Capítulo 15
―No vuelvo a pedir la ayuda de mi abuela ―susurré, lamentándome por haber tenido la espantosa ocurrencia de seguir los consejos de mi amiga Dina y usar a mi abuela como excusa para librarme de esa reunión.
Mientras cualquier abuela normal se hubiera metido en la cama para fingir una enfermedad que concordara con la terrible tos que había mostrado por teléfono, la mía había simulado una caída de las escaleras en el jardín que provocó que yo corriera alarmada hacia ella creyendo que había sido una caída real.
Me percaté de mi error cuando nos acercamos a ella y le dimos la vuelta: como me temía, mi abuela había exagerado en exceso y en vez de ponerse un maquillaje pálido y discreto para hacerse la enferma, se había puesto el mismo que había utilizado para la última convención a la que habíamos asistido.
―Vaya… ¿Me puedes decir qué terrible enfermedad produce tos y que se caiga la piel a tiras como si fueras un zombi?
―preguntó Max; entonces me clavó una mirada sarcástica y señaló el maquillaje exagerado de mi abuela, por el que la piel se le desprendía del rostro, le colgaba un ojo y se le veía media mandíbula.
―Eh, bueno… ¡Puedo explicarlo! Verás, su enfermedad es…
sus síntomas se deben a… ―intenté explicarme, pero nada de esa ridícula situación podía justificarse.
La sarcástica sonrisita que lucía Max me advirtió de que no creería nada de lo que le dijera.
Así que, volviéndome hacia mi abuela, la reprendí―: ¡No vuelvo a confiar en ti, abuela!
―¿Por qué, si lo he hecho muy bien? ―protestó ella―. No puedes negar que parezco lo suficientemente enferma como para librarte de esa reunión. Definitivamente, si mi estratagema no ha funcionado es porque tú nos has delatado en el último momento.
―¡Parecías muerta, no enferma! ¡Y encima una muerta que acababa de arrastrarse desde su tumba! ―le recriminé mientras le señalaba el ojo que le colgaba.
―¡Desagradecida! Me llamaste a última hora para librarte de esa reunión tuya y yo me vi obligada a improvisar con el maquillaje que tenía más a mano.
―¿El maquillaje que tenías más a mano era el de zombi?
―¡Claro que sí: es el que usé para la última convención!
Y solamente me lo puse porque en Halloween me funcionó a la perfección: en cuanto los niños me vieron salir de la tumba del jardín con este aspecto corrieron despavoridos y yo me quedé con sus caramelos.
Pensé que, como querías espantar a este hombre, este sería el maquillaje más adecuado.
―¿Querías espantarme? ―susurró Max a mi oído, poniéndome tremendamente nerviosa.
―Verás, puedo explicártelo todo… ―repetí. Miré a mi abuela y negué con la cabeza―: Bueno, casi todo…
―¿Acaso te pongo nerviosa? ―inquirió Max. Y antes de que yo pudiera darle cualquier tipo de respuesta, añadió―: Y si es así, ¿cuánto de nerviosa?
La sonrisa maliciosa que exhibió mientras jugaba con uno de los mechones de mi pelo y lo besaba como hacían alguno de los personajes de mis juegos hizo que me sonrojara y que diera un paso atrás… tal vez porque él, al contrario que los protagonistas de mis juegos, era muy real.
Su miraba me devoraba y no sabía si huir de él o caer de nuevo en la tentación.
Por suerte, mi abuela acudió en mi rescate e interrumpió ese momento romántico propio de cualquier novela rosa con una estruendosa tos de moribunda que no nos permitió ignorar su presencia.
Yo di unos pasos hacia atrás, queriendo huir, pero mi traicionera abuela me agarró de un brazo y se enganchó a Max con el otro situándose entre ambos, intentando proponer un punto intermedio en nuestras negociaciones.
―¿Por qué no dejamos de pedir ayuda a nuestros familiares para evitar reuniones incómodas que podrían acabar siendo muy importantes para nuestro futuro?
―dijo ella, dirigiéndome una mirada de reprimenda.
Luego se volvió hacia Max―: ¿Y por qué no dejamos de ignorar a la persona con la que queremos firmar un acuerdo y escogemos un lugar donde ambas partes se encuentren cómodas?
Venga, entremos a casa, me quitaré el maquillaje y hablaremos mientras nos tomamos un buen té.
Tras las palabras de mi abuela dejé de poner pegas y accedí a mantener esa reunión con Max, siendo perfectamente consciente de que la presencia de mi abuela no detendría a ese seductor.
Sin embargo, recordé con una sonrisa que mi abuela no solía hacer té, y quién era la persona que se los compraba normalmente cuando a ella o a mi madre se les antojaba.
Sabía que había jugado muy sucio para disponer de una nueva oportunidad de quedarme a solas con Ellie, pero, definitivamente, ella también lo hacía para huir de mí.
Sospechaba que Ellie siempre trataría de llevar a alguien que le hiciera de escudo durante las reuniones que mantuviera conmigo, por lo que decidí tirar de mis contactos para mantener a todos los miembros de su equipo muy ocupados ese día.
