perdía en su deseo por mí.

Yo podía haber puesto fin a ese momento con el simple acto de llamar al timbre, pero en vez de interrumpir a Max, me apoyé en la puerta y seguí espiándolo sin creer que yo fuera la mujer que él anhelaba tener a su lado en esos momentos.

Su mano comenzó a moverse dentro de su pantalón, haciendo que solamente asomara la cabeza de su rígido miembro y que yo deseara ver más.

Su pecho musculoso empezó a agitarse con sus respiraciones cada vez más rápidas, mientras alguna gotita de sudor se deslizaba sobre él, haciendo que yo deseara seguir su rastro con mi lengua.

Mi cuerpo se incendió, igual que el de Max. Mis pezones se alzaron excitados y yo comencé a frotar mis muslos nerviosamente uno contra el otro, intentando contener mi deseo y anhelando ver más de ese excitado hombre.

―Vamos, sácala del pantalón… ―susurré, mordiéndome el labio inferior con deseo hasta que Max, cumpliendo mis expectativas, sacó de su encierro su dura erección.

Su mano sujetó con firmeza su miembro, moviéndolo lentamente al principio.

Y mientras Max despertaba de su sueño susurrando todo lo que quería hacerme, el ritmo de sus movimientos se fue acelerando, haciéndome sonrojar.

―Quiero atar desnuda a mi cama a la testaruda mujer que siempre huye de mí para que no vuelva a hacerlo ―murmuró Max, provocando que volviera a removerme inquieta y llena de excitación.

―Quiero colocarte una venda en los ojos y jugar contigo mientras lamo todo tu cuerpo de arriba abajo y disfruto de tu placer y de tu inquietud sin que sepas cuál será mi siguiente movimiento ―declaró Max a continuación―.

Quiero que te descontroles bajo mi lengua y mis caricias, que te pierdas en el placer una y otra vez hasta que llegues a rogarme que te penetre ―añadió en un tono severo que no admitía réplica y que haría que lo obedeciera.

Sobre todo, en la cama―. Quiero hundirme profundamente en tu interior apretado y húmedo y hacerte el amor despacio, luego más rápido, para que grites mi nombre cuando lleguemos juntos al clímax ―dijo Max entre gemidos hasta llegar al orgasmo gimiendo mi nombre y eyaculando sobre su vientre.

Cuando abrió los ojos, pareció buscar a alguien a su alrededor.

Max susurró mi nombre y, finalmente, tras emitir un suspiro de resignación, se encaminó hacia la ducha.

Yo continué espiándolo a través de mi móvil aguardando en la puerta de su casa, sin decidirme todavía a llamar, pese a las miradas de sospecha de varios vecinos.

Cuando unos minutos más tarde vi que Max volvía a aparecer por el salón, tan impecable como siempre, llevando en esta ocasión una camiseta además de sus pantalones de deporte, creí que estaría a salvo.

Así que me dispuse a llamar al timbre. Pero antes de que lo hiciera, Max se fijó en su teléfono y pareció percatarse de que su videocámara estaba activada y de que yo lo había estado espiando ya que, tras sonreír a la cámara, preguntó:

―¿Ellie? ¿Estás ahí?

Espantada, di un gritito y desactivé el programa de manipulación remota. Y cuando estaba a punto de salir corriendo, la puerta se abrió y Max me recibió con una sonrisa perversa: ya no tenía escapatoria.

―¡Ah! Conque estabas aquí ―anunció con tono victorioso, como si me hubiera atrapado in fraganti . Pero sin pruebas no tenía manera de demostrar que yo era quien había accionado su cámara. El trasto que lo había estado fastidiando sería una buena opción a la que culpar.

―No, acabo de llegar ―respondí, recibiendo la mirada acusadora de la vecina de enfrente, que había salido en varias ocasiones al pasillo con la excusa de colocar la alfombra de la entrada solo para espiarme y ver qué estaba haciendo yo en la puerta de Max.

―¿Estás segura?

