La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

―No, créeme, Anuska: no te gusta.

―¿Qué quieres decir?

―Descríbeme a ese Max que conociste.

―Pelo rubio, ojos azules, mide metro ochenta y cinco, tiene unos veintiocho años y es mono, pero no demasiado. Usa gafas de intelectual que le dan un toque sexy y oculta una faceta friki debajo de sus serios trajes.

―Max es rubio y tiene ojos azules, hasta ahí bien.

Pero no usa gafas, su rostro de adonis y su cuerpo atlético hace que las chicas siempre vayan detrás de él, hecho del que es perfectamente consciente y lo explota a la perfección, alentándolas a veces con su hermosa y falsa sonrisa.

Es el hombre más egocéntrico que conozco.

―Puede que haya cambiado con los años y…

―No, Anuska. Este es Max ―dije, mostrándole una foto del pasado que, a pesar del tiempo transcurrido, aún conservaba.

―¿Qué? ¿Pero ese no es el subordinado que lo acompañaba en…? ¡Oh! ¡Maldito cabrón! ―exclamó Anuska, dándose cuenta finalmente de que había sido engañada.

―Max sabía que no podría ganarte en ningún videojuego, ya que él es pésimo, por lo que, aprovechando que no lo conocías, decidió darte el cambiazo.

¿Quieres que hable con él y rechace participar en su propuesta, ya que ha hecho trampas?

―le pregunté, sabiendo que mi amiga estaría de mi lado.

Pero, para mi asombro, Anuska se mostró mucho más madura que yo.

―No, Ellie. Como dijo Damian, se trata de una oportunidad que no podemos desaprovechar. Además, quiero volver a encontrarme con ese falso Max… ¡y entonces seré yo la que juegue con él!

―No se lo tengas muy en cuenta, Anuska. Seguramente se dejó manipular por Max: puede ser realmente convincente.

―¡No pongas excusas, Ellie! Cada uno es responsable de sus propias acciones y ese tipo va a hacerse responsable de jugar conmigo y recibirá su merecido. Así que acepta ese proyecto para que pueda volver a encontrarme con él ―declaró Anuska antes de despedirse.

―Bueno, supongo que tendré que aceptar trabajar contigo… definitivamente, nuestro juego volverá a empezar ―susurré a la foto que todavía guardaba de ese tipo mientras reprendía a mi estúpido corazón que, después de tanto tiempo, volvía a latir emocionado ante esa posibilidad.

Cuando los Patel ser mudaron, años atrás, acabaron viviendo en Hoboken, Nueva Jersey, un lugar más económico que Nueva York. Situada en la orilla opuesta del río Hudson, esta ciudad daba cabida a miles de personas que trabajaban diariamente en la Gran Manzana.

La editorial de Darcy Patel les había encontrado una bonita casa que alquilaron para ellos durante unos meses y que los Patel no tardaron mucho en comprar. Se trataba de un espacioso adosado de techos altos y abundante luz con un diseño interior abierto que conquistó a la familia.

En la entrada tenía el garaje y una pequeña escalera que conducía a la puerta principal.

Harry añoró el gran porche de su antiguo hogar, pero la anciana Amelia se enamoró del jardín de la parte trasera.

Por su parte, a Darcy le encantaron los grandes ventanales del salón y la cocina equipada hasta para el más exquisito gourmet .

La casa disponía de tres habitaciones y un sótano que los atareados Patel no tardaron en convertir en sus respectivos despachos y en una zona friki llena de objetos de coleccionista y videojuegos que Ellie echaba de menos desde que se independizó.

El hogar de Ellie después de marcharse de casa de sus padres estaba ahora en la planta superior de una casa clásica con fachada de ladrillos vistos, en el centro de Hoboken.

Esta propiedad pertenecía a Eva Tucson, una amiga de su abuela, que había hecho de la parte superior de su vivienda un apartamento que le alquilaba a Ellie por un precio muy económico con la condición de que le vigilara su casa cuando ella se iba de viaje.

El apartamento de Ellie se encontraba cerca de cafeterías y tiendas, con autobuses, trenes y ferris en las proximidades.

Se trataba de un piso amplio y soleado, con suelos de madera y paredes blancas, con un dormitorio abierto donde había una gran cama.

En un rincón de su dormitorio tenía un escritorio antiguo de madera donde Ellie solía trabajar con su avanzado y moderno ordenador, que no pegaba nada con ese mueble clásico.

El resto de su hogar incluía un pequeño baño con una ducha de hidromasajes, una cocina no demasiado amplia pero bien equipada, con una mesa pequeña y dos sillas, y el salón, lleno de estantes repletos de libros antiguos de Eva.

Tenía también un cómodo sofá-cama delante de una pequeña mesa de madera y una alfombra mullida de colores llamativos.

Finalmente, un gran televisor colgaba de la pared y, cuando Eva regresaba de sus viajes, solían ver juntas alguna película antigua.

Esa noche había quedado con sus amigas en su apartamento para hablar de uno de los problemas que últimamente le rondaba por la cabeza: Max.

Ellie estaba segura de que si era ella quien contactaba con Max, este lo vería como una victoria de la que no dudaría en regocijarse, por lo que decidió pedir consejo a Linda y Dina.

