Capítulo 12 #3
―¡¿Qué?! ―me quejé, tomando conciencia de que ese era uno más de los malvados trucos de Max.
―No te preocupes, yo te ayudaré ―declaró Max. Me colocó el bolígrafo en la mano y volvió a moverse en mi interior, haciendo imposible que me concentrara en escribir algo meramente legible, sino únicamente en el placer y el deseo de los que quería huir porque podían llegar a convertirse en amor.
Ese día Ellie y su equipo llegarían a mi empresa para exponer su proyecto y esperaba que el edificio que en su día mi padre reconstruyó no los intimidara demasiado.
Mi padre había adquirido un inmueble de estilo art déco inacabado que había sido declarado monumento histórico y, tras desmantelarlo todo excepto la fachada, construyó una nueva edificación de vidrio que se levantaba desde una base de piedra arenisca.
Estas dos partes habían sido interconectadas con pilares de hormigón armado y una claraboya de vidrio.
El estilo arquitectónico que había utilizado mi padre para su edificio de alta tecnología dejaba el armazón de acero expuesto, mostrando una estructura diagonal bastante llamativa.
Había utilizado materiales reciclados y tomado medidas que reducían el coste energético al recoger el agua de la lluvia y utilizar paneles solares.
Al tratarse de un edificio muy moderno y avanzado, muchos elementos estaban controlados por un sistema informático inteligente, como la entrada de luz, regulada de forma independiente en cada área mediante sensores con los que en ese momento me estaba peleando, hasta que llegó Austin para solucionar el problema y preguntarme por otros.
―¿Cómo te fue en esa reunión de exalumnos?
¿Aclaraste las cosas con Ellie o volvió a huir de ti?
―me preguntó preocupado mientras esperábamos la llegada de Ellie y de su equipo para presentarles formalmente a los accionistas antes de que les hablaran del juego y su desarrollo y consiguieran la aprobación del proyecto.
―Volvió a huir de mí, pero en esta ocasión me dejó unas cuantas notas explicándome la situación ―respondí mientras le mostraba una de ellas.
―¿Qué demonios? No entiendo nada. ¿Qué estaba haciendo esa chica para escribir con una letra tan espantosa?
―preguntó ingenuamente mi amigo, sacando de mí una pícara sonrisa―.
¡Ah, vale! Esto es por uno de tus juegos, ¿verdad?
―repuso de inmediato y me reprendió con la mirada―.
Por favor, Max: compórtate para que nada salga mal.
No quiero tener que volver a buscar a otros desarrolladores y elaborar un dosier detallado de otro proyecto.
―No te preocupes: seré el hombre serio y profesional que todos admiran en esta empresa y que mi padre quiere detrás de su regio sillón de alto ejecutivo.
―¿Y ellos? ¿Se comportarán?
―Por supuesto. Ellie me aseguró que todos sus compañeros eran unos auténticos profesionales e incluso quiso que nuestra relación se mantuviera dentro de los márgenes de lo estrictamente profesional ―dije a la vez que le mostraba la nota más ilegible de todas.
―No lo consiguió, ¿verdad?
―Para nada.
―Mira, Max, tú intenta contenerte con esa chica y trata de no perder la impecable imagen de ejecutivo serio y eficiente que tienes en esta empresa, porque cada vez que te encuentras con esa mujer no pareces tú mismo.
―Te equivocas, Austin. Es justamente al revés: cada vez que me encuentro con Ellie soy simplemente yo mismo y abandono la perfecta fachada que mi padre siempre quiere ver en mí.
―Vale, lo que tú digas, pero, por lo que más quieras, sigue mi ejemplo y trata de ser profesional.
Por lo menos durante el día de hoy, dure lo que dure nuestra reunión con los directivos que representan a nuestros accionistas ―pidió Austin mientras me arreglaba la corbata, mostrándose como el profesional que era, que no se inmutaba ante nada…
o al menos así fue hasta que vio a los compañeros de Ellie―.
¡Joder! ¿Esos son los profesionales que nos van a ayudar a presentar nuestro proyecto?
―exclamó Austin, mirando con horror a Damian, que llevaba los pelos de punta teñidos de verde, varios piercings en ambas orejas y unos tatuajes que asomaban en sus manos y que, con toda seguridad, ascendían a lo largo de sus brazos que, por suerte, quedaban ocultos con la camisa de manga larga que vestía.
Su indumentaria se completaba con una corbata roja algo desteñida y un poco torcida y unos pantalones vaqueros llenos de cadenas y rotos.
Luego Austin observó con asombro a Melvin, un hombre de mediana edad con una larga barba y un poco calvo que iba vestido de mago gris, con un gran sombrero y un bastón.
A continuación, cuando miró a Anuska, esta saludó a mi amigo con una mirada llena de odio y un firme dedo corazón.
Por último, Austin miró a Ellie, la única que recibió la aprobación de mi amigo por llevar un traje adecuado compuesto por una falda de tubo negra un poco corta, una camisa blanca y una chaqueta.
Por supuesto, la corbata era de unos dibujitos de anime bastante llamativos y los adornos del pelo eran de unos animalitos muy monos, pero poco prácticos o serios que le restaba profesionalidad a su atuendo.
―Sí, ya ves que son todos unos profesionales ―declaré con una risita.
―¡Dios mío! ―exclamó Austin, golpeándose la frente con resignación―: ¡Que sea lo que Dios quiera!
Austin se acercó al equipo de Ellie para recibirlos y darles la bienvenida a nuestra empresa, pero se topó con la mirada airada de Anuska, que no presagiaba nada bueno.
