La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

―No la necesito para nada. Y antes de que te niegues, te recuerdo que no conoces a nadie más que pueda conseguirte esa lista de objetos.

―Eres el negociador más duro que he tenido en mi vida, pero como eres mi única opción, acepto concederte esos caprichos ―anunció Max a regañadientes al tiempo que tendía la mano a su sobrino para sellar el trato.

Cody estrechó su mano con firmeza mientras lucía en el rostro una victoriosa sonrisa que no tardó en desaparecer cuando su tramposo tío le mostró la lista de objetos que tenía que obtener.

―¡Joder, tío Max! ¡Esos objetos son difíciles de conseguir!

Puede llevarme varios días. Aunque si el nivel de tu guerrero es decente y las cualidades que tiene son aceptables, puede que los consigamos pronto ―comentó Cody mientras ingresaba en el perfil de su tío y comprobaba cuáles eran sus avances en él.

Tras observar a la guerrera pechugona de nivel uno que representaba el avatar de Max, fulminó a su tío con la mirada mientras mascullaba entre dientes―.

¡Debería haberte pedido más! Esto me llevará bastante tiempo. ¿Para cuándo necesitas esos objetos?

―Para ayer.

―Necesitaré que distraigas a mamá y que pidas pizza ―dijo Cody mientras comenzaba a hacer los cambios necesarios en ese personaje para subir rápidamente su nivel de poder.

―¡Yo me encargo! ―declaró Max mostrándole a su sobrino el mensaje que le había mandado a su madre con anterioridad, donde le indicaba que él se quedaría al cuidado de sus hijos esa noche mientras ella salía con su marido para disfrutar de una velada romántica.

―¡Tramposo! ―exclamó Cody, sospechando que su tío había hecho ese trato con su madre antes de hablar con él, sobre todo cuando Max le sonrió antes de sacar unos papeles de su maletín y comenzar a trabajar, augurando una larga noche en vela para ambos.

Tras encargarme de que mi sobrino Leo, de siete años, cenara y se acostara después de leerle un rápido cuento, me centré en trabajar en mi proyecto.

Mientras tanto, Cody se concentró en ir subiendo de nivel a mi inútil guerrero y de obtener cada uno de los objetos de la interminable lista de Melvin.

El padre de Cody quería que su hijo fuera un gran deportista y su madre, mi hermana Kate, pretendía que fuera uno de los mejores estudiantes de su curso, por lo que al ver a ese chico que no encajaba demasiado bien en ninguno de los dos mundos que otros habían preparado para él, me pregunté si Cody no se sentiría igual de perdido que yo cuando iba al instituto y si sus compañeros no se meterían con él como le había sucedido a Ellie cuando mis compañeros vieron lo diferente que ella era respecto de los demás.

Entonces quise explicarle que la vida iba más allá del corto periodo que vivíamos en el instituto y que el mundo es muy grande y que tan solo debíamos tener algo de paciencia hasta encontrar nuestro lugar.

―¿Cómo te va en el instituto, Cody?

―Me va… ―respondió, intentando cambiar de tema.

―¿Alguien se mete contigo?

―Soy el rarito de la clase, ¿tú qué crees?

―Creo que cuando somos adolescentes todos somos tontos y cometemos alguna que otra estupidez de la que solo nos damos cuenta cuando crecemos.

―¿Sí? Pues no es eso lo que cuenta el abuelo de ti. Todos dicen que tú eras perfecto ―contestó mi sobrino cínicamente.

―Cody, debo confesarte que en mi época adolescente yo era el más imperfecto y estúpido de todos ―anuncié, haciendo que Cody se volviera por unos instantes hacia mí y me mirara asombrado.

―Si dices eso para intentar consolarme, mejor no lo hagas.

―No, Cody. Lo digo porque es verdad. Tú eres mucho más valiente y listo que yo.

―¡Venga ya, tío Max! El hombre que fue en su día el chico más popular del instituto nunca podría entender al rarito de la clase ―replicó mi sobrino con sarcasmo.

―¿Sabes quién fue la primera chica de la que me enamoré?

―Por lo que me ha contado mi padre, tenías fama de conquistador y esos nunca se enamoran ―interrumpió mi sobrino.

―Fue la rarita de la clase. La chica con la que todos se metían en el instituto.

―Eso no es verd… ―comenzó a negar mi sobrino hasta que le mostré una fotografía en mi teléfono que, a pesar de los años transcurridos, todavía guardaba con mucho cariño de la primera cita que Ellie y yo tuvimos en aquella convención―.