―¿Cómo puedo volver a encontrarme con Max Templeton sin que se ponga a presumir como un gallito después de aceptar su propuesta de trabajo?

―preguntó Ellie a sus dos amigas, que la miraron con extrañeza mientras pasaban por la puerta de su apartamento dándole las cervezas y los aperitivos que traían.

―¡¿Qué?! Espera, espera un momento… ¿has vuelto a toparte con el chico que te rompió el corazón? ―preguntó Linda, intentando no perderse en esa historia.

―¡Queda con él y plácalo contra el suelo como hacías en el instituto!

Seguro que después de eso no se atreve a hablar, ni mucho menos a presumir de algo ―apuntó Dina, ofreciéndole uno de sus típicos consejos mientras le arrebataba una cerveza de las que había traído Linda y el menú de las pizzas que iban a pedir por teléfono.

―¿Alguna otra opción que no acabe conmigo arrestada por agresión, chicas?

―inquirió Ellie, fijando en esta ocasión sus ojos en Linda, esperando alguna sabia respuesta de su parte.

Pero como sus amigas eran muy curiosas, tan solo se dedicaron a entrometerse un poco más en esa historia mientras disfrutaban del alcohol.

―Espera un momento, Ellie: ¿acabas de decir que Max te ha hecho una propuesta de trabajo?

¡No nos has contado nada de eso! ―la increpó Linda, provocando que Dina también fijara su mirada acusadora en ella, reclamando saber más.

Finalmente, Ellie se rindió ante las preguntas de sus amigas y decidió contarles cómo se habían vuelto a cruzar sus caminos.

―¿Recordáis que os conté que la empresa a la que le había mandado el proyecto de mi juego quería trabajar conmigo?

Pues resulta que Max dirige ese proyecto.

Al principio me resistí a trabajar con él y le comenté que únicamente lo haría si convencía a mi equipo de desarrolladores.

Hoy he hablado con ellos y los ha convencido a todos, así que no sé cómo ponerme en contacto con él sin que acabe regodeándose de su victoria.

―¡Vamos, Ellie! Ahora Max es un adulto maduro y profesional. Dudo mucho que esa sea su reacción cuando contactes con él ―comenzó a decir Linda. Hasta que Ellie les mostró a sus amigas un vídeo que Max le había mandado, dedicándole un ridículo bailecito de la victoria.

―Sigo pensando que lo mejor es placarlo contra el suelo ―opinó Dina.

―Creo que podrías reunirte con él en algún lugar al que vaya a menudo y fingir que es una coincidencia.

Entonces aprovechas para comentarle, como si no viniera a cuento, que aceptas trabajar con él.

Placarlo es una idea errónea, porque ya hemos crecido…

bueno, algunas hemos crecido ―dijo Linda, Dina la fulminó con la mirada y le sacó la lengua antes de decidirse a pedir para su amiga una pizza con piña y anchoas.

―Sí, Linda tiene razón: es mucho mejor convertirte en su acosadora para reunirte con él fingiendo una casualidad que nadie se va a creer ―apuntó Dina, provocando que Linda saltara y ambas comenzaran a pelearse sobre lo que llevarían sus pizzas; Ellie veía cada vez más lejos la solución a su problema y más cerca una indigestión.

La solución que estaba buscando Ellie llegó por sí sola por medio de un mensaje de texto de la persona que menos se imaginó que volvería a contactar con ella.

―Eh… chicas, ¿creéis que valdría un encuentro de antiguos alumnos de nuestra clase? ―preguntó Ellie, zanjando la discusión.

―Nadie querría asistir a esa tortura, especialmente si recuerdas cómo eran tus compañeros y lo mucho que se metían contigo ―señaló Linda, ante lo que Dina añadió:

―¿Quién ha sido el perturbado que te ha invitado a esa reunión?

―Wyatt.

―¡Recházalo! ―exclamó Linda, a la vez que Dina gritaba:

―¡Mándalo a la mierda con el emoticono del dedo! ¡Y métele un virus en su móvil para que no vuelva a contactar contigo!

―Creo que voy a ir ―declaró Ellie.

―¿Por qué? ―preguntaron Dina y Linda, decididas a hacerla cambiar de opinión.

―Porque es el momento perfecto para fingir que me encuentro con Max por casualidad y aceptar el trabajo sin necesidad de buscarlo y sufrir así una doble derrota frente a él.

―¿Y si él no va a esa reunión? ―preguntó Linda.

―¡Por favor, Linda! Max era el relaciones públicas de la clase, el que caía bien a todos y uno de los mejores amigos de Wyatt.

―Eso era antes de que tú te fueras, Ellie ―reveló Linda; Dina la miró como si guardaran un secreto sobre Max que aún no se hubieran decidido a contarle a su amiga―.

Wyatt y Max tuvieron una discusión muy fuerte después del baile de graduación, más fuerte aún que la de aquel día y su amistad se rompió.

―Vaya, no tenía ni idea. ¿Por qué discutieron? ―preguntó Ellie. Sus amigas se quedaron en silencio, pero no dejaban de mirarla. Entonces, sin contestar a esa pregunta, Linda y Dina se centraron finalmente en sus pizzas.