La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

―¡No pienso enseñarte las bragas en la sala de conferencias de tu empresa! ¿Dónde está el hombre de negocios serio y profesional que deberías de ser ahora, Max?

―Ahora está en su descanso ―anuncié tras mirar mi reloj, acercándome más a ella y poniéndola tremendamente nerviosa―. Venga… solo una miradita rápida.

Me aparté para dejarle espacio, ella se subió un poco la falda, completamente avergonzada, y yo me deleité con su forma de jugar conmigo. Ellie no me miraba mientras me concedía mi desvergonzada petición y solo lo hizo cuando yo le anuncié en tono jocoso:

―No. Definitivamente, esta prenda antierótica no funciona ―susurré y le puse la mano en mi duro miembro para que comprobara que no era nada fácil que consiguiera apagar mi deseo por ella―. ¿Te enseño yo ahora la mía?

―¡No! ¡No quiero ver tu ropa interior! ―declaró Ellie, alterada, aunque dudé de la veracidad de sus palabras cuando se tapó los ojos, pero solo a medias, y me miraba con todo descaro entre los dedos―.

¡Eh! ¡Llevas unos bóxeres del mismo personaje que yo llevo en mis bragas!

―exclamó ella con sorpresa y nos reímos a carcajadas.

―Sí. Me los compró Austin como una broma y, sin embargo, ahora son mis calzoncillos de la suerte, los que uso para reuniones tan complicadas como esta ―le revelé mientras me desprendía del resto de mi ropa.

Y así, en calzoncillos, me acerqué a ella poniéndola bastante nerviosa, especialmente después de subirla a la mesa y hacerme un hueco entre sus piernas.

A continuación, coloqué una de sus manos sobre mi pecho desnudo para susurrarle sensualmente al oído:

―Dime, ¿mi ropa interior antierótica apaga tu deseo por mí?

Cuando Ellie me miró con el mismo deseo que yo sentía y sus manos me acariciaron en vez de alejarme de ella, no esperé a que me diera una respuesta que sus actos ya me habían dado y, simplemente, busqué su boca con desesperación y perseguí su deseo evitando decirle que tendría que volver a alejarme de ella, aunque en esa ocasión fuera por su bien.

Ellie me rodeó el cuello, me acercó a ella y, con su lengua, me dio la respuesta que estaba buscando. Yo me adentré más entre sus piernas y la apreté contra mí para que notara mi crudo deseo, un deseo que me resultaba muy difícil de controlar cuando tenía entre mis brazos a la persona que amaba.

―Ya sé por qué me sonreía tu ropa interior: sin duda se alegraba de verme ―declaré triunfalmente cuando ella comenzó a rozarse contra mi erección.

―Después de un fin de semana en el que no me dejaste descansar, puedo asegurarte que mi ropa interior no te sonreía, sino más bien te miraba espantada.

―Bueno, eso es algo que tendremos que comprobar… ―repliqué mientras cogía una de las sillas de la sala de reuniones, me sentaba en ella y me volvía a hacer un hueco entre las piernas de Ellie hasta que mi boca se halló lo suficientemente cerca de ella como para ponerla tremendamente nerviosa.

―¿Qué haces? ―inquirió Ellie. Se tapó nerviosa sus braguitas con las dos manos, ya que en la posición en la que me encontraba yo no le permitía que cerrara sus piernas.

―Comprobar tu ropa interior desde más cerca ―respondí. Entonces aparté sus manos de mi camino y hundí mi cabeza entre sus piernas para comenzar a devorarla.

Los roces de mi lengua por encima de su ropa interior hicieron que Ellie comenzara a moverse buscando su placer.

Sus manos, que no sabían qué camino tomar, acabaron enredándose en mi cabello, atrayéndome e intentando alejarme cuando el deseo que le brindaba era demasiado abrumador, pero yo, impidiéndole huir de mí, usé mis manos para retener su trasero y para bajar lentamente sus braguitas con intención de probar directamente su húmedo sexo y deleitarme con su placer.

Ellie se llevó una mano a la boca, intentado acallar sus gemidos cuando uno de mis dedos se adentró en su interior, imponiendo un inclemente ritmo al mismo tiempo que mi lengua rozaba la parte más sensible de su cuerpo.

Ellie movió sus caderas con impaciencia persiguiendo el placer que le prodigaba mi boca, y cuando estuvo cerca del orgasmo, yo, deseando obtener la rendición completa de la chica que pretendía alejarme de ella usando una ropa interior ridícula, detuve los movimientos de mi lengua y dejé de penetrarla con mis dedos.

―Ábrete la camisa y muéstrame el resto de tu ropa interior.

―¡Max! ―se quejó Ellie.

―Si quieres que continúe, será mejor que cumplas mis deseos, igual que yo puedo cumplir los tuyos ―dije, consiguiendo finalmente que ella abriera su rígida blusa y me mostrara un sujetador de una tela bastante fina y transparente que llevaba el mismo personaje que en sus braguitas―.