―¡Bienvenidos todos! Espero que hayan llegado sin problemas hasta nuestras oficinas. Yo soy…
―Max II ―dijo Anuska, interrumpiendo el preparado discurso de mi amigo con un irónico tono de voz con el que lo reprendía por sus mentiras.
―¿Eh? ¡Oh, no! No, eso fue un pequeño malentendido que quiero resolver de inmediato: me llamo Austin Marlon y soy…
―comenzó a explicarse Austin mientras intentaba acercarse a Anuska hasta que, ante el asombro de todos, el mago gris golpeó su báculo contra el suelo, reclamando la atención de Austin, se interpuso en su camino y anunció con un tono de voz profundo imitando al personaje de una conocida película.
―¡No te puedes acercar!
―¿Qué? ―preguntó Austin, confundido; el extraño personaje que era Melvin añadió a la vez que lo alejaba de Anuska usando su bastón:
―¡No te puedes acercar a ella! La distancia que mantendrás con esta chica será en todo momento de una vara como mínimo mientras dure el proyecto.
¡He dicho! ―sentenció Melvin, volviendo a golpear el suelo con su bastón sin salirse en ningún momento de su papel y mostrándose muy protector con esa chica.
―Hola, Ellie, ¿cómo estás? ―intervine con una sonrisa perversa al recordar el fin de semana que habíamos pasado en mi cama. Y antes de que pudiera siquiera dar un paso hacia ella, el bastón del mago se cruzó en mi camino y Ellie me sonrió satisfecha.
―¡No te puedes acercar! La distancia que mantendrás con esta chica será en todo momento de una vara como mínimo mientras dure el proyecto. ¡He dicho! ―repitió Melvin, en esta ocasión dirigiéndose hacia mí.
―Supongo, Melvin, que eres consciente de que soy yo quien se encarga de vender vuestro juego a los accionistas, así como quien conseguirá la financiación para que este proyecto no sea un fracaso y el que proveerá discrecionalmente de fondos a cada uno de los departamentos que vosotros dirigiréis, ¿verdad?
―pregunté a Melvin, alzando irónicamente una de mis cejas.
―Para ti la distancia se reducirá a esta otra vara ―dijo Melvin tras reflexionar un segundo, momento en el que sacó del bolsillo de su disfraz una varita mágica de unos treinta centímetros de longitud.
Austin me miró algo molesto mientras me hacía señas hacia la vara que representaba la distancia que él tenía que mantener con Anuska y luego hacia la mía, mostrándome que no creía que fuera justo y que necesitaba mi ayuda.
―Me parece justo ―dije, traicionando a mi amigo por completo mientras este murmuraba entre dientes que lo había vendido.
Entonces, viendo que yo lo tendría más fácil que Austin a la hora de acercarme a la mujer que deseaba, intenté llegar a Ellie. Pero en esta ocasión, quien se interpuso en mi camino fue el joven tatuado mientras me tendía la mano.
―Hola. Yo soy Damian Rocker. Me alegro de que al fin nos conozcamos en persona, Max. He oído hablar de ti…
Al aceptar su amable gesto, Damian me apretó la mano hasta casi dejármela dormida a la vez que aprovechó para acercarse más a mí con intención de murmurarme al oído una advertencia que debería tener más en cuenta que la de Melvin.
―No eres para tanto y voy a encargarme personalmente de que Ellie se dé cuenta antes de que vuelvas a jugar con ella.
―¿De verdad? ¿Es que acaso no sabes que a ella le encanta jugar conmigo? ―repliqué, luciendo una de esas falsas sonrisas que Ellie tanto detestaba y que Damian pareció odiar al instante, ya que apretó mi mano al máximo hasta casi rompérmela antes de dejarme marchar.
―Bueno, pues ahora que nos hemos presentado, creo que lo siguiente que deberíamos hacer es hablar sobre el juego que queremos desarrollar juntos ―propuso Ellie, interponiéndose entre Damian y yo, interrumpiendo nuestra pelea de gallitos.
Austin, retomó su profesionalidad y se hizo con el control de la situación.
―De acuerdo. Como he mencionado antes, soy Austin Marlon, gerente del proyecto y mano derecha de Max Templeton, que será el responsable de presentarlo ante los directivos que representan a los principales accionistas de la empresa.
Así que, si me siguen un momento, podremos hablar en un lugar más cómodo antes de comenzar la reunión.
Todos siguieron a Austin con una sonrisa, excepto Anuska, que lo fulminó con la mirada cuando pasó por su lado. Vi la tristeza de mi amigo en su cara y yo, golpeándolo amistosamente en la espalda, no pude evitar recordarle sus propias palabras.
―¿Dónde está esa imagen profesional que tienes que mostrar en todo momento, incluso delante de la chica que te gusta?
―Tú siempre lo tienes fácil con las mujeres… ―comenzó a quejarse Austin como siempre hacía hasta que vio mi ceja alzada en gesto irónico, tras lo cual recordó cómo era la chica que me gustaba―. Es verdad. Tú tampoco lo tienes fácil.
―¡Anímate, amigo! Yo no pienso perder en el juego del amor y estoy seguro de que un experto jugador como tú tampoco lo hará o, por lo menos, no te rendirás antes de comenzar a jugar porque el premio es demasiado apetecible como para dejarlo marchar sin intentarlo todo ―dije, sin aclarar si estaba dándole ánimos a mi amigo o a mí mismo para seguir adelante con ese peligroso juego que podía llegar a ser el amor.