Capítulo 11 #3
Cuando eso ocurrió, yo cobijé a Ellie entre mis brazos, queriendo protegerla de todo lo que había ocurrido y de aquellas palabras hirientes que había oído en más de una ocasión en su juventud, cuando las personas que la agredían no querían hacerse responsables de sus acciones.
Nuestros curiosos excompañeros terminaron rápidamente con ese encuentro y en cuanto se fue la policía revolotearon a nuestro alrededor en busca de algún chisme.
Ellos me sonrieron amablemente esperando que les devolviera la sonrisa y, como siempre había hecho en el pasado, les contara lo ocurrido.
Pero yo había crecido y madurado y ya no encajaba con ellos ni quería hacerlo, así que, simplemente, les di la espalda y con Ellie entre mis brazos seguí mi camino quedándome con la única persona con la que quería estar.
Todos parecieron captar la indirecta, excepto Stella, que se apresuró a cruzarse en mi camino.
―¿Qué ha ocurrido?
―Que Wyatt se ha comportado como Wyatt ―dije, evitando dar más explicaciones.
―¿Ya te vas? Creía que me dijiste que querías rememorar algunos momentos de tu adolescencia y, tal vez, quedar con alguien especial de entonces ―dijo Stella, poniéndome ojitos.
Ellie comenzó a removerse inquieta, como si las palabras de Stella le hubieran recordado que ese no era su lugar y quisiera escapar de mí, pero yo no lo permití, la abracé con más fuerza contra mi pecho, busqué su mirada esquiva y cuando sus ojos confusos se clavaron en los míos, contesté a Stella sin dejar de mirar a Ellie.
―Ya he encontrado a la única persona que fue especial en mi adolescencia. Ahora solo me falta que ella se dé cuenta de que aún lo es y no vuelva a huir de mí nunca más.
―¿De verdad crees que esa chica encajará alguna vez en tu vida, Max? Tan solo mírate: tú con tu elegante y caro traje y después mírala a ella, vestida como una pordiosera para asistir a una reunión de antiguos alumnos.
―Hazte un favor a ti misma y a todos y madura, Stella ―declaré antes de ignorarla y seguir mi camino.
Desde que senté a Ellie en mi coche y durante todo el trayecto hasta mi casa, ella no dijo ni una palabra, pero estuvo jugueteando nerviosamente con sus manos sin dedicarme ni una sola mirada, alejándose de mí antes siquiera de haber comenzado nada.
Sin darle tiempo a que siguiera dudando de mí y de ese juego que habíamos retomado para averiguar qué era el amor, en cuanto aparqué, salí y la tomé otra vez entre mis brazos para ir a mi apartamento.
―Max, ya estoy mejor. No hace falta que me lleves en brazos.
―Pero yo no estoy mejor ―respondí, todavía afectado por todo lo que le había ocurrido a Ellie y lo que habría pasado si yo no hubiera llegado a tiempo.
Ella guardó silencio, pero no me alejó.
Mi casa estaba en la planta decimoséptima de un edificio elegante y lujoso, por lo que tenía vigilancia privada y un portero las veinticuatro horas al que no tardé en saludar para que no le negara el acceso a Ellie en otra ocasión, si es que deseaba volver a verme.
En cuanto abrí la puerta, Ellie pareció tensarse entre mis brazos.
Y mientras observaba lo que la rodeaba, comenzó a imponer de nuevo una distancia entre nosotros.
Su reticencia podía deberse a las hermosas vistas que se observaban de Nueva York desde mi gran salón con enormes ventanales, un paisaje del que solo disfrutaban los más privilegiados.
O tal vez se debiera al gran espacio abierto que incluía una moderna cocina-comedor y salón que había creado un famoso decorador por encargo de mi madre, dotándolo de caros electrodomésticos, una encimera de mármol y muebles modernos.
O quizás podía ser por el ambiente minimalista que impregnaba la estancia y que a mí tan solo me sugería lo vacío que se encontraba tanto ese piso como yo.
Puede que la cara y sofisticada mesa de cristal exclusiva, acompañada de dos sillas elegantes que estaban cerca de los grandes ventanales la asustara, o tal vez fuera mi caro sofá blanco, bastante confortable, que ocupaba el lugar central frente a un enorme televisor que colgaba de la pared.
A pesar de todo el lujo que me rodeaba, a mí solo me gustaba ver algún partido de mi equipo con mi amigo Austin, hundir mis pies en la mullida alfombra blanca que había debajo del sofá y trabajar en la mesa baja del salón mientras disfrutaba de una copa de mi aparador repleto de caros licores.
Antes de que Ellie se alejara del todo de mí, la tumbé sobre el sofá. Vi que estaba a punto de ser rechazado de nuevo, así que, escogiendo un güisqui muy exclusivo y dos vasos con hielo, serví una copa para cada uno y luego me senté a su lado.
Tras beberme el fuerte licor de un solo trago, deposité el vaso sobre la mesita auxiliar y me mesé el pelo con frustración antes de hablar con Ellie.
―Y este es el momento en el que me señalas lo distintos que somos, lo poco que encajamos el uno con el otro y desapareces de mi vida una vez más, ¿verdad, Ellie?
―No encajamos en absoluto, Max. Es como si viviéramos en mundos distintos ―confirmó ella con una sonrisa irónica, señalando su sudadera repleta de personajes de anime con una mano. Y cuando esa mano me señaló a mí y a mi traje caro, yo la atrapé para colocarla justo encima de mi corazón.
―Te puedo asegurar que siempre encajarás aquí, y me importa muy poco lo que diga el resto del mundo.
―Siempre serás un seductor que dice las palabras correctas en el momento oportuno.
―No, contigo solo soy un hombre bastante imperfecto que no sabe qué decir.
―¿Ves? Eres todo un seductor, pero eres mi seductor ―dijo, tentándome con la cercanía de sus labios mientras su mano seguía apoyada sobre mi acelerado corazón, dándome algunas esperanzas de que esta vez no se marcharía.
―Y tú siempre serás mi friki ―respondí, haciéndola sonreír, recordándole las etiquetas que alguien nos puso una vez y que ignoramos antes de besarnos, dispuestos a reanudar esos momentos que habían quedado pendientes en nuestra historia de amor que un día comenzamos como un juego.