La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

―Me gustas y siempre me has gustado, pero no me gusta tu faceta de conquistador ―solté antes siquiera de ver a la persona que tenía frente a mí.

Y cuando me di cuenta de que era Wyatt y que este me sonreía complacido, me apresuré a rectificar―.

¡Oh! Perdona, me he equivocado de persona. Tú no me gustas y nunca me has gustado.

―¿Estás totalmente segura de eso? ―preguntó Wyatt, acorralándome contra la pared.

―Sí.

―¡Ah! Lo olvidaba: tú prefieres a los guapitos, los que solo tienen una cara bonita y les gusta jugar con las mujeres. Dime qué tiene ese hombre que no tenga yo…

Y como Wyatt me preguntó y yo encontré muy grosero no contestarle, me explayé con la lista de cualidades de Max.

―Bueno, tiene un puesto ejecutivo en una gran empresa que heredará algún día. Y por lo que he leído en la prensa, cuenta también con un apartamento de lujo, un cochazo espectacular, bastante dinero, cientos de bellas modelos que reclaman su atención a su paso…

―¿Algo más? ―masculló Wyatt entre dientes, envidioso.

―Claro: un cuerpo atlético, un rosto de adonis y, aunque no conozco sus medidas personales, estoy muy segura de que hasta en eso te supera ―declaré con sorna.

―Sí, ya… pero si le quitamos todo eso, ¿qué queda?

―Pues tú, supongo ―repliqué, muy segura de haber acertado en mi respuesta, pues hizo que Wyatt se cabreara aún más.

―¡En el fondo yo soy mucho mejor que él! ―anunció Wyatt, emocionándose con el eco de su voz, así que, dispuesta a seguir mostrándome terriblemente sincera, le aclaré la verdad.

―No, Wyatt. En el fondo eres una caca… vamos, lo mismo que por fuera ―dije, provocando que Wyatt golpeara fuertemente su puño contra la pared a un lado de mi cabeza, asustándome un poco.

―¡Eso es mentira! ¡Las mujeres me dicen siempre lo bueno que soy y lo mucho que valgo!

―Ya veo… Esas mujeres son tu madre y tu abuela, ¿verdad? ―repuse, ganándome otra mirada furiosa―. Por cierto, ¿podrías decirme qué demonios haces en el baño de mujeres?

―Te estaba buscando.

―¿Para qué?

―Para que arregles este desastre ―reveló Wyatt. Y me enseñó un teléfono móvil lleno de publicidad de páginas porno por un virus muy particular cuya firma no tardé en reconocer. No obstante, me hice la tonta, ya que, si Damian había hackeado el teléfono de Wyatt, sin duda tenía una buena razón.

―Wyatt, si eres un pervertido no hay nada que yo pueda hacer para solucionarlo.

―Después de hablar con Max sobre una broma que planeaba hacerte, mi móvil se puso así.

Sin duda, esto es cosa de alguno de los amigos hackers que Max me ha dicho que tienes.

Creo que él le pasó mi número de teléfono después de reaccionar exageradamente ante una broma tonta y me hizo esto, así que soluciónalo.

―Ah, vale. No te preocupes: yo te lo arreglo ―respondí, pidiendo que se apartara de mí y me entregara su móvil. A continuación, contacté con Damian para solucionar el problema, aunque mi forma de hacerlo no pareció contentar demasiado a Wyatt.

―¿Se puede saber qué has hecho? ¡No has arreglado nada! ―se quejó Wyatt mientras seguía viendo cómo su teléfono continuaba sobrecargado de ventanitas de publicidad.

―¿Cómo que no? Lo he mejorado: ahora solo te llegará publicidad personalizada conforme a tus intereses y necesidades.

―«Cómo agrandar el pene», «Hombre activo bien dotado busca a hombre pasivo para encuentros profundos»… ―leyó Wyatt, apretando muy fuerte la mandíbula, haciendo chirriar los dientes mientras me fulminaba con la mirada.

―¡Estupendo! Y ahora que he arreglado tu pequeño problema, creo que lo mejor será que me vaya…

―¡Nuestra conversación no ha terminado!

―Por supuesto que ha terminado, Wyatt: tú y yo no teníamos nada que hablar en el pasado, y ahora, mucho menos.

―¡Quiero que arregles lo que sea que tu amigo le ha hecho a mi teléfono!

―exigió Wyatt, furioso, acercándose a mí tras echar el pestillo de la puerta del baño―.

Y por si piensas gastarme una más de tus bromitas estúpidas, recuerda que has desaparecido de una fiesta en la que nadie te tiene demasiado aprecio después de lo que les has dicho y, por lo tanto, nadie te buscará.

―Max lo hará ―dije, confiando en que lo haría. Aunque luego, recordando mi rechazo y lo bien acompañado que estaba cuando me alejé, comencé a dudar.

―Sí, claro: un hombre rico, triunfador, que puede tener a la mujer que quiera va a buscarte precisamente a ti ―anunció Wyatt, acorralándome de nuevo contra la pared. Entonces mostró una pérfida sonrisa y acercó su cuerpo al mío.

Intenté alejarlo, pero Wyatt me sujetó fuertemente las muñecas y las retuvo por encima de mi cabeza con una de sus manos. Con la otra me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos.