En mi mente lo tenía todo desarrollado a la perfección y nada podía salir mal.
Me comportaría ante ella como un empresario serio y profesional, y cuando firmara el contrato, le propondría una cena en algún caro restaurante donde aclararíamos el tipo de relación que manteníamos y la que podríamos tener en el futuro.
Lo que yo deseaba era una relación en la que Ellie no me cerrara su corazón como solía hacer siempre que se alejaba de mí.
Pero con Ellie esos planes perfectos siempre fallaban, tanto durante mi adolescencia como en la actualidad, por lo que, en ese momento, en vez de estar disfrutando de una cena íntima en un lujoso restaurante en medio de un ambiente romántico, estaba sentado y encogido en un sofá en casa de los Patel, donde un hombre robusto se interponía entre su hija y yo mirándome con un odio que me confirmaba que nunca le había agradado demasiado.
―Estoy encantado de volver a verlo, señor Patel ―saludé, mostrándole la mejor de mis sonrisas. Ese hombre estrechó furiosamente la amistosa mano que yo le ofrecía, muy dispuesto a triturármela y me dedicó un gruñido de descontento.
Cuando conseguí recuperar mi dolorida mano, el padre de Ellie me dirigió una mirada reprobadora al tiempo que me advertía con un nuevo gruñido que ese día no podría acercarme a su hija.
Intenté entablar una conversación banal con el padre de Ellie, pero él solo contestaba con monosílabos.
Y cuando intentaba hablar con Ellie, ese hombre nos interrumpía con unos profundos gruñidos, así que decidí esperar a que llegaran el té y las pastas que la abuela de Ellie estaba preparando en una bandeja.
Resolví mostrar mis mejores modales y rememoré las estrictas normas de protocolo que mi abuela me había enseñado durante las interminables veladas de té a las que me había llevado cuando era pequeño para presumir de mí ante sus amigas.
Seguramente, con mis exquisitos modales, me ganaría la aprobación de un miembro de esa familia al menos y le demostraría el perfecto partido que era yo para su nieta y conseguiría algún consejo que me ayudara a acercarme a Ellie.
Pero, para mi sorpresa, cuando la abuela de Ellie entró por la puerta del salón sin su maquillaje no traía ninguna bandeja con una elegante tetera y pequeñas tazas a juego, sino unas bolsas de papel que colocó despreocupadamente sobre la mesa antes de empezar a sacar unos grandes vasos de refresco y unas enormes pajitas que los acompañaban.
―Con el maquillaje estabas más guapa ―declaró el señor Patel a la anciana, metiéndose con ella, un comportamiento que parecía habitual entre ellos, ya que la mujer le mostró el dedo corazón con una sonrisa antes de seguir ignorándolo y terminar de vaciar el contenido de la bolsa sobre la mesa del salón.
―¡Hala! ¡El té está servido!
―¿Dónde está el té? ―pregunté, extrañado, ignorando las reglas que debía seguir para la extraña hora del té de esa familia. Miré a Ellie, sintiéndome completamente perdido en esa reunión en la que mi elegante traje y mis exquisitos modales no servían de nada.
―Eso es el té: se trata de un bubble tea , divertidas bebidas con una base de té aderezadas con distintos toppings .
A mí me gustan los que llevan unas bolitas rellenas de zumo que explotan en la boca.
Este de aquí es té verde con sirope de fruta ―anunció Ellie antes de coger uno de esos vasos con tapa, agitarlo e hincar la pajita en ella, mostrándome cómo se tomaba esa cosa.
Seguí el ejemplo de Ellie e intenté mantener una conversación con ella, algo casi imposible, ya que los gruñidos de su padre y los ruidosos sorbos de la anciana que disfrutaba de su bebida nos interrumpían a cada instante.
Por su parte, Ellie me dedicó una sonrisa victoriosa y disfrutó de su té, creyendo que había ganado poniendo tantos obstáculos entre nosotros sin tener ni idea de todo lo que yo estaba dispuesto a hacer en esa ocasión.
―Supongo, Ellie, que todavía no les habrás comentado a tu familia la gran oportunidad que te está ofreciendo mi empresa al sacar tu juego al mercado, que podrás ganar mucho dinero y prestigio, tanto para ti como programadora como para tu equipo, si este juego triunfa en el mercado como han hecho mis anteriores proyectos, ¿verdad?
―dije mientras daba un gran sorbo de esa bebida, sonriendo a Ellie bastante satisfecho, esperando a que su familia hiciera el trabajo por mí e intentaran convencerla para que firmara el contrato lo más rápidamente posible, atándola a mi empresa y, por ende, a mí.
―No, he preferido dejarlo para más tarde.
Primero quería revelarles que tú eres el chico que me rompió el corazón en el instituto, y que, ahora que nos hemos vuelto a encontrar, me has dicho que quieres volver a jugar conmigo, además de con mi juego ―respondió Ellie usando un tono de voz falsamente alegre y despreocupado mientras me devolvía la sonrisa antes de darle un largo sorbo a su bebida.