Creo que después de hoy no podré ver ese anime de la misma manera ―anuncié con una sonrisa―.

Tócate los senos por encima del sujetador y entonces yo seguiré con mis caricias ―le ordené a la vez que, para incitarla a perder la vergüenza, mis dedos volvían a moverse con un ritmo lento que la hizo estremecer.

Cuando sus caderas se movían al compás de mi mano, volví a detenerme al tiempo que clavé en sus ojos mi mirada llena de deseo, a la espera de un nuevo movimiento en ese juego.

Ellie llevó sus dubitativas manos hasta sus pechos excitados y comenzó a acariciarse suavemente. Fue entonces cuando mis dedos se movieron sin piedad, haciendo que las caricias que ella se prodigaba se volvieran más osadas y que comenzara a pellizcarse los pezones en busca de placer.

―Muéstramelos… ―le susurré, cada vez más excitado ante la escena que tenía delante.

Ellie apartó la fina tela de su sujetador para empezar a acariciar directamente su piel―.

No dejes de acariciarte o pararé ―le advertí, con una sonrisa maliciosa antes de volver a hundirme entre sus piernas y devorarla por completo con mi lengua, que no dejó de lamer inclemente su clítoris mientras otro de mis dedos se unía al primero, hundiéndose profundamente en su interior a la vez que imponía el ritmo de su deseo.

Las caderas de Ellie no tardaron en perseguir las caricias de mi lengua y las arremetidas de mis dedos y yo, sin piedad, la llevé cerca del clímax una y otra vez, sin culminar nunca, pues cuando sus manos dejaban de tocar sus senos, yo cesaba mis caricias.

Finalmente, cuando Ellie pronunció mi nombre como un ruego yo le di todo lo que deseaba y la hice llegar al orgasmo, pese a que me había desobedecido y una de sus manos había dejado de acariciarse, pero se lo permití porque con ella tapó su boca para no dejar escapar sus gritos.

―De acuerdo. Pues opino que con esto podemos llegar a la conclusión de que esa ropa interior no ha apagado en absoluto mi libido, ¿no te parece?

―Sí. Ha sido una idea estúpida y… ―comenzó Ellie y, no queriendo que se alejara de mí, rocé de nuevo su sensible y húmedo sexo con mis caricias para llevarla a un nuevo y rápido orgasmo cuyos gritos apenas pudo acallar con sus manos.

―Cierto. Una idea bastante estúpida ―confirmé. Tras colocarme rápidamente un preservativo que llevaba en un bolsillo de mis bóxeres, me hundí profundamente en ella, acallando con un beso esos gritos que llevaban mi nombre.

Mis profundas embestidas lo reclamaron todo de ella. Ellie se agarró fuertemente a mí, pegó su cuerpo al mío y mordió uno de mis hombros mientras ella perdía el control por el placer al que la conducía con cada una de mis desesperadas acometidas.

Sus caderas me buscaron, haciendo que me hundiera cada vez más profundamente en ella.

Sus enhiestos pezones se rozaron contra mi pecho, aumentando su excitación y la mía, y sus uñas me marcaron la espalda provocando que mi deseo se desatara por completo y la condujera sin clemencia a ese placer que ambos buscábamos en el momento y en el lugar menos adecuado.

Mostrándome más rudo que nunca, la apreté entre mis brazos como si no quisiera separarme de ella, algo que tal vez ocurriera en cuanto terminara esa reunión, y la marqué con una pasión que no pudiera olvidar con facilidad.

Cuando todo terminó, ella se derrumbó entre mis brazos. Yo me negué a soltarla hasta que unos golpecitos de Austin en la puerta de la sala en la que nos encontrábamos me hicieron saber que mi padre volvía a reclamar mi presencia para uno de sus negocios.

―Creo que no podremos mantener una relación estrictamente profesional hasta que nuestro juego termine.

Dime, Max, ¿terminamos ya con esto? ―preguntó Ellie, apartándose de mí para comenzar a vestirse, dejando de lado sus braguitas, que no encontró porque yo me las había guardado en un bolsillo mientras me vestía también.

Sus palabras me ofrecieron la oportunidad que necesitaba para obedecer a mi padre y cumplir con sus exigencias, para conseguir el dinero que necesitaba para seguir adelante con el proyecto, para triunfar y hacer triunfar a Ellie.

Sin embargo, no pude alejar a esa mujer para cumplir con las expectativas de otros.

Y creyendo que podría seguir con esa relación mientras le ocultaba a mi padre una elección que no era la que él deseaba, le dije:

―Ni hablar. Este juego tan solo acaba de comenzar.

Y tras besarla suavemente en los labios, me marché dispuesto a ganar en ese juego, aunque tuviera que hacer trampas y engañar a todos los que tenía a mi alrededor con tal de conseguir ese amor.