―Sí, segurísima ―me reafirmé, recibiendo una mirada aún más incisiva de la anciana vecina.

―No habrás sido tú la persona que me ha estado espiando a través de la cámara de mi teléfono, ¿verdad?

―¿Qué? No, qué va ―negué, evitando su mirada acusadora―. Creo que lo mejor será que entremos ―añadí, queriendo perder de vista a la vecina que sospechaba de mí.

―Sí, será lo mejor, ya que veo que estás un poco roja y pareces acalorada. Es como si te estuvieras resfriando ―anunció Max despreocupado. Suspiré aliviada, creía que me había librado de sus sospechas… hasta que él cerró la puerta y me susurró―: O como si estuvieras excitada.

Luego avanzó hacia el salón y me dirigió una sonrisa desafiante; una vez más, acepté el reto por el que ambos jugábamos el uno con el otro sin tener demasiado claras cuáles eran las reglas para no acabar perdiendo en el amor.

Mi sonrisa de satisfacción no desapareció mientras conducía a Ellie al interior de mi apartamento.

Sospechaba que el hecho de que ella me estuviera espiando en ese momento íntimo había sido una simple casualidad provocada por un intento de ayudarme con mi rebelde asistente inteligente, pero había acabado distrayéndose demasiado en el proceso.

Eso explicaba por qué Ellie no podía ignorarme y también por qué se encontraba excitada e incapaz de ocultar su deseo por mí.

―¿Se puede saber qué le dijiste a ese trasto después de colgarme? ―comentó Ellie casualmente, intentando mostrar que el último mensaje que le había mandado el aparato no le había afectado. Pero supe que eso no era cierto cuando evitó mirarme a los ojos.

Mesando mis cabellos con frustración, quise averiguar si ella era tan valiente como para repetir esas palabras en voz alta, dándome una muestra de que estaba dispuesta a creerlas. Así que esperé hasta que sus ojos se fijaran en los míos antes de preguntarle con una sonrisa pícara:

―¿A qué te refieres? ¿Qué mensaje te mandó mi asistente en esta ocasión?

Ella jugueteó con su teléfono, como si dudara leérmelo o no. Yo intenté leer por encima de su hombro el mensaje, pero ella no me lo permitió, guardó su teléfono y se volvió hacia mí, prefiriendo huir y no creer en mí.

―¡Oh! ¡Nada! Era un mensaje demasiado estúpido como para que pudiera ser cierto.

Apreté los puños a mis costados, conteniendo mi enfado ante las palabras de Ellie luciendo esa sonrisa amistosa que Ellie odiaba, porque ella intuía que detrás de ese gesto yo ocultaba lo que sentía de verdad.

―Ven. Te llevaré hacia los restos del maldito trasto ―cambié de tema y la conduje hasta la alfombra del salón. Allí Ellie pudo comprobar que yo le había dado alguna que otra patada más a ese aparato de última generación.

―A pesar de a lo que te dedicas, las nuevas tecnologías y tú no os lleváis demasiado bien, ¿verdad? ―preguntó Ellie, mirando con disgusto cómo había acabado ese cacharro.

―Lo dejé así después de que intentara mandarle a mi madre un vídeo que guardaba en mi teléfono ―declaré.

―¿Qué tipo de vídeo? ―se interesó Ellie intrigada, provocando que le pegara otra patada a esa cosa que había intentado mandarle a mi familia un vídeo de mis locuras universitarias donde se me veía en cierta ocasión en la que bailé en pelotas en la fuente de la universidad por culpa de una apuesta perdida.

―Nunca te lo diré ―contesté, muy seguro de haber acabado con ese trasto mientras cruzaba los brazos.

―Está bien. No te preocupes: yo me encargo ―replicó Ellie con una sonrisa. A continuación, imitando mi voz de un modo bastante aceptable, aunque con un inconfundible timbre más agudo, ella ordenó a mi asistente moribundo―: Mandar todos los vídeos de mi teléfono a Ellie Patel.