Capítulo 11
―¡Eres un cabrón! Estás muy bueno, sigues siendo el hombre más guapo que he conocido, pero eres un cabrón…
―dije en medio de mi borrachera, mostrándome muy sincera con Max, aunque no estaba segura de si esa sinceridad era lo que él buscaba de mí en esos momentos.
Su respuesta fue una seductora sonrisa que confirmó que seguía siendo el hombre más atractivo de cuantos había conocido―.
Esa… esa es una de las cosas que más odio de ti: tu sonrisa, que en ocasiones puede ser muy sincera, pero que en otros momentos es tan falsa …
―Vaya… ¿Hay algo que te guste de mí, Ellie? ―dijo él, cogiendo mis manos entre las suyas para que dejara de espachurrarle los carrillos, aprovechándose de que el alcohol me soltaba la lengua.
―Todo… nada ―contesté, dejándolo confundido―. Me gustaba esa parte de ti que parecías mostrar solo conmigo. Pero odiaba la que le mostrabas a los demás y que parecía tan falsa. Me gusta tu sonrisa, pero solo cuando es real.
―Pero es que esa sonrisa solo era para ti, Ellie ―susurró Max, mirándome con deseo y besándome las manos.
―¿Por qué has tenido que volver a cruzarte en mi vida? ―me quejé.
―Porque me prometiste volver a jugar conmigo ―me recordó Max mientras colocaba una de mis manos sobre su pecho. Noté cómo se le aceleraba el corazón.
―No quiero jugar contigo otra vez. Tus juegos hacen daño ―me negué y aparté la mano cuando me acordé de lo mucho que dolía enamorarse de un tipo como él.
―No obstante, lo harás ―declaró Max. Entonces, ese tramposo sacó la nota que un día le dejé y, tras recordarme la debilidad que mostré en el pasado al prometerle una oportunidad, volvió a guardarse mi nota en el bolsillo de su chaqueta, muy cerca de su corazón―.
Bueno, ¿vas a ser sincera conmigo ahora y me dirás lo que realmente piensas del hecho de que hayamos vuelto a encontrarnos?
―preguntó Max, haciéndome sentir demasiado mientras mi estúpido corazón se volvía a emocionar.
―No ―contesté, evitando su seductora mirada―.
Pero voy a ser sincera con todos los demás presentes en esta reunión ―anuncié antes de terminarme mi cerveza de un trago.
Entonces me puse de pie en el sofá, di un fuerte silbido y recordé con ellos los buenos momentos que habíamos pasado en el instituto.
―¡Ni uno! ¡No recuerdo ni un puñetero momento feliz o divertido que pasara a vuestro lado, aunque vosotros finjáis con vuestras sonrisas hipócritas que hubo alguno!
¡Vuestro principal entretenimiento era meterse con los que no encajaban con vosotros, algo que hacíais simplemente porque erais idiotas!
―manifestó Ellie, provocando más de una incomodidad―.
Cuando recibí vuestra invitación, mi primera reacción fue mandaros a la mierda, pero después pensé que, con lo estúpidos que erais, sin duda os perderíais por el camino, así que decidí que sería mejor daros mi respuesta en persona en lugar de a través de un mensaje impersonal ―añadió, antes de dedicarles a todos un corte de mangas―.
A pesar de los años que han pasado, no habéis cambiado lo más mínimo y seguís siendo idiotas e hipócritas, por lo que voy a pediros un favor: ¡no volváis a llamarme para esta clase de reuniones de mierda y perded mi número de teléfono!
Tras sus palabras, Ellie se fue al baño y yo la seguí con la mirada, dispuesto a esperarla porque todavía teníamos mucho de qué hablar.
Pero en ese momento, Stella se hizo un hueco a mi lado intentando llamar mi atención.
Y, como siempre me sucedía con Ellie, tuve mala suerte: ella se volvió, nuestras miradas se cruzaron y ella se fijó en la chica que tenía pegada a mi brazo y, tras negar con la cabeza, siguió su camino.
En aquel momento traté de levantarme, pero apareció Wyatt y se sentó a mi otro lado fingiendo que aún éramos amigos.
Yo decidí dejar mis explicaciones a Ellie para más tarde, para cuando hubiera podido librarme de esos dos.
Así que, tras soltar un largo suspiro, me resigné a soportar ese reencuentro con varias personas de mi pasado a las que solo podía dedicarles una sonrisa falsa.
―¿No crees que Ellie se ha pasado un poco con nosotros? ―comenzó Stella, agarrándose a mi brazo y pegándose insinuantemente a mí.
―No, no lo creo. Algunos fuimos unos completos idiotas durante la adolescencia… y seguimos siéndolo ―afirmé al ver cómo Wyatt volvía a planear una nueva venganza contra Ellie con sus antiguos compinches, creyendo que yo aún me encontraba entre ellos.
―¡Por supuesto que se ha pasado! Por eso vamos a darle una lección, ¿verdad, Max?
―y sin esperar mi contestación, siguió con sus estúpidos planes―.
Ni te imaginas las cosas que puedo hacer por internet con su número de teléfono…
―anunció Wyatt con una sonrisa maliciosa, tras lo que procedió a explicarme su idea.