―¿De verdad crees que Max te amó alguna vez?

¿Que se habría fijado en ti si yo no se lo hubiera ordenado?

¡Tú nunca le interesaste a Max! ¡Ni antes ni ahora!

¡Tú solo fuiste un juego para él! ¿Y sabes una cosa?

Siempre me pregunté hasta dónde llegasteis en ese juego…

y también si permitirías que alguien más jugara contigo ―dijo Wyatt cruelmente, consiguiendo asustarme cada vez más, sobre todo cuando repasó mi cuerpo con una ávida mirada.

El alcohol me nublaba la mente y no me permitía reaccionar tan rápido como habría hecho en otras ocasiones para librarme de esa situación.

Al final, bastante asustada por la mano que comenzaba a deslizarse bruscamente por mi cuerpo mientras yo me retorcía intentando zafarme, solo pude derramar unas lágrimas avivadas por el miedo y que de mis labios saliera el nombre del hombre que me habría salvado si se tratara de uno de mis videojuegos.

Un hombre con el que soñaba ilusamente que se encontrara a mi lado en momentos como ese, aunque seguramente en esos instantes estaría en brazos de otra mujer.

―Max…

―¿Qué crees que va a pasar por decir su nombre? ¿Piensas que va a derribar la puerta y a pegarme una paliza para defenderte? ―manifestó Wyatt, burlándose de mí―. Crece, Ellie, esto no es uno de tus videojuegos lleno de héroes que aparecen en el momento adecuado para salvar a la damisela en apuros.

Y para mi asombro, eso fue exactamente lo que ocurrió.

―Ellie, ¿estás ahí? ―preguntó Max a la vez que arremetía contra la puerta sin hacer caso a otras personas que le aseguraban que habían ido a buscar las llaves de los baños.

―¡Max! ―me dio tiempo a gritar antes de que Wyatt tapara mi boca.

Y fue entonces cuando escuchamos un grito airado y un fuerte estruendo.

La puerta se abrió y Max entró al baño seguido por dos guardias de seguridad.

Max ignoró por completo a los guardias y, tras dirigir una mirada hacia su antiguo amigo y tomar conciencia de lo que estaba pasando, su cara de preocupación se transformó en un gesto airado y se lanzó contra él.

―¡Hijo de puta! ―gritó Max antes de apartar a Wyatt bruscamente de mí. Luego lo aplastó contra la pared como si fuera un simple bicho.

―¡No es lo que parece! ¡Todo tiene una explicación, Max! ―exclamó Wyatt, desesperado y asustado al presenciar una faceta de Max que nadie había visto nunca. Pero, para su desgracia, yo terminé su explicación por él.

―Wyatt quería saber hasta dónde habías llegado conmigo en el pasado y comprobar si él podía también jugar conmigo, estuviera yo de acuerdo o no.

Max echó un vistazo a mi lloroso rostro y a mis desordenadas ropas y luego clavó su furiosa mirada sobre Wyatt antes de abalanzarse sobre él.

Finalmente, los guardias que habían entrado con Max tuvieron que sujetarlo para que no matara a Wyatt y, pese a ser dos, apenas consiguieron retener a ese siempre perfecto sujeto que, en aquel momento, parecía más un villano que un héroe de mis juegos.

Sin embargo, a mí me gustó más ese personaje imperfecto que la fachada perfecta que Max solía representar ante los demás.

―Max, llévame a casa ―susurré mientras me abrazaba a mí misma y lo miraba, anhelando que fueran sus brazos los que me rodearan.

Fue entonces cuando Max se calmó, dejó de mirar a Wyatt con furia y me miró con cariño. Los guardias lo soltaron al verlo más tranquilo y él me acogió entre sus brazos y me susurró como si yo fuera lo más importante para él.

―Esta noche no pienso dejarte ir, y eso es algo que necesitamos los dos.

En un principio pensaba rebatir sus palabras, ya que seguía teniendo miedo de acercarme demasiado a él.

Pero entonces vi cómo intentaba disimular el temblor de sus manos, lo cual podía deberse a la adrenalina de la pelea y a la ira por lo que Wyatt había estado a punto de hacer conmigo o, tal vez, al miedo por lo que podría haberme pasado si no hubiera llegado a tiempo.

Finalmente, dejándome consolar por esos fuertes brazos, dejé que Max me alzara entre ellos y me cargara como a una princesa rescatada de una bruja malvada mientras me apoyaba sobre su fuerte pecho y le pedía:

―Llévame a tu casa.

Con mis palabras di un nuevo paso en esa historia que habíamos dejado a medias y en la que ambos estábamos dispuestos a volver a poner en juego nuestros corazones.

Que ganáramos o perdiéramos solo dependería de que llegáramos a creer en ese «te quiero» que ambos habíamos guardado con la esperanza de volver a encontrarnos.

A pesar de que Ellie me había pedido que la llevara a mi casa, no pude irme con tanta rapidez como deseaba: tuvimos que esperar a la policía y hacer nuestra declaración antes de que se llevaran a Wyatt.

Las excusas que este había utilizado durante su adolescencia para hacer pasar sus agresiones por chiquilladas propias de la edad no le sirvieron de adulto y la policía se lo llevó detenido, acusado de agresión sexual, mientras él gritaba como un necio que todo era culpa de Ellie.