¡No jodas! ―exclamó Cody, arrebatándome el teléfono sin creerse del todo que ese fuera yo―. ¡Vaya! ¿Y por qué te fijaste en ella?

―Porque mis amigos de entonces querían que la conquistara y que después la abandonara y le rompiera el corazón para darle una lección. Y yo en aquel tiempo era un idiota sin personalidad propia que hacía lo que mis amigos querían.

―Eras idiota.

―Eso he dicho. ¿Y sabes qué pasó luego? Que cuando la conocí de verdad me enamoré de ella, pero, siendo un cobarde que temía admitir lo que le gustaba de verdad, la perdí.

Cody, tú vales mucho más que yo y, definitivamente, mucho más que todos esos estúpidos que se meten contigo.

Cuando crezcan y maduren un poco, ellos mismos se percatarán de lo imbéciles que han sido.

―Gracias, tío Max ―dijo Cody, regalándome una sonrisa.

―¿Por qué?

―Por no decirme que cambie, como hacen todos los demás.

―A veces el mundo te lo pone muy difícil para encajar.

Ellie solía decir que en ocasiones se sentía como esa pieza perdida del puzle que todos quieren hacer encajar a la fuerza mientras de mí decía que yo era lo contrario: era la pieza que se amoldaba a todos para encajar siempre.

Y, sin embargo, a pesar de ser tan diferentes, me di cuenta demasiado tarde de que solamente quería encajar con ella y con nadie más.

―No puedo creer que hasta el donjuán de mi tío lo tuviera tan difícil en el amor.

―Mi historia de amor es complicada… y todavía lo sigue siendo ―dije, señalando la lista de objetos que él tenía que conseguir.

―¡No me digas que esto que hago tiene algo que ver con esa mujer!

―Pues sí: Ellie es la creadora del nuevo juego que quiero desarrollar y lanzar al mercado.

Una de sus exigencias para que acepte trabajar conmigo es conseguir la colaboración de sus colegas en el proyecto y, justamente, obtener los objetos que tú estás buscando en ese juego de rol es la petición de uno de esos colaboradores ―le confesé a mi sobrino.

―¡Está bien, tío Max! ¡Vamos a conseguirte otra oportunidad con esa chica! ―anunció Cody con entusiasmo mientras estiraba sus manos unidas por encima de la cabeza antes de volver a retomar el juego.

Pasamos toda la noche en vela: Cody jugando para conseguirme los objetos que finalmente mandé a Melvin, obteniendo su aprobación; y yo, intentando dar forma a un proyecto que no tenía la aprobación de su creadora.

Cuando llegó mi hermana por la mañana temprano y encontró a su hijo dormido encima del teclado de su ordenador encendido y mostrando la última partida que había jugado, evidenciando que no había estado estudiando, y a Leo pintándome la cara mientras yo dormía, puso el grito en el cielo.

Cody y yo nos despertamos sobresaltados y Leo dejó su obra de arte para ir en busca de su padre y del desayuno que este había traído.

Mientras abandonaba la incómoda posición en la que me había quedado dormido, sentado sobre el enmoquetado suelo de mi sobrino y apoyado contra la cama, Cody se despertó con medio teclado marcado en la cara.

―¡¿Así es como cuidas de tus sobrinos…?!

―comenzó mi hermana a gritos. Y sabiendo que si Kate cogía carrerilla sin que nadie la interrumpiera se embarcaría en un largo e interminable sermón donde, irremediablemente, llevaría la razón, recogí mis cosas lo más rápidamente que pude y hui con celeridad.

―¡Lo siento, Kate, pero llego tarde al trabajo! ―manifesté, señalando mi reloj.

―¡Espera, tío Max! ¿Es que no vas a ayudarme? ―preguntó mi sobrino, reclamando mi ayuda. Y yo, tan tramposo como él, le respondí:

―¡Eso no entraba en las condiciones de nuestro trato!

Cody me fulminó con la mirada; yo me despedí de él con una sonrisa burlona y mi sobrino me gritó unas palabras que me hicieron saber que no tardaría en perdonar mi traición:

―¡Esta vez no seas tan estúpido, tío!

―No lo seré ―dije, agradecido de que me demostrara su apoyo en el loco juego del amor que ni los más expertos sabían cómo ganar cuando ponían en riesgo su corazón.