Ese gesto fue el que me convenció para mantener una corta conversación por mensajes de texto con un hacker amigo de Ellie que no dudó en utilizar sus habilidades contra Wyatt después de hacerle llegar su número de teléfono.
―La verdad es que yo no tengo ni idea de lo que se puede hacer en internet con un número de teléfono, Wyatt, pero los amigos de Ellie sí ―dije antes de que él comenzara a quejarse de su teléfono.
―¡Mierda! ¿Qué es esto? Se me acaba de borrar el número de teléfono de Ellie de la agenda. ¿Tú lo tienes, Stella?
―Sí, ahora mismo te lo doy y… ¡tampoco lo tengo! ―declaró Stella sorprendida. Sin duda, Damian se había metido en el teléfono de Wyatt y había borrado el número de Ellie de su móvil y, probablemente, también del de todos los que compartían grupo con Wyatt.
Y antes de que cualquiera de los dos me preguntara si yo tenía su número, Wyatt se puso a maldecir a su teléfono, en cuya pantalla comenzaron a aparecer anuncios bastante subidos de tono, que luego fueron reenviados a todos sus contactos, algo que deduje tras oír los escandalosos gritos de Wyatt.
― Sip , definitivamente, parece que hay muchas cosas que pueden hacerse cuando alguien tiene tu número de teléfono ―declaré, sonriendo a Wyatt para que no le quedara ninguna duda de que había sido cosa mía. Me miró con enfado, pero insistió en recordar una amistad que ya no existía entre nosotros.
―Las bromas que le hacíamos a Ellie son cosas del pasado por las que no debería ofenderse hoy, recuerdos de nuestra adolescencia que tendría que dejar atrás ―anunció Wyatt, sin darle importancia al daño que causó.
―Pero el recuerdo de algunas de las cosas que hicimos durante nuestra adolescencia puede doler mucho.
Tal vez ya sea hora de que le pidas perdón a Ellie ―sugerí, intentando que Wyatt comprendiera el daño que había hecho y que, ahora que era adulto, se hiciera responsable.
Pero mi antiguo amigo me demostró que seguía siendo un niñato inmaduro.
―Pero ¿qué dices? ¡No pienso pedirle perdón a esa fracasada! ―se negó Wyatt, riéndose de Ellie sin saber nada de ella.
―¿Fracasada? Ellie está a punto de sacar al mercado un videojuego con mi empresa, una obra cuyo guion ha creado ella y que, si tiene un poco de suerte, puede hacerla tremendamente rica o, al menos, le dará el suficiente prestigio como para continuar por sí sola en esta exigente industria.
Si esa es tu definición de fracasado, me gustaría saber qué grandes logros has conseguido tú en la vida para creerte superior a ella, Wyatt ―dije, cortando esas risas y, con una ácida sonrisa y un tono de voz sarcástico, continué devolviéndole cada una de sus pullas―.
¡Ah! Ya entiendo: los tuyos son unos logros tan grandes y numerosos que no sabes por cuál empezar y te has quedado sin palabras.
―Has cambiado, Max ―me increpó Wyatt, furioso.
―Lo sé, Wyatt, y me gusta el hombre que soy ahora. El que era no me gustaba ―declaré, dejándole claro quién era yo. Wyatt se levantó furioso y solo quedó Stella conmigo, que aún no había comprendido que ella no era la mujer que deseaba. Ni antes ni ahora.
―No todos somos como Wyatt: algunos maduramos ―declaró ella, haciéndome ojitos, intentando llamar mi atención―. Dime, Max: ¿tú tienes algún grato recuerdo del instituto?
―Sí.
―¡Ah! ¿Y te gustaría revivirlos? ―me susurró Stella seductoramente al oído, creyendo que aceptaría su poco sutil proposición.
―Por supuesto ―respondí a la vez que me zafaba de su agarre e iba en busca de la mujer que deseaba.
Necesitaba recomponerme. Y no solo de todo lo que había bebido, sino también por haberme encontrado de nuevo con el hombre del que me había enamorado en mi adolescencia, un hombre que decía que quería formar parte de mi vida, pero que siempre tenía a una mujer bella colgada del brazo, haciendo que sus palabras no sonaran demasiado reales.
En ese momento solo quería alejarme de Max y proteger mi corazón del juego cruel que era el amor, pero no sabía cómo hacerlo. Y menos ahora que íbamos a trabajar juntos.
Esa noche había tenido que hacer acopio de todas mis fuerzas para decirle a Max todo lo que pensaba de él, pero apoyarme en el alcohol para hacerlo no había sido la elección más acertada.
Me había quedado a gusto después de ser terriblemente sincera con todos aquellos que en el pasado se metieron conmigo.
Pero no había sido del todo sincera con Max; él aún seguía atrayéndome sin remedio y quizás podría volver a conquistarme…
si no supiera que era un falso, un mentiroso y un donjuán empedernido.
Cuando escuché desde el interior del cubículo donde me encontraba a algunas chicas quejándose de que había un hombre en el baño y, al mismo tiempo, alguien tocó a mi puerta, supuse que Max me buscaba.
Tal vez tenía la intención de darme alguna explicación sobre por qué Stella estaba agarrada de su brazo cuando yo me alejé de él, así que abrí la puerta y salí dispuesta a sincerarme.